viernes, 8 de septiembre de 2017

Del diluvio al agua viva


El relato del diluvio universal, tal como lo cuenta la Biblia, se presta a muchas interpretaciones. Desde la visión judía y cristiana, representa una nueva creación. El mundo se ha corrompido, Dios se entristece y se arrepiente de haber creado este mundo, tan hermoso y perfecto, que los hombres han estropeado con su violencia y su orgullo. Y decide enviar una inundación que lo barra todo para comenzar de nuevo. No obstante, salva a un justo, Noé, con su familia y una serie de animales. Ellos serán el inicio de una nueva generación de vida rescatada. Cuando cesa el diluvio y la tierra firme emerge, Dios sellará una alianza eterna con Noé y su descendencia. Ya no volverá a devastar la tierra. Ofrecerá su amistad al hombre para siempre.

Las causas del diluvio, tal como lo constata el Génesis, son la violencia y la inclinación al mal en el corazón humano. Así es como los autores bíblicos intentaron explicar la presencia del mal en el mundo. No es que el mal sea un dios enemigo, o una entidad poderosa que se enfrenta a Dios. El mal es fruto del uso erróneo de la libertad de los hombres, de su arrogancia, de su pretensión de endiosarse y disponer de la vida y de la naturaleza a su antojo.

Incluso podría hacerse una lectura ecologista de esta historia. Cuando el hombre pretende explotar sin límites los recursos naturales, cuando quiere dominar la naturaleza y forzarla para su beneficio, esta puede vengarse. Sobreviene una catástrofe natural y nos sentimos pequeños y humillados, insignificantes ante el poder de los elementos. La naturaleza nos llama a la humildad. El mensaje ecologista del diluvio no puede ser más actual en estos tiempos, en que vivimos la incerteza y las consecuencias de un cambio climático que está provocando grandes migraciones y altibajos en la economía mundial.

El diluvio como respuesta de Dios nos puede parecer un castigo desproporcionado. Pero si lo vemos en términos meramente naturales la perspectiva cambia. La naturaleza puede parecernos despiadada… Pero no lo es. La naturaleza no es bondadosa ni cruel: simplemente es como es, y conocerla nos debería llevar a respetarla. Pero Dios es persona. Como persona, puede sentir ira y compasión. Y sabemos que Dios, por encima de todo, es misericordioso y compasivo. ¿Qué hace? Busca medios para salvarnos.

En la mentalidad del Antiguo Testamento, Dios era el protector de Israel. Por eso Dios no salva a toda la humanidad, sino a un justo, a un grupo de elegidos, que dará origen a su pueblo. 

Pero, en el Nuevo Testamento, Dios no salva a un pueblo ni a una minoría de fieles seguidores. Cuando Dios viene al mundo, encarnado en Jesús de Nazaret, su misión es salvar a todos: amigos y enemigos, fieles y no creyentes, judíos y gentiles, próximos y alejados.

El diluvio es la historia de una catástrofe, una salvación y un nuevo comienzo. Pues bien, en el Nuevo Testamento este relato encuentra su eco en la vida de Jesús. 

Yo soy el agua viva, dice Jesús. Si en el Antiguo Testamento el diluvio lavó al mundo de sus maldades, en el Nuevo es Jesús, con su sangre, el agua que lava todos los pecados y heridas de la humanidad. 

Si en el Antiguo Testamento Dios instruyó a Noé para que construyera un arca, como lugar y refugio de salvación, en el Nuevo es Jesús quien se convierte en el nuevo templo de la alianza. Su cuerpo nos salva.

Si en el Antiguo Testamento se salvaron unos pocos elegidos, en el nuevo es toda la humanidad la que es rescatada.

Si en el Antiguo Testamento un arco iris en el cielo señaló el pacto entre Dios y el hombre, en el Nuevo el pacto se cierra en el silencio de un amanecer, con una tumba vacía.

Ya nunca más volveré a destruir a todos los vivientes, dice Dios en el Génesis (8, 21). En el evangelio, Dios nos promete a todos una vida plena, resucitada, que salta hasta la eternidad.

sábado, 15 de julio de 2017

Palomas y serpientes



Los evangelios de esta semana contienen algunas enseñanzas muy profundas de Jesús. Durante mucho tiempo se ha vendido una imagen del cristianismo como una religión de pobres, mediocres y derrotados. Una religión que consuela a los pequeños de su frustración por no llegar a ser grandes. Una religión de la conformidad y la sumisión, de la mediocridad y la vida resignada. 

¡Qué lejos está el mensaje de Jesús de todo eso! Es cierto que Jesús tuvo una preferencia por los pobres, y pasó buena parte de su vida entre gente humilde, sencilla y sometida a los poderosos de su tiempo. Es cierto que él mismo murió torturado, condenado, solo y derrotado, aparentemente… Es  cierto que jamás alentó el orgullo ni la conquista del poder por la fuerza. Pero Jesús nunca predicó la miseria como un ideal de vida, ni la tristeza, ni la mediocridad, ni la esclavitud. Al contrario, vino a levantar del barro a quienes vivían hundidos en la opresión y la enfermedad. El ideal de Jesús siempre fue elevar, acrecentar, ensanchar y dignificar la vida. Su mensaje olía a libertad, y rezumaba plenitud. He venido para que tengáis vida, y vida en abundancia.

Pero Jesús es realista y sabe que sus seguidores no lo van a tener fácil. Los avisa ―nos avisa—: si quieres emprender el camino de la vida auténtica, de la libertad plena, vas a tener que nadar a  contracorriente. Te vas a topar con obstáculos, te van a criticar y a perseguir. Incluso tus allegados ―tus familiares, tus amigos— te darán la espalda o te atacarán. El mundo está enfermo de pulsiones de muerte y quien se atreve a entrar «a modo de vida» se expone a muchos peligros. Jesús nos avisa. Pero también nos alienta. ¿Vale la pena nadar contra el oleaje? Claro que sí.

Tres avisos me resuenan, de los evangelios de esta semana (Mateo, 10). Mirad que os envío como ovejas entre lobos… Sed mansos como palomas y astutos como serpientes. No tengáis miedo.

Humildad, y también coraje. Suavidad e intrepidez. Dulzura, pero astucia. La bondad y un talante abierto y conciliador no están reñidos con la cordura. Si nadas a contracorriente no puedes dormir. Debes estar alerta y tomar precauciones. La inteligencia es aliada del corazón.

Pienso que muy a menudo las personas somos justo lo contrario. No somos mansas y humildes, sino rebeldes y tozudas. Es más, nos enorgullece ser así (genio y figura…). Pero, en cambio, somos ingenuas y bobaliconas. Confiamos ciegamente, creemos, erróneamente, que los demás piensan y reaccionan como nosotros. Si yo no haría esto, los demás tampoco. Pues no es así. No os fiéis de la gente, dice Jesús. No quiere decir que desconfiemos de todos sin más, ¡Dios es el primero que confía en nosotros, que no somos muy de fiar! Y Jesús confió en sus amigos, sabiendo que uno de ellos le traicionaría y otro le negaría. Pero hay que ser sagaces y precavidos. Y utilizar la inteligencia, la diplomacia, la astucia, sí. Mansos y astutos. Bondadosos, pero inteligentes. Cuán a menudo somos soberbios y candorosos a la vez. ¡Qué insensatez tan grande!

Jesús nos alienta a vivir una vida plena y a utilizar al máximo nuestras capacidades. Lo explica en muchas parábolas y enseñanzas: brillad, sed la luz del mundo, no enterréis vuestros talentos. Pero también nos enseña a vivir no encerrados en nosotros mismos, sino dando lo mejor de nosotros a los demás: lo que habéis recibido gratis dadlo gratis. Es un programa para vivir en plenitud, y no encogidos y humillados. Un programa que, aunque parezca paradójico y nos saque de nuestras zonas de confort, funciona. Funciona mucho mejor que tantas fórmulas de autoestima halagadoras que brillan en su discurso y, como diría un autor, masajean nuestra psique, pero que se desvanecen como pompas de jabón cuando topan con la vida real.

No tengáis miedo, dice al final Jesús. Dios cuida hasta del más pequeño gorrión… ¿No va a cuidar de nosotros?

sábado, 1 de julio de 2017

¿Lepra en el alma?



Mateo 8, 1-4.

En el evangelio del viernes 30 de junio leímos la curación de un leproso a manos de Jesús. El leproso se acerca a Jesús y le pide: Si quieres, puedes limpiarme. Jesús se acerca, extiende su mano, lo toca —¡a un impuro, un intocable!— y dice: Quiero, queda limpio. El leproso marcha curado, y Jesús le pide que no diga nada a nadie pero que vaya al sacerdote y haga la ofrenda debida por su curación.

Leo el comentario de José Pedro Manglano a este episodio. Nosotros también podemos sentirnos como el leproso: miserables, sucios, indignos de ser amados tal como somos. 

Me impactan estas frases. ¿Cuántas veces no me he sentido así por dentro? Indigna de amor, no merezco ser amada porque soy como soy. ¡Lepra en el alma!

¿De dónde viene esta enfermedad? Los psicólogos se lanzarían a investigar en los orígenes familiares, en traumas, en la educación recibida, en los rasgos de temperamento… Algo o alguien nos hizo contraer esta oscura enfermedad que devora la alegría y la fuerza interior. Pero, sea cual sea el origen de esta lepra, lo importante es curarla. Y no es posible la sanación sin ayuda. ¿Cómo cura Jesús? Tocando. Tocando la llaga, poniendo su mano allí donde más nos duele, en ese rincón oscuro, en el pozo de nuestras miserias. Nos toca y nos cura.

Esta es la experiencia sanadora y liberadora. Podemos sentirnos mal, a disgusto con nosotros mismos, peleados con nuestros límites, nuestros condicionantes, nuestros orígenes y nuestras ataduras. Jesús viene a tocar nuestra herida. Quiero, sé limpio. Ante Dios, todos somos dignos y merecedores de amor. Todos somos amables. Él nos restaura la dignidad herida. Todos somos hijos de Dios. Él nos restaura la realeza perdida. 

Después de la curación, la ofrenda. ¿Qué podemos ofrecer a Dios, que nos cura y nos restaura? ¿Cómo agradecerle que nos devuelva el gozo de vivir, de ser nosotros mismos, de ser libres?

La mejor ofrenda es la de uno mismo. ¡Cuántas vocaciones surgen de almas heridas y sanadas! De la sed pasamos a ser fuente, canal del agua viva que nos limpió y nos devolvió a la vida.

Me sanaste y me llamaste. Mi ofrenda fui yo misma. Y tú la transformaste. De sanada a llamada. ¡De sedienta a fuente!

martes, 20 de junio de 2017

Educar con ruido



En estos días próximos al fin de curso las fiestas se multiplican. En las calles, en los barrios, en los parques y las plazas… ¡También en los colegios! Vivo cerca de una escuela de primaria y hace pocos días todos los vecinos supimos que celebraban su fiesta de fin de curso. ¿Por qué? No sólo por los carteles, la bonita decoración o la afluencia de niños y papás a las puertas de la escuela, sino por el ruido.

La música empezó a media tarde, amplificada por una potente megafonía, y se alargó hasta más de medianoche. Más de un vecino debió sufrirla. Potente, avasalladora y estridente, como en cualquier otra fiesta donde parece que lo más importante es ese volumen elevado que todo lo envuelve y que hace imposible otra cosa que no sea bailar, dejarse arrastrar por el ritmo o gritar.

Imagino que los profesores y el ampa del colegio lo han preparado con dedicación y cariño. Imagino que habrán invertido tiempo, creatividad y no poco dinero en preparar una fiesta así. Una fiesta casi como las de los adultos. La mejor fiesta para sus hijos. Una fiesta que pretende ser divertida, pero que en realidad los está iniciando en la estridencia y la desmesura de las juergas de fin de semana a las que se entregan tantos adolescentes, jóvenes y adultos. El colegio enseña y prepara para la vida. Parece que también quiere preparar a los niños para  dejar de ser niños. Dentro de unos años, esos mismos padres se angustiarán porque su hijo o su hija no regresan a casa a horas razonables, o regresan colocados con quién sabe qué sustancias, o frecuentan lugares y amistades poco recomendables. Les preocupará su depresión, su adicción, el dinero que gastan o los riesgos que corren.

Quizás no han pensado todo esto a la hora de organizar la fiesta infantil de final de curso en el colegio.

A mí me preocupa. Me da que pensar que las escuelas, lugar de educación y formación de nuestros niños, sean también el lugar iniciático donde aprenden lo contrario de la educación. Me da que pensar que se fomenten los valores humanos, el respeto y la inteligencia emocional y, al mismo tiempo, se les dé como premio de final de curso una dosis generosa de casi lo contrario. 

Porque… ¿nos hemos parado a pensar en qué significa el exagerado volumen de la música y su ritmo machacón en las fiestas? No seamos ingenuos. No se trata de algo inofensivo. En primer lugar, la música a un volumen excesivo es dañina para la salud. Lesiona los oídos y es especialmente perjudicial para los niños. Comprobadlo: ningún niño sano, cuando es expuesto a una música estruendosa, reacciona con gusto. Se asusta, le molesta, le genera incomodidad. Con el tiempo se puede habituar, pero su reacción inicial es de rechazo. Las lesiones de oído causadas a edades tempranas ya no se recuperan. ¿Queremos que nuestros hijos se queden sordos o medio sordos antes de alcanzar la madurez?

Pero vayamos más allá de los daños físicos. La música elevada crea un estado de conciencia. El ambiente generado en las discotecas, en los conciertos, en las salas de fiestas e incluso en los centros comerciales, con esa música arrolladora que todo lo sumerge, está pensado para crear sensaciones, emociones y una actitud de abandono, desinhibición y pérdida de control. El ruido induce una actitud compulsiva, instintiva, primaria. Puede desahogar pero también puede exacerbar. Todo está calculado. La música a todo gas dispone al exceso, al no pensar. Arrastra, literalmente. Es una forma de manipulación tremendamente eficaz.

Música, ritmo, sonido, sensaciones… No parar, no parar, no parar, dejarse llevar, gritar, reír. Sí, es liberador, pero es peligroso si no se ponen cauces. Quien se deja llevar no piensa, y quien no piensa no es libre.  ¿No resulta curioso que la escuela, que en teoría se propone educar a ciudadanos libres, termina su curso con una fiesta que fomenta el aborregamiento? ¿No parece contradictorio que después de un curso enseñando a los niños a pensar acabemos fomentando en ellos la compulsión ciega? ¿No es preocupante que por un lado fomentemos el respeto y por otro estemos alimentando el desmadre? 

Esta ambigüedad se cobra su precio. Los padres y educadores no podemos quedarnos de brazos cruzados ni resignarnos. No podemos decir: Es que la sociedad es así y nos arrastra.Es lo que hay. Seguimos siendo personas. Seguimos siendo libres, si queremos. Seguimos pudiendo pensar e imaginar algo mejor. Aún podemos inventar fiestas que sean divertidas, liberadoras, creativas y que no fomenten esos antivalores que destruyen toda la labor educativa de un curso escolar.

El ruido y el volumen son un síntoma… Alfo falla en el sistema educativo. No sólo en los planes de estudios, sino en los valores profundos que sustentan nuestros colegios. ¿Qué queremos enseñar y transmitir a nuestros niños? Seamos honestos y atrevámonos a cambiar. ¿Se pueden hacer fiestas sin exceso de decibelios, sin exceso de ruido, sin excesos de ningún tipo que dañen la salud, física y mental? Estoy segura de que sí. Escuelas, ¡tenéis un buen reto!

sábado, 15 de abril de 2017

Resucitar

¡Feliz Pascua de resurrección!

En un día como hoy, os invito ver estas presentaciones:

Sobre la resurrección (P. Carreira).

Sobre la Sábana Santa.

Nuestra vida es gestación de otra, maravillosa e inimaginable. Tenemos muchos motivos para vivir con alegría.