domingo, 21 de agosto de 2016

Agua clara y agua turbia



El mundo es como un cubo de agua turbia. El agua fue clara un día, pero alguien la enturbió. Hoy vemos esta suciedad del agua en las guerras, el terrorismo, el hambre, la pobreza…

Cuando hacemos una buena obra es como echar un vasito de agua clara en el cubo de agua del mundo. ¿Qué hace un poco de agua limpia? Aparentemente, nada. 

Pero ¿qué ocurre si seguimos echando vasito tras vasito de agua limpia? Al principio no se nota. Pero si continuamos echando vasos, y cada vez somos más los que echamos agua clara… al final el cubo se llenará y el agua turbia empezará a derramarse. 

El agua ya no será tan turbia. Si seguimos, otros se animarán a echar agua limpia. Y así, continuamente… llegará un momento en que el cubo estará ¡lleno de agua clara!

Esta es la invitación a la que somos llamados los cristianos. A ser vasito de agua clara en el mundo. Y a animar a muchos otros a hacer lo mismo. Puede que tardemos en ver los resultados. Puede que nunca los veamos, en vida, pero no dejemos de hacerlo porque un poco de agua limpia sí marca una pequeña diferencia. 

Todos somos vasos. El agua clara nos la da Dios. Jesús es agua de vida, limpia, purificante. Llenos de él, haremos un poco más claro, más limpio, más hermoso el mundo. ¡No nos cansemos! El agua no se agota…

(La comparación es del P. Alfredo Rubio)

domingo, 14 de agosto de 2016

Puerta del cielo



Una de las letanías que más me llama la atención al rezar el Rosario es la que llama a la Virgen María Ianua coeli, puerta del cielo. Es un elogio hermoso que convierte a María en un lugar sagrado, en un puente entre lo humano y lo divino, umbral donde la materialidad y el espíritu se abrazan.

Puerta del cielo. Sí, para muchos creyentes María es camino, faro, guía y puerta hacia el cielo que es Cristo, su Hijo. María es una ruta segura, fiable, amorosa y maternal. Cuando nos sentimos desorientados o perdidos, cuando las devociones fallan o la fe flaquea, María siempre está ahí, sosteniéndonos como madre que es. Cuando el engaño se disfraza de luz angelical, siempre hay una forma segura de limpiar las falsas impresiones: seguir el camino de María. 

María como modelo humano es asombrosa. No por su grandeza ni por la hazaña irrepetible de su maternidad, sino porque ¡es tan sencilla! Cualquiera, en el lugar o estado que se encuentre, puede seguirla. María no hizo grandes proezas, no llevó una vida destacada, no sobresalió en especial. Simplemente estuvo ahí, como esposa, como madre, como ama de su casa, como mujer fiel. No hizo nada que no esté al alcance de cualquiera de nosotros. Pero, al mismo tiempo, hizo algo que nadie ha podido igualar: dar un sí a Dios, tan total, tan absoluto y abierto, que hizo posible que entre el cielo y la tierra se abriera una puerta luminosa. 

María es, para toda la humanidad, puerta del cielo. El sí de María hace posible que Dios se haga humano; el sí de María hace posible que lo humano se empape de divinidad. El sí de María levanta el reino de Dios en la tierra. El sí de María tiende un puente hacia la resurrección.

Para nosotros María es puerta del cielo. Una puerta bella, amable, cariñosa y cercana. Pero ¿y para Dios? Pienso que para Dios María fue la puerta de la tierra. Por ella, por su alma y por su cuerpo, Dios entró en este mundo nuestro. Por ella Dios acampó entre nosotros, haciéndose niño. Por ella anticipó un milagro, convirtiendo el agua en vino; por ella adelantó la promesa de una vida eterna, resucitando a su Hijo.

María es puerta para nosotros y puerta para Dios. Para el Padre, que la creó con amor, para el Hijo, que se alojó en su cuerpo, para el Espíritu Santo, que aleteó siempre en sus entrañas. 

¡Puerta del cielo! Ruega por nosotros y guíanos. Puerta del cielo, enséñanos a abrir nuestras puertas al Espíritu que nos transforma. Puerta del cielo, ayúdanos a ser, también, pequeños portales por donde la luz de Dios pueda derramarse en el mundo.

sábado, 6 de agosto de 2016

Cuando el Sol da de espaldas



Un día, en catequesis, las niñas me preguntaron cómo era posible que Jesús se repartiera entre miles y miles de hostias y pudiera estar en todas ellas para las personas que comulgamos. ¿Se parte a cachitos? ¿Cómo es esto?

Yo les expliqué que Jesús es como el Sol: brilla en todas partes y a cada lugar llega un cachito, pero lo que llega es la luz completa del Sol. Cada persona recibe a Jesús entero para sí. Dios puede hacerlo porque está en todo lugar.

Entonces una niña, muy espabilada, me replicó: Pero el Sol no brilla en todas partes. ¿Qué pasa dónde es de noche?

Bueno, le dije, ya sabes que la Tierra gira cada día. El Sol sigue ahí, solo que una mitad de la Tierra está de espaldas, por eso allí es de noche. Pero eso no significa que el Sol deje de brillar sobre todo el planeta. Al día siguiente, la parte que estaba a oscuras quedará iluminada.

La niña calló. Le devolví la pelota con un argumento tan «científico» como su pregunta... pero después he pensado muchas veces en esa intervención y creo que vale la pena sacar más consecuencias de ella.

Sí, Dios es como el Sol. Los antiguos ya comparaban la divinidad con la luz del astro rey. La Biblia dice que el amor de Dios es incondicional y abarca a todos: Dios hace brillar su luz sobre justos y pecadores. 

Pero también es verdad que las personas somos como los astros. Vamos dando vueltas ante Dios. Hay días que su presencia nos ilumina. Otros días lo sentimos ausente, lejano, incluso inexistente... Dios parece callar cuando vivimos esos intervalos de noche en el alma.

Sí, Dios calla en las oscuridades. Pero no es él quien se aleja, ¡somos nosotros! Dios sigue brillando a nuestras espaldas. Quiere decir esto que quizás algunas veces no lo sentimos cercano, quizás no experimentamos su alegría y su amor. Pero él sigue amándonos y sosteniéndonos... a nuestras espaldas. 

La vida es así: está hecha de días y de noches. Hay veces que las noches son largas y frías. Quizás nuestra actitud cerrada puede prolongar esos períodos de oscuridad. Quizás ya no creemos en el día porque hemos olvidado qué color tiene el amanecer. En los momentos duros de nuestras vidas, pensemos en esta imagen del sol y los planetas. Incluso en esos tiempos difíciles, Dios está ahí. Alumbrando, dando calor, esperando a que volvamos a girarnos de cara. Está ahí, esperándonos.

domingo, 31 de julio de 2016

Jesús nunca habló mal...



El futuro de la Iglesia


Para los cristianos de hoy, que vemos cómo nuestras parroquias se van quedando cada vez con menos gente, a veces nos surge la inquietud. ¿Qué pasará dentro de unos años, cuando todos envejezcamos y muramos? ¿Sobrevivirá la Iglesia?

Dicen los teólogos que el futuro de la Iglesia pasa por su diálogo con la cultura. Pero ¿qué significan estas palabras? ¿Acaso la Iglesia no forma parte de la cultura? Lo fue en el pasado, una parte imprescindible y crucial que marcó la filosofía, el arte, las ciencias... Hoy la religión ¿es sólo un fenómeno residual, anticuado y condenado a al extinción? ¿De verdad nos hemos quedado al margen de la  cultura?

Intento ponerme en la piel de las personas no creyentes o alejadas de la Iglesia. Es verdad que la Iglesia en el pasado protagonizó episodios lamentables y ejerció un poder absoluto sobre muchas personas. Pero hoy, ¡es tan diferente! Muchos ignoran lo que hace la Iglesia hoy, lo que pensamos los cristianos, los avances de la teología, que a menudo va muy por delante de las ideologías más progresistas. Otros reconocen al menos la labor social y humanitaria de las instituciones eclesiales, como Cáritas o Manos Unidas. Pero en la mayoría de gente hay críticas a la Iglesia. Se nos acusa de ciertas cosas recurrentes. No hablo de los errores del pasado ni de los pecados presentes de algunos miembros de la Iglesia. La mayoría de cristianos actuales somos inocentes de esos crímenes... Hablo de algo mucho más habitual, hablo de actitudes y formas de hacer que son comunes a muchos cristianos, tanto laicos como miembros del clero.

¿Por qué nos critican?


¿De qué nos pueden acusar, con justicia, los no cristianos? Me parece que, al menos, de tres cosas. Primera, de pretender que todo el mundo piense y tenga la misma moral que nosotros. Aún queda esa nostalgia del pasado, cuando la Iglesia marcaba una gran influencia social. Segunda, de creernos mejor que los demás. Ese complejo de superioridad moral, que a menudo se contradice con nuestra vida diaria, porque no somos mejores que nadie en el día a día, nos hace antipáticos y arrogantes a los ojos de muchos. Y tercera, de hablar mal y juzgar a los que no piensan ni creen lo que nosotros. Cuántas veces cuestionamos, atacamos y despreciamos otras creencias, otras formas de pensar y de vivir, e incluso a las personas que votan a un partido contrario al que votamos nosotros.

¡Todo esto no es cristiano! Y menos aún, católico. Porque católico quiere decir universal. Y quiere decir que Dios es padre de todos, y toda persona, por muy distinta que sea, merecer aprecio y valoración. Ella, sus convicciones y creencias.

El mejor ejemplo


Pienso en Jesús, nuestro maestro y nuestro ejemplo. El es quien mejor puede iluminar nuestra conducta. Jesús nunca habló mal de los de afuera. Jamás criticó a los paganos, ni a los romanos, ni a los extranjeros. Las palabras más duras que encontramos en los evangelios están dirigidas a los de adentro. A los que se creían perfectos, puros, guardianes de la fe. A los letrados y escribas, los expertos en la palabra de Dios. A los fariseos, practicantes devotos y rigurosos, que cumplían todos los mandamientos a rajatabla. Si fuera hoy, podríamos decir que los sermones más duros de Jesús se dirigirían a los feligreses de las parroquias y a los curas, a los teólogos y a los religiosos. A los que decimos creer y practicar, pero no siempre somos coherentes con nuestra fe. Predicamos una cosa y a menudo vivimos una doble vida. Cumplimos los 10 mandamientos y todos los preceptos de la Iglesia, pero nos falta cumplir el esencial; sin él, todos los demás son vacíos e inútiles. Nos falta cumplir con el mandamiento del amor.

¡Qué fariseos somos! Nos rasgamos las vestiduras ante la cultura laicista y anticlerical que nos rodea, pero somos incapaces de dar la paz en la iglesia a una persona que nos cae mal, o que nos ha molestado. Atacamos la grosería de la telebasura pero apenas salimos del templo nos ponemos a criticar a nuestros vecinos. Nos abatimos ante las noticias de las persecuciones de cristianos y los mártires pero somos incapaces de sacrificar una hora de nuestro tiempo o un billete de nuestro monedero por ayudar a la Iglesia.

Jesús no perdió el tiempo. Hoy diríamos que Jesús no gastó una palabra en criticar a los ateos, los laicistas, los fieles de otra religión o los consumidores de místicas a la carta que ofrece la New Age. Jesús no los criticaría ni se metería con ellos. Quizás incluso sería amigo de algunos de ellos. Jesús nos interpelaría a nosotros, los que creemos ser fieles. Los que creemos ser elegidos, por el hecho de ser cristianos, y mejores que los demás. Claro que somos elegidos y mirados por Dios. Nuestro bautismo nos ha hecho hijos predilectos. ¡Pero qué malos hijos para tan buen Padre! Nos dedicamos a criticar a nuestros hermanos diferentes y no nos aplicamos a crecer en el amor, que es, finalmente, a lo que estamos llamados. 

Un propósito


A partir de hoy, me propongo ―sé que me costará― no hablar mal de nadie. Ni criticar a nadie, ni personas ni religiones ni tendencias filosóficas diversas ni culturas. No quiero perder el tiempo. El breve intervalo de mi vida, que sea para dar gracias, alabar a Dios, con mi vida y mis obras más que con palabras, y para despertarme y estar en vela. En medio de la tiniebla, bueno será estar despejado y encender una pequeña hoguera. No para quemar, sino para dar calor, luz, acogida. Como lo hizo Jesús, que no vino a condenar a nadie, sino a que todos se salvaran.
 
Sí, quizás este sea el camino de la Iglesia: no criticar a la cultura, sino dialogar con ella. Sentarse a charlar, como viejos amigos, al amor de un fuego cálido. Escuchando con los seis sentidos. Sin pretensiones, sin complejos de superioridad ni de inferioridad. Sin querer cambiar a nadie: queriendo amar a todos.

Intentaré poner en práctica el aviso de Santa Teresa: Hermanas, una de dos: o no hablar o hablar de Dios.

sábado, 28 de febrero de 2015

Evolución de los homínidos y fe cristiana

¿Darwin o el Génesis? ¿Evolución o creación? ¿Teología o ciencia?

Para conocer la verdad no basta una sola perspectiva. Si profundizamos en la realidad veremos que ciencia y fe se complementan, y que teología y evolucionismo encuentran un terreno común donde dialogar y componer un cuadro más completo de la historia del mundo y la humanidad.

El Génesis no es un libro de ciencia. Y la ciencia tampoco nos dice qué sentido y finalidad tienen el universo y la vida. Por eso la teología y las ciencias son disciplinas no opuestas, sino complementarias y necesarias en el camino de todo aquel que tiene hambre de saber...

Esta presentación está basada en apuntes de la lección 2ª del curso Ciencia y Fe, impartida por el profesor Francesc Nicolau, de la facultad de Teología de Cataluña.



sábado, 21 de febrero de 2015

Dios habla a través de la Creación


Ciencia y fe son conciliables: una nos explica cómo es el universo, la fe a través de la teología nos habla de su sentido y su fin.

La naturaleza es un libro que nos habla de su autor. ¿Cómo se ha desarrollado esta idea a través de los siglos? ¿Cómo pueden dialogar la teología, la filosofía y las ciencias?

En estos apuntes basados en el segundo curso sobre Ciencia y Fe, de la Facultat de Teologia de Catalunya, quizás encontréis respuestas...



viernes, 20 de febrero de 2015

El nombre más bello

El nombre que cura, alienta, protege y alegra...
El nombre que no conoce fronteras ni diferencias de culturas.
El nombre que es dulce en todos los idiomas.
Muchos han muerto con él en sus labios.

Ve, escucha, canta con The Better Life Team, grupo musical cristiano copto.