lunes 27 de febrero de 2012

Tentaciones

El evangelio del primer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús retirado en el desierto, preparándose para su misión pública. Y es en ese espacio sagrado donde el diablo se presenta y las tentaciones surgen con más fuerza que nunca.

Podría parecer contradictorio, pero algunos santos místicos ya lo advierten: es justamente en oración, cuando la persona está más cerca de Dios, que el maligno redobla su astucia y sus ataques. Y es en esos momentos cuando Jesús muestra su libertad y la fuerza de su unión con el Padre.

Ser tentados es algo que todos sufrimos, y en sí no es un mal. Otra cosa es caer en la tentación, sucumbir a ella. Somos tentados cuando nos encaramos a las decisiones cruciales de nuestra vida. Cuando meditamos a fondo sobre el sentido de todo cuanto hacemos. La tentación siempre aparece en los momentos en que tenemos que optar y poner de manifiesto quién somos y qué buscamos.

Las tres tentaciones de Cristo, que los evangelistas Mateo y Lucas detallan, son símbolos de tres grandes tentaciones de todo hombre, especialmente de toda persona carismática que puede convertirse en un líder. De hecho, en el mundo encontramos muchísimos ejemplos de personas que han sucumbido a ellas, feliz y voluntariamente, y las convierten en ideales deseables, disfrazándolas de su parcial bondad y utilizándolas para encubrir un endiosamiento de uno mismo. Muchas personas normales y corrientes también caemos en ellas sin darnos cuenta. ¿Cuántas veces nos hemos angustiado o afanado por el dinero, sacrificándole tiempo y espacios de relación con los demás? ¿Cuántas veces no hemos oído decir, “el dinero lo primero”, porque con él se puede conseguir lo “demás” importante, salud, amor, etc.? ¿Cuántas veces, en la misma Iglesia, nos hemos preocupado más de dar pan que de anunciar a Dios, siendo ambas cosas necesarias y perfectamente compatibles? Con la excusa de que “primero hay que llenar el vientre, luego ya hablaremos de Dios”, quizás hemos volcado nuestros esfuerzos en la primera necesidad, olvidando o descuidando la segunda.

Sobre las otras dos tentaciones, la del poder espiritual y el poder político, podemos pensar que no van con la mayoría de nosotros, que no aspiramos a ser gobernantes, ni celebridades, ni líderes influyentes. Pero, ¿no se dan, de manera solapada, entre familiares, amigos, compañeros de trabajo? ¿No se dan en nuestra vida particular?

Hoy quisiera reflexionar sobre tres tentaciones que se dan en toda persona, pero que en el caso de las mujeres ocurren de forma especialmente sutil. Tienen que ver justamente con estas dos segundas tentaciones de Jesús, la del templo y la del monte alto.

La primera es el afán de control y el ascendente sobre los demás. Una forma enfermiza y desviada de maternidad, quizás. Suele ocurrir que muchas veces, de forma disimulada, ciertas mujeres persiguen ser el referente, la matrona, la líder entre un grupo o en una familia. Y se valen para ello de formas muy amables, como la empatía, el apoyo, la escucha atenta, la solicitud y la confidencia. Cuántas confidencias no son reveladas, esperando recibir los “secretos” de la otra persona. Normalmente, este mecanismo funciona. Cuando alguien abre su intimidad a otra persona, ésta responde confiándole la suya. Son formas propias de la amistad, en las cuales posiblemente haya una parte de genuino afecto, ¡los sentimientos y las intenciones siempre están tan mezclados, en el corazón humano! Pero la finalidad puede acabar siendo una especie de dominio sobre los demás. Y, por supuesto, cuanto más se sabe de sus vidas, más control se ejerce sobre ellos. Esto se da con frecuencia en los ámbitos estudiantiles, laborales, familiares o allí donde conviven varias mujeres. A veces una de ellas destaca especialmente como la gran compañera, la consejera a la que todas acuden. Y esta, fiel a su papel, actúa apoyando y siendo bondadosa con todas, pero a la vez supervisando sus vidas y ligándolas a ella, sutilmente, como quien teje una telaraña invisible. Son ataduras finísimas, en forma de dependencia psicológica o emocional, incluso de complejos de inferioridad cuidadosamente alimentados. A veces resulta difícil distinguir esto de la genuina solidaridad o de la autoridad de una mujer buena, pero sucede. Cuando la tradición misógina nos acusa a las mujeres de entrometidas y cotillas, de querer hurgar en las vidas ajenas, no está haciendo más que constatar con acidez esta tendencia a la que muchas veces sucumbimos.

Saber aflojar, refrenar el ansia de saber, dominar e influir en los demás; renunciar a convertirnos en una autoridad en sus vidas, es vencer esta tentación del control posesivo. Supongo que esto es especialmente difícil en las madres, que desean lo mejor para sus hijos pero, quizás inconscientemente, también quieren que éstos sean y se comporten como ellas desean. Sin embargo, la tentación puede darse en todas las mujeres. Santa Teresa advertía mucho a sus monjas sobre estas cosas, y en sus avisos dejaba ver su larga experiencia y su lucidez. Una de sus advertencias más insistente era que evitaran ser curiosas sobre las vidas ajenas. Esto, por supuesto, no quiere decir indiferencia o insolidaridad, sino un profundo respeto a la libertad y a la forma de ser de cada cual.

Otra gran tentación femenina es la convicción de ser imprescindibles. Creemos que, sin nuestro trabajo, cuidado y atenciones, nada se podrá hacer al derecho. Queremos que todo se haga bien ―o, léase, que todo se haga como nosotras creemos que está bien―. Nos ataca la hiperresponsabilidad y nos enfurecemos cuando alguien no responde a nuestras expectativas o no llega al nivel de entrega y dedicación al que estamos nosotras. ¡Y ponemos el listón bien alto! Es un extremo desvirtuado de una sana responsabilidad y de un sano velar por las personas y las cosas. Suele ocurrir a las mujeres muy activas, generosas y que, cuando emprenden una tarea, se vuelcan en cuerpo y alma. Pero… ¡atención! Detrás de tanta entrega, de tanto afán, ¿no puede ocultarse un solapado orgullo? Corremos el riesgo, a fuerza de ser tan eficaces y omnipresentes, de convertirnos en auténticas tiranas. Y también de acabar solas, lamentándonos, con amargura, por la incomprensión y la supuesta irresponsabilidad de los demás.

La cura para esta tentación es la humildad. En el principio de su libro Las moradas, santa Teresa dice que la cosa más importante que tenemos que conseguir en esta tierra es la humildad. Que no es más que sabernos ver como somos, conocer nuestra realidad finita y limitada a la luz de Dios. Dice Benedicto XVI en Luz del mundo que “Dios es la medida del hombre”. Y ciertamente, considerar las cosas desde Dios, teniendo en cuenta quién es él y quién somos nosotros, las criaturas humanas, nos coloca en nuestro justo lugar.

Finalmente, otra gran tentación de la mujer es la vanidad. Y diréis, ¡esta tentación también es muy frecuente en los hombres! Es cierto, aunque en las mujeres adquiere unas características propias y, a menudo, se convierte en un arma.

Ser centro, ser la protagonista, acaparar la atención, la admiración, el reconocimiento… ¡qué humano es todo esto! Sí, todos necesitamos ser reconocidos y valorados. Ser conscientes de esa necesidad nos ayudará a no caer en los extremos, que serían el egocentrismo o la megalomanía.

Y cuánto daño hace este afán de protagonismo. Forja amistades interesadas, despierta deseo de imitación pero también feroces envidias. Durante un tiempo, el protagonismo de una mujer en su entorno puede crear un cierto ambiente, una dinámica acogedora, brillante, festiva. Pero más adelante puede acabar fracturando las relaciones y generando desigualdades, odios y dependencias enfermizas.

¿Qué antídoto buscar, ante estas tres tentaciones? Creo que el mejor ejemplo, la mejor cura, lo encontramos en María de Nazaret.

Como madre de Dios, madre de Jesús, el maestro, pudo tener un poder y un ascendente sin igual en las primeras comunidades cristianas. Y sin duda debió ser un pilar de su comunidad. Pero María aparece poquísimas veces en los evangelios y su papel, aunque inmenso, aparece velado por una enorme discreción y humildad. En los tres sinópticos y en los hechos de los apóstoles su presencia es discretísima. Es la Iglesia quien, posteriormente, la ha puesto en su lugar, como Madre de Dios, Madre de toda la humanidad, Reina del cielo y la tierra, a la par que su hijo Jesús.

María, en su vida terrena, jamás buscó el protagonismo, ni la influencia, ni el poder. Entregó a su hijo al mundo ―renunciando a la maternidad posesiva―. Renunció a ser protagonista entre el grupo de mujeres que lo seguían ―no ambicionó un liderazgo espiritual―. Y, sin embargo, su presencia silenciosa empapa todo el evangelio y toda la historia de la Iglesia. Al pie de la cruz, Jesús la hace madre de sus discípulos y de toda la humanidad; en Pentecostés, las escrituras mencionan su presencia en el grupo de los apóstoles. Cuán importante debía ser, justamente por esa mención brevísima, en una cultura en la que las mujeres jamás se reunían con los hombres y socialmente no contaban para nada.

María nos enseña a vencer estas tres tentaciones: la del control posesivo, la del orgullo de hacerse imprescindible, la de la vanidad. Y nos ayuda, con su ejemplo, a contrarrestarlas con las virtudes contrarias: el respeto a la libertad del otro, el espíritu de servicio sin exigir nada a cambio, la humildad y la sencillez.

Sí, vencer estas tentaciones que siempre nos acechan a las mujeres puede ser costoso. Y escapar de quienes ejercen esas formas de poder también tiene su precio. Ay de la que se zafa del control de la matrona del grupo, ay de la que no está a la altura de las exigencias de la líder, ay de la que no aplaude las gracias de la vedette de turno… Quizás será bandeada y marginada. Pero, a cambio, habrá ganado paz interior y su libertad.

sábado 7 de enero de 2012

Creer o no creer

En estas últimas semanas he estado escuchando las charlas que el P. Rainiero Cantalamessa dirigió al Papa y a la curia romana durante el Adviento 2010. Trataban sobre algunos de los escollos mayores para la evangelización hoy, concretamente: el cientificismo ateo, el secularismo y el racionalismo. Estas charlas, profundas y a la vez amenas, y la lectura de la nueva sección sobre ciencia y fe, del semanario Catalunya Cristiana, me han despertado algunas reflexiones sobre la viejísima polémica ciencia – fe que parece que, hoy, está reavivada.

Un estéril enfrentamiento

Recuerdo que la primera persona que me explicó la teoría de la evolución de Darwin, mucho antes de estudiarla en el colegio, fue mi madre. La misma que, cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, nos enseñó a rezar y nos explicaba la vida de Jesús cada noche, en capítulos, como el más maravilloso de los relatos y fuente de sabiduría moral. Explicarnos la Biblia y los avances de la ciencia no supuso ningún problema ni una contradicción para ella.

Pienso, como tantos otros creyentes, que es una lástima que se dé esta confrontación entre fe y ciencia, y entre fe y razón. En realidad, es una confrontación forzada que pisa sobre falso. Porque siempre ha habido científicos creyentes y personas que, amando la ciencia, no han visto en ella ningún obstáculo para seguir viviendo su fe.

Uno de los errores que sostienen este dilema fe – ciencia es tratar ambas como dos formas de saber equivalentes, cuando no lo son, ni se pueden comparar.

La ciencia, basada en la experimentación por los sentidos y en la razón, intenta explicar cómo es el mundo. Es un sistema de datos, leyes y métodos, aplicado al mundo visible ―materia y energía―. Está ordenado y sujeto a modificaciones a medida que se amplía el saber.

La fe ―me refiero a la fe que conozco, la cristiana― no es ni pretende ser un método científico. La fe es una creencia, vinculada a una revelación divina y a una apertura del espíritu. La verdad que revela ahí está, la misma a lo largo de los siglos. Y es algo trascendente, más allá de la realidad visible. No se puede demostrar matemáticamente. Tampoco es función de la fe describir cómo es el cosmos. Pero sí da respuestas a preguntas universales que siempre se ha hecho el ser humano: ¿por qué existo?, ¿por qué existe el universo?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?

En resumen, la ciencia intenta explicar cómo es el mundo; la fe responde a la pregunta del por qué o el sentido del mundo.

Si fe y ciencia se mantienen en sus respectivos campos, respetuosamente, no solo no se “molestan”, sino que pueden complementarse y reforzarse. De la misma manera que en una persona no podemos separar sentimientos y mente; alma y raciocinio, tampoco deberíamos alentar un divorcio entre dos formas de conocimiento que, siendo distintas, no tienen por qué estar enfrentadas.

Usurpaciones y reconciliaciones

El problema llega cuando una quiere invadir el campo de la otra. Durante siglos, la Iglesia pretendió abarcar con su doctrina y su pensamiento todo el campo del saber, y esta es una acusación que tiene buena parte de verdad, y que ha dado lugar a tristes casos de persecución (Galileo, Giordano Bruno y otros). Pero, al mismo tiempo, ha dado lugar a avances en el campo de la filosofía y otras disciplinas, con lo vemos en la escolástica medieval. También hay que reconocer que dentro de la misma Iglesia ha habido siempre hombres de ciencia (Alberto Magno, Copérnico, Bacon, Mendel… hasta llegar a Lemaître, quien formuló la teoría del famoso “big bang”) Estos hombres han investigado libremente y han expandido el campo del saber humano sin chocar con la fe. Hoy el Vaticano sostiene la Academia Pontificia de Ciencias, donde se reúnen científicos de todo el mundo, creyentes y no creyentes, lo cual demuestra que, por parte de la religión, esas diferencias han sido superadas.

Por parte de la ciencia, ha sucedido lo mismo. No siempre se ha mantenido en el terreno que le es propio. El cardenal Newmann hablaba hace un siglo de “la usurpación de la razón”, cuando ésta pretende explicar el hecho religioso sin respeto hacia sus principios y sin una experiencia íntima del mismo. El cientificismo se equivoca si pretende ocupar el lugar de las religiones tradicionales y responder a los interrogantes metafísicos del ser humano. Porque llega un momento en el que no puede, y así lo han reconocido científicos como Einstein. La fe y lo sagrado no pueden ser objeto de estudio científico porque, simplemente, no pueden ser observados con los sentidos, ni medidos, ni comprobados.

La ciencia nos ayuda a conocer el mundo y a desarrollar tecnologías que nos permiten una vida mejor ―basta pensar en las telecomunicaciones o en los avances de la medicina―. Incluso podría decirse que para el investigador la ciencia ofrece más que un campo de estudio: es el lugar donde proyectar su sed de saber y su creatividad, donde experimentar el gozo del hallazgo, del descubrimiento, del invento. Y ese impulso, ese estremecimiento… son, casi podríamos decir, sentimientos religiosos.

La fe, canalizada en cada cultura a través de las diversas religiones, también nos enriquece, porque es la que da un sentido trascendente a la vida y una fuerza interior que nos permite superar dificultades y traumas con mayor gallardía que si no creemos en nada más que el mundo terrenal y visible. La fe sostiene nuestros valores, nos impulsa a salir de nosotros mismos, a superarnos y a mantener ese empeño con entusiasmo.

El sentido de lo religioso

La fe también nos vincula, nos re-liga, ―de ahí el término religión, de religare― al mundo, a nuestra historia y a los demás. La fe nos hace sentirnos parte de un cosmos que nos da las raíces y a la vez el campo abierto para expandirnos y crecer.

Nuestra relación con el universo, desde la fe, ya no es la de una mota de polvo en medio de millones de remolinos de átomos, sino la de una criatura consciente capaz de admirar, conocer, amar y cuidar su entorno ―y no solo de explotarlo para vivir―.

La relación con la historia, desde la fe, adquiere un sentido. No nos sentimos fruto de un pasado azaroso, condicionados y herederos de un peso abrumador, familiar o social: descubrimos que hemos recibido mucho y que estamos llamados a desempeñar un papel, a dejar una huella, a dar algo de nosotros que estire y enriquezca la historia de la humanidad.

Y la vinculación con los demás, desde la fe, se ve empapada de algo más que instintos, intereses y sentimientos: queda traspasada por el amor, la generosidad, la libertad.

¿Tiene sentido hablar de Dios hoy?

Un día escuché a una persona afirmar que hoy ya no necesitamos para nada las religiones, porque simplemente con la ciencia ya tenemos respuestas. Es decir, que Dios sobra. No lo necesitamos y, como idea, es incluso peligroso, porque justifica la existencia de doctrinas y estructuras que no hacen otra cosa que manipular las conciencias para dominar a la gente.

Me quedé sobrecogida al escuchar este comentario, y más aún cuando cavilé que, seguramente, muchos son los que hoy piensan así. Sin duda, “la muerte de Dios” preconizada por Nietzsche y alentada por los filósofos de la sospecha ha calado hondo en nuestra cultura occidental.

¿Cómo responder a alguien que te lanza a la cara esta afirmación: “no necesitamos un invento como Dios”?

La primera reacción es muy subjetiva: pienso en mi experiencia personal, en la fe que ha crecido en mí, no exenta de altibajos y tormentas, pero siempre incrementándose, como algo íntimamente ligado a mi existencia. Pienso en mi relación con Dios, en cómo Él ha ido interviniendo en mi trayectoria… Para mí, no es una creencia, ¡sino una evidencia, día tras día! Pero me doy cuenta de que mis argumentos, siendo sólidos, son muy poco racionales para discutir afirmaciones así. Por otra parte, la respuesta típica “la fe es algo privado y personal, allá cada cual con lo que crea” tampoco me es del todo satisfactoria. Es cierto que es un don, ¡y además inmerecido!, y que jamás se puede imponer. Pero de ahí a encerrarla “en el armario” y ocultarla, casi como si fuera motivo de vergüenza… ¿Por qué no hablar ante otros, si se da la ocasión, de algo que para uno mismo es tan importante?

Las charlas de Cantalamessa me han ofrecido pistas muy valiosas.

De lo íntimo a lo universal

Habla Cantalamessa del sentimiento de lo numinoso, el sentido de lo sagrado, que se ha dado en todas las épocas y en todas las culturas del mundo. Esta experiencia, que puede ir desde una inquietud, o una emoción estética, hasta las más elevadas vivencias místicas, nos habla de algo intrínseco del ser humano. ¿No nos remite este sentimiento a algo que nos sobrepasa y que, al mismo tiempo, tiene una raíz en lo más profundo de nuestro ser? Que nuestro mundo occidental contemporáneo haya perdido el sentido de lo sagrado debería hacernos reflexionar: ¿no habremos perdido un tanto de humanidad, pese a tantos avances y progreso material?

Otro hecho universal es el anhelo de eternidad. El hombre tiene sed de infinito. La muerte, el terminarse, la aniquilación y la nada causan pavor. El ser humano aspira a vivir para siempre. Pensar que todo se acaba en la vida terrena no solo provoca una terrible angustia: cuanto nos sucede pierde mucho de su sentido si no hay una creencia en que algo nos trascenderá, algo de nosotros pervivirá y dejará su rastro.

Un psicoanalista ateo o un racionalista pueden argumentar: esta sed, este anhelo de vida eterna, son meras proyecciones de los deseos humanos. Creer que hay un cielo trascendente o un ser superior ―un Dios― que los satisface, no son más que invenciones, productos de la mente para autoconsolarnos. De la necesidad humana derivan la fe. ¿Y si fuera al revés?

¿Puede aspirar el hombre a algo que no tenga ya, latente, en su interior? Decía un teólogo que el hombre tiene sed porque el agua ya es parte de él: forma un setenta por cien de su cuerpo. Si aspiramos a la eternidad, ¿no será porque algo en nosotros es ya eterno?

Creer es un acto de libertad

La fe es un don, cierto. Pero es también una opción, una libre elección. Ante un hecho del que no tenemos evidencias ―si las hubiera, no hablaríamos de fe, sino de certeza― podemos elegir creer o no.

Los cristianos, por ejemplo, elegimos creer en el testimonio de unos hombres que, hace dos mil años, vieron, palparon y hablaron con su Maestro resucitado, Jesús de Nazaret. Ellos sí tuvieron la certeza, porque vivieron el encuentro real, y nosotros creemos en su testimonio. Así es como acogemos esa vida ardiente del Espíritu que sigue latiendo, desde entonces, en medio de las comunidades. No solo seguimos una doctrina, y tampoco somos una “religión de un libro”, como algunos afirman ―refiriéndose a la Biblia―. Nuestra religión nos une a una persona viva, Cristo, y, a través de él, a Dios y a los demás.

Por supuesto, hay quienes cuestionan ese testimonio y se burlan o nos compadecen por nuestra credulidad. Tampoco han faltado decenas de teorías para explicar que la Iglesia y la fe cristiana fueron un montaje inventado por unos cuantos judíos ávidos de poder y protagonismo. Me pregunto cuánto habría durado un invento tan estrafalario, basado en un hecho tan increíble como una resurrección y que, además, fuera mentira. Si lo fuera, podrían haber inventado una historia mucho más convincente y lógica… Dudo que ninguna religión hubiera durado dos generaciones de estar basada en puro humo, y menos aún teniendo a todos los poderes ―civil y religioso― en contra. Por otra parte, ¿quién arriesga su vida, hasta morir, por una idea que sabe falsa?

En cambio, jugárselo todo, como lo hicieron los apóstoles y muchos mártires, por amor a una persona, es algo que, humanamente hablando, aunque nos resulte asombroso y excesivamente heroico, puede comprenderse.

En todo caso, creer o no es un acto de libertad. Y esta libertad conlleva compromiso y una coherencia vital que, inevitablemente, flaqueará y deberá asumir continuos errores y fallos, ¡no somos perfectos! Quizás sea esto lo que haga tan incómoda la opción de creer…

La fe es un regalo, pero la persona también puede contribuir con su actitud. No vale pensar: Dios dispensa la fe a su capricho, a unos les toca, a otros no. Si a mí no me la dio… ¡mala suerte! No es así como funciona la cosa. Porque Dios reparte sus bienes “a justos y pecadores”, y hace llover su gracia sobre todos. Lo que ocurre es que nos respeta y nos deja elegir. La decisión consiste en abrirse o no, en acoger o no ese don. Como el sol, podemos dejar que entre en nuestra casa abriendo ventanas y postigos. Pero también podemos cerrar todas las persianas y vivir en la oscuridad, aunque afuera sea de día. En medio de las tinieblas bien podremos decir que es de noche, pues está oscuro y apenas se ve sin ayuda de lámparas artificiales. Pero sería propio de mentes cerradas imponer esa certeza cuando otras casas ―otras almas― deciden abrir sus puertas y dejan entrar, aunque solo sea por una rendija, la luz.

martes 19 de julio de 2011

Cautelas de San Juan de la Cruz -y 3-

Contra uno mismo

San Juan avisa: este enemigo (lo que antes se llamaba la carne, hoy diríamos el ego) es el mayor de los tres, y el más difícil de vencer. ¡Uno mismo! Al lado del mundo y el demonio tentador, el mayor obstáculo, la mayor piedra de choque con que nos topamos, somos nosotros mismos.

Y es que el egoísmo crece con tanta fuerza. Hoy, en nuestra cultura individualista, que ensalza la autonomía personal y deifica la llamada autoestima, estas cautelas son más oportunas que nunca. Porque, además, la idolatría de uno mismo puede darse de forma muy sutil en personas aparentemente muy santas, muy espirituales e incluso dedicadas a los demás.

San Juan, como buen conocedor del mundo monástico y de lo que se cocía en las comunidades, fue un hombre despierto en una época de espiritualidad muy variopinta, donde se daban desde la corrupción más vergonzosa hasta los arranques misticistas más desmedidos. A menudo, costaba discernir entre una auténtica experiencia mística y la neurosis religiosa. De manera que nuestro santo tuvo que capear con todas las trampas y artimañas del espíritu humano.

Primera cautela

No has venido a que te complazcan, sino a que te labren y ejerciten. La comunidad te pule. Así alcanzarás la paz.

Aquí nos topamos con la eterna lucha: entre individuo y comunidad; entre mi libertad y la del otro; entre mi ego y el consenso. Esta dialéctica, que se ha creído natural, en realidad es una consecuencia de cierto pensamiento fragmentador de la conciencia humana. ¿Por qué no es posible conciliar libertad y unidad; individuo y grupo; identidad y comunidad?

Ver estas dos dimensiones como complementarias y aliadas, y no opuestas, nos lleva a una concepción del ser humano reconciliado consigo mismo y con los demás. Una concepción que no divide a la persona, sino que la entiende en su integridad. ¿Por qué los demás tienen que ser mi infierno, como afirmaba un autor existencialista? ¿Por qué integrarme en un grupo va a coartar mi libertad? Estamos hechos para convivir, aunque la convivencia no siempre sea fácil. Nacemos en una familia. Crecemos en ella, aprendemos en una escuela, nos relacionamos en grupos, nos integramos en equipos de trabajo… La aparición de conflictos no nos debería llevar a la conclusión fácil de que es mejor estar solos que mal acompañados, o que nadie puede ser verdaderamente libre si no se “desata” de los demás.

Estamos hechos para el amor. Basta ojear las mejores páginas de la literatura universal o escuchar la letra de la inmensa mayoría de canciones para darnos cuenta de cuál es nuestra gran aspiración, nuestra mayor hambre, nuestra eterna sed. Y el amor nunca es solitario: Dios, el Amor con mayúscula, es una comunión de tres.

Pero también nacemos para vivir en plenitud, y esto significa que nuestra vida es aprendizaje, desde el principio hasta el fin. Y no podemos aprender aquello que realmente es fundamental en nuestra vida si no es en la convivencia. Por eso hemos de entender los roces cotidianos, no como heridas o molestias, sino como ese pulido que, si nos dejamos hacer, dejará nuestras almas redondeadas, suaves y brillantes como perlas. Si nos endurecemos, nos enrocamos en nuestras posiciones y nos negamos a ser pulidos, solo conseguiremos convertirnos en cantos agrietados y llenos de aristas, que se rompen y hieren a los demás.
Por eso, la docilidad, el estar abiertos a aprender, el ser flexibles y adaptarse a los demás, no sólo nos hará sabios, sino que nos dará paz. Cuántas veces la falta de paz interior no es otra cosa que orgullo disfrazado, enojo contra los demás y frustración porque no vemos cumplirse nuestras aspiraciones más egocéntricas.


Segunda cautela

Jamás dejes de hacer las obras por la falta de gusto ni las hagas sólo por el gusto que te dan.

Otra frase que choca frontalmente con nuestra cultura actual, donde la guía y el criterio para obrar es el deseo, el “me apetece”, el gusto.
Claro que es muy humano buscar el bienestar y el placer en todo lo que hacemos. Sólo que actuar movidos por el viento voluble del deseo nos puede convertir en veletas desorientadas y perennemente insatisfechas. Porque lo que hoy me apetece, quizás mañana me aburra. Y del deseo se pasa a otro deseo, y de ahí, en muy poco tiempo, al hastío. El puro gusto no puede ser nuestro norte si no queremos desintegrarnos como personas.

¿Por qué no lo hacemos al revés? Aquel gusto por el bien, por el deber cumplido, por el trabajo hecho con amor, por la obra de arte bordada… Esa forma de vivir que nuestros antepasados conocían y muchos de ellos practicaban, ¿acaso no está llena, también, de alegría y satisfacciones? ¿Qué alpinista no se siente lleno, cuando corona una cima que le ha costado sudor y esfuerzo? Cuanto más nos ha costado hacer algo bueno, quizás obligado, pero que hemos conseguido culminar de la mejor manera posible, más gozo alcanzaremos después.

San Juan no nos está robando el gusto y la alegría de vivir, sino que nos sitúa ante un planteo diferente a la hora de tomar decisiones. Su propuesta es que no nos guiemos por el gusto o la apetencia, sino por lo que realmente es bueno o conviene hacer. Y que la falta de ganas no nos impida hacerlo, si es necesario. En esto, nuestra guía no será el deseo, sino la mente y el espíritu que, libres del egoísmo, nos orientarán hacia el amor y nos dirán qué hacer.

En la vida espiritual la tentación de dejarse llevar por lo gustoso es grande. Porque quizás en los inicios, muchas personas se sienten bien rezando, o ayudando a los demás, o dedicándose a tareas gratificantes. Pero cuando llega el momento de perseverar, día tras día; cuando la novedad desaparece y no siempre sentimos ese entusiasmo inicial… ¿qué nos sostendrá? No el gusto, ni la complacencia. Nos animará nuestra voluntad, nuestra fidelidad y la determinación de continuar, sabiendo que en el camino habrá días de sol y días lluviosos, pero que nada puede ser un obstáculo para avanzar.

Un proverbio chino dice: “las grandes almas tienen voluntad; las pequeñas sólo deseos”. Permitamos, ¡y ayudemos! a nuestra alma a crecer.


Tercera cautela

No busques en la oración lo placentero ni lo sabroso, ni rehúyas la parte amarga. Abrázala para perder amor propio y ganar amor de Dios.

Sabían bien los santos que allí donde el mal se mete con mayor sutilidad es en el espacio más sagrado, más íntimo, más hondo del ser humano.

Entramos en el campo de la oración. Cuán atractiva nos resulta cuando la asociamos a bienestar, paz interior, goce estético, calma y consuelo… Pero la oración no es un analgésico, ni una dulce poción de adormidera. ¡Qué lejos del “opio del pueblo” está la auténtica plegaria!

La oración puede ser dulce descanso y coloquio de apasionado amor, pero también puede ser pugna. Las verdaderas batallas del ser humano se libran en el terreno del alma. Y a veces son duras, prolongadas y cruentas. Jesús, que rezaba diariamente, buscando siempre lugares apartados para entrar en comunión con el Padre, también conoció esta amarga oración de lucha y sangre. Recordemos el huerto de los olivos. En esta oración, hasta el mismo cuerpo entra en la brega. Si para él fue doloroso, cómo no va a serlo para nosotros el día que nos sinceremos, desnudos de corazón, ante Dios, y queramos unir nuestra voluntad a la suya.
La oración, que nos fortalece y nos alimenta, también nos llevará a la intemperie más devastadora de nuestra vida. Nos colocará ante el abismo y nos exigirá decidir. La libertad, ese regalo precioso que Dios nos ha dado sin restricciones, nos pondrá entre la espada y la pared. Liberarse también nos hará sufrir. Es cierto que, después, el alma sale fortalecida, crecida y mucho más plena. Tras la tormenta lucirá un sol aún más radiante. Pero si queremos llegar a esa plenitud, no podemos esquivar nuestros Getsemanís interiores, y nuestras noches oscuras del alma.

En esos momentos es cuando podemos abrazarnos a la cruz de Jesús, a su propio dolor, que también es el nuestro. Cuando toquemos fondo, nos daremos cuenta de que él lleva también nuestra pequeña y pesada cruz. Él ha pasado por esto, nos sostiene y nos ayuda. Nuestro calvario interior, bien vivido, hará crecer nuestro amor.

Podríamos resumir estas tres cautelas diciendo que, para vencerse a sí misma, la persona necesita dejarse pulir en la convivencia, guiarse por el bien, y no por su gusto y deseo, y buscar en la oración a Dios y su voluntad, y no la propia. En una sola frase, hay que saber morir a uno mismo, o lo que es igual: morir al egoísmo. Si deseamos crecer espiritualmente, hay que cambiar la dinámica del egocentrismo, de la idolatría del yo, del endiosamiento del propio deseo, por una dinámica de apertura y expansión hacia los demás y hacia Dios.

Y esto, de nuevo, es totalmente contrario a las filosofías y tendencias imperantes hoy.


Durante años he leído libros de autoayuda, he escuchado conferencias y he seguido entrevistas y artículos periodísticos de numerosos autores que proclaman la necesidad de cultivar la autoestima, el amor a sí mismo y el dios interior de cada cual como formas para alcanzar la paz y la plenitud del espíritu humano. Y durante un tiempo, incluso me creí la tan repetida frase: “Si no te amas a ti mismo, jamás podrás amar a los demás”. ¡Me parecía tan lógica!

Ha sido con el paso de los años, y con la ayuda de buenas lecturas y, sobre todo, de personas buenas, que he comprendido cuán diferente es la realidad. Y reflexionando sobre mi propia vida, he llegado a la conclusión de que ese ideal, “amarse a sí mismo”, es falso.

¿Encontrarás en ti tu plenitud? ¿La verdad está en ti? ¿Es dentro de tu interior donde hallarás todo lo que buscas? ¿Amarte, centrarte en ti, te llevará a amar a los demás? ¿Nace la paz dentro de ti?

Mi experiencia ha sido totalmente contraria. Y, sin embargo, la considero necesaria por lo que he aprendido en ella. Cuando viví centrada en mí, descubrí lo que era el infierno. Fue cuando decidí abrirme a los demás ―y a Dios― cuando comencé a ver la luz, y también atisbé lo que podía ser el cielo. Y esto es algo que debo a la Iglesia y a las personas que se han cruzado en mi camino. Mucho más tarde he podido formular, con mis propias palabras, que el camino hacia la plenitud no va hacia dentro de uno mismo, sino de dentro hacia fuera. Y que la felicidad, el amor, incluso lo más íntimo y genuino de uno mismo no se halla buceando en nuestro oscuro pozo interior, sino abriéndonos a los demás y dejando que el sol de Dios ilumine hasta el último rincón de nuestras entrañas.

Desde ahí, sí es posible amarse sin egoísmos tontos y respetarse a uno mismo. Pero jamás podrás hacerlo si antes no te has sentido profundamente amado. No por ti mismo, sino por otras personas y, sobre todo, por aquel que te creó y que es, en su misma esencia, Amor.

sábado 23 de abril de 2011

Resurrección

Este relato de la resurrección forma parte del libro Mujeres de Dios.




Yo duermo, pero mi corazón vela. Es la voz del amado que llama.
En mi lecho, por la noche, busqué al amado de mi alma. Le busqué, y no lo hallé.

Mucho antes que rompiera el alba, su corazón se había desvelado. Se levantó del agitado lecho, se inclinó sobre la jofaina y se lavó las manos y la cara. Se cepilló el cabello, larguísima cascada de ébano ondulado, y abandonó la alcoba.

La idea había sido suya. Con el apresuramiento y la víspera inminente de la Pascua, apenas había habido tiempo. José de Arimatea y Nicodemo habían sepultado al Maestro, envuelto en la sábana, sobre un lecho de aromas. Pero nadie había lavado y ungido el cuerpo. Y había sido ella, Miriam de Magdala, quien había salido a comprar los vasos de perfumes, casi a deshora, infringiendo el reposo del sábado. En el umbral la esperaban María de Cleofás y Salomé, la mujer de Zebedeo, con lienzos limpios y el pequeño capazo con los óleos fragantes.

Salieron caminando ligeras. La aurora teñía de arreboles el cielo diáfano de abril. La ciudad parecía desierta, sus pasos resonaban en las sinuosas callejas de adobe y cantos. Salieron por la puerta de Efraín, la de los mercaderes. A sus espaldas, el sol naciente besaba la orla de los muros de Jerusalén.

Avanzaban presurosas, cubiertas con sus velos. Miriam echó un vistazo furtivo a la colina de la Calavera. Las tres cruces seguían allí, descarnadas, rayando el cielo del alba.

Me levanté y di vueltas por la ciudad, por las calles y las plazas,
buscando al amado de mi alma.

Llegaron a la quebrada donde almendros y olivos crecían entre cicatrices de roca. Allí estaba el sepulcro. Como un bostezo en la peña, enorme y vacío. Esperándolas.

El corazón les dio un vuelco. La piedra de la entrada había sido corrida.

Se acercaron, con el alma en vilo. Y se asomaron a la boca. El grito murió en sus gargantas. El cuerpo había desaparecido.
Y un viento se agitó a sus espaldas. Alguien hablaba con ellas.
—¿A quién buscáis?

Se volvieron, sobresaltadas. Era un muchacho alto, vestido de blanco. La luz de la mañana relumbraba en su túnica.

—¿Dónde está el Maestro?
—No está aquí. Ha salido, y os espera.
¿Cómo comprender sus palabras? Transidas de dolor, heridas por loca esperanza, las tres mujeres emprendieron el regreso.

Me levanté para abrir a mi amado. Pero mi amado, desvaneciéndose, había desaparecido. Mi alma salió por su palabra. Le busqué, mas no lo hallé.
Le llamé, mas no me respondió.

Los hombres se habían reunido entorno a la mesa. María de Nazaret había servido el pan, y ahora escanciaba vino en una jarra. Desayunaban en silencio, sin osar hacer ruido. El temor a represalias los había mantenido allí, aprisionados en aquella casa, durante dos días.

Las vieron llegar, agitadas. Pedro se levantó al punto.


—Se lo han llevado —anunció María, la de Cleofás.
Ante el silencio incrédulo, habló de nuevo.
—No está en el sepulcro. Ha desaparecido.
—¡Estáis locas! —exclamó Pedro, indignado—. ¿Cómo van a habérselo llevado? ¡Había vigilancia! ¿No quedaron un par de legionarios?
—Han perdido el juicio, pobres mujeres —decía Tomás, entre desdeñoso y compasivo.
—¡No! —era la madre de los Zebedeos quien hablaba ahora. Fogosa como sus hijos, vehemente—. Nadie se lo ha llevado. Y no había rastro de los soldados. Se ha ido, ¡se ha ido! ¡Así nos lo ha dicho su ángel!
Varios ahogaron las risas, dolorosas y mordaces.
—¡Sí! Ahora resulta que habéis visto ángeles del cielo bajar y subir sobre su tumba…
Salomé iba a replicar, pero Miriam la detuvo, moviendo la cabeza con tristeza.
—Sea lo que sea —dijo Andrés, siempre práctico—. El Maestro no está en su tumba. Hay que averiguar lo que ha ocurrido.

Discutieron otro poco. La única que parecía ajena a todo era María, la madre. Serena y silenciosa, Miriam no podía entender cómo podía permanecer tan tranquila ante tal noticia. En su rostro sin edad apenas se adivinaba el tormento que había sufrido, tan sólo dos días antes. Había visto morir a su hijo, crucificado como un bandido, escarnecido como un farsante, vapuleado sin piedad. Y había recogido su cadáver al pie de la cruz. Ella recordaba bien cada instante. María había mecido a su hijo contra su pecho, aquel cuerpo hermoso y largo, roto y ensangrentado. Y lo había estrechado en sus brazos mientras clavaba la mirada al cielo, muda de dolor. Y ella, Miriam de Magdala, había besado sus pies, aquellos pies que tantas veces había lavado y ungido, enjugándolos con sus cabellos. Aquellos pies amados que había seguido con pasión, ahora taladrados. Y los había acariciado de nuevo, deseando envolver con su amor, como sudario, el cuerpo del hombre que la había hecho renacer.

Y ahora la contemplaba, tan queda, tan mansa. Diligente, con voz suave, instó a los hombres a sentarse y a acabar su almuerzo antes de decidir qué hacer. Al punto se calmaron y retomaron asiento. Miriam se acercó y su mirada se cruzó con la de la madre. María de Nazaret no recelaba de ella, como las otras, y en su rostro no se leía el desprecio. Casi, pensó con estremecimiento, casi podía atisbar una sonrisa. En los ojos de María anidaba el alba.

—Voy a ver lo que ha ocurrido —dijo Pedro, resuelto. Era el único que no se había sentado.
—Yo voy contigo —saltó Juan el impetuoso, el hijo del Trueno.

Pedro accedió con un leve gruñido y ambos tomaron los mantos. Pedro se ciñó la espada, y Miriam lo contempló un instante. Tampoco él había dormido en dos días, pensó. La rabia y el dolor arañaban su rostro. Pedro era un bravucón. Tanto se había jactado ante su maestro… y lo había abandonado, cobarde, temeroso como los demás. Sólo las mujeres lo habían seguido hasta la colina de la Calavera, hasta el suplicio final. Sólo ellas no habían temido y habían pasado entre soldados brutales y saduceos hostiles, ignorando el odio, desafiando el miedo. Ellas y el joven Juan.

—Os acompañaré —dijo Miriam, acercándose.
Pedro la miró frunciendo el ceño y se volvió, contrariado. ¿Cuándo dejaría de mirarla como a una mujer de la vida y la miraría, simplemente, como a una mujer? Juan también la observó detenidamente. Él no la desdeñaba. El amado, pensó Miriam. Ella era la amada.

¿A dónde fue tu amado, oh tú, la más hermosa de las mujeres?
¿Qué dirección ha tomado, para ir en busca de él?


La angustia les daba alas. Juan apretó el paso, Pedro se esforzaba en seguirle. Miriam caminaba, más atrás, cubriéndose la cabeza con el velo.

Cuando llegaron a la quebrada, Juan echó a correr, ágil como un venado. Pero se detuvo junto a la roca, y esperó que Pedro llegara. Miriam vio cómo ambos se agachaban y entraban en la sepultura.

Salieron con los rostros trasmudados. Miriam aguardaba, junto al tapial de piedra, bajo un almendro. Las flores habían caído hacía lunas, y las hojas ya verdeaban. Un manojo de lirios estallaba al pie del bancal. Podía sentir su levísima fragancia.

—No está —dijo Pedro, sin salir de su asombro. Miriam vio las lágrimas juguetear en sus pestañas. Lágrimas de hombre duro, pensó. Hombre duro que, sin embargo, en los dos últimos días había llorado por toda una vida.

—Hemos de avisar a los demás —exclamó Juan, súbitamente animado. Y Miriam tembló al oírlo. En sus ojos vio la luz, tan similar a la que había visto en María, la madre. Leyó el mismo mensaje en su rostro. Ellos creían.
Se alejaron presurosos. Miriam permaneció allí, aturdida y desolada. Se acercó al sepulcro y entró. Silencio pétreo la envolvió, en la dura matriz de roca.

La sábana yacía, tal como la habían dejado, doblada en dos, envolviendo su cuerpo. Pero estaba aplanada. Y el lienzo para la cabeza había sido enrollado, apartado a un lado. Miriam respiró hondo. La fragancia de la mirra flotaba en el aire denso.

Dios mío… Díos mío.

Sólo le respondió el vacío.

Salió al pequeño huerto y cayó de bruces. Su frente rozó la tierra, las briznas de hierba tierna. El velo se deslizó por su espalda y el cabello se desparramó, cubriendo sus hombros, como manto de luto. Y rompió a llorar.

Me encontraron los centinelas, que hacen ronda en la ciudad.
¿Habéis visto al amado de mi alma?

La tierra crujió bajo los pasos. Alguien se acercaba. Se incorporó de golpe y lo vio. Un hombre alto, con túnica clara y el rostro cubierto por un manto.

—Señor…
Se acercó a ella. Iba descalzo.
—Señor… ¿Eres tú quien se lo ha llevado? Si has sido tú… por favor, dime dónde lo has puesto, que me lo llevaré. Te lo imploro.

Él no respondió y dio un paso más hacia ella. Entonces el manto cayó de su cabeza.

—Miriam.

El sol la inundó por dentro. Y el grito alborozado escapó de su garganta.

…hallé al amado de mi alma. Le así para no soltarlo. Le así, y no lo soltaré…

Arrodillaba como estaba, le asió las piernas con fuerza y besó los pies, aquellos pies adorados. Sus labios se posaron sobre las llagas, cerradas. Y lloró de nuevo, mientras lo aferraba con fuerza. Con el ansia de un náufrago agarrándose a un madero.

—¡Maestro! Mi maestro…

Yo soy para mi amado, y mi amado para mí, el que pastorea entre azucenas.

Él se inclinó y le tomó las manos. Y la hizo ponerse en pie. No os he llamado siervos, sino amigos. Ella tampoco era su esclava. Era su amada. Y la abrazó. Ella lo envolvió en sus brazos, estrechándolo hasta sentir su pecho, apretado contra su seno. Hasta sentir su latido. Estaba vivo. Vivo.

Pasaron unos instantes, que ella deseó eternos. Por fin, él se apartó, suavemente. Le tomó las manos de nuevo.

—Déjame, Miriam. Aún debo reunirme con el Padre.
Ella asintió, entre lágrimas. Él tampoco era suyo, sino de todos.
—Ve y avisa a los demás. Nos encontraremos en Galilea.

De nuevo Miriam asintió, sobreponiéndose. Galilea era tierra luminosa. Allí donde todo había comenzado. Junto al lago, entre trigales y olivos, montecillos salpicados de encina y barcas de pescador. Lejos del horror y la vergüenza de los muros de Jerusalén.

La besó. Y se deslizó de entre sus brazos. Ella cerró los ojos y se llevó las manos al rostro, aspirando, bebiendo, el aliento del hombre amado. Cuando los abrió de nuevo, él había desaparecido.

Pero ahora sabía dónde encontrarlo.

Y, esta vez, Miriam corrió gozosa.

sábado 11 de diciembre de 2010

Cautelas de San Juan de la Cruz -2-

Esta semana (el día 14) celebraremos la fiesta de San Juan de la Cruz. En memoria de este santo amigo, retomo sus "Cautelas" para quien desea avanzar en el camino espiritual (contra el mundo, el demonio y la carne) y comento las tres siguientes.

Contra el demonio

Hablar del demonio hoy día puede sonar arcaico y fuera de lugar. Quizás porque el nombre está demasiado cargado de connotaciones folclóricas o represivas de otras épocas. Pero el demonio, o el Mal, si preferimos llamarlo así, existe. Está presente en el mundo y acecha nuestras vidas continuamente. La evidencia del mal se nos muestra cada día, de forma flagrante cuando vemos un noticiario en televisión o leemos la prensa, pero también cuando miramos hacia nuestra historia personal y vemos cuánto dolor han causado las envidias, el egoísmo, la cobardía o la ira. Todo esto son manifestaciones de sumisión, consciente y quizás alguna vez deliberada, a las invitaciones del maligno, que no persigue otra cosa que nuestra aniquilación.

San Juan avisa: el demonio es muy listo y no va a tentar a una persona espiritual con cosas malvadas y espantosas. Lo más corriente, dice, “es engañarlos debajo de especie de bien, y no debajo de especie de mal, porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán”.

San Juan nos hace ver que es necesario desarrollar finura y madurez interior para discernir cuándo detrás de algo aparentemente bueno puede esconderse una sutil trampa diabólica.

Primera cautela

Jamás te muevas a cosa, por buena que parezca, si no es por obediencia.

¡Duro consejo! Porque la obediencia es otra palabra que hoy no está nada bien cotizada. Nos parece contraria a la libertad, un valor máximo que defendemos ante todo.

Si bien hay que entender este aviso en el contexto de la vida religiosa y conventual, no es menos cierto que también podemos aplicárnoslo a los cristianos laicos de a pie, en pleno siglo XXI.

¿Qué significa obediencia? La palabra etimológicamente significa oír con atención. Es decir, se trata de escuchar, atender y seguir, con confianza y lealtad, aquello que nos dicen las personas que tienen autoridad en nuestra vida y en nuestro apostolado. Desde los padres, en el caso de los jóvenes o menores de edad; hasta el sacerdote, un director espiritual, un profesor, una persona que sabemos que nos ama y quiere lo mejor para nosotros… No estamos solos en el mundo ni somos enteramente autosuficientes. El hombre más maduro y formado, el más alto cargo de cualquier institución, si quiere actuar bien, no carece de amigos y personas que le aconsejan y ayudan, y a quienes sabe escuchar.

En el caso de quienes colaboramos en parroquias, movimientos u ONG, es importante escuchar y seguir a los líderes —que son pastores, sobre todo—. No con sumisión ciega, pero sí con humildad y actitud abierta y despojada de prejuicios. Se trata de saber actuar en equipo, en comunidad y en comunión. Porque la misión es de todos, no de uno solo. Muchas veces, la resistencia a “obedecer” —o a escuchar— es causada por la vanidad o por la convicción de ser superior a otros, el deseo de destacar y de presumir. A veces tenemos ideas presuntamente geniales y queremos ponerlas en práctica a toda costa, sin considerar las consecuencias y sin pensar que quizás pueden acarrear problemas a otros, o que quizás no sean tan fructíferas como otra iniciativa puesta en común. Esta cautela nos limpia de golpe de todos esos orgullitos interiores que pululan en nosotros, mezclados de buenas intenciones. San Juan lo dice lisa y llanamente: “De otra manera, ni perderás el amor propio ni ganarás amor de Dios”.

Segunda cautela

Jamás mires al sacerdote con menos ojos que a Dios.

Otra sentencia difícil. Porque, ¡es tan fácil, y nos gusta tanto, criticar a nuestros curas! Son humanos y cargados de defectos, cierto. Pero no descuidamos ocasión para señalarlos, ahora más que nunca. A veces escucho juicios y críticas que me sorprenden, no porque sean falsos, sino porque quien los pronuncia habla como si emitiera dogmas ex catedra y como si fuera perfecto e irreprochable.

¿Quién puede tirar una primera piedra para condenar a nadie?

Esta cautela me recuerda los escritos del cura de Ars sobre la enorme dignidad del sacerdocio. Los sacerdotes, más que nadie, hacen real aquella frase de san Pablo: somos vasos de barro que contienen un tesoro inmenso. El vaso puede ser muy quebradizo y pobre, pero ¡el tesoro que alberga es Dios mismo!
Por eso un sacerdote, llamado a una misión tremenda, ocupar el lugar del Cristo, merece la misma consideración que Dios mismo.

Es cierto que esta cautela la podemos hacer extensible a nuestros hermanos, recordando a San Juan: “Dices que amas a Dios y no amas a tu hermano… ¡hipócrita!”. Sí, cuánta hipocresía lucimos a veces. Aunque parece que amar al hermano, especialmente si es pobre y desvalido, o si es un igual a nosotros, nos resulta más fácil o familiar. Pero poner en su lugar al sacerdote y ver en él más allá de su condición, de su carácter, de la simpatía o antipatía que despierta en nosotros… eso cuesta más.

Y “mirad que el demonio mete mucho aquí la mano”, advierte san Juan.

Alguien, leyendo esto, puede decir que abogo por una sumisión fácil a la jerarquía eclesiástica. No va por aquí la reflexión. Lo ideal es que en todas las comunidades reinen dos cosas: el amor y el servicio. El cargo del sacerdote no es —ni debe ser, por más lastres históricos que arrastremos— un ejercicio de poder, sino un servicio, muy sacrificado y hermoso, de entrega a los demás, sin atadura humana ni de ningún tipo. Ese es el sentido del orden sacerdotal y del celibato.

Los sacerdotes y los feligreses estamos llamados a ser amigos, y es desde la amistad desde donde se puede dar la confianza, la escucha mutua y desde donde fraguar proyectos conjuntos que den buen fruto.

Tercera cautela

Procura humillarte en palabra y obra, alegrándote del bien de los otros como del de ti mismo.

Este es el mensaje de esta tercera cautela que va a cortar de raíz todo germen de celos y envidia.
Hay que entender de nuevo la palabra humillación. No se trata de denigrarse, de tener una baja autoestima, de encogerse y mostrar una falsa modestia. Santa Teresa dice, con mucha gracia, que nada de falsos encogimientos. Pero tampoco arrogancia. Por “humillarse” san Juan se refiere a la humildad, al realismo de conocerse uno como es, con sus cualidades y sus miserias, ni mejor ni peor que los demás.

“En palabra y obra” nos dice que hemos de actuar y hablar sin petulancia, sin afán de ser vistos, sin histrionismos ni presunción. Nos invita a actuar con sencilla elegancia, con suavidad y delicadeza, con cordialidad sin ser empalagosos; con firmeza sin ser tajantes; con humildad sin exagerada timidez.

Y alegrarse del bien de los demás como del propio es un acto de enorme generosidad. Parece dificilísimo, pero san Juan continúa su cautela con unas palabras que casi no necesitan comentario: “queriendo que (los demás) se antepongan a ti en todas las cosas, y esto con verdadero corazón, y de esta manera vencerás en el bien, y echarás lejos el demonio, y traerás alegría de corazón”.

Quien lo haya probado, sabrá que es cierto, y que pocas cosas liberan tanto el espíritu como alegrarse, sinceramente, por el bien y el éxito ajeno. Desprenderse del ego narcisista y saber gozar con el bien de los demás es un acto de madurez espiritual que aporta una gran libertad interior.

San Juan acaba rematando esta cautela con dos apuntes: practica esto, alegrarte del éxito ajeno, especialmente con aquellos que peor te caen. Y busca antes ser enseñado de todos “que querer enseñar aún al que es menos que todos”.

Resumiendo, estas tres cautelas contra el demonio son avisos ante actitudes muy humanas que tienden a halagar nuestro egoísmo y nuestra vanidad. Disfrazadas convenientemente de amor propio, autoestima, crítica a la autoridad, simpatías humanas, libertad, creatividad… ocultan muy a menudo orgullo, egocentrismo, endiosamiento de uno mismo y un conflicto mal resuelto de convivencia con los demás.

El camino para superarlas no es fácil. Nunca fue el Cristianismo una puerta ancha ni una autopista cuesta abajo. Pero la ascensión hacia la cumbre, por dificultosa que sea, nos depara bellezas y horizontes insospechados.

martes 7 de septiembre de 2010

Despedida a Mn. Joaquín

Después de 17 años con nosotros como rector, la comunidad de la parroquia de San Pablo tiene mucho que agradecer a Mn. Joaquín por todo lo que ha hecho.

Una de sus grandes aspiraciones ha sido convertir la parroquia en una familia, donde todos nos conozcamos, podamos llamarnos por el nombre y crear vínculos de caridad unos con otros. Su deseo ha sido hacer de la parroquia una casa grande, una casa de Dios y casa de todos, una verdadera embajada del cielo en medio del Raval. Quizás las personas que hemos estado a su lado no siempre lo hemos hecho bien, pero quien ha sido atendido por Mn. Joaquín siempre ha encontrado en él un oído atento, una presencia cálida y unas palabras de ánimo y esperanza.

Otro aspecto en el que Joaquín ha querido trabajar es en el espacio físico. Recibió una parroquia recién construida, apenas terminada junto a la ruina del viejo edificio. Durante sus años de rector, y tras muchos esfuerzos por buscar recursos y ayudas, podemos decir que nos deja una parroquia hermosa, digna, llena de luz y de belleza. Él alentó a Francesc Martínez, nuestro pintor, a cubrir las paredes desnudas de obras de arte que nos sobrevivirán a todos, y que dejarán constancia de una generosidad muy grande del artista y del empeño evangelizador del párroco.

Si en algo ha destacado Joaquín ha sido en su entusiasmo apostólico y en su creatividad. Haciendo honor al santo titular de la parroquia, no ha cejado nunca en su labor evangelizadora, hacia adentro y hacia fuera; hacia los feligreses de siempre y hacia los más alejados. Y siempre con esa fuerza, esa alegría y ese temple de enorme firmeza espiritual y convicción que jamás ha vacilado.

Como todo párroco, ha atravesado situaciones muy diferentes. Han sido, en pequeñito, como las vivencias de Jesús y de todo apóstol comprometido. Ha vivido los momentos ilusionados de los inicios, las dificultades de despertar a un barrio frío religiosamente; épocas de una intensa labor social; tiempos de persecuciones y de lucha; tiempos de cosechar éxitos y apoyos; tiempos de Domingo de Ramos, con el templo abarrotado y resonando de aplausos; tiempos de Getsemaní. Y ahora afronta el cambio, después de tantos años. Todo cambio es, en cierto modo, una muerte. Un dejar atrás muchas cosas, y también personas y afectos. Pero, como toda muerte cristiana, es también el preludio de una resurrección. Un cambio es una oportunidad, un estiramiento espiritual, un estímulo para crecer, y nosotros como comunidad deseamos que esto sea así también en su caso.

Mn. Joaquín siempre ha sido un hombre de confianza. Alguien en quien confiar y alguien que ha confiado mucho en las personas. Sus colaboradores más cercanos lo sabemos: sabe dar responsabilidades, libertad y cauce a la creatividad de cada cual; y al mismo tiempo también da confianza y apoyo. Como buen maestro, a su lado hemos podido aprender y madurar, como personas y como cristianos. Pero, especialmente, Joaquín ha confiado y confía en Dios. Esta fe inquebrantable le ha permitido mantenerse siempre fuerte, siempre alegre pese a las dificultades, siempre animoso y luchador. Siempre feliz y agradecido, como a menudo nos repite, por el don de ser sacerdote.

Ahora marcha, y se va a abrir caminos a otra parroquia, con otra comunidad. Los párrocos pasan, las gentes pasan y los tiempos cambian… pero hay vínculos que no se romperán nunca. Y esto lo sabe muy bien Joaquín, que por todas las parroquias donde ha estado ha ido dejando un buen puñado de amigos y personas que le quieren, le siguen y continúan cercanas a su corazón. Son su feligresía universal, por así decir, más allá de los límites territoriales de una parroquia u otra. Son la feligresía del corazón. Las auténticas amistades, los afectos sinceros y profundos, perdurarán. En palabras de san Pablo, nuestro patrón, todas las cosas del mundo pasarán, pero… “el amor no pasará nunca”.

domingo 4 de julio de 2010

Cautelas de San Juan de la Cruz -1-

Además de sus poemas y sus obras más conocidas, como Subida al Monte Carmelo, San Juan de la Cruz escribió numerosas cartas, reflexiones y consejos espirituales dirigidos a sus monjes y a religiosas de su orden. Entre estos escritos leí hace poco unas “cautelas” que redactó a modo de avisos para que toda persona consagrada pueda vencer a los tres tradicionales enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne.

Aunque el lenguaje de estos textos nos pueda parecer arcaico, estas cautelas me parecieron consejos totalmente actuales y aplicables a los cristianos de hoy, consagrados o no, y muy especialmente a aquellos que están comprometidos en parroquias, movimientos o comunidades. Voy a intentar resumirlos y traducir a un lenguaje moderno su contenido. Hoy comenzaré por las cautelas “contra el mundo”.

Contra el mundo

Antes de empezar, hay que precisar que no se trata de ir contra el mundo armados como héroes justicieros, automarginándonos, pertrechándonos tras un muro o atacando con beligerancia aquello que no está conforme con nuestras ideas y valores. Por mundo, como concepto teológico, podemos entender todas aquellas tendencias, ideologías y actitudes que arrastran a la persona, anulan su capacidad de juicio y la impiden crecer, madurar y dar lo mejor de sí. ¡Y hay tantas! Forman una auténtica riada cuyo único fin es masificar la sociedad humana, envolverla en su cieno y adormecerla, para poder manipularla mejor. Muchas de estas ideas y contravalores incluso se nos presentan como positivos, naturales, humanos y atractivos. Veamos qué nos dice San Juan.

Primera cautela

Ten igualdad de amor y olvido con todas las personas. No ames más a unos que otros. No tengas preferencias familiares.

Con esto, se nos dice que debemos amar a todos y mostrarnos amables, pacientes, delicados y generosos con toda persona, sin distinción. Por supuesto, no vamos a tratar con la misma confianza a un ser querido que a alguien a quien apenas conocemos; ni tampoco vamos por eso a destruir esos vínculos especiales, de simpatía, amistad y comunión con nuestros familiares y amigos más íntimos. Lo que nos indica San Juan es que no debemos discriminar a nadie. Es aquello del “amad a vuestros enemigos”; “si sólo amáis a los que os aman, ¿en qué os diferenciáis de los fariseos?” (Mt 5, 43-48). Se trata de no excluir a nadie, de ser ecuánimes en los afectos y de no tratar peor, sino igual de bien y con especial atención a las personas que nos caen mal o nos producen rechazo; incluso a las que alguna vez nos han ofendido o causado un daño.

En cuanto a la familia, tampoco se trata de olvidarnos de nuestros seres queridos, por supuesto. Esta cautela nos previene contra el egoísmo familiar. Hay quienes darían la vida por sus parientes, pero les importa bien poco el resto de los mortales. Un cristiano convencido se siente hermano de todos y no le es indiferente el sufrimiento de nadie. Nuestra familia va mucho más lejos de los lazos de sangre.

Segunda cautela

No te angusties ni obsesiones por los bienes temporales. Mantén la paz. Busca primero el Reino de Dios.

¡Otro consejo bien actual! Y más ahora, en tiempos de crisis, en que muchos padecen problemas económicos y otros se aferran a su dinero y a sus bienes con más ansia que nunca. Esta cautela nos remite al evangelio de Mateo: “no os afanéis pensando qué comeréis, qué vestiréis…” Si Dios cuida de los gorriones del campo, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? (Mt 6, 25-34) San Juan nos recuerda que hay que confiar en la Providencia. Pero, cuidado, sin olvidar aquel dicho tan popular, “a Dios rogando y con el mazo dando”. Confiar y no obsesionarse no excluye un trabajo concienzudo, perseverante y honesto. Esta cautela no nos empuja al quietismo y a la fe ciega, sino a una actitud interior de paz, de calma activa, que nos permitirá trabajar sin obsesiones. Quien busca el Reino de Dios encontrará su sustento. Pues el Reino de Dios es también el trabajo hecho con amor, el esfuerzo por hacer las cosas bien, la puntualidad, la constancia, la atención, el detalle, el sacrificio por los seres queridos.

En realidad, esta segunda cautela nos previene contra la tentación materialista de reducir todos los problemas a una cuestión de dinero y pensar que el dinero lo puede solucionar todo; es un aviso contra la deificación del dinero y los bienes de consumo, tan extendida hoy por el mundo, incluso entre los cristianos.

Tercera cautela

Guárdate de querer saber y de hablar sobre lo que pasa en las vidas ajenas.

¡Cómo nos gusta el cotilleo! Si hasta está bien visto. Alrededor del comadreo público se mueven enormes negocios. Los programas estrella de televisión y las revistas más vendidas suelen ser precisamente esto: escenarios de chismorreo acerca de las vidas de personajes más o menos famosos. Y en la calle, en el trabajo, en el vecindario, en las mismas parroquias, en asociaciones y comunidades… ¡cuántas horas gastadas en hablar de los demás! Es natural, sí, y nos encanta. Pero esto no nos hará crecer espiritualmente. Incluso puede llegar a enrarecer y a cubrir de hipocresía nuestras relaciones. Tenemos bastante con nuestras propias vidas, no queramos entrometernos en las de los demás. Un cristiano coherente debería rechazar, siempre, tanto participar en las habladurías como escucharlas. Fuera la insana curiosidad. Santa Teresa, muy en la onda de San Juan, recordaba: “Hermanas, una de dos; o no hablar, o hablar de Dios”. Hablemos de cosas que valen la pena, de cosas que nos alivian, nos enseñan, nos despiertan y nos acercan a los demás. Practiquemos una verdadera comunicación —y no nos dediquemos a etiquetar y a juzgar a los demás, que a eso es a lo que se reduce el comadreo—. Y si no nos es posible en un determinado contexto, callemos y vayamos a otra parte.

Estas fueron las cautelas “contra el mundo”, que podríamos resumir en:

— amar a todos con caridad ecuánime
— no obsesionarse con el dinero y los bienes materiales
— no perder el tiempo fisgoneando en las vidas ajenas

Son tres consejos bien sencillos… pero difíciles de cumplir. Lograrlo pide un cambio importante en nuestras vidas pero también generará un estirón espiritual que nos ayudará enormemente.