jueves, 11 de octubre de 2012
Dos relatos de la creación -2-
domingo, 26 de agosto de 2012
Paciencia, paz y ciencia
miércoles, 1 de agosto de 2012
Lo que Dios nos da
El pan y la justicia
¿Un Dios mezquino?
La generosidad de Dios
jueves, 5 de abril de 2012
Dos muertes
Estos días he estado leyendo el Fedón, el diálogo de Platón que relata la muerte de Sócrates y donde expone su doctrina sobre la inmortalidad del alma. También estos días estoy releyendo y meditando las lecturas de la pasión de Cristo, que podemos escuchar en las celebraciones de Semana Santa. Es inevitable establecer paralelismos entre ambas muertes. Ambos, Jesús y Sócrates, fueron personajes destacados y referentes morales para la sociedad de su tiempo. Ambos reunieron a su alrededor a un grupo de discípulos fieles. Ambos fueron admirados y odiados, polémicos, valientes y blanco de duros ataques. Ambos, sin tener aspiraciones de poder político, fueron juzgados y condenados a muerte por las autoridades de sus cuidades. Y ambos afrontaron sus condenas con valor y gallardía. A lo largo de la historia, los dos han sido propuestos como modelo de hombre libre que muere por sus ideales.
Pero, ¡qué diferentes fueron sus muertes! No puedo menos que compararlas, siguiendo los relatos que nos quedan de ellas, y hacer algunas reflexiones.
La muerte de Jesús y la de Sócrates, aunque guardan semejanzas, fueron, de hecho, radicalmente distintas.
Contrastes y semejanzas
Sócrates muere en un entorno apacible, rodeado de sus discípulos más queridos, tras largas y fructíferas disquisiciones filosóficas. Casi se diría que es una muerte amable, pese a lo cruel de la condena. En todo el diálogo se respira un ambiente de serena camaradería.
En cambio, Jesús muere en medio de gritos, insultos, soldados indiferentes y judíos hostiles. El ambiente que rodea su muerte es de extrema violencia. Y, lo más cruel es que muere prácticamente solo. Sus discípulos le han abandonado, ¿dónde está la amistad de la que tanto se enorgullecían? Presa del miedo, han huido. Tan solo le han seguido hasta el pie de la cruz su madre, algunas mujeres y aquel joven discípulo amado, casi a escondidas y tal vez avergonzado por no tener más coraje que ellas.
La muerte de Sócrates está precedida de una larga conversación donde se ahonda en cuestiones trascendentales: se debate la inmortalidad del alma. Los interlocutores hablan con educación, con deferencia hacia su maestro. Se comportan con exquisita cortesía: todos se escuchan y se responden. Sócrates está tranquilo y más lúcido que nunca.
En el proceso previo a la muerte de Jesús, en cambio, no encontramos diálogos edificantes, no hay una búsqueda de la verdad, ni una escucha amable, sino insultos groseros. En el juicio ante el Sanedrín, todo son mentiras, medias verdades, acusaciones amañadas. Ante Herodes, hombre insensible y cínico, Jesús calla. Ante Pilato se inicia un interrogatorio, pero el diálogo es imposible porque hay una incomprensión total por parte del romano. Al final, Pilato pronuncia aquella frase lapidaria que queda sin respuesta: “Y, ¿qué es la verdad?”
Sócrates es condenado a morir bebiendo cicuta. Una muerte en cierto modo suave, rápida y casi indolora, reservada a personajes importantes. Es él mismo quien tomará la copa con el veneno. Sócrates se hace dueño del momento de su muerte. La controla, la domina y la orquesta tal como él quiere. Toma la copa voluntariamente.
La muerte en cruz era el castigo reservado a los peores malhechores, a los esclavos, a los enemigos derrotados en combate. Era una muerte indigna y dolorosa, precedida por una larga agonía. Jesús reza en el monte de los olivos: “Padre, aparta de mi este cáliz”. No desea esa copa. Teme la muerte que le espera y no esconde su angustia ante el sufrimiento. Además, en su caso fue precedida de torturas, como los cuarenta latigazos, los golpes y la corona de espinas. Jesús quedó totalmente a merced de sus verdugos. Aún y así, fue dueño de su libertad hasta el mismo momento de morir.
Sócrates ironiza sobre el consejo de atenienses que lo ha condenado. Los trata con cierto desdén, consciente de su superioridad intelectual sobre ellos.
Jesús no tiene una sola palabra contra quienes lo condenan. Al contrario, una de sus últimas frases es de perdón: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”.
Sócrates se muestra tranquilo, incluso jovial, bromea sobre la muerte y la vida. Tiene una fe total en que su alma es inmortal y que, tras morir, irá a un cielo donde vivirá feliz, libre de su atadura corporal, en compañía de seres divinos y de sabios. Esta fe, al igual que su actitud serena y confiada, despierta la admiración y el respeto en sus seguidores.
En el caso de la muerte de Jesús, si nos ceñimos al relato de los evangelios, no debemos suavizar la escena ni ponerle paliativos. Jesús, el mismo que ha dicho que es la vida, el que ha resucitado a varios muertos, ahora se enfrenta a la muerte más cruda. Y lo vemos con aspecto casi inhumano, herido, sangrante, aguantando con las pocas fuerzas que le quedan. No oculta su congoja y su dolor. De sus labios brotan palabras desgarradas: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Su muerte está muy lejos de ser idílica o heroica. No hay belleza en ella. La imagen del Cristo doliente y crucificado repugna a muchos, creyentes y no creyentes.
La muerte de Sócrates es coherente con su vida. Ha dedicado mucho tiempo a la búsqueda de la verdad, a cultivar las virtudes del alma, y muere injustamente condenado por un gobierno que no comparte sus ideas y lo considera peligroso. Pero muere en paz, rodeado de los suyos y filosofando, igual que vivió.
La muerte de Jesús también es coherente con su vida, pero solo llegamos a esta conclusión si profundizamos en el significado de cuanto hizo. Aparentemente es un final abrupto e incomprensible para una existencia volcada en hacer el bien a los demás, en dar salud, esperanza, plenitud. Es un fin absurdo a una vida que tenía mucho sentido. Tanto, que algunos se burlan de él y lo retan: “Si tanto te ama Dios, ¿por qué ahora no te salva? Tú que curabas a otros, ¿por qué ahora no desciendes de la cruz?”
Hay otro aspecto interesante a ver en ambas muertes: las personas que rodean a los que van a morir. Quisiera fijarme en un detalle que los relatos tocan casi de puntillas: ¿qué ocurre con las mujeres?
Jantipa, la esposa de Sócrates, va a verlo a la cárcel antes de morir. Acude con su hijo pequeño y pasa un rato con él. Pero llora, grita y da rienda suelta a sus emociones. Sócrates la despide con fastidio, pide a un guardia que se la lleve y se queda con sus amigos. Se convierte en protagonista de la escena: todo gira alrededor de él.
Las mujeres que siguen a Jesús también lloran. Son las únicas que le acompañan. No se van, pese a la presencia de los soldados. Y él tiene un gesto hacia ellas. Las ve, las escucha, las atiende. No desprecia su llanto. Les dice: “No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos...”. En medio de su pasión, piensa en ellas antes que en sí mismo.
Al pie de la cruz, aún se da un gesto más impactante. Jesús ve a su madre y al discípulo amado. A él, le pide que la acoja, que la cuide como a una madre; a ella, le pide que ame al joven como una madre. La escena estremece. En medio del dolor más agónico, Jesús aún tiene fuerzas para preocuparse por aquellos que le rodean. No se pierde en el sufrimiento, no se centra en sí mismo: la poca energía que le queda, la emplea en los demás.
Aún podríamos ir más allá comparando las dos muertes, y es en su contenido filosófico. En la de Sócrates, todo se mueve en una esfera intelectual y metafísica. El diálogo toca temas elevados. Hay constantes alusiones al más allá, al alma, a la inmortalidad, a los dioses.
La muerte de Jesús no tiene nada de místico, si por místico entendemos la elevación del pensamiento. Los evangelistas son muy sobrios en sus relatos. No se recrean en el morbo ni en los detalles sangrientos. Pero la pasión de Cristo, desde una perspectiva puramente humana, está dominada por lo físico: por el cuerpo roto y herido, por el dolor.
En el momento final, la muerte de Sócrates está llena de emoción contenida. Los discípulos lloran a su maestro, que asume su muerte con serena elegancia, con gran presencia de ánimo. Se despiden de él. Muere suavemente. La suya es una muerte bella.
La muerte de Jesús es atroz. Muere con un grito. Todo a su alrededor respira sangre, odio y brutalidad. Es una muerte impresionante, pero no hermosa. Aún y así, muere de tal manera que el centurión romano que está al pie de la cruz queda perturbado y de sus labios brota una exclamación: “Verdaderamente, ¡este era Hijo de Dios!”
Una muerte bella y serena. Una muerte espantosa. Así son las dos muertes que la literatura ha recogido y que el arte ha convertido en motivo de numerosas obras. Ambas golpean nuestra sensibilidad y nos invitan a pensar. Ambas nos rebelan y suscitan sentimientos diferentes en nosotros. Quizás la primera muerte, la de Sócrates, nos resulte mucho más atrayente y llena de sentido. La de Jesús, desde un punto de vista meramente humano y racional, asusta y repele.
Dos puertas abiertas a la esperanza
La filosofía platónica nos habla de la inmortalidad del alma, de un más allá feliz a donde llegan quienes han llevado una vida virtuosa. Es una filosofía que prima el espíritu y que aporta esperanza y entereza ante la certeza más cruda de nuestra existencia, la muerte.
La fe en el más allá del cristianismo no se deriva de una disquisición filosófica, sino de una experiencia. La historia de los evangelios es la epopeya de un Dios que quiso afrontar el mayor desafío: se hizo hombre. Y no le fue ahorrada ninguna de las pruebas más duras que afligen al ser humano: ni el dolor, ni la persecución, ni el hambre, ni una muerte cruel. Jesús conoció el odio, el rechazo, el miedo, las tentaciones. Conoció la angustia más lacerante y la soledad. Sufrió la muerte como cualquier hombre, y una muerte de cruz, puntualiza San Pablo en una de sus cartas. Con ello, quiere resaltar que a Dios no le es ajeno ninguno de los sufrimientos humanos. Se ha sometido a todos.
¿Qué hace Dios ante el mal del mundo? ¿Cómo reacciona ante la injusticia? ¿Cuál es la respuesta de Dios ante la muerte? Parémonos unos instantes ante un Cristo cruficicado: ahí comienza la respuesta. Dios pasó por todo. Dios sufre y muere. Pero la respuesta no acaba en la cruz...
Una huella que perdura
Tanto Sócrates como Jesús dejaron huellas muy profundas que han marcado nuestra historia occidental. El primero, dejó el germen de una escuela filosófica que Platón y sus discípulos continuaron durante siglos, y cuyos frutos aún perviven.
Pero, ¿qué ocurrió con Jesús?
La muerte de Jesús fue seguida de un acontecimiento que aún hoy levanta pasiones. Para los no creyentes, algo sucedió, no se sabe a ciencia cierta, que cambió radicalmente a los apóstoles. Les cambió el carácter, la actitud y, sobre todo, sus vidas. De ser unos simples galileos, casi todos ellos analfabetos, cobardes, pendencieros, vacilantes y ambiguos, se convirtieron en arrojados predicadores de su maestro y su mensaje. Y comenzaron a crear unas comunidades cuyo estilo de vida asombroso acabó siendo ejemplar y motivador para muchos, que se adhirieron a la nueva religión.
Para los cristianos, lo que ocurrió es la resurrección. Jesús, el que murió de forma tan inicua, tan absurda, se levanta de la muerte e inicia una nueva vida, plena e inmortal, en cuerpo y alma. Y no solo eso, sino que promete esa misma vida, carnal y espiritual, a todos los que creamos y amemos. Creo en la resurrección de la carne, dice el Credo. Esto es aún más tremendo que creer en la inmortalidad del alma.
Es la consecuencia lógica de un gran amor, llevado al límite. En Jesús, tanto amor y su unión perfecta con Dios Padre, que es Dios de vivos, y no de muertos , solo podía conducir a la vida. A una vida ya no mortal e imperfecta, sino a una vida eterna e imperecedera.
Y vemos que, a diferencia de Sócrates y sus discípulos, a diferencia del platonismo, que ensalza el mundo espiritual y desprecia el mundo material, la visión cristiana de la vida valora el cuerpo y la tierra. ¿Por qué, si no, Dios se encarna? ¿Por qué, si no es así, resucita también corporalmente? Los evangelios cuidan mucho de resaltar este aspecto: Jesús resucitado no era un espíritu. Comía y bebía, era palpable. Y conservaba las huellas físicas de su cuerpo mortal: las llagas de los clavos y la herida en el costado. Pero, eso sí, su cuerpo resucitado tenía otras cualidades, como la de trasladarse de un lugar a otro al instante, entrar estando las puertas cerradas y, por supuesto, no morir ya jamás.
Quizás algún día la física cuántica podrá explicarnos estos fenómenos. Quizás entonces muchos dirán que no es necesario creer en Dios para convencernos de que la vida humana, el cuerpo y el alma, la consciencia, son una misma realidad con propiedades increíbles y maravillosas, que aún no hemos explorado. Quién sabe. Sí sabemos que todos nosotros nacemos y morimos. Sabemos que el amor nos empuja mucho más allá de nuestras posibilidades, más allá de lo lógico y lo biológico, hasta el heroísmo, hasta el milagro. Y sabemos que Jesús resucitó y prometió que nos guardaría un lugar junto a su Padre, con él. Ni por la razón ni por la experiencia podemos saber más. Pero, por la fe en los testimonios que vieron y creyeron, que lo vivieron, lo escucharon, lo tocaron, por esa confianza en ellos, podemos creer. Elegimos creer. Y creer es el primer paso para vivir ya esta plenitud que nos aguarda.
sábado, 31 de marzo de 2012
Dos oraciones
¡Qué tesoro estoy descubriendo! Como muchos cristianos, imagino, he oído hablar de estos famosos “Padres” y sé el nombre de unos cuantos, los más famosos: San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Ignacio de Antioquía, San Jerónimo... También sabía que su ahondamiento en la teología cristiana fue fundamental, en tiempos en que el Cristianismo se estaba expandiendo por todo el mundo antiguo, y que sus escritos han asentado bases importantes en la tradición de nuestra fe.
Pero poco más sabía, salvo haber leído algún que otro fragmento de las Confesiones de San Agustín. Ahora, leyendo este libro, ameno, accesible a cualquier ignorante como yo, estoy asomándome a este caudal de sabiduría y belleza que atesora la Iglesia. Casi me averguenza no haberme preocupado por descubrirlo antes. ¡Cuánto deberíamos conocerlo los que nos llamamos cristianos!
De estas lecturas, quiero publicar aquí un fragmento que se me grabó mientras lo leía. Es de San Gregorio Nacianceno, un hombre pacífico de profunda espiritualidad, amante del silencio y la vida monástica, pero que se vio envuelto en intrigas episcopales y tuvo que afrontar toda clase de conflictos a causa de la herejía arriana. En sus tratados teológicos defiende la plena humanidad de Cristo, describe con claridad y belleza el misterio de la Trinidad y afirma la pureza de María como madre de Dios y modelo para todos.
Hombre contemplativo, también insistió en la importancia de la oración, tan importante para el creyente, decía, como el mismo respirar. En su libro de poemas Carmina, escribe estas palabras, dirigiéndose a su alma:
«Alma mía, tienes una tarea, una gran tarea, si tú quieres. Escruta seriamente tu interior, tu ser, tu destino, de dónde vienes y a dónde vas; trata de saber si es vida la que vives o si hay algo más. Alma mía, tienes una area; por tanto, purifica tu vida. Por favor, ten en cuenta a Dios y a sus misterios, investiga qué había antes de este universo, y qué es el universo para ti, de dónde procede y cuál será su destino. Ésa es tu tarea, alma mía. Por tanto, purifica tu vida».
Creo que estas frases son tremendamente actuales. Nos sitúan ante los interrogantes universales del ser humano, la búsqueda de sentido a nuestra vida y nuestro destino. Nos invitan a profundizar en el saber y en nuestra naturaleza más genuina. Y nos llaman a contemplar nuestra existencia desde Dios. Son una magnífica oración para comenzar el día.
Y para terminarlo, al anochecer, he descubierto, gracias a otra lectura, la de Vida y misterio de Jesús de Nazaret, de J. L. Martín Descalzo, una bella oración de santa Gertrudis la Magna, religiosa germana que es conocida como “la santa del gozo de Dios en la tierra”. Favorecida por visiones y experiencias místicas intensamente felices, esta santa escribió una pregaria delicadísima a Jesús, que puede ser una oración perfecta para finalizar con paz y dulzura la jornada:
¡Oh, Jesús, amor mío, amor del atardecer de mi vida! Alégrame con tu vista en la hora de mi partida.
¡Oh, Jesús del atardecer!, haz que duerma en ti un sueño tranquilo y que saboree el descanso que tú has preparado para los que te aman.
lunes, 27 de febrero de 2012
Tentaciones
El evangelio del primer domingo de Cuaresma nos presenta a Jesús retirado en el desierto, preparándose para su misión pública. Y es en ese espacio sagrado donde el diablo se presenta y las tentaciones surgen con más fuerza que nunca.
Podría parecer contradictorio, pero algunos santos místicos ya lo advierten: es justamente en oración, cuando la persona está más cerca de Dios, que el maligno redobla su astucia y sus ataques. Y es en esos momentos cuando Jesús muestra su libertad y la fuerza de su unión con el Padre.
Ser tentados es algo que todos sufrimos, y en sí no es un mal. Otra cosa es caer en la tentación, sucumbir a ella. Somos tentados cuando nos encaramos a las decisiones cruciales de nuestra vida. Cuando meditamos a fondo sobre el sentido de todo cuanto hacemos. La tentación siempre aparece en los momentos en que tenemos que optar y poner de manifiesto quién somos y qué buscamos.
Las tres tentaciones de Cristo, que los evangelistas Mateo y Lucas detallan, son símbolos de tres grandes tentaciones de todo hombre, especialmente de toda persona carismática que puede convertirse en un líder. De hecho, en el mundo encontramos muchísimos ejemplos de personas que han sucumbido a ellas, feliz y voluntariamente, y las convierten en ideales deseables, disfrazándolas de su parcial bondad y utilizándolas para encubrir un endiosamiento de uno mismo. Muchas personas normales y corrientes también caemos en ellas sin darnos cuenta. ¿Cuántas veces nos hemos angustiado o afanado por el dinero, sacrificándole tiempo y espacios de relación con los demás? ¿Cuántas veces no hemos oído decir, “el dinero lo primero”, porque con él se puede conseguir lo “demás” importante, salud, amor, etc.? ¿Cuántas veces, en la misma Iglesia, nos hemos preocupado más de dar pan que de anunciar a Dios, siendo ambas cosas necesarias y perfectamente compatibles? Con la excusa de que “primero hay que llenar el vientre, luego ya hablaremos de Dios”, quizás hemos volcado nuestros esfuerzos en la primera necesidad, olvidando o descuidando la segunda.
Sobre las otras dos tentaciones, la del poder espiritual y el poder político, podemos pensar que no van con la mayoría de nosotros, que no aspiramos a ser gobernantes, ni celebridades, ni líderes influyentes. Pero, ¿no se dan, de manera solapada, entre familiares, amigos, compañeros de trabajo? ¿No se dan en nuestra vida particular?
Hoy quisiera reflexionar sobre tres tentaciones que se dan en toda persona, pero que en el caso de las mujeres ocurren de forma especialmente sutil. Tienen que ver justamente con estas dos segundas tentaciones de Jesús, la del templo y la del monte alto.
La primera es el afán de control y el ascendente sobre los demás. Una forma enfermiza y desviada de maternidad, quizás. Suele ocurrir que muchas veces, de forma disimulada, ciertas mujeres persiguen ser el referente, la matrona, la líder entre un grupo o en una familia. Y se valen para ello de formas muy amables, como la empatía, el apoyo, la escucha atenta, la solicitud y la confidencia. Cuántas confidencias no son reveladas, esperando recibir los “secretos” de la otra persona. Normalmente, este mecanismo funciona. Cuando alguien abre su intimidad a otra persona, ésta responde confiándole la suya. Son formas propias de la amistad, en las cuales posiblemente haya una parte de genuino afecto, ¡los sentimientos y las intenciones siempre están tan mezclados, en el corazón humano! Pero la finalidad puede acabar siendo una especie de dominio sobre los demás. Y, por supuesto, cuanto más se sabe de sus vidas, más control se ejerce sobre ellos. Esto se da con frecuencia en los ámbitos estudiantiles, laborales, familiares o allí donde conviven varias mujeres. A veces una de ellas destaca especialmente como la gran compañera, la consejera a la que todas acuden. Y esta, fiel a su papel, actúa apoyando y siendo bondadosa con todas, pero a la vez supervisando sus vidas y ligándolas a ella, sutilmente, como quien teje una telaraña invisible. Son ataduras finísimas, en forma de dependencia psicológica o emocional, incluso de complejos de inferioridad cuidadosamente alimentados. A veces resulta difícil distinguir esto de la genuina solidaridad o de la autoridad de una mujer buena, pero sucede. Cuando la tradición misógina nos acusa a las mujeres de entrometidas y cotillas, de querer hurgar en las vidas ajenas, no está haciendo más que constatar con acidez esta tendencia a la que muchas veces sucumbimos.
Saber aflojar, refrenar el ansia de saber, dominar e influir en los demás; renunciar a convertirnos en una autoridad en sus vidas, es vencer esta tentación del control posesivo. Supongo que esto es especialmente difícil en las madres, que desean lo mejor para sus hijos pero, quizás inconscientemente, también quieren que éstos sean y se comporten como ellas desean. Sin embargo, la tentación puede darse en todas las mujeres. Santa Teresa advertía mucho a sus monjas sobre estas cosas, y en sus avisos dejaba ver su larga experiencia y su lucidez. Una de sus advertencias más insistente era que evitaran ser curiosas sobre las vidas ajenas. Esto, por supuesto, no quiere decir indiferencia o insolidaridad, sino un profundo respeto a la libertad y a la forma de ser de cada cual.
Otra gran tentación femenina es la convicción de ser imprescindibles. Creemos que, sin nuestro trabajo, cuidado y atenciones, nada se podrá hacer al derecho. Queremos que todo se haga bien ―o, léase, que todo se haga como nosotras creemos que está bien―. Nos ataca la hiperresponsabilidad y nos enfurecemos cuando alguien no responde a nuestras expectativas o no llega al nivel de entrega y dedicación al que estamos nosotras. ¡Y ponemos el listón bien alto! Es un extremo desvirtuado de una sana responsabilidad y de un sano velar por las personas y las cosas. Suele ocurrir a las mujeres muy activas, generosas y que, cuando emprenden una tarea, se vuelcan en cuerpo y alma. Pero… ¡atención! Detrás de tanta entrega, de tanto afán, ¿no puede ocultarse un solapado orgullo? Corremos el riesgo, a fuerza de ser tan eficaces y omnipresentes, de convertirnos en auténticas tiranas. Y también de acabar solas, lamentándonos, con amargura, por la incomprensión y la supuesta irresponsabilidad de los demás.
La cura para esta tentación es la humildad. En el principio de su libro Las moradas, santa Teresa dice que la cosa más importante que tenemos que conseguir en esta tierra es la humildad. Que no es más que sabernos ver como somos, conocer nuestra realidad finita y limitada a la luz de Dios. Dice Benedicto XVI en Luz del mundo que “Dios es la medida del hombre”. Y ciertamente, considerar las cosas desde Dios, teniendo en cuenta quién es él y quién somos nosotros, las criaturas humanas, nos coloca en nuestro justo lugar.
Finalmente, otra gran tentación de la mujer es la vanidad. Y diréis, ¡esta tentación también es muy frecuente en los hombres! Es cierto, aunque en las mujeres adquiere unas características propias y, a menudo, se convierte en un arma.
Ser centro, ser la protagonista, acaparar la atención, la admiración, el reconocimiento… ¡qué humano es todo esto! Sí, todos necesitamos ser reconocidos y valorados. Ser conscientes de esa necesidad nos ayudará a no caer en los extremos, que serían el egocentrismo o la megalomanía.
Y cuánto daño hace este afán de protagonismo. Forja amistades interesadas, despierta deseo de imitación pero también feroces envidias. Durante un tiempo, el protagonismo de una mujer en su entorno puede crear un cierto ambiente, una dinámica acogedora, brillante, festiva. Pero más adelante puede acabar fracturando las relaciones y generando desigualdades, odios y dependencias enfermizas.
¿Qué antídoto buscar, ante estas tres tentaciones? Creo que el mejor ejemplo, la mejor cura, lo encontramos en María de Nazaret.
Como madre de Dios, madre de Jesús, el maestro, pudo tener un poder y un ascendente sin igual en las primeras comunidades cristianas. Y sin duda debió ser un pilar de su comunidad. Pero María aparece poquísimas veces en los evangelios y su papel, aunque inmenso, aparece velado por una enorme discreción y humildad. En los tres sinópticos y en los hechos de los apóstoles su presencia es discretísima. Es la Iglesia quien, posteriormente, la ha puesto en su lugar, como Madre de Dios, Madre de toda la humanidad, Reina del cielo y la tierra, a la par que su hijo Jesús.
María, en su vida terrena, jamás buscó el protagonismo, ni la influencia, ni el poder. Entregó a su hijo al mundo ―renunciando a la maternidad posesiva―. Renunció a ser protagonista entre el grupo de mujeres que lo seguían ―no ambicionó un liderazgo espiritual―. Y, sin embargo, su presencia silenciosa empapa todo el evangelio y toda la historia de la Iglesia. Al pie de la cruz, Jesús la hace madre de sus discípulos y de toda la humanidad; en Pentecostés, las escrituras mencionan su presencia en el grupo de los apóstoles. Cuán importante debía ser, justamente por esa mención brevísima, en una cultura en la que las mujeres jamás se reunían con los hombres y socialmente no contaban para nada.
María nos enseña a vencer estas tres tentaciones: la del control posesivo, la del orgullo de hacerse imprescindible, la de la vanidad. Y nos ayuda, con su ejemplo, a contrarrestarlas con las virtudes contrarias: el respeto a la libertad del otro, el espíritu de servicio sin exigir nada a cambio, la humildad y la sencillez.
Sí, vencer estas tentaciones que siempre nos acechan a las mujeres puede ser costoso. Y escapar de quienes ejercen esas formas de poder también tiene su precio. Ay de la que se zafa del control de la matrona del grupo, ay de la que no está a la altura de las exigencias de la líder, ay de la que no aplaude las gracias de la vedette de turno… Quizás será bandeada y marginada. Pero, a cambio, habrá ganado paz interior y su libertad.
sábado, 7 de enero de 2012
Creer o no creer
En estas últimas semanas he estado escuchando las charlas que el P. Rainiero Cantalamessa dirigió al Papa y a la curia romana durante el Adviento 2010. Trataban sobre algunos de los escollos mayores para la evangelización hoy, concretamente: el cientificismo ateo, el secularismo y el racionalismo. Estas charlas, profundas y a la vez amenas, y la lectura de la nueva sección sobre ciencia y fe, del semanario Catalunya Cristiana, me han despertado algunas reflexiones sobre la viejísima polémica ciencia – fe que parece que, hoy, está reavivada.Un estéril enfrentamiento
Recuerdo que la primera persona que me explicó la teoría de la evolución de Darwin, mucho antes de estudiarla en el colegio, fue mi madre. La misma que, cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, nos enseñó a rezar y nos explicaba la vida de Jesús cada noche, en capítulos, como el más maravilloso de los relatos y fuente de sabiduría moral. Explicarnos la Biblia y los avances de la ciencia no supuso ningún problema ni una contradicción para ella.
Pienso, como tantos otros creyentes, que es una lástima que se dé esta confrontación entre fe y ciencia, y entre fe y razón. En realidad, es una confrontación forzada que pisa sobre falso. Porque siempre ha habido científicos creyentes y personas que, amando la ciencia, no han visto en ella ningún obstáculo para seguir viviendo su fe.
Uno de los errores que sostienen este dilema fe – ciencia es tratar ambas como dos formas de saber equivalentes, cuando no lo son, ni se pueden comparar.
La ciencia, basada en la experimentación por los sentidos y en la razón, intenta explicar cómo es el mundo. Es un sistema de datos, leyes y métodos, aplicado al mundo visible ―materia y energía―. Está ordenado y sujeto a modificaciones a medida que se amplía el saber.
La fe ―me refiero a la fe que conozco, la cristiana― no es ni pretende ser un método científico. La fe es una creencia, vinculada a una revelación divina y a una apertura del espíritu. La verdad que revela ahí está, la misma a lo largo de los siglos. Y es algo trascendente, más allá de la realidad visible. No se puede demostrar matemáticamente. Tampoco es función de la fe describir cómo es el cosmos. Pero sí da respuestas a preguntas universales que siempre se ha hecho el ser humano: ¿por qué existo?, ¿por qué existe el universo?, ¿de dónde venimos?, ¿hacia dónde vamos?
En resumen, la ciencia intenta explicar cómo es el mundo; la fe responde a la pregunta del por qué o el sentido del mundo.
Si fe y ciencia se mantienen en sus respectivos campos, respetuosamente, no solo no se “molestan”, sino que pueden complementarse y reforzarse. De la misma manera que en una persona no podemos separar sentimientos y mente; alma y raciocinio, tampoco deberíamos alentar un divorcio entre dos formas de conocimiento que, siendo distintas, no tienen por qué estar enfrentadas.
Usurpaciones y reconciliaciones
El problema llega cuando una quiere invadir el campo de la otra. Durante siglos, la Iglesia pretendió abarcar con su doctrina y su pensamiento todo el campo del saber, y esta es una acusación que tiene buena parte de verdad, y que ha dado lugar a tristes casos de persecución (Galileo, Giordano Bruno y otros). Pero, al mismo tiempo, ha dado lugar a avances en el campo de la filosofía y otras disciplinas, con lo vemos en la escolástica medieval. También hay que reconocer que dentro de la misma Iglesia ha habido siempre hombres de ciencia (Alberto Magno, Copérnico, Bacon, Mendel… hasta llegar a Lemaître, quien formuló la teoría del famoso “big bang”) Estos hombres han investigado libremente y han expandido el campo del saber humano sin chocar con la fe. Hoy el Vaticano sostiene la Academia Pontificia de Ciencias, donde se reúnen científicos de todo el mundo, creyentes y no creyentes, lo cual demuestra que, por parte de la religión, esas diferencias han sido superadas.
Por parte de la ciencia, ha sucedido lo mismo. No siempre se ha mantenido en el terreno que le es propio. El cardenal Newmann hablaba hace un siglo de “la usurpación de la razón”, cuando ésta pretende explicar el hecho religioso sin respeto hacia sus principios y sin una experiencia íntima del mismo. El cientificismo se equivoca si pretende ocupar el lugar de las religiones tradicionales y responder a los interrogantes metafísicos del ser humano. Porque llega un momento en el que no puede, y así lo han reconocido científicos como Einstein. La fe y lo sagrado no pueden ser objeto de estudio científico porque, simplemente, no pueden ser observados con los sentidos, ni medidos, ni comprobados.
La ciencia nos ayuda a conocer el mundo y a desarrollar tecnologías que nos permiten una vida mejor ―basta pensar en las telecomunicaciones o en los avances de la medicina―. Incluso podría decirse que para el investigador la ciencia ofrece más que un campo de estudio: es el lugar donde proyectar su sed de saber y su creatividad, donde experimentar el gozo del hallazgo, del descubrimiento, del invento. Y ese impulso, ese estremecimiento… son, casi podríamos decir, sentimientos religiosos.
La fe, canalizada en cada cultura a través de las diversas religiones, también nos enriquece, porque es la que da un sentido trascendente a la vida y una fuerza interior que nos permite superar dificultades y traumas con mayor gallardía que si no creemos en nada más que el mundo terrenal y visible. La fe sostiene nuestros valores, nos impulsa a salir de nosotros mismos, a superarnos y a mantener ese empeño con entusiasmo.
El sentido de lo religioso
La fe también nos vincula, nos re-liga, ―de ahí el término religión, de religare― al mundo, a nuestra historia y a los demás. La fe nos hace sentirnos parte de un cosmos que nos da las raíces y a la vez el campo abierto para expandirnos y crecer.
Nuestra relación con el universo, desde la fe, ya no es la de una mota de polvo en medio de millones de remolinos de átomos, sino la de una criatura consciente capaz de admirar, conocer, amar y cuidar su entorno ―y no solo de explotarlo para vivir―.
La relación con la historia, desde la fe, adquiere un sentido. No nos sentimos fruto de un pasado azaroso, condicionados y herederos de un peso abrumador, familiar o social: descubrimos que hemos recibido mucho y que estamos llamados a desempeñar un papel, a dejar una huella, a dar algo de nosotros que estire y enriquezca la historia de la humanidad.
Y la vinculación con los demás, desde la fe, se ve empapada de algo más que instintos, intereses y sentimientos: queda traspasada por el amor, la generosidad, la libertad.
¿Tiene sentido hablar de Dios hoy?
Un día escuché a una persona afirmar que hoy ya no necesitamos para nada las religiones, porque simplemente con la ciencia ya tenemos respuestas. Es decir, que Dios sobra. No lo necesitamos y, como idea, es incluso peligroso, porque justifica la existencia de doctrinas y estructuras que no hacen otra cosa que manipular las conciencias para dominar a la gente.
Me quedé sobrecogida al escuchar este comentario, y más aún cuando cavilé que, seguramente, muchos son los que hoy piensan así. Sin duda, “la muerte de Dios” preconizada por Nietzsche y alentada por los filósofos de la sospecha ha calado hondo en nuestra cultura occidental.
¿Cómo responder a alguien que te lanza a la cara esta afirmación: “no necesitamos un invento como Dios”?
La primera reacción es muy subjetiva: pienso en mi experiencia personal, en la fe que ha crecido en mí, no exenta de altibajos y tormentas, pero siempre incrementándose, como algo íntimamente ligado a mi existencia. Pienso en mi relación con Dios, en cómo Él ha ido interviniendo en mi trayectoria… Para mí, no es una creencia, ¡sino una evidencia, día tras día! Pero me doy cuenta de que mis argumentos, siendo sólidos, son muy poco racionales para discutir afirmaciones así. Por otra parte, la respuesta típica “la fe es algo privado y personal, allá cada cual con lo que crea” tampoco me es del todo satisfactoria. Es cierto que es un don, ¡y además inmerecido!, y que jamás se puede imponer. Pero de ahí a encerrarla “en el armario” y ocultarla, casi como si fuera motivo de vergüenza… ¿Por qué no hablar ante otros, si se da la ocasión, de algo que para uno mismo es tan importante?
Las charlas de Cantalamessa me han ofrecido pistas muy valiosas.
De lo íntimo a lo universal
Habla Cantalamessa del sentimiento de lo numinoso, el sentido de lo sagrado, que se ha dado en todas las épocas y en todas las culturas del mundo. Esta experiencia, que puede ir desde una inquietud, o una emoción estética, hasta las más elevadas vivencias místicas, nos habla de algo intrínseco del ser humano. ¿No nos remite este sentimiento a algo que nos sobrepasa y que, al mismo tiempo, tiene una raíz en lo más profundo de nuestro ser? Que nuestro mundo occidental contemporáneo haya perdido el sentido de lo sagrado debería hacernos reflexionar: ¿no habremos perdido un tanto de humanidad, pese a tantos avances y progreso material?
Otro hecho universal es el anhelo de eternidad. El hombre tiene sed de infinito. La muerte, el terminarse, la aniquilación y la nada causan pavor. El ser humano aspira a vivir para siempre. Pensar que todo se acaba en la vida terrena no solo provoca una terrible angustia: cuanto nos sucede pierde mucho de su sentido si no hay una creencia en que algo nos trascenderá, algo de nosotros pervivirá y dejará su rastro.
Un psicoanalista ateo o un racionalista pueden argumentar: esta sed, este anhelo de vida eterna, son meras proyecciones de los deseos humanos. Creer que hay un cielo trascendente o un ser superior ―un Dios― que los satisface, no son más que invenciones, productos de la mente para autoconsolarnos. De la necesidad humana derivan la fe. ¿Y si fuera al revés?
¿Puede aspirar el hombre a algo que no tenga ya, latente, en su interior? Decía un teólogo que el hombre tiene sed porque el agua ya es parte de él: forma un setenta por cien de su cuerpo. Si aspiramos a la eternidad, ¿no será porque algo en nosotros es ya eterno?
Creer es un acto de libertad
La fe es un don, cierto. Pero es también una opción, una libre elección. Ante un hecho del que no tenemos evidencias ―si las hubiera, no hablaríamos de fe, sino de certeza― podemos elegir creer o no.
Los cristianos, por ejemplo, elegimos creer en el testimonio de unos hombres que, hace dos mil años, vieron, palparon y hablaron con su Maestro resucitado, Jesús de Nazaret. Ellos sí tuvieron la certeza, porque vivieron el encuentro real, y nosotros creemos en su testimonio. Así es como acogemos esa vida ardiente del Espíritu que sigue latiendo, desde entonces, en medio de las comunidades. No solo seguimos una doctrina, y tampoco somos una “religión de un libro”, como algunos afirman ―refiriéndose a la Biblia―. Nuestra religión nos une a una persona viva, Cristo, y, a través de él, a Dios y a los demás.
Por supuesto, hay quienes cuestionan ese testimonio y se burlan o nos compadecen por nuestra credulidad. Tampoco han faltado decenas de teorías para explicar que la Iglesia y la fe cristiana fueron un montaje inventado por unos cuantos judíos ávidos de poder y protagonismo. Me pregunto cuánto habría durado un invento tan estrafalario, basado en un hecho tan increíble como una resurrección y que, además, fuera mentira. Si lo fuera, podrían haber inventado una historia mucho más convincente y lógica… Dudo que ninguna religión hubiera durado dos generaciones de estar basada en puro humo, y menos aún teniendo a todos los poderes ―civil y religioso― en contra. Por otra parte, ¿quién arriesga su vida, hasta morir, por una idea que sabe falsa?
En cambio, jugárselo todo, como lo hicieron los apóstoles y muchos mártires, por amor a una persona, es algo que, humanamente hablando, aunque nos resulte asombroso y excesivamente heroico, puede comprenderse.
En todo caso, creer o no es un acto de libertad. Y esta libertad conlleva compromiso y una coherencia vital que, inevitablemente, flaqueará y deberá asumir continuos errores y fallos, ¡no somos perfectos! Quizás sea esto lo que haga tan incómoda la opción de creer…
La fe es un regalo, pero la persona también puede contribuir con su actitud. No vale pensar: Dios dispensa la fe a su capricho, a unos les toca, a otros no. Si a mí no me la dio… ¡mala suerte! No es así como funciona la cosa. Porque Dios reparte sus bienes “a justos y pecadores”, y hace llover su gracia sobre todos. Lo que ocurre es que nos respeta y nos deja elegir. La decisión consiste en abrirse o no, en acoger o no ese don. Como el sol, podemos dejar que entre en nuestra casa abriendo ventanas y postigos. Pero también podemos cerrar todas las persianas y vivir en la oscuridad, aunque afuera sea de día. En medio de las tinieblas bien podremos decir que es de noche, pues está oscuro y apenas se ve sin ayuda de lámparas artificiales. Pero sería propio de mentes cerradas imponer esa certeza cuando otras casas ―otras almas― deciden abrir sus puertas y dejan entrar, aunque solo sea por una rendija, la luz.
