miércoles, 1 de noviembre de 2017

Ser santo

«La única tragedia en la vida es no ser santo», escribió Léon Bloy. La frase me deja en silencio...

Pero ¿qué es ser santo? Tanto se ha hablado, tanto se ha escrito... ¿Qué significa ser santo?
El latín nos puede ayudar. Beatus es feliz. Sanctus es salvado. Sanos, salvos, felices... ¿es esto ser santos? Si es así, ¡todos queremos serlo! ¿Quién no quiere sentirse sano, salvado, feliz?

Hoy y mañana, fiestas de Todos los Santos y Fieles Difuntos, leemos el evangelio de las bienaventuranzas (Mateo 5, 1-12). ¿Podemos traducirlas a un lenguaje y contexto actual?  Veamos... Todos buscamos la felicidad. Es como la cima de un monte donde nos espera un gran regalo… ¡ser felices! 

Pero ¿cuál es el camino hacia la felicidad? En el mundo aparecen muchas señales que nos indican diversos caminos. He aquí alguna consignas:  
  • Sé el primero y el mejor. Eres lo que haces. 
  •  Persigue el éxito y te sentirás realizado y feliz. 
  • Sé rico: el dinero te da la libertad y lo compra todo.
  • Sé famoso: el reconocimiento y los fans te hacen ser quien eres.
  • Busca tu paz interior: sólo en ti está la felicidad.
  • No busques a Dios ni a otros dioses: tú eres dios, tú eres todo lo que necesitas.
  • No te preocupes por los demás: céntrate en ti. Cada cual tiene que seguir su camino.
  • No te apegues a los demás, porque el apego causa dolor.
  • No desees nada con fuerza, porque el deseo causa ansiedad constante y sufrimiento.
  • Evita el dolor a toda costa.
  • Persigue tus metas: haz todo lo que sea. El fin justifica los medios.
  • cool. Sé trendy. Sé fashion. Estáte a la última... 
¿Nos llevan de veras a la felicidad estos caminos? Jesús también nos propone uno. ¡Parece muy contradictorio!
  • No busques ser el primero: los demás son lo primero.
  • Vive para servir.
  • Comparte lo que tengas. Nada es tuyo, todo te lo han dado.
  • Eres valioso por lo que eres, no por lo que tienes ni por lo que haces. Dios te conoce y te ama. 
  •  Busca la paz entre las personas, sé conciliador. Perdona y pide perdón.
  • Tú solo no puedes casi nada. Con Dios todo lo puedes, ¡pide ayuda y confía!
  • Piensa en los demás: tienes compañeros de camino. Ellos te ayudan a ser persona.
  • Ama con toda tu alma: aunque el amor te haga sufrir, porque quien ama mucho, también sufre por amor.
  • Sigue el deseo más profundo de tu corazón, porque te lleva a lo que tú eres, y a quien tú amas. 
  •  Acepta el dolor con paz y aprende de él. El dolor es un maestro.
  • Haz lo bueno y lo justo, aunque te critiquen y te rechacen por ello.
¿Qué orientaciones nos guían? ¿Cuáles nos despistan y nos pierden? ¿Por qué? ¿Tenemos alguna experiencia de ello? 

La buena noticia es que, si queremos, ya somos santos. No hemos llegado a la meta, pero estamos en camino. Y cuando caminas con la certeza de llegar, ¡ya empiezas a saborear el aire de la cumbre!

domingo, 22 de octubre de 2017

Conocerse



Leo una frase que me envían por e-mail:

 «A mí me parece que antes de emprender el viaje…
-      en busca de la realidad,
-      en busca de Dios,
-      antes de decidir,
-      antes de tener una relación con otro,
es esencial que comencemos por comprendernos a nosotros mismos.» Krishnamurti.

Bonito, ¿verdad? ¿Quién negará que para vivir con sabiduría y felicidad lo más importante es conocerse a uno mismo?

Pues lo siento. Pero esta no es mi experiencia. Quizás la frase sirva para alguien más sabio o más reflexivo… Lo que yo he aprendido de la vida es justamente lo contrario.  Ha sido cuando me he lanzado a caminar, en busca de la realidad, en busca de Dios, decidida sin volver atrás, y relacionándome con toda clase de personas que se han cruzado por mi camino, cuando he empezado a comprenderme un poco ―al menos un poco― a mí misma, y también a los demás. El camino es escuela, y para dar el primer paso no necesitas conocerte ni comprenderte totalmente. Si fuera así, quizás nunca te pondrías en marcha. Porque, por otro lado… ¿quién puede presumir de conocerse y comprenderse totalmente a sí mismo? ¡Es un arte que lleva toda la vida! Pocos sabios ancianos podrían alardear de tal cosa, y posiblemente sean los que nunca lo harán. 

Es cierto que conocerse a uno mismo es el principio de la sabiduría, como afirman los clásicos y los santos. También es cierto que antes de tomar decisiones hay que reflexionar y sopesar… Pero el autoconocimiento es un proceso largo y una decisión se toma en pocos segundos. No decidir ya es decidir algo. Te vas conociendo a ti mismo cuando tomas decisiones y emprendes el viaje, no esperando a que la iluminación llegue a base de elucubraciones. El viaje no tiene por qué ser físico, o de larga distancia. Puede ser un viaje vital, que suponga iniciar relaciones, asumir compromisos, lanzar iniciativas, enrolarte en un proyecto o formar una familia. Es verdad que para esto hay que tener un cierto grado de madurez, pero creo que la madurez necesaria no es tanto intelectual o filosófica, como personal: la madurez de decir sí a todas, de entregarte en cuerpo y alma y no abandonar a la primera de cambio. La madurez que te hace capaz de esa vieja virtud tan olvidada e incluso denostada: la fidelidad. Puedes ser joven, inexperto, un poco atolondrado e incluso tener un embrollo emocional en tu mente y en tu corazón. Pero si eres capaz de decir sí y mantenerte fiel, irás aprendiendo. Y las hebras de tu corazón se irán desliando, tu mente ganará claridad y te irás conociendo, poco a poco, cada vez más. 

He leído que lo más importante que define a una persona no es tanto su origen, sino su meta. Esto quizás contradiga la psicología convencional. No nos definen tanto nuestro pasado y nuestras raíces como el destino al que nos dirigimos, nuestro propósito. El camino nos va construyendo. Por eso, quizás, hay tantas personas con problemas de identidad o dudas existenciales. No es tanto por el bagaje emocional y familiar que arrastran ―¿y quién no lo carga?—, sino porque… quizás no tienen meta, o no la tienen clara.

No soy una mujer sabia. Pero me atrevo a contradecir a Krishnamurti y a afirmar algo distinto: Lánzate a descubrir la realidad, busca a Dios, decídete, relaciónate con las personas, comprométete, y en el camino te comprenderás a ti mismo, y comprenderás a los demás.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Del diluvio al agua viva


El relato del diluvio universal, tal como lo cuenta la Biblia, se presta a muchas interpretaciones. Desde la visión judía y cristiana, representa una nueva creación. El mundo se ha corrompido, Dios se entristece y se arrepiente de haber creado este mundo, tan hermoso y perfecto, que los hombres han estropeado con su violencia y su orgullo. Y decide enviar una inundación que lo barra todo para comenzar de nuevo. No obstante, salva a un justo, Noé, con su familia y una serie de animales. Ellos serán el inicio de una nueva generación de vida rescatada. Cuando cesa el diluvio y la tierra firme emerge, Dios sellará una alianza eterna con Noé y su descendencia. Ya no volverá a devastar la tierra. Ofrecerá su amistad al hombre para siempre.

Las causas del diluvio, tal como lo constata el Génesis, son la violencia y la inclinación al mal en el corazón humano. Así es como los autores bíblicos intentaron explicar la presencia del mal en el mundo. No es que el mal sea un dios enemigo, o una entidad poderosa que se enfrenta a Dios. El mal es fruto del uso erróneo de la libertad de los hombres, de su arrogancia, de su pretensión de endiosarse y disponer de la vida y de la naturaleza a su antojo.

Incluso podría hacerse una lectura ecologista de esta historia. Cuando el hombre pretende explotar sin límites los recursos naturales, cuando quiere dominar la naturaleza y forzarla para su beneficio, esta puede vengarse. Sobreviene una catástrofe natural y nos sentimos pequeños y humillados, insignificantes ante el poder de los elementos. La naturaleza nos llama a la humildad. El mensaje ecologista del diluvio no puede ser más actual en estos tiempos, en que vivimos la incerteza y las consecuencias de un cambio climático que está provocando grandes migraciones y altibajos en la economía mundial.

El diluvio como respuesta de Dios nos puede parecer un castigo desproporcionado. Pero si lo vemos en términos meramente naturales la perspectiva cambia. La naturaleza puede parecernos despiadada… Pero no lo es. La naturaleza no es bondadosa ni cruel: simplemente es como es, y conocerla nos debería llevar a respetarla. Pero Dios es persona. Como persona, puede sentir ira y compasión. Y sabemos que Dios, por encima de todo, es misericordioso y compasivo. ¿Qué hace? Busca medios para salvarnos.

En la mentalidad del Antiguo Testamento, Dios era el protector de Israel. Por eso Dios no salva a toda la humanidad, sino a un justo, a un grupo de elegidos, que dará origen a su pueblo. 

Pero, en el Nuevo Testamento, Dios no salva a un pueblo ni a una minoría de fieles seguidores. Cuando Dios viene al mundo, encarnado en Jesús de Nazaret, su misión es salvar a todos: amigos y enemigos, fieles y no creyentes, judíos y gentiles, próximos y alejados.

El diluvio es la historia de una catástrofe, una salvación y un nuevo comienzo. Pues bien, en el Nuevo Testamento este relato encuentra su eco en la vida de Jesús. 

Yo soy el agua viva, dice Jesús. Si en el Antiguo Testamento el diluvio lavó al mundo de sus maldades, en el Nuevo es Jesús, con su sangre, el agua que lava todos los pecados y heridas de la humanidad. 

Si en el Antiguo Testamento Dios instruyó a Noé para que construyera un arca, como lugar y refugio de salvación, en el Nuevo es Jesús quien se convierte en el nuevo templo de la alianza. Su cuerpo nos salva.

Si en el Antiguo Testamento se salvaron unos pocos elegidos, en el nuevo es toda la humanidad la que es rescatada.

Si en el Antiguo Testamento un arco iris en el cielo señaló el pacto entre Dios y el hombre, en el Nuevo el pacto se cierra en el silencio de un amanecer, con una tumba vacía.

Ya nunca más volveré a destruir a todos los vivientes, dice Dios en el Génesis (8, 21). En el evangelio, Dios nos promete a todos una vida plena, resucitada, que salta hasta la eternidad.

sábado, 15 de julio de 2017

Palomas y serpientes



Los evangelios de esta semana contienen algunas enseñanzas muy profundas de Jesús. Durante mucho tiempo se ha vendido una imagen del cristianismo como una religión de pobres, mediocres y derrotados. Una religión que consuela a los pequeños de su frustración por no llegar a ser grandes. Una religión de la conformidad y la sumisión, de la mediocridad y la vida resignada. 

¡Qué lejos está el mensaje de Jesús de todo eso! Es cierto que Jesús tuvo una preferencia por los pobres, y pasó buena parte de su vida entre gente humilde, sencilla y sometida a los poderosos de su tiempo. Es cierto que él mismo murió torturado, condenado, solo y derrotado, aparentemente… Es  cierto que jamás alentó el orgullo ni la conquista del poder por la fuerza. Pero Jesús nunca predicó la miseria como un ideal de vida, ni la tristeza, ni la mediocridad, ni la esclavitud. Al contrario, vino a levantar del barro a quienes vivían hundidos en la opresión y la enfermedad. El ideal de Jesús siempre fue elevar, acrecentar, ensanchar y dignificar la vida. Su mensaje olía a libertad, y rezumaba plenitud. He venido para que tengáis vida, y vida en abundancia.

Pero Jesús es realista y sabe que sus seguidores no lo van a tener fácil. Los avisa ―nos avisa—: si quieres emprender el camino de la vida auténtica, de la libertad plena, vas a tener que nadar a  contracorriente. Te vas a topar con obstáculos, te van a criticar y a perseguir. Incluso tus allegados ―tus familiares, tus amigos— te darán la espalda o te atacarán. El mundo está enfermo de pulsiones de muerte y quien se atreve a entrar «a modo de vida» se expone a muchos peligros. Jesús nos avisa. Pero también nos alienta. ¿Vale la pena nadar contra el oleaje? Claro que sí.

Tres avisos me resuenan, de los evangelios de esta semana (Mateo, 10). Mirad que os envío como ovejas entre lobos… Sed mansos como palomas y astutos como serpientes. No tengáis miedo.

Humildad, y también coraje. Suavidad e intrepidez. Dulzura, pero astucia. La bondad y un talante abierto y conciliador no están reñidos con la cordura. Si nadas a contracorriente no puedes dormir. Debes estar alerta y tomar precauciones. La inteligencia es aliada del corazón.

Pienso que muy a menudo las personas somos justo lo contrario. No somos mansas y humildes, sino rebeldes y tozudas. Es más, nos enorgullece ser así (genio y figura…). Pero, en cambio, somos ingenuas y bobaliconas. Confiamos ciegamente, creemos, erróneamente, que los demás piensan y reaccionan como nosotros. Si yo no haría esto, los demás tampoco. Pues no es así. No os fiéis de la gente, dice Jesús. No quiere decir que desconfiemos de todos sin más, ¡Dios es el primero que confía en nosotros, que no somos muy de fiar! Y Jesús confió en sus amigos, sabiendo que uno de ellos le traicionaría y otro le negaría. Pero hay que ser sagaces y precavidos. Y utilizar la inteligencia, la diplomacia, la astucia, sí. Mansos y astutos. Bondadosos, pero inteligentes. Cuán a menudo somos soberbios y candorosos a la vez. ¡Qué insensatez tan grande!

Jesús nos alienta a vivir una vida plena y a utilizar al máximo nuestras capacidades. Lo explica en muchas parábolas y enseñanzas: brillad, sed la luz del mundo, no enterréis vuestros talentos. Pero también nos enseña a vivir no encerrados en nosotros mismos, sino dando lo mejor de nosotros a los demás: lo que habéis recibido gratis dadlo gratis. Es un programa para vivir en plenitud, y no encogidos y humillados. Un programa que, aunque parezca paradójico y nos saque de nuestras zonas de confort, funciona. Funciona mucho mejor que tantas fórmulas de autoestima halagadoras que brillan en su discurso y, como diría un autor, masajean nuestra psique, pero que se desvanecen como pompas de jabón cuando topan con la vida real.

No tengáis miedo, dice al final Jesús. Dios cuida hasta del más pequeño gorrión… ¿No va a cuidar de nosotros?

sábado, 1 de julio de 2017

¿Lepra en el alma?



Mateo 8, 1-4.

En el evangelio del viernes 30 de junio leímos la curación de un leproso a manos de Jesús. El leproso se acerca a Jesús y le pide: Si quieres, puedes limpiarme. Jesús se acerca, extiende su mano, lo toca —¡a un impuro, un intocable!— y dice: Quiero, queda limpio. El leproso marcha curado, y Jesús le pide que no diga nada a nadie pero que vaya al sacerdote y haga la ofrenda debida por su curación.

Leo el comentario de José Pedro Manglano a este episodio. Nosotros también podemos sentirnos como el leproso: miserables, sucios, indignos de ser amados tal como somos. 

Me impactan estas frases. ¿Cuántas veces no me he sentido así por dentro? Indigna de amor, no merezco ser amada porque soy como soy. ¡Lepra en el alma!

¿De dónde viene esta enfermedad? Los psicólogos se lanzarían a investigar en los orígenes familiares, en traumas, en la educación recibida, en los rasgos de temperamento… Algo o alguien nos hizo contraer esta oscura enfermedad que devora la alegría y la fuerza interior. Pero, sea cual sea el origen de esta lepra, lo importante es curarla. Y no es posible la sanación sin ayuda. ¿Cómo cura Jesús? Tocando. Tocando la llaga, poniendo su mano allí donde más nos duele, en ese rincón oscuro, en el pozo de nuestras miserias. Nos toca y nos cura.

Esta es la experiencia sanadora y liberadora. Podemos sentirnos mal, a disgusto con nosotros mismos, peleados con nuestros límites, nuestros condicionantes, nuestros orígenes y nuestras ataduras. Jesús viene a tocar nuestra herida. Quiero, sé limpio. Ante Dios, todos somos dignos y merecedores de amor. Todos somos amables. Él nos restaura la dignidad herida. Todos somos hijos de Dios. Él nos restaura la realeza perdida. 

Después de la curación, la ofrenda. ¿Qué podemos ofrecer a Dios, que nos cura y nos restaura? ¿Cómo agradecerle que nos devuelva el gozo de vivir, de ser nosotros mismos, de ser libres?

La mejor ofrenda es la de uno mismo. ¡Cuántas vocaciones surgen de almas heridas y sanadas! De la sed pasamos a ser fuente, canal del agua viva que nos limpió y nos devolvió a la vida.

Me sanaste y me llamaste. Mi ofrenda fui yo misma. Y tú la transformaste. De sanada a llamada. ¡De sedienta a fuente!