martes, 6 de diciembre de 2016

El femenino sagrado y la divinidad humana

Esto es un fragmento de mi libro Mujeres de Dios, tomado del capítulo «María y el femenino sagrado». Si deseáis saber más, podéis ir a este enlace.


¿Y María?¿Qué significado tiene su historia?


María es el paradigma de una bella relación entre Dios y la humanidad. María es el resplandor de la feminidad que se deja penetrar por el amor de Dios. Tanto la ama Dios que la toma como Madre y se acoge en su seno. María es signo vivo de la ternura inmensa de Dios y de su amor hacia sus criaturas. Es un modelo de ser humano transformado por la acción de Dios en su vida. Él ha hecho en mí maravillas, canta en el Magníficat. Y lo ha hecho porque ella, como niña en brazos de su Padre, se ha dejado querer:  ha mirado la pequeñez de su hija y ha querido complacerse en ser espléndido y generoso con ella.

Cada persona puede seguir el itinerario de María de Nazaret en su experiencia mística. Muchos santos y santas lo han hecho. María Magdalena es igualada a ella, llamada inmaculada por la penitencia. No somos Dios. Pero podemos llenarnos de él. Podemos ser su morada, santuarios suyos en la tierra.

Esta actitud y esta experiencia profundamente mística, de sentirse penetrada y transformada por Dios, inundada de su gozo, es la actitud genuinamente cristiana. Los teólogos lo explican: la primera cristiana es María. Una mujer que se siente inmensamente amada por Dios y deja que éste la guíe. Solo de una mujer así podía nacer un hombre extraordinario que, a la vez que humano, era el mismo Dios.

 

Ser cristos no es ser dioses


Autores gnósticos toman el evangelio de Juan (Juan 10, 31-36) y los escritos de Pablo para fundamentar su convicción de que todos los seres humanos podemos llegar a ser dioses. Es verdad que Pablo afirma, con palabras audaces, que ya no soy yo, sino Cristo quien vive en mí (Gálatas 2, 20), y que todos estamos llamados a ser de estirpe divina (Hechos 17, 28-29) al incorporarnos a la vida de Cristo. Las iglesias orientales también hacen hincapié en que la misión de Cristo no es tanto la salvación sino como la divinización del ser humano. Todos estamos llamados a una vida eterna, plena y similar a la de Dios. 

Y es cierto: en nosotros hay una semilla de divinidad que pide ser cultivada y florecer. El potencial de nuestra alma es inmenso y milagroso, y se sustenta en el ser infinito y eterno que es Dios. Pero hay una diferencia entre la semilla y el sembrador, como hay una diferencia entre la música y el compositor, entre la escultura y el artista. Nosotros no somos la fuente, el origen, el fundamento. No somos el Padre ni la Madre de todo cuanto existe y vive en el universo. Y aunque los hijos se parecen a sus padres y comparten con ellos parte de su naturaleza, no son idénticos a ellos, no son ellos. Esta es la diferencia fundamental, que nos permite asombrarnos ante nuestra maravilla pero a la vez nos hace humildes: no nos hemos dado el ser a nosotros mismos. Hay un Dios todopoderoso y todo-amoroso que nos ha hecho existir. 

La buena, la hermosa noticia, es que lo ha hecho por amor. Venimos del amor, vivimos por amor y estamos abocados a reunirnos con el Amor de los amores en el final de los tiempos. No estamos solos ni somos arrojados a una existencia sin sentido. Por tanto, nuestra actitud vital no debería ser el orgullo o la prepotencia, ni la amargura existencial, ni la lucha esforzada por ganar méritos, sino una alegre, serena e inmensa gratitud.

Volviendo a lo femenino sagrado... No podemos forzar una lectura gnóstica ni feminista del evangelio ni de las palabras de Jesús. Somos grandes, pero limitados. Llamados a la divinidad, pero no dioses. Más que hablar de masculino o femenino sagrado, hablemos de humanidad sagrada por ser fruto de Dios... Lo que en todo caso es sagrado es la doble naturaleza, la sexualidad humana, que nos impulsa a la unión y a formar la imagen más bella y perfecta de Dios en el amor.

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