domingo, 8 de enero de 2017

Te amo



Este es mi hijo amado, en quien me complazco (Mateo 3, 13-17).

Tú eres mi hijo amado, mi alegría, mi delicia. 
Tú eres mi hija amada, deleite de mi vida.

Esto es lo que Dios dice a Jesús, en el bautismo, antes de empezar su misión. Esto es, también lo que nos dice a nosotros, sus hijos. No nos dice Sed buenos, ni Portaos bien, ni Haced esto o lo otro, ni Te estoy mirando, vigila, ni Sacrifícate porque… No, nada de eso. Lo primero y lo que fundamentalmente nos dice Dios, con toda su ternura de padre, es ese inmenso «TE AMO».

¿Cuántas veces los padres dicen «te quiero» a sus hijos? ¿Cuántas veces les dicen «te quiero» cuando van al colegio, cuando empiezan una carrera, el primer día que van al trabajo, cuando salen de viaje, cuando inician un proyecto? Los padres conscientes suelen dar consejos, avisan, reprenden… Pero ¿cuántos, en los momentos cumbre de la vida de sus hijos, les dicen simplemente «te quiero» y «estoy contigo siempre»?

¡Esto es lo que nos dice Dios! Todos los padres pueden aprender de él, que es un buen padre (el mejor).

Antes de enseñarnos, nos ama.
Antes de aconsejarnos, nos ama.
Antes de corregirnos, nos ama tal como somos.

Lo primero, y lo último, es su amor incondicional. 

Escucha sus palabras: tú eres mi hijo amado… Basta eso para renovar tu vida entera. Este es el bautismo de fuego que te cambia por dentro y te regenera. Nada ni nadie más podrá hacerte renacer como él. Escucha esa voz del cielo que, en el silencio de tu oración, te está llamando. 
Te amo.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Volar o caer



A las personas que soñamos, tenemos proyectos y una visión de futuro a menudo se nos llama idealistas. Se nos dice que tenemos buena voluntad, que somos soñadores y buena gente pero, al final, siempre hay quienes nos miran con un poco de lástima o incluso desprecio. Y dejan caer los comentarios. Vuelan. Están en las nubes. No tocan de pies a tierra. Les falta realismo.

Creo que esta visión es muy simplista y bastante errónea. Una cosa es volar, otra flotar. Una cosa es perderse en las nubes y otra caer. Una cosa es tener ideales y metas, otra muy distinta es ignorar la realidad. Una cosa es luchar por un sueño y otra evadirse del mundo cotidiano.

Es verdad que hay quienes flotan y se pierden en sueños irrealizables. Es verdad que hay quienes hablan mucho, planean mucho y hacen las cuentas de la lechera, pero a la hora de tocar madera, se pierden o se desaniman. Pero a esto yo no lo llamaría volar, sino más bien fabular. Otros se escudan en un pretendido realismo y olvidan que la vida es un viaje. Se limitan a sobrevivir como pueden, sin plantearse mejoras o cambios en sí mismos. A eso lo llamaría flotar, navegar a la deriva o caer. 

Volar no es caer. Quien cae, siempre cae hacia abajo. La gravedad lo arrastra. Quien flota a la deriva se deja bandear por el oleaje. Pierde el control de su rumbo y se le van las fuerzas. Como los astronautas que flotan en el espacio, se debilita. Quien cae cada vez se hunde más. Una persona que cae o flota ha perdido la esperanza. Es víctima del miedo, la inseguridad y la tristeza. Caerá en la rebeldía estéril, la resignación estoica o el fatalismo. Se cree juguete de un destino ciego. Llama destino a la falta de metas y de norte. Quizás se considere muy realista... Pero el fatalismo no es realismo. 

Volar requiere un esfuerzo y una energía enormes. No se puede volar improvisando. Volar pide disciplina, perseverancia, esfuerzo. Antes de volar hay que pasar un periodo de entrenamiento y maduración. Para volar hay que tomar carrerilla, coger impulso, hacer acopio de fuerza y coraje. Y una vez estás en vuelo, hay que estar en alerta constante, con los seis sentidos bien despiertos. Volar es controlar la gravedad. Quien vuela planea, asciende, se mantiene, no cae. 

El vuelo pide atención, concentración, dosificar la energía, observar el entorno, aprovechar las corrientes de aire, tener vista de águila y prever los movimientos que vas a realizar. Quien sabe despegar también sabe aterrizar.

Volar no es caer. Quien vuela no se deja llevar por el viento. No se deja arrastrar por las circunstancias. Capea los temporales, aprovechando la fuerza del viento si puede, evitando el choque frontal si no tiene otra opción. Quien vuela no duerme ni sueña entre nubes: está más despierto que nadie. No se mece en los laureles ni en los ideales: tensa sus alas y vuelca toda su energía. No flota a la deriva: tiene un destino, una meta, y va a por ella. Mientras tanto, ¡disfruta! Saborea la vida con una intensidad inimaginable.

El vuelo da también una visión panorámica, mucho más rica y completa del mundo. Desde lo alto se ve mucho más que pegado en tierra. A ras de tierra se ven árboles, sombras y luces, un caos. Desde el cielo se ve el bosque y el paisaje completo.

Volar, en fin, no es una huida, sino un compromiso con la vida en su máxima plenitud. Volar pide valor y requiere esperanza. 

Dejarse llevar es fácil. Ser pesimista o fatalista tampoco cuesta mucho. Por otra parte, soñar y hablar sin hacer nada también es fácil. Ser idealista es fácil. Trazarse una meta y poner los medios para alcanzarla cuesta, y pocos lo hacen. 

Para un ave de corral quizás no sea muy agradable ver volar a las águilas. Por eso la tendencia es a despreciarlas. Sueñan. No tocan. Vuelan. Para una persona con visión gallinácea de la realidad la visión de un águila puede ser muy incómoda. Es mejor tachar a las águilas de ilusas, locas, ingenuas o soñadoras.

Todos los seres humanos estamos hechos para volar. Todos podemos buscar ayuda, aprender, entrenarnos y practicar. Todos tenemos oportunidades para iniciar el vuelo. Y si las tormentas nos abaten, siempre podemos aterrizar, curarnos, recuperar fuerzas y volver a desplegar las alas.

Volando seremos más nosotros. Volando, entregándonos, dando el máximo y lo mejor de nosotros, seremos felices. ¿Se puede ser feliz en medio de la brega, mientras estás esforzándote, mientras te mantienes con los seis sentidos alerta? ¡Sí! Y cuando aterrices, en tu meta, gozarás de esa sensación de plenitud que conoce la persona que está creciendo, que está viva.

Recuerda: volar no es caer. Soñar no es flotar. Planear no es divagar. Desplegar las alas es la acción más auténtica y realista que puedes emprender.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Un niño envuelto en pañales



Navidad. Leemos los evangelios de Juan y de Lucas y estamos tan acostumbrados a oírlos que ya no reparamos en la maravilla que nos comunican.

Nace un niño. Perdido en un establo de Belén, en el último rincón del imperio romano. Sus padres vienen de otro pueblo, Nazaret, y se han refugiado en un corral para que la madre, una jovencita recién casada, pueda dar a luz. Nadie se entera... o muy pocos.

¡Pero el cielo está de fiesta! Dios nace como niño. Los ángeles cantan, las estrellas resplandecen como nunca. Y su alegría debe ser comunicada. ¿A quién? Nada menos que a un puñado de pastores andrajosos. Las gentes más pobres y peor consideradas. Los que velan de noche en el trabajo que nadie quiere: cuidando ganado en la fría intemperie. 

Nace Dios... ¡y qué publicidad tan extraordinaria! No sólo nace pobre, en un lugar mísero y en el seno de una modesta familia. Resulta que solo se enteran unos pocos, gente que no es “importante”, ni sabia ni especialmente espiritual. Gente que quizás tienen a Dios muy lejos de sus preocupaciones diarias. No están para misticismos ni teologías, sino para sobrevivir en el día a día. ¿Cómo se enteran? Por un mensajero del cielo. Después de llevarse un susto, los pastores reciben un curioso mensaje: Esta es la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

Esta es la señal de Dios: un bebé recién nacido. ¡Nada más! Una señal de Dios ¿no debería ser algo extraordinario, sobrenatural y espectacular? ¿No debería anunciarse con trompetas celestiales, resplandores prodigiosos o algún tipo de anuncio más solemne y festivo? No. La señal es un bebé, envuelto en pañales. Ver un bebé recién nacido es maravilloso... pero sucede miles de veces cada día, en el mundo. ¿Qué tiene de extraordinario?

Lo bueno es que los pastores buscan al niño. Lo encuentran. Ven y creen. Captan el sentido de la señal. Ese niño es más que un niño. Es Dios-con-nosotros. Un Dios que, de pronto, ya no es una idea lejana, sino una realidad íntima y presente en sus vidas. Tan tierno y hambriento de amor como un bebé de pecho. ¡Dios en nuestras manos!

Los pastores han sabido ver el misterio tras el tapiz de lo cotidiano, lo milagroso tras lo natural, lo divino escondido en lo humano. Podríamos pensar que esta lucidez, esta sutileza, es más propia de mentes refinadas y espirituales. ¿Quién puede ver la belleza de lo ordinario, sino un artista de sensibilidad cultivada? ¿Quién intuye lo sagrado en lo profano, sino un asceta o un místico? ¿Quién tiene tales intuiciones, sino un sabio?

Pues no es así. Son los pastores, gente rústica, iletrada, sin aspiraciones intelecuales ni místicas, los que reciben y comprenden el mensaje de Dios. Por eso se alegran, como los ángeles. Cantan, como los ángeles. Y comunican lo que han visto, como los ángeles mensajeros. Los pastores se han convertido en sabios, profetas y místicos, sin saberlo. Y son los primeros misioneros del amor de Dios.

¿Por qué ellos? Jesús, ese niño hecho hombre, diría años más tarde: Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los sencillos... Es así. Las verdades de Dios no son tan “elevadas” que queden reservadas para unos pocos sabios e iniciados. La verdad de Dios la puede entender un niño, un analfabeto, una mente simple y una persona pegada de pies a tierra. Es más, si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino...

Los creyentes nos hemos vuelto muy complicados. Hemos querido engrandecer tanto a Dios... quizás porque nosotros nos pasamos la vida intentando elevarnos, ser grandes, respetables y admirados. Y resulta que Dios se rebaja. Se empequeñece. Queremos ser muy espirituales y resulta que Dios se hace material. Queremos elevarnos hasta las nubes y Dios aterriza en nuestra tierra. Queremos ver signos prodigiosos y sobrenaturales, y Dios solo nos da una señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.

Jesús era un niño. Un niño y a la vez Dios. Pero en todos los niños que nacen en el mundo podemos ver reflejada la gloria de Dios, el milagro de la vida, un destello del cielo que se está gestando, hoy, ahora.

Esta es la señal. No busquemos el cielo lejos, en las alturas. En Navidad, el cielo ha bajado a la tierra. El cielo envuelve y abraza la tierra, la humanidad, la carne y la sangre. Si Dios se hace niño es para enseñarnos que podemos ser divinos. El cielo late en nuestras venas y el cielo respira en aquel que está a nuestro lado: esposo, hijo, hermano, vecino que nos molesta o amigo al que nos confiamos. El cielo comienza en el bebé indefenso, el anciano frágil, el enfermo y el mendigo, el rico odiado y el pobre endeudado; en el famoso envidiado y el mediocre anónimo que sobrevive en el hastío. El cielo comienza en nosotros. 

Pero ¿cómo vivir todo esto? ¿Qué nos falta? Escuchar, como los pastores. Seguir la llamada y ponernos en camino. Ver y creer. Y para escuchar hay que velar en la noche fría... Si sabemos escuchar, si salimos de nosotros mismos, abandonando la cómoda hoguera junto al rebaño, también veremos y creeremos. Sabremos ver, como los pastores, la gracia invisible detrás de la realidad visible; la presencia divina trasparentándose en la carne humana; el Dios creador, infinito e insondable, metido en la pequeñez, tan vulnerable, de un niño envuelto en pañales.

Navidad 2016

sábado, 17 de diciembre de 2016

Padre de Dios



Santa Teresa decía con humor que San José era un intercesor infalible en el cielo: no en vano había sido el único hombre al que obedeció Dios, puesto que fue su padre en la tierra. Y si lo pensamos bien, ¡qué gran verdad es esta!

Solemos pensar en María como la madre de Dios. Pero no se habla tanto de san José como «padre» de Dios, al menos padre adoptivo. Y es que Dios, cuando se hizo hombre, no se saltó ninguna de las condiciones que vivimos todos los mortales. Fue en todo igual a nosotros ―salvo en el pecado, como recuerda san Pablo―. Nació como todos los niños del mundo, vivió en familia, jugó con otros niños, creció, aprendió un oficio y obedeció a su padre. En su vertiente humana, Jesús tendría mucho de María… ¡y mucho de José! 

Pero ¿cómo era José? Hay dos evangelios que relatan algo de la infancia de Jesús: Mateo y Lucas. Lucas nos cuenta el nacimiento de Jesús desde la perspectiva femenina, de María, la virgen llena de gracia. Mateo nos lo cuenta desde el punto de vista de José, el padre adoptivo que acoge a la madre encinta y a su hijo, fruto del Espíritu Santo (Mateo 1, 20). Si María era llena de gracia ante Dios, José es descrito como hombre justo, y más que justo. Es tan bueno que ante el embarazo incomprensible de María, aún sin saber nada de lo que ocurre, intenta buscar una solución que no la perjudique a ella, tragándose todo su desconcierto y su dolor. Solo esto ya nos dice mucho de cómo era José.

Obediente


En el evangelio vemos que José es un hombre obediente. Por tres veces obedece el mandato de un ángel: recibe en su casa a María y la desposa. Se va a Egipto cuando Herodes quiere matar al niño. Regresa a su tierra cuando Herodes ha muerto. ¿Hemos de pensar con esto que José era meramente un hombre sumiso, con poca personalidad? Nada de eso.

Ser obediente requiere dos cosas: escuchar y hacer. Puedes escuchar, pero no hacer nada, o hacer lo contrario de lo que te dicen. O puedes no escuchar a nadie y actuar según tu propio criterio o impulso, y entonces te puedes equivocar y chocar con los demás una y otra vez. Escuchar: así comienza el Shemá, la plegaria de todo buen israelita. Escucha, Israel… Previo a todo, escuchar.

Escuchar y luego actuar en consecuencia es una actitud de sabios. Y, como lo vemos en José, no es nada pasivo. Obedecer implica audacia y creatividad. José tuvo valor para emprender el camino, buscar sustento y espabilarse en tierras extrañas. Al regresar no fue a su pueblo, Belén, sino a Nazaret, donde la tradición dice que era carpintero o artesano. Esto quiere decir que no tenía tierras ni propiedades, así que su economía debía pasar épocas más boyantes y otras de más precariedad. María y José tuvieron que ahorrar y administrarse. Quizás no eran pobres de solemnidad pero tampoco eran ricos.

¡Cuántas cosas debió aprender Jesús de su padre en la tierra! Hablar, rezar, trabajar. De sus labios quizás escuchó la historia de su pueblo, las leyes básicas, las oraciones diarias. Con él debía ir a la sinagoga los sábados y participar, con los otros hombres y muchachos, de las festividades judías. De él aprendió a tratar con los demás, y posiblemente aprendió las artes de la buena convivencia, las leyes no escritas de la amistad, la lealtad familiar, la misericordia hacia los pobres. Con él pisó, por primera vez, el umbral del templo de Jerusalén, la casa de su otro padre, el del cielo.

Cuántas cosas podemos aprender los cristianos del padre terreno de Dios. En especial esta obediencia que tanto nos cuesta y que es tan poco popular en nuestro mundo de hoy, porque se confunde con sometimiento o falta de libertad.

Jesús aprendió la obediencia de José. Se presenta a sí mismo obediente al Padre: mi alimento es cumplir la voluntad del que me envía (Juan 4, 34). Cuando se dirige a las gentes, agobiadas por las cargas del día a día, abrumadas por la pobreza, la enfermedad y las dificultades; cuando se dirige a nosotros hoy, estresados, angustiados, faltos de energía y esperanza, nos dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis la paz (Mateo 11, 29). Mansedumbre de corazón. Docilidad. Escucha. Y después, acción serena, confiada, obediente. No deberíamos lanzarnos a hacer nada sin antes, como José, ponernos en manos de Dios y, en el silencio del alma, escuchar. De esta manera, toda obra que hagamos estará bendecida y, llegado el momento, será fecunda.

Ver la mano de Dios


María y José, aparte de estos mensajes del ángel, vivieron unas vidas muy sencillas. Nada en su existencia fue espectacular ni grandioso. Pero ellos supieron ver la mano de Dios tras los acontecimientos diarios. No dudaron, aunque tenían motivos. ¿Cómo adivinar lo que está haciendo Dios tras los acontecimientos ordinarios, o tras las situaciones dolorosas e incomprensibles? La historia de la humanidad es un inmenso tapiz, o un gran mosaico, al modo de un puzzle, y nosotros sólo vemos los pequeños fragmentos que forman nuestra vida y los que podemos conocer escuchando a otros o estudiando historia. Aparentemente, cuesta encontrar el significado de todo el cuadro. Por eso quizás hay tantos que ven la vida como una sucesión de azares y casualidades, sin sentido alguno. Lo único que cabe es ir capeando temporales y disfrutando de las bonanzas tal como vienen, sobreviviendo y sacándole el jugo a la vida lo mejor que podamos. Pero esta visión es muy chata y muy desesperanzada. 

Personas como María y José supieron ver en lo cotidiano la inmensidad de un relato muy hermoso: una historia de amor protagonizada por Dios. Una historia no exenta de dolores, guerras y muertes absurdas, como la matanza de los inocentes. Una historia donde se entabla un feroz combate por la vida y donde Dios quiere hacernos coprotagonistas. Por eso todo cuanto hagamos, aunque nos parezca insignificante, tiene sentido y tiene relevancia. Todo cuanto hacemos en la tierra queda escrito en el cielo. Nada se pierde, aunque quede en el secreto escondido de un alma silenciosa, o en la oscuridad de un hogar humilde. Nada es banal, nada es inútil. Cada pequeña obra, por rutinaria que sea, hecha por amor, no cae en saco roto. Esta es la artesanía de José, la que todos podemos cultivar allí donde estemos, en el trabajo o en las circunstancias que sean. Es la artesanía de convertir cada gesto que hacemos en un pequeño bloque que va edificando el reino de Dios.