Los equipos de bomberos los encontraron a trescientos metros
del mar, que intentaban alcanzar. Nunca llegaron. Las llamas los envolvieron y
los devoraron. Eran un grupo de niños y sus educadores. Murieron abrazados.
La imagen da vueltas en mi mente mientras las noticias sobre
los incendios en Grecia suenan en la radio y llenan titulares. El fuego no perdona.
No se puede ganar una carrera a la muerte cuando esta llega cabalgando sobre
llamas.
Dicen que el ser humano saca lo mejor de sí mismo en las
peores circunstancias. O quizás saca lo más genuino de sí. También he leído que
el ser humano es un ser claustral, que nace, vive y se desenvuelve en un seno. Del
seno materno al seno familiar y social. De la cálida matriz a la nave azul de nuestro
planeta. Del pecho maternal al seno de Dios. Quizás los momentos más intensos, más profundos e inolvidables
de nuestra vida son los que hemos vivido conscientemente arropados en un seno:
el regazo de nuestra madre, el abrazo de un amigo, de un esposo, de un hijo.
En los peores momentos, buscamos el seno protector. El abrazo
es ese pequeño seno humano, dos cuerpos que forman un mundo, enlazándose,
protegiéndose, cerrándose al exterior hostil, abriendo un universo íntimo y acogedor.
Morir abrazados. El fuego es real, y es devastador. Puede ser
también una metáfora de la vida cuando se torna enemiga, cruel y devoradora. Una
metáfora de la guerra, del tiempo inexorable, de la enfermedad que nos consume,
de la vejez. También de nuestra propia vida, que arde como una vela, brillando
y autodestruyéndose. Alguien escribió que la vida es una batalla y que la
felicidad consiste en no tener que combatir solos. Aunque el final sea una
derrota. Cuando la tormenta arrecia y la vida nos golpea, cuando ya no hay nada
que hacer, sólo nos queda abrazarnos.