jueves, 8 de mayo de 2014

La resurrección y la física cuántica

¿Qué ocurre en la resurrección? ¿Qué significa resucitar en cuerpo y alma? ¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es la materia? ¿Y la vida eterna? No, no se trata de buscar explicaciones científicas para este misterio central de la fe. Per quizás sí de ver cómo las verdades científicas no tienen por qué contradecir las verdades de la fe, al contrario.

Os invito a escuchar la excelente conferencia del P. Manuel Carreira, jesuita y doctor en física. Pura teología, pura ciencia, sin mezcla ni confusión. El final es maravilloso y esperanzador.

La podéis escuchar clicando aquí

Y podéis descargar la transcripción en pdf aquí.

sábado, 19 de abril de 2014

Al Cristo blanco como el cielo al alba...

Versos bellísimos de un poeta incrédulo y asombrado, que canta al misterio que recorre toda la humanidad en todos los tiempos... 

Al Cristo de Velázquez


¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;


blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.Que eres, Cristo, el único
hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dió toda su sangre
por que las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa,
¡oh noche, madre de los blandos sueños,
madre de la esperanza, dulce noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador!

A L B A

Blanco estás como el cielo en el naciente
blanco está al alba antes que el sol apunte
del limbo de la tierra de la noche:
que albor de aurora diste a nuestra vida
vuelta alborada de la muerte, porche
del día eterno; blanco cual la nube
que en columna guiaba por el yermo
al pueblo del Señor mientras el día
duraba. Cual la nieve de las cumbres
ermitañas, ceñidas por el cielo,
donde el sol reverbera sin estorbo,
de tu cuerpo, que es cumbre de la vida,
resbalan cristalinas aguas puras
espejo claro de la luz celeste,
para regar cavernas soterrañas
de las tinieblas que el abismo ciñe.
Como la cima altísima, de noche,
cual luna, anuncia el alba a los que viven
perdidos en barrancos y hoces hondas,
¡así tu cuerpo níveo, que es cima
de humanidad y es manantial de Dios,
en nuestra noche anuncia eterno albor!
 

O R A C I Ó N   F I N A L

Tú que callas, ¡oh Cristo!, para oírnos,
oye de nuestros pechos los sollozos;
acoge nuestras quejas, los gemidos
de este valle de lágrimas. Clamamos
a Ti, Cristo Jesús, desde la sima
de nuestro abismo de miseria humana,
y Tú, de humanidad la blanca cumbre,
danos las aguas de tus nieves. Águila
blanca que abarcas al volar el cielo,
te pedimos tu sangre; a Ti, la viña,
el vino que consuela al embriagarnos;
a Ti, Luna de Dios, la dulce lumbre
que en la noche nos dice que el Sol vive
y nos espera; a Ti, columna fuerte,
sostén en que posar; a Ti, Hostia Santa,
te pedimos el pan de nuestro viaje
por Dios, como limosna; te pedimos
a Ti, Cordero del Señor que lavas
los pecados del mundo, el vellocino
del oro de tu sangre; te pedimos
a Ti, la rosa del zarzal bravío,
la luz que no se gasta, la que enseña
cómo Dios es quien es; a Ti, ánfora
del divino licor, que el néctar pongas
de eternidad en nuestros corazones.



¡Tráenos el reino de tu Padre, Cristo,
que es el reino de Dios reino del Hombre!
Danos vida, Jesús, que es llamarada
que calienta y alumbra y que al pábulo
en vasija encerrado se sujeta;
vida que es llama, que en el tiempo vive
y en ondas, como el río, se sucede.




Avanzamos, Señor, menesterosos,
las almas en guiñapos harapientos,
cual bálago en las eras remolino
cuando sopla sobre él la ventolera,
apiñados por tromba tempestuosa
de arrecidas negruras; ¡haz que brille
tu blancura, jalbegue de la bóveda
de la infinita casa de tu Padre
—hogar de eternidad—, sobre el sendero
de nuestra marcha y esperanza sólida
sobre nosotros mientras haya Dios!
De pie y con los brazos bien abiertos
y extendida la diestra a no secarse,
haznos cruzar la vida pedregosa
-repecho de Calvario- sostenidos
del deber por los clavos, y muramos
de pie, cual Tú, y abiertos bien de brazos,
y como Tú, subamos a la gloria
de pie, para que Dios de pie nos hable
y con los brazos extendidos. ¡Dame,
Señor, que cuando al fin vaya perdido
a salir de esta noche tenebrosa
en que soñando el corazón se acorcha,
me entre en el claro día que no acaba,
fijos mis ojos de tu blanco cuerpo,
Hijo del Hombre, Humanidad completa,
en la increada luz que nunca muere;
mis ojos fijos en tus ojos, Cristo,
mi mirada anegada en Ti, Señor.


Miguel de Unamuno 

martes, 15 de abril de 2014

Pasión de Jesús

Fragmentos transcritos de los Ejercicios Espirituales del P. J. M. Fondevila.



Cristo ha gastado toda su vida para ir a la pasión, salvarnos y entrar en ella libremente. No tenemos otro medio para comprender y vivir la pasión de Cristo que continuándola en nuestra vida y en nuestra muerte, padeciendo con él, compadeciendo con él. Todo se explica cuando todo se ha consumado, no antes.


Sin apartarnos de lo que dice la Sagrada Escritura, el Espíritu Santo a través de los evangelistas, empecemos por los tribunales. Jesús estuvo toda aquella noche atado.

Dios atado


Caigamos en la cuenta de este doloroso pormenor: los hombres atan las manos de Jesús. Dios se deja atar por estos seres minúsculos.

Ata su omnipotencia, con la que podría aniquilar instantáneamente a los que le atan. Ahora parece un hombre vencido y débil.

Ata su sabiduría, con la que podría confundir y dejar sin palabras a cuantos le acusan. Ahora parece un vulgar convicto, como hombre que no tiene respuestas en su boca.

Ata su justicia, con la que podría descubrir aplastantemente su inocencia y poner de manifiesto la mentira, la maldad, la ilegalidad de su proceso. Ahora parece un vulgar malhechor.

Ata su santidad, con la que se manifestaría Dios. Ahora parece como blasfemo.

Ata su majestad, con la que parecería rey de reyes y señor de los que dominan, y sus enemigos se secarían de espanto. Ahora aparece como un hombre del montón, un pelele, el hazmerreír del pueblo. Y es Dios.

El amor es el que ata a Jesús. Amor a su Padre, amor a los hombres. Cuántas almas en reverencia de las ataduras de Jesús se atan a él para siempre. Que el señor nos conceda que los lazos que nos unen a él no se rompan jamás ni se aflojen por nada de la Tierra. 


Los tres tribunales


Primero fue el tribunal eclesiástico. Condenan a Jesús como blasfemo. Jesús, el profeta, el que les había flagelado sin piedad como hipócritas, injustos, pecadores, egoístas. Ahora le tienen ante ellos, se han cambiado los papeles. Qué sarcasmos, qué risas de triunfo, qué rencor. Jesús derrotado,  vencido y atado ante ellos, a sus pies. Dada la sentencia, la chusma se apodera de él, le hacen  burla, le cubren la cara, le dan de bofetadas, le escupen, le hacen profetizar. Dios es convertido en el hazmerreír de las criaturas en esa larga y terrible noche de afrentas. Noche de afrentas que se perpetúa a través de los tiempos en los miembros del cuerpo de Jesús. Que el Señor nos dé su gracia para mantenernos firmes en cualquier situación en que nos encontremos.


Después vino el tribunal civil. Jesús calla ante Herodes, ese rey que quiere rebajarlo al nivel de un prestidigitador. Herodes y su corte se burlan de Jesús. Lo visten de loco y lo remiten a Pilato. Y el pueblo le contempla de nuevo atado por las calle. Solo cinco días antes Jesús, el bendito del Señor, había entrado en triunfo en aquella ciudad. 


Pilato quiere salvarlo. Proclama que es inocente y le manda castigar como a un culpable señalado. ¡Justicia de este mundo! Por fin, el gobernador, coaccionado, por miedo, condena a Jesús. Jesús ante Pilato no habla de sí apenas. De su reino, dice que es espiritual. No se entretiene en su defensa. Cómo agotamos nosotros los argumentos de nuestras defensas. Digamos lo que baste y dejemos siempre algo en reverencia del silencio del Señor, para consolarle a él.


Finalmente, el tribunal popular. ¡No queremos a éste, sino a Barrabás! Todos los tribunales fallan en contra de Jesús. Pablo, extasiado ante este misterio exclama: todas las cosas del mundo son pérdida, no me interesa nada. Todo lo juzga estiércol con tal de ganar a Cristo Jesús. Que nuestros bochornos, en silencio, pacientemente soportados, consuelen a Jesús de los terribles y crueles bochornos de aquella noche triste.


Flagelación y coronación


Flagelación. Tormento de asesinos, esclavos, ladrones. Castigo de animales, en que el dolor físico ha de suplir la falta de razón. Tormento injusto para Jesús, declarado inocente por el mismo que le manda azotar. ¿Cómo nos revuelven las injusticias? Habiéndole castigado lo soltaré, dice el gobernador. Cómo nos debe impresionar esta clamorosa injusticia con un hombre inocente. Flagelación particularmente severa y cruel, porque su finalidad era excitar la compasión. 

Veamos el espíritu con que la sufre el Señor. Con adoración y amor inmenso a la voluntad y beneplácito del Padre celestial. Con inagotable amor a los hombres, aún a los mismos que ejecutan el castigo en él. Con admirable paciencia. Expresémosle en la oración nuestro agradecimiento y el dolor que nos causa verle tan dolorido y atormentado por nosotros. Y no nos olvidemos de planear en adelante nuestra austeridad de vida como continuación de sus azotes para aliviarle a él.


Coronación de espinas. Es un juego de burlas de los soldados que sacian su crueldad y matan su aburrimiento con Jesús, el Hijo de Dios. Ante toda la corte le ponen un andrajo de clámide, una caña por cetro, una corona de espinas. Le dan bofetadas, le hacen burla, le escupen, se arrodillan ante él y le dicen: Salve, rey de los judíos. Le insultan, le pegan en la cabeza. ¡Grandeza insondable del amor de Jesús hacia nosotros! Comparemos trono con trono, cetro con cetro, corona con corona. Todos se burlan de él, y este aspecto precisamente es el que ha atraído hacia Jesús a tantos y tantos corazones. 


Seamos apóstoles infatigables para que este rey de burlas reine de verdad. Seamos de los que están con Jesús con todas sus consecuencias, frente a los que están en contra de Jesús, frente a los que le quieren destronar. Que no seamos del grupo de los sordos, de aquellos que no se quieren detener en estos sagrados y profundos misterios; que quieren huir de ellos, que los consideran precipitadamente para no verse obligados a participar en el sacrificio de Jesús. 


No queramos servir a un rey a nuestro gusto, sino tal como es él. No nos hagamos sordos a la verdad. No nos contentemos con ofrecer de un modo general nuestras personas al trabajo. Queramos señalarnos en su servicio, en pobreza, sin las tremendas inconsecuencias que vemos a cada paso; en humillaciones, oprobios, injurias, bajo el yugo de la obediencia. Que le sigamos en una vida de austeridad y de sacrificio. Arrodillémonos junto a los que lo hacen por burla y pidámosle la gracia de acompañarle en verdadera pobreza, humildad, austeridad.

Ecce homo


Pilatos lo sacó fuera, delante de todos. Así pensaba amansar a las gentes. Y Jesús obedece, mansa, humildemente, con aspecto vil, arrastrado. Pero, aún en esta figura, es el Hijo del Padre celestial, es su gloria. Los apóstoles ¿esconderán a Jesús escarnecido? Como dice Pablo, ¡esta es nuestra fuerza! La humillación, la abyección de Jesús. No hemos de querer saber nada más que Jesús crucificado. Predicar a Jesús crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles. 

Ecce homo. He aquí al hombre, dice Pilato. ¡He aquí al hombre modelo, al ejemplar de toda imitación!  No mires otros modelos, mira solo a este. Jesús dice: Aquí me tienes, soy el Señor, el Redentor, el maestro con las obras. Yo soy el rey al que has prometido seguir. Ya lo ves, a los ojos de la carne, abierto, repulsivo, gusano y no hombre, pero a los ojos de la fe y del amor llevo mi vestidura resplandeciente. Todo esto que ves, todo lo he abrazado libremente por amor. Aprende de mí humildad, paciencia, silencio, caridad. No te excuses, no te defiendas, concede algo al silencio y a la humildad. Persevera hasta el fin en mi amor y servicio. La vida que has abrazado es una cruz, pero es por mí. Tú has de formar parte de esta porción de la Iglesia en la que descansan los ojos y el corazón mío. 


El clamor del pueblo


¡Crucifícale! ¡Crucifícale! Pilatos se ha equivocado. En vez de compasión se alza el rumor creciente de todo un pueblo que lo pide para la muerte. Insiste Pilato: ¿A vuestro rey voy a crucificar? Y oye: No tenemos más rey que al César de Roma. 


Saquemos de aquí dos lecciones muy importantes para la vida. La primera: la reacción de los judíos es símbolo de la reacción ante cualquier pasión. A los instintos o deseos poco ordenados no se los somete arrojándoles pedacitos de carne. Dales un poquito de gusto… ¡no! Si así hacemos, tendrán cada vez más hambre. Gritarán cada vez más. Lo mejor es un santo radicalismo. El sistema más seguro, más propio, del que quiere servir de verdad a Jesús no es el de las pequeñas concesiones, como hizo Pilatos, sino el de un no rotundo. Así obraremos sin política, con verdad.


La otra lección: Pilato es el modelo del que quiere hasta cierto punto, sin contraer compromisos. Y así se llega, lo vemos cada día, a excesos irreparables. Una voluntad que no se quiere comprometer no sirve para nada, no es persona, es un muñeco. Va cediendo, como Pilato, hasta que ya es tarde. Cuando vemos la conducta de Pilato nos indignamos, lo llamamos cobarde, pero… con la mano en el corazón, ¿no procedemos muchas veces como él? No dialoguemos con nuestras pequeñas pasiones. Cuántas veces en la vida somos Pilato. Que el Señor nos dé fuerza, porque somos debilísimos. Se impone, una vez más, la gran ley de la oración. En este orden de la providencia es la ley que lo rige todo. 


Hoy, miremos este santo libro de texto, libro en el que he de aprender las verdaderas lecciones imprescindibles para vivir la cruz. Digamos ante Jesús en la cruz: cuanto más vil y despreciable te han puesto por mí, tanto eres para mí más hermoso y más amable. No queramos dejar solo al Señor. No le queramos dar también nosotros la amargura del desengaño. Que no pueda decir Jesús: este también se cansó. Ha dejado de seguirme. O me sigue pero ya desde lejos…


Vía Crucis


Sentencia condenatoria


A esto ha venido a parar la conducta de contemporización de Pilato. Ante Jesús condenado, condenemos a nuestro amor propio. Modifiquemos el sagrado texto.

Si no condenas a este, no eres amigo del César. Si no condenamos al amor propio, no somos amigos de Jesús. Porque todo reinado en nuestro corazón contradice a Jesús.


Nosotros no tenemos más rey que al César. ¡Nosotros no tenemos más rey que Jesús! Entreguemos nuestro amor propio para que sea crucificado. La mejor y más eficaz sentencia es entregarlo a la obediencia, esto es darle muerte. Tengamos disponibilidad absoluta en manos de la obediencia por amor a Jesús. Este es, quizás, el máximo sacrificio que le podemos ofrecer a Jesús.


En reverencia del silencio de Jesús, hagamos callar nuestro amor propio, por fuera pero no menos en nuestro interior. Esos monólogos con nosotros mismos, quejándonos, excusándonos, condenando, acusando... No hay condena más eficaz, más auténtica del amor propio, que la disponibilidad obediente por amor a Jesús. 


Camino del calvario


Presentan la cruz a Jesús. Él la toma por todos los hombres. Quizás  de su corazón y de sus labios saldrían aquellos requiebros que la tradición de la Iglesia pone en labios del apóstol san Andrés, que fue también martirizado y clavado en una  cruz: ¡Oh, cruz, tanto tiempo deseada, solícitamente amada, sin parar buscada y al fin recibida! Que por ti, Cruz, me reciba el que por ti, Cruz, me salvó. 


Con qué intimidad se le puede hablar a Jesús de cruz a cruz. Clavado en la cruz de cada día , desde mi cruz, ¡con qué intimidad puedo hablar a Jesús clavado en la cruz! 


Simón el Cireneo fue obligado a llevar la cruz detrás de Jesús. A nosotros no nos ha obligado nadie, nos hemos obligado voluntariamente. Hemos contraído el compromiso de llevar la cruz detrás de Jesús. Le aliviamos si nos abrazamos a nuestras cruces de cada día por amor. Además, le ayudamos, somos cooperadores de la redención del mundo. 


Que no nos desentendamos jamás de la cruz en la práctica de nuestra vida. Confiemos en el poder de la cruz que triunfa por encima de nuestra debilidad. Que nuestra vida sea un Vía Crucis para aliviar a Jesús. ¿De qué manera? Con la práctica de nuestra vida sencilla en nuestra vida ordinaria.


La cruz, señal de justicia


La cruz es señal de amor. Dios cuelga de ella para manifestarnos clamorosamente hasta qué extremos llega su amor a los hombres. El clamor es tan grande que no se puede contentar con una cosa ordinaria. El amor siempre busca extremos. 

La cruz es señal de combate. Todas las batallas se libran en torno del amor de Jesús. También en mi corazón Jesús y el amor propio luchan. Ambos están empeñados en reinar. No tenemos más rey que Jesús. 


Hoy y siempre, al pie de la cruz, se aprende la más alta y sublime ciencia que existe, ha existido y existirá. ¿Cuál es? La ciencia de la cruz de Jesús. La que aprendió tan profundamente el apóstol Pablo y nos muestra en cada una de las líneas de sus escritos. Ciencia de la cruz de Jesús, la ciencia de saber padecer bien en este mundo. ¿Cómo?


A nadie faltan padecimientos, todos tenemos nuestro cupo. Recordemos que aceptando estos pequeños sufrimientos, padeciendo bien, aliviamos a Jesús y le ayudamos a salvar el mundo. Así es. Es lo más profundo del cristianismo y de la revelación cristiana. Recordemos que esta cruz, la que sea, grande o pequeña, hoy, mañana o ayer, es la cruz que Jesús mismo me envía. Él quiere, él busca mi bien y me la prepara con amor. Estos pensamientos son motivo de aliento que levanta el alma. Si nos paramos en la materialidad de las cosas —quién lo ha hecho, qué han dicho, aquella otra persona…— y nos quedamos ahí, ¡qué desvaríos!, ¡qué peligros!, ¡qué desalientos! 


Saber padecer bien. Aquel gran obispo de la diócesis de Vic, que pronto subirá a los altares, el doctor Don José Torras i Bages, escribió su última carta pastoral con el título La ciencia del padecer. Esta ciencia es la más importante para vivir, la única que se aprende al pie de la cruz, la ciencia que penetró Pablo hasta el fondo y fue su fuerza. 


Levantemos el corazón a Jesús. Pidámosle gracia, resolución de abrazarnos con la cruz sin subterfugios, sin desanimarnos en las caídas ―se aprovecharía de ello el amor propio― y así, poco a poco, como Pablo, iremos progresando en la ciencia más importante que existe, que es la ciencia de la cruz de Jesús. Esta es la ciencia que ha de iluminar los recodos más oscuros de nuestra vida.


La muerte de Jesús


Contemplemos junto a María cómo Jesús muere en la cruz. Como un vulgar criminal, ajusticiado en público escarmiento. Pero Jesús es Dios, que ha bajado del cielo para salvarme, para hacerme partícipe de su misma vida. Contemplemos despacio cómo aquí, de un modo especial, se esconde la divinidad, la majestad, la santidad, la justicia, la omnipotencia. Todas estas perfecciones de Dios parecen haber desaparecido ya. Qué cruel es el amor en aquellos en quien prende, y qué ciego es el amor incluso en el mismo Dios. 


En la oración, comentemos el suceso con María, la Madre de Jesús. Cómo recordaría ella Belén, Egipto, Nazaret. Madre, madre, yo he contribuido a los azotes, a las espinas, a las bofetadas, a las burlas… Madre, he contribuido a la misma muerte. ¡Cómo he de procurar en adelante que los hombres caigan en la cuenta de esto y revuelvan totalmente su vida!
 

domingo, 9 de marzo de 2014

Tres tentaciones, divinas y humanas

Con maravillosa profundidad Fabrice Hadjadj desgrana las tres tentaciones de Cristo en su libro La fe de los demonios. Tres tentaciones a Dios, a la humanidad y centro de la misma Iglesia. Esto son algunos apuntes...

martes, 11 de febrero de 2014

Hágase



Hágase la luz… y la luz se hizo.

Hágase en mí según tu palabra… y la Palabra se hizo hombre.

La palabra del Ser todopoderoso crea el universo; la palabra de una criatura libre da a luz al Dios hecho carne.

Explicaba el P. Fondevila en sus ejercicios espirituales: si grande fue el Hágase de Dios creador, ¡cuán más grandioso fue el Fiat de María, que permitió que fuera engendrado todo un Dios!

Si la palabra del Creador es todopoderosa, ¿qué milagro surgirá de la palabra, cuando la voluntad de Dios y la libertad humana se unen?

Mi Dios, mi Amor… hágase en mí como tú sueñas.

jueves, 11 de julio de 2013

El decálogo del apóstol

En estos días, las lecturas del evangelio nos hablan de la llamada de los apóstoles y los inicios de su misión. J. L. Martín Descalzo, en su obra Vida y misterio de Jesús de Nazaret, traza un "Decálogo del apóstol" basado en las enseñanzas de Jesús y la experiencia de sus discípulos.

Extraigo de este libro lo que sigue a continuación, que me parece una magnífica hoja de ruta para todo cristiano que quiera vivir su vocación a fondo.

Jesús, un gran pedagogo

Es absolutamente sorprendente, para su época, el estilo pedagógico con que Jesús forma a los suyos. Los mejores hallazgos de la ciencia moderna los empleaba ya él con total normalidad.

Los forma, en primer lugar, en grupo.

Los hace trabajar juntos. Cuando los envía a la misión lo hace de dos en dos. Cuando elige testimonios de su triunfo o su dolor, se lleva a tres de ellos. Sólo a Judas le da, en la cena, un encargo que debe hacer en solitario. Porque el pecado es lo único que se puede hacer solo.

Y los forma en la vida cotidiana. No los arranca del mundo, no los traslada a un invernadero donde no puedan contagiarse del mundo presente. Los deja en los caminos, en sus barcas, entre la masa que han de fermentar.

Y no los aleja del riesgo ni de las tormentas, no pone algodones bajo sus pies. Jesús eligió para los suyos el lado del riesgo y de la vida. Les anuncia sin rodeos que los envía como corderos en medio de lobos. Lucharán, serán perseguidos, morirán violentamente. Serán odiados por su nombre y los perseguirán de ciudad en ciudad.

Insiste en la idea de que la cruz y el fracaso son necesarios para el triunfo final. Quien no lleva su cruz y me sigue, ese no puede ser mi discípulo (Lc 10, 3). Quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien pierda su vida por mi causa y por el evangelio, la salvará (Mc 8, 34).

El decálogo del apóstol

Primer mandamiento: preocupación por el bien espiritual y corporal de los hombres. «Predicad: “El Reino de Dios se acerca. Curad a los enfermos. Resucitad a los muertos. Limpiad a los leprosos. Arrojad a los demonios».

Segundo mandamiento: generosidad. «Lo que gratis habéis recibido, dadlo gratis».

Tercer mandamiento: desprendimiento. «No toméis oro, ni plata, ni llevéis dinero en vuestras bolsas. Digno es el obrero de su salario».

Cuarto mandamiento: constancia. «Cuando lleguéis a una ciudad, predicad a los hombres… y no os marchéis hasta haberlos instruido debidamente».

Quinto mandamiento: amor a la paz. «Cuando lleguéis a una casa, saluda diciendo: Paz a esta casa».

Sexto mandamiento: prudencia. «Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas. Precaveos de los hombres».

Séptimo mandamiento: confianza. «No os preocupéis por lo que habéis de decir ni por la manera de hablar. En cada momento se os dirá lo que hayáis de hablar. Todos los cabellos de vuestra cabeza están contados».

Octavo mandamiento: fortaleza de ánimo. «No he venido a traer la paz, sino la guerra».

Noveno mandamiento: sacrificio. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí».

Décimo mandamiento: perseverancia. «El que perseverare hasta el fin, se salvará».

Este decálogo tendrán que vivirlo los apóstoles con gran libertad de espíritu, sin que nada humano les ate, despreocupándose de lo temporal: No os angustiéis por vuestra existencia, qué comeréis o qué beberéis. Ni os preocupéis por cómo vestiréis vuestro cuerpo. ¿No vale más la vida que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni reúnen en graneros, y vuestro padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? (Mt 6, 25-27).

Para ello tendrán que vigilar y orar mucho, porque hay demonios que no pueden arrojarse más que con la oración y el ayuno (Mt 17, 21).

Y tendrán que ser diferentes a los falsos guías religiosos que dirigen a su pueblo. Las tremendas palabras que Jesús dirige a los fariseos y los escribas son también enseñanzas para sus apóstoles. Porque en ellas pueden ver los peligros que acechan a todo guía espiritual. 

Peligros del guía espiritual

La hipocresía. «Obran de manera muy distinta a lo que enseñan».

El desprecio a los hombres: «Imponen pesadas cargas a los hombres y ellos no las mueven ni con un dedo».

Afán de honores: «Buscan los primeros lugares en los banquetes y en las sinagogas, quieren que se les salude en público y que se les dé el nombre de maestro».

Dureza de corazón: «Cerráis el reino de Dios a los hombres y ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los demás».

Marrullería: «Decís que si uno jura por el templo, esto no importa, pero si jura por el oro del templo, se hará reo. ¡Necios y ciegos! ¿Qué vale más, el oro o el templo?

Exterioridad de su santidad. «Dais el diezmo de la menta, el anís y el comino, pero habéis abandonado lo esencial de la ley: la justicia, la misericordia y la lealtad».

Falsedad: «Limpiáis por fuera la copa y el plato y por dentro estáis llenos de rapacidad e inmundicia».

Contumacia: «Estáis completando la medida de vuestros padres… Serpientes, raza de víboras, ¿cómo vais a evitar vuestra condenación?»

Con estas imprecaciones los apóstoles midieron hasta qué punto no basta ser elegido para ser santo y cómo son las vocaciones más altas las que más fácilmente se traicionan y falsifican.

Hombres de barro

Y esto lo medían los doce en su carne. Ninguno de ellos era un santo de antemano. Tomados de la misma masa de la humanidad, eran portadores de una misión en vasos de arcilla.

Y descubrieron otro misterio: Jesús, inicialmente, fracasa con sus apóstoles. Viven tres años a su lado y, aunque le aman, casi nada aprenden. Siguen siendo humanos, tienen el alma taponada con barro mediocre. No entienden a Cristo ni su misión. Les asusta la cruz. Les resulta fácil aceptar que Jesús va a fundar un Reino y ellos formarán parte de él. Pero no se resignan a la idea de pasar por la cruz y la muerte. No quieren entender. Pedro estalla: Dios te libre, eso no puede suceder. Y Jesús le dirigirá las palabras más duras: ¡Aparta de mi vista, Satanás! No miras las cosas de Dios, sino las de los hombres (Mt 16, 23).

También la idea de la eucaristía les asusta. ¿Cómo entender que han de comer su carne y beber su sangre? Muchos le abandonan: Dura es esta doctrina, ¿quién puede soportarla? Jesús conoce la amargura más honda: la de no ser comprendido ni por los propios amigos. ¿Por qué le siguen, entonces? ¿Por qué no se van?

¿También vosotros queréis marcharos? Pero Pedro contesta: Señor, ¿a quién iremos? Tú solo tienes palabras de vida eterna.  Su fe es más fuerte que su debilidad de hombres.

Del libro Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Ed. Sígueme, Salamanca, 1990. Capítulo 29, “Los ciudadanos del reino”, sección III, “Los doce”.
 

jueves, 27 de junio de 2013

La piedra y la luz



He tenido la ocasión de pasar unos días en Poblet, monasterio anclado en el corazón de Cataluña. Para muchos es el paradigma de un convento cisterciense. Cumple las características ideales que San Bernardo señaló: está en un lugar tranquilo,  pero bien comunicado, con buena tierra para el cultivo y agua abundante. Así es Poblet: se levanta a los pies de la sierra de Prades, mirando a la conca de Barberà. A oriente del monasterio se elevan los montes, a poniente se extienden amplios campos de labor. El conjunto monástico, en piedra caliza de color tostado, brota en medio del verdor de los viñedos y en seguida atrae al visitante por su elegancia, por la solidez que no se hace pesada, por la paz que se respira entre sus muros, por la luminosidad. Si tuviéramos que resumir Poblet en dos palabras podríamos decir que es piedra y luz. Y dentro de esas piedras late un alma muy viva.

Un pequeño grupo de visitantes hicimos la visita del monasterio guiados por un monje, Fray Marc. La mayoría de visitas guiadas se centran en la historia del lugar, nos dan nombres de reyes y abades, nos hablan de los estilos arquitectónicos y nos cuentan anécdotas curiosas de este o aquel otro personaje. Y los turistas nos quedamos satisfechos por haber explorado la epidermis del lugar. Pero nuestra visita fue algo diferente. Fray Marc no se detuvo en mostrarnos la piel del monasterio, por así decir. Pasó muy por encima de su azarosa historia, aunque también nos contó algunos episodios memorables. Con preguntas, acertijos y no pocos desafíos mentales, sin prisa alguna, nos fue guiando hasta descubrir el mismo corazón del monasterio. 

Construido sobre una idea

Poblet, comenzó, fue construido por unos hombres que creían en Dios y tenían una idea del mundo. Lo primero que hizo nuestro guía es mostrarnos cuál es la cosmovisión del monje cisterciense. Con los pies bien anclados en tierra, consciente de estar en el momento presente, abierto al mundo, conviviendo en una comunidad y orientado hacia Dios. ¿Su actitud vital? Entre risas, enigmas y preguntas un tanto filosóficas, fray Marc nos enseñó que la actitud vital del monje, deseable para toda persona humana, es esta: respirar, vivir con plenitud el presente… y dar gracias. 

Consciencia plena y gratitud a Dios: de aquí se deriva toda una arquitectura y una organización del tiempo y el espacio. A lo largo de nuestro periplo por las diferentes zonas del monasterio fuimos descubriendo cómo se manifiesta esta visión existencial, paso a paso.

El círculo y el cuadrado

¿Por qué los claustros son cuadrado?, nos preguntó el monje. ¡Buena pregunta! Tras aventurar algunas respuestas, entre lo obvio y lo filosófico, Fray Marc nos precisó que la forma cuadrada representa el ser humano: delante, detrás, un lado y otro. Es el cuerpo, finito y limitado. No podría ser circular, pues daríamos vueltas sin cesar ―el infinito― ni triangular, pues nos estrellaríamos en las aristas. En cambio, la fuente del claustro, donde el agua canta sin cesar, es circular, enmarcada por el cuadrado. El hombre finito contiene en sí una ventana hacia el infinito.

La elevación del gótico

¿Qué es lo primero que haces cuando entras en una catedral gótica? Mirar hacia arriba, respondimos, temiendo que tampoco esta sería la respuesta “correcta”. Nuestro guía replicó, y tuvimos que darle la razón: cuando entras en un templo gótico avanzas sin pensar dos veces hasta donde te lleva el mismo edificio, hasta el altar, ante el ábside iluminado por el sol naciente, allí donde se hace presente Dios.

Y el gótico, ¿sube o baja?, nos preguntó. De nuevo intentamos respuestas más o menos argumentadas. Asciende hasta lo divino, nos eleva, es un arte espiritual… El fraile se rio de nuestras presunciones místicas e intelectuales. Resulta que el gótico, en realidad, es un descenso. No es el hombre quien se eleva, sino Dios quien desciende hacia él. De las alturas a la tierra. Baja la gracia divina, pero sube, también, la alabanza del hombre que… toca de pies en tierra, respira, y da gracias. 

La  conciencia del siete

Nos detuvimos en la girola, detrás, y no delante, del famoso retablo de piedra de Damià Forment, una maravilla gótica que nuestro guía desmitificó: este altar, afirmó, rompe la armonía del conjunto de la iglesia pues tapa lo más importante, el fondo, el lugar por donde entra la luz. 

Allí, ante la capilla central, nos retó nuevamente. Y hablamos de números.

¿Qué es el uno? La unidad, dijimos. Pero el uno, más concreto, eres tú, soy yo. Es la persona. El hombre anclado en tierra, consciente.

¿Y el dos? Fray Marc casi me riñó cuando comencé con mis elucubraciones sobre el dualismo y la oposición de contrarios. ¡El dos es el otro!, contestó uno de mis compañeros. El tú y el yo. El dos, precisó el monje, son tus padres. Tú no has venido solo a este mundo: desciendes de dos.

¿El tres? La trinidad, salté. Fray Marc matizó: el tres sois tú y tus padres, la relación. Y sí, Dios, que es trinidad, es relación.

¿El cuatro? Es la persona, dijimos, recordando la lección del claustro. Y nos acercamos más. El cuatro es el cuerpo y la casa.

¿Y el cinco? Según fray Marc, el cinco son los demás: los hermanos, la comunidad. El cuatro es uno mismo, el cinco nos abre a la fraternidad con los demás. Cinco son las capillas que se abren en la girola de las iglesias góticas.

¿Qué significa el seis? El seis, con ese brazo que se alza sobre el círculo, es la relación abierta ya no solo hacia los demás, sino hacia el trascendente, hacia Dios. 

Y por último, ¿qué es la conciencia del siete? Ya no supimos qué responder. El siete simboliza la plenitud, dije tímidamente… ¿Y qué es la plenitud? Nuestro guía terminó de explicarlo: el siete es el hombre, uno e íntegro, anclado en tierra, relacionado con los demás ―el brazo transversal del número―, abierto al mundo y a la trascendencia. 

Libros y patatas

Poblet es conocido por su biblioteca. Los monjes, pese a su aparente aislamiento, viven muy conectados al mundo. La suya fue una de las primeras salas que tuvo ordenadores e Internet, en Catalunya. Gestionan una editorial, algunos monjes dan clases y conferencias, y su biblioteca, recuperada desde los años 40 tras las quemas y las destrucciones pasadas, cuenta con más de ciento cincuenta mil volúmenes. 

La regla de San Benito prescribe varias horas de lectura y estudio y, ciertamente, la imagen que solemos tener de los monjes es la de personas muy intelectuales. Pero nuestro guía nos mostró que eso no es, en absoluto, lo más importante. Y nos contó el caso de un joven novicio que llegó un buen día al monasterio con dos maletas enormes cargadas de libros. ¿Por qué llevas todo eso?, le preguntó Fray Marc, cuando quiso ayudarlo a llevarlas hasta su celda. Me gusta mucho leer, contestó el muchacho. Al día siguiente, el abad lo envió a sacar patatas a los campos del monasterio. Y así un día tras otro, trabajando duro y conversando con los labradores, hasta que el joven se dio cuenta de que había más sabiduría en las frases parcas de un hombre de campo que en muchos de los libros que había idolatrado.

¿Dónde está el monasterio más importante?

Tras visitar la iglesia y el claustro, la sala capitular, el antiguo dormitorio, el refectorio y la biblioteca, fray Marc nos llevó a una sala con bóveda de arista donde vimos una maqueta de Poblet que los alumnos de una escuela construyeron y regalaron al monasterio. Una curiosa maqueta que nos permitió ver el conjunto arquitectónico sin tejados. Entonces nuestro guía nos preguntó: ¿dónde está el monasterio más importante de Catalunya, aparte de Poblet?

Y de nuevo nos perdimos en conjeturas, ante la sonrisa pícara del fraile. Surgieron varios nombres sin éxito. ¿Dónde está ese monasterio? ¿Dónde?

Sois vosotros, nos dijo fray Marc. Cada uno de vosotros es un monasterio viviente, donde Dios habita, mucho más importante que este montón de piedras que acabáis de visitar. 

Nos quedamos de piedra. Y sí, pensé, ¡cuánta verdad en esta última lección del monje! Somos piedras vivas, habitadas por la divinidad. Y toda la paz, todo el silencio, toda la gratitud y la alabanza están dentro de nosotros, sin necesidad de retirarnos del mundo, siempre que lo queramos. Incluso en medio de la vorágine de una gran ciudad. 

Mirando la maqueta, bajo el palmeral de piedra y en el silencio de aquel lugar, comprendí que un monasterio, en realidad, no es otra cosa que la proyección, en piedra, de la realidad del ser humano: con los pies en tierra, abierto al mundo, a los demás y a Dios, respirando y dando gracias.

Ahora lo has resumido perfectamente, me dijo Fray Marc. Por eso, dije, cuando uno viene a un monasterio se siente tan a gusto. Porque está en armonía con lo que es y con todo lo que le rodea. Y él respondió: así es.