sábado, 6 de enero de 2018

Los 3 regalos de Dios



Hoy celebramos la Epifanía del Señor, o el Día de Reyes, para muchos. Es el día de los regalos, el día en que los niños son los grandes protagonistas, el día que amanece vestido de ilusión, paquetes sorpresa bajo un árbol de Navidad, cintas plateadas y papeles de colores. Un día en que todos intercambiamos obsequios y nos permitimos ser un poco niños… Pero también es un día que quizás nos ha ocasionado no pocas horas de estrés, comprando, cocinando, pensando en qué regalar a unos y a otros, quizás estirando una economía precaria.

Los cristianos explicamos que los magos de Oriente fueron a llevar tres regalos al niño Jesús. Y de ahí que, hoy, los padres ofrezcan regalos a sus hijos. Ese es el origen de la tradición, y nos parece una historia bonita. Pero, en realidad, con todos estos rituales familiares, cabalgatas y fiestas llenas de sorpresas, el sentido de la fiesta queda bastante desvirtuado.

La Epifanía en clave cristiana se puede entender como el regalo de Dios a la humanidad: el Padre nos envía a su Hijo, que nace en el pueblo de Israel. Pero en esta fiesta de hoy celebramos que este regalo no se limita a un pueblo, sino que es para todos. Jesús es el gran regalo de Dios a toda la Tierra. Con su venida, podemos estrenar una vida nueva: una vida con sentido, una vida de amor, de generosidad, de entrega a los demás. Podemos imitar humildemente a Dios y convertirnos en regalo para las personas que nos rodean. Quizás más importante aún que los obsequios es que podamos regalar nuestra presencia, nuestro cariño, nuestra escucha, un poco de nuestro tiempo para nuestros seres queridos, y también para los más pobres y los que sufren soledad. ¿Qué mejor regalo que este, para celebrar la fiesta de hoy? Llevar alegría, llevar un poquito de Dios ―amor— al mundo, es la mejor manera de vivir la Epifanía.

Pienso en los tres regalos de los magos al Niño… Y pienso que Dios, hoy, también nos hace al menos tres regalos a nosotros, a todos los hombres y mujeres del mundo. Nos regala a Jesús, y Jesús nos ofrece lo mejor de sí mismo.

Como una madre amorosa a su niño, Dios nos lava. Como lo hizo con sus discípulos en el lavatorio de pies, Jesús nos purifica y nos devuelve un corazón limpio, capaz de alegrarse y amar.

Dios nos alimenta. Jesús convirtió el agua en vino, multiplicó panes y peces, y al final él mismo se nos hizo pan bueno y vino dulce para nutrir nuestra alma, fortalecernos y darnos alegría al corazón.

Dios nos unge. Jesús se dejó ungir por las manos amorosas de aquellas mujeres que rompían frascos de perfume. Pero él, con los sacramentos, también nos unge. ¿Qué significan los óleos sagrados del bautismo, de la confirmación, de la unción de enfermos…? Son los aceites del consagrado, del rey, del elegido, del muy amado por Dios. Con los sacramentos recibimos la caricia divina. Él nos elige, nos llama y nos envuelve en su amor. 

Baño, alimento, ternura. Son tres grandes regalos que Dios nos hace, hoy y siempre. ¿Sabremos recibirlos con gozo? ¿Sabremos emplearlos, disfrutarlos, y usarlos en bien nuestro y de los demás?
¿Sabremos darle las gracias?

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La rebeldía es crear



Leo una reflexión de José Luis Martín Descalzo sobre la rebeldía, y una cita de Ortega y Gasset que me impacta: «La verdadera rebeldía es la creación». Criticar, denunciar y destruir puede parecer muy rebelde, pero no cambia nada. Lo que cambia el mundo es ponerse a crear, a sanar, a curar, a dar más vida. Una rebeldía destructiva acaba siendo falsa o despótica.

Martín Descalzo nos propone ser rebeldes, sí, pero auténticos. Y para empezar, hay que rebelarse contra uno mismo. ¿Qué nos rebela, si miramos al mundo? Nos rebelan el mal, la injusticia, la mediocridad. 

Pues bien, ¿por qué no miramos dentro de nosotros? Quizás en nuestro interior también anidan ese mal, esa violencia, esa injusticia y esa mediocridad que tanto denostamos cuando pensamos en los otros.

¿Somos malos, crueles, injustos, con nosotros mismos? ¿Vivimos machacándonos?

¿Somos incapaces de cambiar? ¿Nos falta el valor para ser lo que queremos ser, y hacer lo que deseamos hacer?

Si somos sinceros… veremos que muchas veces nos maltratamos. Sí, somos malos y violentos con nosotros mismos. Muchas veces somos injustos, negándonos lo que necesitamos o siendo demasiado indulgentes, viviendo una doble moral, hipócrita. Y muchas veces caemos en la mediocridad, porque no nos atrevemos a ser nosotros mismos y a vivir con pasión y a explotar al máximo nuestros talentos.

Nos faltan ternura y coraje. Nos sobran dureza y cobardía. La gran rebeldía empieza por aquí. Por tener la ternura suficiente para amarnos y alimentar nuestra alma, y saber exigirnos lo suficiente como para desplegar nuestras capacidades y luchar por lo que soñamos. 

Ternura y coraje. Y lanzarnos a ser creativos. No tenemos mucho tiempo, la vida pasa muy aprisa. ¿La perderemos criticando o lamentándonos? No malgastemos tiempo ni energías cuando tenemos tantas cosas buenas y hermosas que hacer y que vivir.

En una sociedad mediocre, dormida y apoltronada, que sólo se despierta para protestar cuando se ve privada de un poco de confort, la creatividad y la bondad son las mayores rebeldías.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Ser santo

«La única tragedia en la vida es no ser santo», escribió Léon Bloy. La frase me deja en silencio...

Pero ¿qué es ser santo? Tanto se ha hablado, tanto se ha escrito... ¿Qué significa ser santo?
El latín nos puede ayudar. Beatus es feliz. Sanctus es salvado. Sanos, salvos, felices... ¿es esto ser santos? Si es así, ¡todos queremos serlo! ¿Quién no quiere sentirse sano, salvado, feliz?

Hoy y mañana, fiestas de Todos los Santos y Fieles Difuntos, leemos el evangelio de las bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12). ¿Podemos traducirlas a un lenguaje y contexto actual?  Veamos... Todos buscamos la felicidad. Es como la cima de un monte donde nos espera un gran regalo… ¡ser felices! 

Pero ¿cuál es el camino hacia la felicidad? En el mundo aparecen muchas señales que nos indican diversos caminos. He aquí alguna consignas:  
  • Sé el primero y el mejor. Eres lo que haces. 
  •  Persigue el éxito y te sentirás realizado y feliz. 
  • Sé rico: el dinero te da la libertad y lo compra todo.
  • Sé famoso: el reconocimiento y los fans te hacen ser quien eres.
  • Busca tu paz interior: sólo en ti está la felicidad.
  • No busques a Dios ni a otros dioses: tú eres dios, tú eres todo lo que necesitas.
  • No te preocupes por los demás: céntrate en ti. Cada cual tiene que seguir su camino.
  • No te apegues a los demás, porque el apego causa dolor.
  • No desees nada con fuerza, porque el deseo causa ansiedad constante y sufrimiento.
  • Evita el dolor a toda costa.
  • Persigue tus metas: haz todo lo que sea. El fin justifica los medios.
  • cool. Sé trendy. Sé fashion. Estáte a la última... 
¿Nos llevan de veras a la felicidad estos caminos? Jesús también nos propone uno. ¡Parece muy contradictorio!
  • No busques ser el primero: los demás son lo primero.
  • Vive para servir.
  • Comparte lo que tengas. Nada es tuyo, todo te lo han dado.
  • Eres valioso por lo que eres, no por lo que tienes ni por lo que haces. Dios te conoce y te ama. 
  •  Busca la paz entre las personas, sé conciliador. Perdona y pide perdón.
  • Tú solo no puedes casi nada. Con Dios todo lo puedes, ¡pide ayuda y confía!
  • Piensa en los demás: tienes compañeros de camino. Ellos te ayudan a ser persona.
  • Ama con toda tu alma: aunque el amor te haga sufrir, porque quien ama mucho, también sufre por amor.
  • Sigue el deseo más profundo de tu corazón, porque te lleva a lo que tú eres, y a quien tú amas. 
  •  Acepta el dolor con paz y aprende de él. El dolor es un maestro.
  • Haz lo bueno y lo justo, aunque te critiquen y te rechacen por ello.
¿Qué orientaciones nos guían? ¿Cuáles nos despistan y nos pierden? ¿Por qué? ¿Tenemos alguna experiencia de ello? 

La buena noticia es que, si queremos, ya somos santos. No hemos llegado a la meta, pero estamos en camino. Y cuando caminas con la certeza de llegar, ¡ya empiezas a saborear el aire de la cumbre!

domingo, 22 de octubre de 2017

Conocerse



Leo una frase que me envían por e-mail:

 «A mí me parece que antes de emprender el viaje…
-      en busca de la realidad,
-      en busca de Dios,
-      antes de decidir,
-      antes de tener una relación con otro,
es esencial que comencemos por comprendernos a nosotros mismos.» Krishnamurti.

Bonito, ¿verdad? ¿Quién negará que para vivir con sabiduría y felicidad lo más importante es conocerse a uno mismo?

Pues lo siento. Pero esta no es mi experiencia. Quizás la frase sirva para alguien más sabio o más reflexivo… Lo que yo he aprendido de la vida es justamente lo contrario.  Ha sido cuando me he lanzado a caminar, en busca de la realidad, en busca de Dios, decidida sin volver atrás, y relacionándome con toda clase de personas que se han cruzado por mi camino, cuando he empezado a comprenderme un poco ―al menos un poco― a mí misma, y también a los demás. El camino es escuela, y para dar el primer paso no necesitas conocerte ni comprenderte totalmente. Si fuera así, quizás nunca te pondrías en marcha. Porque, por otro lado… ¿quién puede presumir de conocerse y comprenderse totalmente a sí mismo? ¡Es un arte que lleva toda la vida! Pocos sabios ancianos podrían alardear de tal cosa, y posiblemente sean los que nunca lo harán. 

Es cierto que conocerse a uno mismo es el principio de la sabiduría, como afirman los clásicos y los santos. También es cierto que antes de tomar decisiones hay que reflexionar y sopesar… Pero el autoconocimiento es un proceso largo y una decisión se toma en pocos segundos. No decidir ya es decidir algo. Te vas conociendo a ti mismo cuando tomas decisiones y emprendes el viaje, no esperando a que la iluminación llegue a base de elucubraciones. El viaje no tiene por qué ser físico, o de larga distancia. Puede ser un viaje vital, que suponga iniciar relaciones, asumir compromisos, lanzar iniciativas, enrolarte en un proyecto o formar una familia. Es verdad que para esto hay que tener un cierto grado de madurez, pero creo que la madurez necesaria no es tanto intelectual o filosófica, como personal: la madurez de decir sí a todas, de entregarte en cuerpo y alma y no abandonar a la primera de cambio. La madurez que te hace capaz de esa vieja virtud tan olvidada e incluso denostada: la fidelidad. Puedes ser joven, inexperto, un poco atolondrado e incluso tener un embrollo emocional en tu mente y en tu corazón. Pero si eres capaz de decir sí y mantenerte fiel, irás aprendiendo. Y las hebras de tu corazón se irán desliando, tu mente ganará claridad y te irás conociendo, poco a poco, cada vez más. 

He leído que lo más importante que define a una persona no es tanto su origen, sino su meta. Esto quizás contradiga la psicología convencional. No nos definen tanto nuestro pasado y nuestras raíces como el destino al que nos dirigimos, nuestro propósito. El camino nos va construyendo. Por eso, quizás, hay tantas personas con problemas de identidad o dudas existenciales. No es tanto por el bagaje emocional y familiar que arrastran ―¿y quién no lo carga?—, sino porque… quizás no tienen meta, o no la tienen clara.

No soy una mujer sabia. Pero me atrevo a contradecir a Krishnamurti y a afirmar algo distinto: Lánzate a descubrir la realidad, busca a Dios, decídete, relaciónate con las personas, comprométete, y en el camino te comprenderás a ti mismo, y comprenderás a los demás.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Del diluvio al agua viva


El relato del diluvio universal, tal como lo cuenta la Biblia, se presta a muchas interpretaciones. Desde la visión judía y cristiana, representa una nueva creación. El mundo se ha corrompido, Dios se entristece y se arrepiente de haber creado este mundo, tan hermoso y perfecto, que los hombres han estropeado con su violencia y su orgullo. Y decide enviar una inundación que lo barra todo para comenzar de nuevo. No obstante, salva a un justo, Noé, con su familia y una serie de animales. Ellos serán el inicio de una nueva generación de vida rescatada. Cuando cesa el diluvio y la tierra firme emerge, Dios sellará una alianza eterna con Noé y su descendencia. Ya no volverá a devastar la tierra. Ofrecerá su amistad al hombre para siempre.

Las causas del diluvio, tal como lo constata el Génesis, son la violencia y la inclinación al mal en el corazón humano. Así es como los autores bíblicos intentaron explicar la presencia del mal en el mundo. No es que el mal sea un dios enemigo, o una entidad poderosa que se enfrenta a Dios. El mal es fruto del uso erróneo de la libertad de los hombres, de su arrogancia, de su pretensión de endiosarse y disponer de la vida y de la naturaleza a su antojo.

Incluso podría hacerse una lectura ecologista de esta historia. Cuando el hombre pretende explotar sin límites los recursos naturales, cuando quiere dominar la naturaleza y forzarla para su beneficio, esta puede vengarse. Sobreviene una catástrofe natural y nos sentimos pequeños y humillados, insignificantes ante el poder de los elementos. La naturaleza nos llama a la humildad. El mensaje ecologista del diluvio no puede ser más actual en estos tiempos, en que vivimos la incerteza y las consecuencias de un cambio climático que está provocando grandes migraciones y altibajos en la economía mundial.

El diluvio como respuesta de Dios nos puede parecer un castigo desproporcionado. Pero si lo vemos en términos meramente naturales la perspectiva cambia. La naturaleza puede parecernos despiadada… Pero no lo es. La naturaleza no es bondadosa ni cruel: simplemente es como es, y conocerla nos debería llevar a respetarla. Pero Dios es persona. Como persona, puede sentir ira y compasión. Y sabemos que Dios, por encima de todo, es misericordioso y compasivo. ¿Qué hace? Busca medios para salvarnos.

En la mentalidad del Antiguo Testamento, Dios era el protector de Israel. Por eso Dios no salva a toda la humanidad, sino a un justo, a un grupo de elegidos, que dará origen a su pueblo. 

Pero, en el Nuevo Testamento, Dios no salva a un pueblo ni a una minoría de fieles seguidores. Cuando Dios viene al mundo, encarnado en Jesús de Nazaret, su misión es salvar a todos: amigos y enemigos, fieles y no creyentes, judíos y gentiles, próximos y alejados.

El diluvio es la historia de una catástrofe, una salvación y un nuevo comienzo. Pues bien, en el Nuevo Testamento este relato encuentra su eco en la vida de Jesús. 

Yo soy el agua viva, dice Jesús. Si en el Antiguo Testamento el diluvio lavó al mundo de sus maldades, en el Nuevo es Jesús, con su sangre, el agua que lava todos los pecados y heridas de la humanidad. 

Si en el Antiguo Testamento Dios instruyó a Noé para que construyera un arca, como lugar y refugio de salvación, en el Nuevo es Jesús quien se convierte en el nuevo templo de la alianza. Su cuerpo nos salva.

Si en el Antiguo Testamento se salvaron unos pocos elegidos, en el nuevo es toda la humanidad la que es rescatada.

Si en el Antiguo Testamento un arco iris en el cielo señaló el pacto entre Dios y el hombre, en el Nuevo el pacto se cierra en el silencio de un amanecer, con una tumba vacía.

Ya nunca más volveré a destruir a todos los vivientes, dice Dios en el Génesis (8, 21). En el evangelio, Dios nos promete a todos una vida plena, resucitada, que salta hasta la eternidad.