viernes, 10 de mayo de 2013

Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

Benedicto XVI, el Papa que no utilizaba ordenador ni Internet, fue uno de los primeros en captar la importancia de las redes sociales y el mundo virtual que, afirma, no es un mundo paralelo del que recelar, sino una parte más de nuestra vida cotidiana, «una nueva ágora, una plaza pública y abierta en la que las personas comparten ideas, informaciones, opiniones y donde, además, nacen nuevas relaciones y formas de comunidad».

De su mensaje para esta XLVII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (2013) transcribo este párrafo que me ha parecido especialmente bello:

«El desarrollo de las redes sociales requiere de un compromiso: las personas se sienten implicadas cuando han de construir relaciones y encontrar amistades, cuando buscan respuestas a sus preguntas, o se divierten, pero también cuando se sienten estimuladas intelectualmente y comparten competencias y conocimientos. Las redes se convierten así, cada vez más, en parte del tejido de la sociedad, en cuanto que unen a las personas en virtud de estas necesidades fundamentales. Las redes sociales se alimentan, por tanto, de aspiraciones radicadas en el corazón del hombre.»

De ahí, dice el Papa emérito, la importancia y el desafío de hablar de verdad y de valores. De fomentar el diálogo respetuoso, de no ahogar la voz de la razón y la lógica, por encima del ruido o de la capacidad persuasiva.

Las redes permiten a los creyentes compartir el mensaje de Jesús, enriquecer las formas de expresión, «compartir la fuente profunda de su esperanza y alegría: la fe en el Dios rico en misericordia y amor, revelado en Jesucristo».  Y también son un factor de desarrollo humano, que permite compartir recursos espirituales, litúrgicos y ejercer una caridad activa.

También avisa el Papa Benedicto: «La confianza en el poder de la acción de Dios debe ser superior a la seguridad que depositemos en el uso de los medios humanos. ... en el ambiente digital, en el que con facilidad se alzan voces con todos fuertes y conflictivos, y donde se corre el riesgo de que prevalezca el sensacionalismo, estamos llamados a un atento discernimiento. Recordemos que Elías reconoció la voz de Dios no en el viento fuerte e impetuoso, ni en el terremoto o en el fuego, sino en el "susurro de una brisa suave" (1R 19, 11-12). Confiemos en que los deseos del hombre de amar y ser amado, de encontrar significado y verdad ... hagan de los hombres y mujeres de nuestro tiempo estén abierto siempre a lo que el beato cardenal Newman la "luz amable" de la fe».


sábado, 30 de marzo de 2013

Un parto cósmico


Durante estos días de Semana Santa, leyendo la Pasión de Cristo y asistiendo a los oficios, o participando en procesiones y Vía Crucis, solemos profundizar mucho en el sentido del dolor, en el valor redentor de la muerte de Jesús en la cruz, en el sufrimiento y las injusticias del mundo, asumidas por Dios para rescatarnos.

Escuchamos homilías, leemos mensajes y reflexionamos sobre cómo nuestra acción puede aliviar o agravar el daño de tantas pasiones que continúan hoy en el mundo. Nos detenemos en los personajes que aparecen en los evangelios sobre la muerte de Jesús y vemos de qué manera cada uno de ellos refleja o contrasta nuestra propia actitud. Dejamos que el corazón se nos abra para sentir, conmovernos e intentar comprender ese misterio tan grande de un Dios que, por segunda vez, después de la encarnación, se hace pequeño y frágil. Ahora ya no como niño indefenso, sino como un condenado, rechazado y vapuleado por todos.

Pero quizás nos falta ahondar más en otro sentido de la Pasión, su verdadero sentido, en realidad. El que hace que la muerte de Jesús en cruz no sea un final absurdo y cruel, sino un comienzo.

José Luis Martín Descalzo, en su Vida y misterio de Jesús de Nazaret, nos habla de un parto: «¡Hay tanto olor a madre y a engendramiento en esta dramática tarde...!». Nos recuerda aquellos dolores de parturienta con los que el mundo gime antes de dar a luz a la nueva humanidad, esa imagen tan expresiva de San Pablo (Rm 8, 22). 

Dice Raniero Cantalamessa en su Vía Crucis que cuando Dios quiso hacer algo grande ordenó, con voz potente, y el mundo fue creado. Pero cuando Dios quiso hacer algo todavía mayor, abandonó su grandeza y ya no dio órdenes: obedeció. Se hizo pequeño y se sometió a todos los límites que padece la humanidad: esa fue la Pasión. Y entonces una nueva humanidad comenzó a ser creada.

Los primeros brotes


Sí, la Pasión es el inicio de ese parto larguísimo y doloroso que se extiende hasta hoy. Un parto bañado en sangre y en sufrimiento, pero que es el preludio de otra vida alegre y luminosa. En las primeras horas ya comienzan a salir los primeros brotes de ese reino nuevo, el reino de Jesús, «que no es de este mundo», aunque hunde sus raíces en él. 

¿Cuáles son estos primeros brotes? Un campesino rudo llamado a la fuerza, el Cirineo, que queda impactado ante el reo al que debe ayudar. Sus hijos, años más tarde, serán cristianos. Un salteador que la tradición ha llamado buen ladrón, aunque de bueno tuviera poco; un salteador, o quizás un terrorista, diríamos hoy, que antes de morir supo ver en Jesús a alguien más que a otro condenado cubierto de azotes. Entre todos los que estaban allí, supo reconocer a Dios clavado en la cruz y ¡fue el primero en ascender al cielo con él! Una madre heroica que, de ser madre de Dios, pasa a ser madre de todos los hombres y restaura la fraternidad sobre la tierra. Un joven discípulo que ha vencido el miedo y sigue fiel, el primero de muchos más que serán llamados amigos de Dios. Y un centurión, ¡jefe de los mismos verdugos!, que no juega a los dados y queda abrumado al ver morir a un hombre justo. Ese legionario, extranjero y pagano, representante del poder opresor, es el primero en confesar al Hijo de Dios.

Parecen pobres frutos: un labriego, un delincuente, una madre desconsolada, un muchacho, un soldado. Todo bajo la sombra dantesca de la cruz. Pero es que Dios siempre se abre camino así, de forma misteriosa, humilde, paradójica y desafiante. No vino al mundo con fasto y poder, sino como un niño de pueblo. Y no lo abandonó con una muerte heroica y noble, sino con el suplicio vergonzoso destinado a los criminales.

¡Este es Dios! El que gira el mundo, el que cambia el orden de las cosas, el que transforma de arriba a abajo, si lo dejamos, nuestra vida. El que saca bien del mal, el que hace florecer lirios entre las ruinas, el que responde a la muerte con la resurrección. 

El grano de trigo


Jesús utilizó en su predicación una imagen bella y certera para describir el sentido de su vida y de su Pasión: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). Él es el grano de trigo. Durante su vida terrena ha sido espiga, ha sido grano y ha sido pan; pero llega el momento en que debe ser enterrado y morir. Después de su muerte, surge de nuevo y se convierte en el tronco de un árbol inmenso, en la vid de innumerables sarmientos que da mucho más fruto para alimento y gozo de la humanidad. Pero ya no es un alimento perecedero o un agua que no sacia. ¿Qué fruto nos da? Él mismo, la Vida con mayúsculas. La vida que no perece y que nos abre a otra dimensión nueva e inesperada.

Todos los evangelios están escritos, por así decir, desde el final hasta el comienzo, hacia atrás. A la luz de la resurrección los discípulos comprenden la muerte y el sentido de toda la vida de Jesús. Sin resurrección, la buena noticia no existiría y la historia de Jesús se hubiera borrado en el olvido.

Una creencia que nos cambia


Creer en la resurrección no es opcional para el cristiano. Es su origen y fundamento. De ese hecho parte toda nuestra fe. Creer en la resurrección no es un mero agarradero psicológico, un consuelo desesperado, un invento para conjurar el miedo a la muerte y a la nada. La resurrección de Jesús irrumpió en la vida de quienes lo seguían como un hecho inesperado y misterioso, que no preveían y que muy torpemente acertaron a explicar. Pero el reencuentro con Jesús cambió sus vidas de tal manera que su experiencia nos ha llegado hasta hoy. 

Si la resurrección convirtió a unos galileos cobardes y pendencieros en un puñado de misioneros audaces, dispuestos a anunciar con alegría a aquel que amaban, hasta la muerte si fuera necesario, también nos puede cambiar a nosotros. Si creemos de verdad, si la interiorizamos en nuestro corazón, nos hará vivir liberados de miedos absurdos, de ataduras egoístas y de angustias mezquinas. Saber que al final de nuestro camino se abre un abismo soleado hacia otra vida increíblemente más bella y plena, que nunca podremos adivinar, pero que sabemos cierta, convierte la vida de acá en una aventura intensa, alegre y esperanzada. Lejos de despreocuparnos por el presente, como dicen los críticos de la religión, nos hará saborearlo con más paz, en profundidad y con gozo agradecido. Y nos hará valientes: capaces de anunciar esta alegría al mundo, sin miedo al fracaso. Porque, por mucho que podamos sufrir, sabemos que hay alguien a nuestro lado que ya sufrió y ya llevó toda la carga del mundo por nosotros. No estamos solos. Jesus, vivo, hoy, camina a nuestro lado.

sábado, 23 de marzo de 2013

¿Dónde está Dios?


 Explicando la Pasión a los niños


El otro día, en catequesis, expliqué a los niños la Pasión y muerte de Jesús. Les planteé: ¿por qué un hombre bueno, que pasa por la vida haciendo el bien, es condenado a muerte? ¿Por qué esa muerte injusta, cruel, aparentemente absurda?

Les fui explicando, paso a paso, y con palabras sencillas, por qué la bondad de Jesús y la novedad de su mensaje rompían con la religiosidad anquilosada de los fariseos y con el status quo de los sumos sacerdotes. Los creyentes en un solo Dios habían endiosado la Ley y el templo ―y con ello, su justicia y su dinero― hasta el punto que el mensaje de Jesús y su amor a los pecadores y a los marginados llegaron a ser una grave amenaza. ¡Y el pueblo sencillo le seguía!

Los niños entienden. Entienden más de lo que los adultos creemos o queremos admitir. Comprendieron los intereses creados de fariseos, escribas y saduceos, el forcejeo y el juego político de estos con Pilatos, el romano práctico y expeditivo. Comprendieron la coherencia heroica de Jesús, de afrontar la muerte cara a cara y no huir, viviendo lo que creía hasta el fin.

Más les costó entender la traición de Judas. ¿Por qué un amigo traiciona a otro amigo? Surgieron algunas explicaciones espontáneas: avaricia, envidia... Algunos habían oído o visto versiones dispares en reportajes o películas. Y la duda que asalta a tantos cristianos y no cristianos inquieta también a los niños. ¿Se salvó Judas? ¿Lo perdonó Dios? 

¿Qué opináis vosotros?, les pregunté, ¿perdonó Dios a Judas? Las niñas de inmediato respondieron: ¡Sí! Los niños comprenden... Comprenden cómo funciona el corazón de Dios, a menudo mucho mejor que los adultos.

Me escucharon con tremenda atención y, por sus caritas, por el brillo de sus ojos, vi que algunos estaban impresionados, casi conmovidos. Les narré con sencillez, buscando las frases precisas, cómo murió Jesús y cuáles fueron sus últimas palabras. ¿Cómo puede no conmover la historia de un hombre que es Dios y que muere de amor por nosotros?

Les impactó que muriera perdonando a sus enemigos. En seguida saltó quien dijo que él no sería capaz de hacer eso nunca. ¡Reacción tan humana! 

Les gustó saber que un amigo, Juan, y unas mujeres, lo siguieron hasta el fin. Cuando les expliqué las palabras de Jesús a su madre y al discípulo amado y les dije que desde entonces María era madre de todos, una niña exclamó: ¡por eso somos hermanos!

También les gustó saber que hubo un buen ladrón que, pese a toda una vida de fechorías, por arrepentirse en el último momento acompañó a Jesús en su entrada a la otra vida, la del cielo. 

Y surgió ese gran interrogante: ¿Dónde está Dios? La eterna pregunta que arrojan al cielo creyentes desesperados, no creyentes que quizás desearían creer y escépticos que, como los judíos burlones, se ríen ante la cruz y piden un prodigio para poder creer.

¿Dónde estaba Dios, en esos momentos, en que su Hijo sufría tanto?, pregunté, mirando a los niños.
Y ellos, casi a una, señalaron la cruz que presidía la mesa. Allí.  

Ningún teólogo podría explicarlo mejor. ¿Dónde estaba Dios, mientras su Hijo moría? Allí, tendido sobre la cruz, clavado con él, sangrando con él, agonizando con él... Amando hasta el límite, como él.
Se hizo un silencio, durante un instante. Solo que, continué, la historia no se termina aquí...

No se termina aquí porque el Señor de la vida no puede morir, y el Dios hecho hombre tampoco vino para ser enterrado y olvidado, sino para abrir la tierra, rasgar el velo de la muerte y enraizarla con el cielo. Esa otra dimensión donde nos aguarda, vivo, siempre, en cuerpo y en alma.


Una semana después, con los niños de la catequesi hicimos un Vía Crucis, recorriendo el patio de la parroquia. No sé si captaron mucho el significado... No sé si las pequeñas reflexiones, adaptadas a su realidad cotidiana y leídas por ellos mismos en cada estación, llegaron a cuajar un poco en su memoria. Pero al final del Vía Crucis, cuando rezamos por los enfermos, los que sufren y los difuntos, e invité a los niños a formular de manera espontánea sus plegarias, me di cuenta de que sí, algo habían comprendido. Algo o mucho. Rezaron por sus abuelos, sus tíos, un hermanito, un vecino, fallecidos recientemente, o incluso antes de nacer ellos. Rezaron incluso por sus mascotas muertas ―¡también son criaturas de Dios!― y por los abuelos vivos, para que «vivan más años y sigan bien». Rezaron con esa frescura y limpieza de corazón que llega directa al cielo, la oración más bella que puede alcanzar los oídos de Dios.

Sí, los niños entienden... ¡tantas cosas! Entienden que les hablemos del amor, de la muerte, de la entrega y del cielo. Y, a veces, a los adultos tan embebidos en nuestras rutinas y racionalidades diarias, nos dan auténticas lecciones de teología y humanidad.

martes, 12 de febrero de 2013

Un gesto de humildad y libertad

Como muchos otros cristianos, recibí la noticia de la renuncia del Papa a su cargo con sorpresa y un cierto sobrecogimiento. También con un poco de pena. ¿Es posible? En toda la historia de la Iglesia, muy pocos papas, creo que solo uno o dos, han renunciado. Los demás han muerto ocupando su sede, o bien fueron mártires.

He leído el comunicado del Papa varias veces, con calma. Tras escuchar decenas de opiniones y meditarlo, pienso que en ese breve mensaje tenemos todas las claves de esta decisión, sin necesidad de buscar más. ¡Ese breve párrafo dice mucho!

El Papa ha sido muy libre y muy humilde renunciando. Lo explica bien: es realista y lúcido en cuanto a sus fuerzas. Se retira cuando ya no se siente capaz, con discreción y elegancia. No "huye de los problemas", como algunos han insinuado. Ha afrontado muchos y graves conflictos en poco tiempo, siempre dando la cara y gestionándolos con decisión. Ha aprovechado bien el tiempo: ha viajado a países muy significativos, ha dialogado con líderes de otras religiones, ha inaugurado el Año de la Fe y ha lanzado los proyectos de la nueva evangelización; nos ha dejado tres preciosas encíclicas sobre los puntales del Cristianismo —el amor, la esperanza y la verdad—, y sus tres últimos libros sobre el gran amor de su vida: Jesús. 

En sus escritos y catequesis nos ha transmitido muchos mensajes, claros y profundos, en ese estilo suyo tan didáctico. Nos ha acercado a los padres de la Iglesia, a los doctores, a los místicos y a muchas santas que antes eran poco conocidas del ancho público. Ha sido pastor, teólogo y maestro.

Y, finalente, con su dimisión, nos ha dado una lección magistral: de renuncia al poder, de humildad, de espiritualidad y de libertad. En un mundo frenético, arrastrado por el activismo que también invade a la Iglesia, el Papa nos habla de «servir desde la oración». Y se va, a darnos ejemplo, retirándose al silencio de un pequeño claustro.

Rezaré por él. Es el Papa al que más he seguido, quizás por mi edad y por mi creciente implicación en la Iglesia. He disfrutado y aprendido leyéndolo y escuchándolo. Y lo tendré muy presente, a través de sus libros y sus mensajes. Justamente esta semana inicié otro: Los caminos de la vida interior. ¡Qué título más acorde con lo que ha sucedido! En la portada del libro aparece el Papa, vestido de blanco, junto a un estanque, en un jardín. Extiende una mano y va arrojando migas de pan a los pececillos. He pensado que es una bonita imagen de su futuro, muy pronto. En el retiro, junto a la naturaleza que tanto ama, envuelto en la música de los árboles y los pájaros, en la soledad que no es solitaria porque, como alguien dijo, quien está con Dios nunca está solo.

jueves, 27 de diciembre de 2012

La fe que mueve montañas

Jesús les respondió: Os aseguro que si tenéis fe y no dudáis, no solo haréis lo que yo acabo de hacer con la higuera, sino que podréis decir a esta montaña: levántate de ahí y arrójate en el mar, y así lo hará. Todo lo que pidáis en la oración con fe lo conseguiréis. (Mt 21, 21-22)

Cuando leemos este pasaje, en seguida se nos hace evidente nuestra falta de fe. O quizás nos parecen palabras inalcanzables, casi mágicas, o simbólicas. ¿Es posible obrar tales prodigios? Jesús podía, sí, porque era Dios, pero nosotros…

Y, sin embargo, Jesús nos asegura que con fe podríamos hacerlo. En un pasaje evangélico dice que sus discípulos harán cosas «aún mayores que él». ¿Nos está enredando o nos habla en clave?

El evangelio nos da pistas. Sus discípulos, hombres de carne y hueso, cargados de defectos, como nosotros, pudieron. En su momento, curaron enfermos, expulsaron demonios e incluso de San Pedro se cuenta que resucitó a un muerto, durante sus andanzas apostólicas. Podemos. Porque el poder de Dios no nos está vedado. Somos nosotros quienes le ponemos obstáculos y barreras con nuestra falta de fe.

En todo caso deberíamos preguntarnos cuántas cosas podríamos mejorar en nuestra vida diaria, contando con la ayuda de Dios y una fe inquebrantable, y cuántas cosas dejamos de hacer simplemente porque antes de intentarlo ya nos damos por vencidos. Pero la fe pide coraje. Y pide confianza sin límites. Pide saber caminar a oscuras, sin ver lo que sucederá. Es, quizás, ese gesto confiado de «lanzarnos al vacío», sabiendo pero sin saber, creyendo sin certezas. No a ciegas ni a locas, porque sabemos que Dios todo lo puede, pero no tenemos la evidencia científica, la seguridad, la garantía que tanto nos gusta reclamar desde nuestra mentalidad positivista y cobarde.

Creamos. Y sepamos esperar, porque algunos frutos piden tiempo para madurar. Lo que es de Dios florecerá un día u otro, en su momento, cuando él lo vea más oportuno. Y siempre será para nuestro bien.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Fe y salud


Entonces le presentaron a un paralítico tendido en una camilla. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados». (Mt 9, 2)
Jesús se dio vuelta, y al verla, le dijo: «Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado». Y desde ese instante la mujer quedó curada. (Mt 9, 22)
Al llegar a la casa, los ciegos se le acercaron, y él les preguntó: «¿Creéis que yo puedo hacer lo que me pedís?». Ellos le respondieron: «Sí, Señor». Jesús les tocó los ojos, diciendo: «Que suceda como habéis creído». (Mt 9, 28-29)
Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!». Y en ese momento su hija quedó curada. (Mt 15, 28)

En los evangelios se relatan muchos milagros de Jesús. En todos estos relatos aparecen tres elementos: la súplica del enfermo, la respuesta de Jesús y la fe. Jesús insiste una y otra vez que es la fe la que salva, y siempre pregunta al enfermo qué quiere, antes de curarlo.

Los médicos conocen bien el llamado efecto placebo y el impacto de la sugestión en la salud; muchos terapeutas nos hablan de la fuerza del pensamiento y su capacidad curativa. Todos hemos oído aquel viejo dicho: querer es poder.  Alguien dijo: piensa sano y lo estarás. ¿Es tanta la fuerza de nuestra mente y de nuestra voluntad?

Jesús así lo afirma, aunque él habla, en concreto, de la fe. Creer en lo que todavía no es, creer en lo que se desea, poner toda la confianza en que eso ocurrirá, parece acelerar o precipitar el cambio, la curación. Pero en el evangelio no se nos habla de la fe en cualquier cosa o persona, sino de fe en Jesús. Quienes acuden a él para ser curados no confían en sí mismos ni en sus propias fuerzas, sino en él, ese hombre que mira a los ojos y que transforma el alma de aquel a quien mira. El hombre que desprende amor de Dios por todos sus poros. El hombre cuyas manos abren el cielo y colman de bendición.

Los milagros, dicen algunos teólogos, siguiendo fielmente el texto evangélico, son signos del Reino de Dios. La salud es propia de este Reino. Dios nos quiere sanos, libres, en la plenitud de nuestras capacidades. La liberación de la enfermedad, tantas veces ocasionada por un alma rota o un corazón herido, es una parte de este Reino.  

Por eso, tener fe en Jesús, tener fe en Dios, produce milagros. No por nuestras fuerzas ni por el poder de nuestra mente, sino porque nos convertimos en canal abierto, fuente por donde desciende una fuerza y un poder bienhechor mucho más grande que nosotros mismos, del que somos recipientes y transmisores. ¿Cómo adquirir esa fe tan grande? Yendo a la fuente. Y llegar a la fuente pide emprender un camino, una búsqueda, y también pide una sed. Solo quien está sediento ―deseoso― y quien se sabe pequeño y enfermo ―necesitado― tendrá el ánimo suficiente para alcanzar ese manantial del que brota la Vida con mayúscula. Allí verá su deseo colmado y su alma quedará sana.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Ve y que suceda como has creído

El sacerdote Eugeni Mª Portusach ha hecho unas recopilaciones de frases de los cuatro evangelios sobre la fe, con motivo de este Año de la Fe que estamos celebrando. Nos invita a leerlas «despacio, meditando si esta es la fe que vivo». Así que, agradeciendo su aportación, las iré anotando en este blog con algunos comentarios y reflexiones personales.

Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían:
—Os aseguro que no he encontrado a nadie en Israel que tenga tanta fe. Por eso os digo que muchos vendrán de Oriente y Occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados fuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes.
Y Jesús dijo al centurión:
—Ve y que suceda como has creído.
Y el sirviente se curó en ese mismo momento.
El fragmento corresponde a la curación del hijo del centurión, un milagro «a distancia», provocado por la fe del centurión que se presenta ante Jesús y le dice que no es digno que entre en su casa.

Son varios los pasajes evangélicos en los que Jesús señala la fe de los extranjeros, los paganos, los que no pertenecen al pueblo elegido por Dios. Pero en este fragmento rompe del todo el elitismo y arremete contra cualquier complejo de superioridad moral de los judíos respecto a las demás naciones. Vemos que para entrar en el Reino de los Cielos no hace falta abrazar unas prácticas religiosas ni pertenecer a un grupo concreto: basta la fe. Una fe limpia, confiada y atrevida como la del centurión, que no dudó un instante que la sola palabra de Jesús podría curar a su criado.

Este evangelio nos puede servir de recordatorio a los cristianos de hoy, que quizás hemos caído en el fariseísmo del pueblo de Israel. Como somos creyentes, vamos a misa y cumplimos los mandamientos y las normas cívicas más básicas, a lo mejor ya nos consideramos superiores al resto de mortales y pensamos que, con esto, nos «ganamos» el cielo. No caigamos en la tentación de pensar así. Cuando Jesús dice que «muchos vendrán de Oriente y Occidente» no solo se refiere a los extranjeros inmigrantes que vienen a nuestro país, sino también a personas que nos parecen muy alejadas de la Iglesia y de nuestras comunidades. Personas a las que, quizás, tachamos de pecadoras, perdidas, alejadas. Personas que no piensan como nosotros, que no practican, que ignoran muchos aspectos de nuestra doctrina y que, incluso, no creen en Dios como creemos nosotros. Pero tienen fe. Fe en la humanidad, fe en las personas, fe en la bondad y en el amor. Esa fe los hace coherentes y solidarios. Y esto, a los ojos de Dios, es lo que cuenta.

Si un centurión romano, ajeno a la fe de Israel, creyó tan absolutamente en Jesús... ¿Cómo no vamos a creer nosotros?