sábado, 23 de abril de 2011

Resurrección

Este relato de la resurrección forma parte del libro Mujeres de Dios.




Yo duermo, pero mi corazón vela. Es la voz del amado que llama.
En mi lecho, por la noche, busqué al amado de mi alma. Le busqué, y no lo hallé.

Mucho antes que rompiera el alba, su corazón se había desvelado. Se levantó del agitado lecho, se inclinó sobre la jofaina y se lavó las manos y la cara. Se cepilló el cabello, larguísima cascada de ébano ondulado, y abandonó la alcoba.

La idea había sido suya. Con el apresuramiento y la víspera inminente de la Pascua, apenas había habido tiempo. José de Arimatea y Nicodemo habían sepultado al Maestro, envuelto en la sábana, sobre un lecho de aromas. Pero nadie había lavado y ungido el cuerpo. Y había sido ella, Miriam de Magdala, quien había salido a comprar los vasos de perfumes, casi a deshora, infringiendo el reposo del sábado. En el umbral la esperaban María de Cleofás y Salomé, la mujer de Zebedeo, con lienzos limpios y el pequeño capazo con los óleos fragantes.

Salieron caminando ligeras. La aurora teñía de arreboles el cielo diáfano de abril. La ciudad parecía desierta, sus pasos resonaban en las sinuosas callejas de adobe y cantos. Salieron por la puerta de Efraín, la de los mercaderes. A sus espaldas, el sol naciente besaba la orla de los muros de Jerusalén.

Avanzaban presurosas, cubiertas con sus velos. Miriam echó un vistazo furtivo a la colina de la Calavera. Las tres cruces seguían allí, descarnadas, rayando el cielo del alba.

Me levanté y di vueltas por la ciudad, por las calles y las plazas,
buscando al amado de mi alma.

Llegaron a la quebrada donde almendros y olivos crecían entre cicatrices de roca. Allí estaba el sepulcro. Como un bostezo en la peña, enorme y vacío. Esperándolas.

El corazón les dio un vuelco. La piedra de la entrada había sido corrida.

Se acercaron, con el alma en vilo. Y se asomaron a la boca. El grito murió en sus gargantas. El cuerpo había desaparecido.
Y un viento se agitó a sus espaldas. Alguien hablaba con ellas.
—¿A quién buscáis?

Se volvieron, sobresaltadas. Era un muchacho alto, vestido de blanco. La luz de la mañana relumbraba en su túnica.

—¿Dónde está el Maestro?
—No está aquí. Ha salido, y os espera.
¿Cómo comprender sus palabras? Transidas de dolor, heridas por loca esperanza, las tres mujeres emprendieron el regreso.

Me levanté para abrir a mi amado. Pero mi amado, desvaneciéndose, había desaparecido. Mi alma salió por su palabra. Le busqué, mas no lo hallé.
Le llamé, mas no me respondió.

Los hombres se habían reunido entorno a la mesa. María de Nazaret había servido el pan, y ahora escanciaba vino en una jarra. Desayunaban en silencio, sin osar hacer ruido. El temor a represalias los había mantenido allí, aprisionados en aquella casa, durante dos días.

Las vieron llegar, agitadas. Pedro se levantó al punto.


—Se lo han llevado —anunció María, la de Cleofás.
Ante el silencio incrédulo, habló de nuevo.
—No está en el sepulcro. Ha desaparecido.
—¡Estáis locas! —exclamó Pedro, indignado—. ¿Cómo van a habérselo llevado? ¡Había vigilancia! ¿No quedaron un par de legionarios?
—Han perdido el juicio, pobres mujeres —decía Tomás, entre desdeñoso y compasivo.
—¡No! —era la madre de los Zebedeos quien hablaba ahora. Fogosa como sus hijos, vehemente—. Nadie se lo ha llevado. Y no había rastro de los soldados. Se ha ido, ¡se ha ido! ¡Así nos lo ha dicho su ángel!
Varios ahogaron las risas, dolorosas y mordaces.
—¡Sí! Ahora resulta que habéis visto ángeles del cielo bajar y subir sobre su tumba…
Salomé iba a replicar, pero Miriam la detuvo, moviendo la cabeza con tristeza.
—Sea lo que sea —dijo Andrés, siempre práctico—. El Maestro no está en su tumba. Hay que averiguar lo que ha ocurrido.

Discutieron otro poco. La única que parecía ajena a todo era María, la madre. Serena y silenciosa, Miriam no podía entender cómo podía permanecer tan tranquila ante tal noticia. En su rostro sin edad apenas se adivinaba el tormento que había sufrido, tan sólo dos días antes. Había visto morir a su hijo, crucificado como un bandido, escarnecido como un farsante, vapuleado sin piedad. Y había recogido su cadáver al pie de la cruz. Ella recordaba bien cada instante. María había mecido a su hijo contra su pecho, aquel cuerpo hermoso y largo, roto y ensangrentado. Y lo había estrechado en sus brazos mientras clavaba la mirada al cielo, muda de dolor. Y ella, Miriam de Magdala, había besado sus pies, aquellos pies que tantas veces había lavado y ungido, enjugándolos con sus cabellos. Aquellos pies amados que había seguido con pasión, ahora taladrados. Y los había acariciado de nuevo, deseando envolver con su amor, como sudario, el cuerpo del hombre que la había hecho renacer.

Y ahora la contemplaba, tan queda, tan mansa. Diligente, con voz suave, instó a los hombres a sentarse y a acabar su almuerzo antes de decidir qué hacer. Al punto se calmaron y retomaron asiento. Miriam se acercó y su mirada se cruzó con la de la madre. María de Nazaret no recelaba de ella, como las otras, y en su rostro no se leía el desprecio. Casi, pensó con estremecimiento, casi podía atisbar una sonrisa. En los ojos de María anidaba el alba.

—Voy a ver lo que ha ocurrido —dijo Pedro, resuelto. Era el único que no se había sentado.
—Yo voy contigo —saltó Juan el impetuoso, el hijo del Trueno.

Pedro accedió con un leve gruñido y ambos tomaron los mantos. Pedro se ciñó la espada, y Miriam lo contempló un instante. Tampoco él había dormido en dos días, pensó. La rabia y el dolor arañaban su rostro. Pedro era un bravucón. Tanto se había jactado ante su maestro… y lo había abandonado, cobarde, temeroso como los demás. Sólo las mujeres lo habían seguido hasta la colina de la Calavera, hasta el suplicio final. Sólo ellas no habían temido y habían pasado entre soldados brutales y saduceos hostiles, ignorando el odio, desafiando el miedo. Ellas y el joven Juan.

—Os acompañaré —dijo Miriam, acercándose.
Pedro la miró frunciendo el ceño y se volvió, contrariado. ¿Cuándo dejaría de mirarla como a una mujer de la vida y la miraría, simplemente, como a una mujer? Juan también la observó detenidamente. Él no la desdeñaba. El amado, pensó Miriam. Ella era la amada.

¿A dónde fue tu amado, oh tú, la más hermosa de las mujeres?
¿Qué dirección ha tomado, para ir en busca de él?


La angustia les daba alas. Juan apretó el paso, Pedro se esforzaba en seguirle. Miriam caminaba, más atrás, cubriéndose la cabeza con el velo.

Cuando llegaron a la quebrada, Juan echó a correr, ágil como un venado. Pero se detuvo junto a la roca, y esperó que Pedro llegara. Miriam vio cómo ambos se agachaban y entraban en la sepultura.

Salieron con los rostros trasmudados. Miriam aguardaba, junto al tapial de piedra, bajo un almendro. Las flores habían caído hacía lunas, y las hojas ya verdeaban. Un manojo de lirios estallaba al pie del bancal. Podía sentir su levísima fragancia.

—No está —dijo Pedro, sin salir de su asombro. Miriam vio las lágrimas juguetear en sus pestañas. Lágrimas de hombre duro, pensó. Hombre duro que, sin embargo, en los dos últimos días había llorado por toda una vida.

—Hemos de avisar a los demás —exclamó Juan, súbitamente animado. Y Miriam tembló al oírlo. En sus ojos vio la luz, tan similar a la que había visto en María, la madre. Leyó el mismo mensaje en su rostro. Ellos creían.
Se alejaron presurosos. Miriam permaneció allí, aturdida y desolada. Se acercó al sepulcro y entró. Silencio pétreo la envolvió, en la dura matriz de roca.

La sábana yacía, tal como la habían dejado, doblada en dos, envolviendo su cuerpo. Pero estaba aplanada. Y el lienzo para la cabeza había sido enrollado, apartado a un lado. Miriam respiró hondo. La fragancia de la mirra flotaba en el aire denso.

Dios mío… Díos mío.

Sólo le respondió el vacío.

Salió al pequeño huerto y cayó de bruces. Su frente rozó la tierra, las briznas de hierba tierna. El velo se deslizó por su espalda y el cabello se desparramó, cubriendo sus hombros, como manto de luto. Y rompió a llorar.

Me encontraron los centinelas, que hacen ronda en la ciudad.
¿Habéis visto al amado de mi alma?

La tierra crujió bajo los pasos. Alguien se acercaba. Se incorporó de golpe y lo vio. Un hombre alto, con túnica clara y el rostro cubierto por un manto.

—Señor…
Se acercó a ella. Iba descalzo.
—Señor… ¿Eres tú quien se lo ha llevado? Si has sido tú… por favor, dime dónde lo has puesto, que me lo llevaré. Te lo imploro.

Él no respondió y dio un paso más hacia ella. Entonces el manto cayó de su cabeza.

—Miriam.

El sol la inundó por dentro. Y el grito alborozado escapó de su garganta.

…hallé al amado de mi alma. Le así para no soltarlo. Le así, y no lo soltaré…

Arrodillaba como estaba, le asió las piernas con fuerza y besó los pies, aquellos pies adorados. Sus labios se posaron sobre las llagas, cerradas. Y lloró de nuevo, mientras lo aferraba con fuerza. Con el ansia de un náufrago agarrándose a un madero.

—¡Maestro! Mi maestro…

Yo soy para mi amado, y mi amado para mí, el que pastorea entre azucenas.

Él se inclinó y le tomó las manos. Y la hizo ponerse en pie. No os he llamado siervos, sino amigos. Ella tampoco era su esclava. Era su amada. Y la abrazó. Ella lo envolvió en sus brazos, estrechándolo hasta sentir su pecho, apretado contra su seno. Hasta sentir su latido. Estaba vivo. Vivo.

Pasaron unos instantes, que ella deseó eternos. Por fin, él se apartó, suavemente. Le tomó las manos de nuevo.

—Déjame, Miriam. Aún debo reunirme con el Padre.
Ella asintió, entre lágrimas. Él tampoco era suyo, sino de todos.
—Ve y avisa a los demás. Nos encontraremos en Galilea.

De nuevo Miriam asintió, sobreponiéndose. Galilea era tierra luminosa. Allí donde todo había comenzado. Junto al lago, entre trigales y olivos, montecillos salpicados de encina y barcas de pescador. Lejos del horror y la vergüenza de los muros de Jerusalén.

La besó. Y se deslizó de entre sus brazos. Ella cerró los ojos y se llevó las manos al rostro, aspirando, bebiendo, el aliento del hombre amado. Cuando los abrió de nuevo, él había desaparecido.

Pero ahora sabía dónde encontrarlo.

Y, esta vez, Miriam corrió gozosa.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Cautelas de San Juan de la Cruz -2-

Esta semana (el día 14) celebraremos la fiesta de San Juan de la Cruz. En memoria de este santo amigo, retomo sus "Cautelas" para quien desea avanzar en el camino espiritual (contra el mundo, el demonio y la carne) y comento las tres siguientes.

Contra el demonio

Hablar del demonio hoy día puede sonar arcaico y fuera de lugar. Quizás porque el nombre está demasiado cargado de connotaciones folclóricas o represivas de otras épocas. Pero el demonio, o el Mal, si preferimos llamarlo así, existe. Está presente en el mundo y acecha nuestras vidas continuamente. La evidencia del mal se nos muestra cada día, de forma flagrante cuando vemos un noticiario en televisión o leemos la prensa, pero también cuando miramos hacia nuestra historia personal y vemos cuánto dolor han causado las envidias, el egoísmo, la cobardía o la ira. Todo esto son manifestaciones de sumisión, consciente y quizás alguna vez deliberada, a las invitaciones del maligno, que no persigue otra cosa que nuestra aniquilación.

San Juan avisa: el demonio es muy listo y no va a tentar a una persona espiritual con cosas malvadas y espantosas. Lo más corriente, dice, “es engañarlos debajo de especie de bien, y no debajo de especie de mal, porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán”.

San Juan nos hace ver que es necesario desarrollar finura y madurez interior para discernir cuándo detrás de algo aparentemente bueno puede esconderse una sutil trampa diabólica.

Primera cautela

Jamás te muevas a cosa, por buena que parezca, si no es por obediencia.

¡Duro consejo! Porque la obediencia es otra palabra que hoy no está nada bien cotizada. Nos parece contraria a la libertad, un valor máximo que defendemos ante todo.

Si bien hay que entender este aviso en el contexto de la vida religiosa y conventual, no es menos cierto que también podemos aplicárnoslo a los cristianos laicos de a pie, en pleno siglo XXI.

¿Qué significa obediencia? La palabra etimológicamente significa oír con atención. Es decir, se trata de escuchar, atender y seguir, con confianza y lealtad, aquello que nos dicen las personas que tienen autoridad en nuestra vida y en nuestro apostolado. Desde los padres, en el caso de los jóvenes o menores de edad; hasta el sacerdote, un director espiritual, un profesor, una persona que sabemos que nos ama y quiere lo mejor para nosotros… No estamos solos en el mundo ni somos enteramente autosuficientes. El hombre más maduro y formado, el más alto cargo de cualquier institución, si quiere actuar bien, no carece de amigos y personas que le aconsejan y ayudan, y a quienes sabe escuchar.

En el caso de quienes colaboramos en parroquias, movimientos u ONG, es importante escuchar y seguir a los líderes —que son pastores, sobre todo—. No con sumisión ciega, pero sí con humildad y actitud abierta y despojada de prejuicios. Se trata de saber actuar en equipo, en comunidad y en comunión. Porque la misión es de todos, no de uno solo. Muchas veces, la resistencia a “obedecer” —o a escuchar— es causada por la vanidad o por la convicción de ser superior a otros, el deseo de destacar y de presumir. A veces tenemos ideas presuntamente geniales y queremos ponerlas en práctica a toda costa, sin considerar las consecuencias y sin pensar que quizás pueden acarrear problemas a otros, o que quizás no sean tan fructíferas como otra iniciativa puesta en común. Esta cautela nos limpia de golpe de todos esos orgullitos interiores que pululan en nosotros, mezclados de buenas intenciones. San Juan lo dice lisa y llanamente: “De otra manera, ni perderás el amor propio ni ganarás amor de Dios”.

Segunda cautela

Jamás mires al sacerdote con menos ojos que a Dios.

Otra sentencia difícil. Porque, ¡es tan fácil, y nos gusta tanto, criticar a nuestros curas! Son humanos y cargados de defectos, cierto. Pero no descuidamos ocasión para señalarlos, ahora más que nunca. A veces escucho juicios y críticas que me sorprenden, no porque sean falsos, sino porque quien los pronuncia habla como si emitiera dogmas ex catedra y como si fuera perfecto e irreprochable.

¿Quién puede tirar una primera piedra para condenar a nadie?

Esta cautela me recuerda los escritos del cura de Ars sobre la enorme dignidad del sacerdocio. Los sacerdotes, más que nadie, hacen real aquella frase de san Pablo: somos vasos de barro que contienen un tesoro inmenso. El vaso puede ser muy quebradizo y pobre, pero ¡el tesoro que alberga es Dios mismo!
Por eso un sacerdote, llamado a una misión tremenda, ocupar el lugar del Cristo, merece la misma consideración que Dios mismo.

Es cierto que esta cautela la podemos hacer extensible a nuestros hermanos, recordando a San Juan: “Dices que amas a Dios y no amas a tu hermano… ¡hipócrita!”. Sí, cuánta hipocresía lucimos a veces. Aunque parece que amar al hermano, especialmente si es pobre y desvalido, o si es un igual a nosotros, nos resulta más fácil o familiar. Pero poner en su lugar al sacerdote y ver en él más allá de su condición, de su carácter, de la simpatía o antipatía que despierta en nosotros… eso cuesta más.

Y “mirad que el demonio mete mucho aquí la mano”, advierte san Juan.

Alguien, leyendo esto, puede decir que abogo por una sumisión fácil a la jerarquía eclesiástica. No va por aquí la reflexión. Lo ideal es que en todas las comunidades reinen dos cosas: el amor y el servicio. El cargo del sacerdote no es —ni debe ser, por más lastres históricos que arrastremos— un ejercicio de poder, sino un servicio, muy sacrificado y hermoso, de entrega a los demás, sin atadura humana ni de ningún tipo. Ese es el sentido del orden sacerdotal y del celibato.

Los sacerdotes y los feligreses estamos llamados a ser amigos, y es desde la amistad desde donde se puede dar la confianza, la escucha mutua y desde donde fraguar proyectos conjuntos que den buen fruto.

Tercera cautela

Procura humillarte en palabra y obra, alegrándote del bien de los otros como del de ti mismo.

Este es el mensaje de esta tercera cautela que va a cortar de raíz todo germen de celos y envidia.
Hay que entender de nuevo la palabra humillación. No se trata de denigrarse, de tener una baja autoestima, de encogerse y mostrar una falsa modestia. Santa Teresa dice, con mucha gracia, que nada de falsos encogimientos. Pero tampoco arrogancia. Por “humillarse” san Juan se refiere a la humildad, al realismo de conocerse uno como es, con sus cualidades y sus miserias, ni mejor ni peor que los demás.

“En palabra y obra” nos dice que hemos de actuar y hablar sin petulancia, sin afán de ser vistos, sin histrionismos ni presunción. Nos invita a actuar con sencilla elegancia, con suavidad y delicadeza, con cordialidad sin ser empalagosos; con firmeza sin ser tajantes; con humildad sin exagerada timidez.

Y alegrarse del bien de los demás como del propio es un acto de enorme generosidad. Parece dificilísimo, pero san Juan continúa su cautela con unas palabras que casi no necesitan comentario: “queriendo que (los demás) se antepongan a ti en todas las cosas, y esto con verdadero corazón, y de esta manera vencerás en el bien, y echarás lejos el demonio, y traerás alegría de corazón”.

Quien lo haya probado, sabrá que es cierto, y que pocas cosas liberan tanto el espíritu como alegrarse, sinceramente, por el bien y el éxito ajeno. Desprenderse del ego narcisista y saber gozar con el bien de los demás es un acto de madurez espiritual que aporta una gran libertad interior.

San Juan acaba rematando esta cautela con dos apuntes: practica esto, alegrarte del éxito ajeno, especialmente con aquellos que peor te caen. Y busca antes ser enseñado de todos “que querer enseñar aún al que es menos que todos”.

Resumiendo, estas tres cautelas contra el demonio son avisos ante actitudes muy humanas que tienden a halagar nuestro egoísmo y nuestra vanidad. Disfrazadas convenientemente de amor propio, autoestima, crítica a la autoridad, simpatías humanas, libertad, creatividad… ocultan muy a menudo orgullo, egocentrismo, endiosamiento de uno mismo y un conflicto mal resuelto de convivencia con los demás.

El camino para superarlas no es fácil. Nunca fue el Cristianismo una puerta ancha ni una autopista cuesta abajo. Pero la ascensión hacia la cumbre, por dificultosa que sea, nos depara bellezas y horizontes insospechados.

martes, 7 de septiembre de 2010

Despedida a Mn. Joaquín

Después de 17 años con nosotros como rector, la comunidad de la parroquia de San Pablo tiene mucho que agradecer a Mn. Joaquín por todo lo que ha hecho.

Una de sus grandes aspiraciones ha sido convertir la parroquia en una familia, donde todos nos conozcamos, podamos llamarnos por el nombre y crear vínculos de caridad unos con otros. Su deseo ha sido hacer de la parroquia una casa grande, una casa de Dios y casa de todos, una verdadera embajada del cielo en medio del Raval. Quizás las personas que hemos estado a su lado no siempre lo hemos hecho bien, pero quien ha sido atendido por Mn. Joaquín siempre ha encontrado en él un oído atento, una presencia cálida y unas palabras de ánimo y esperanza.

Otro aspecto en el que Joaquín ha querido trabajar es en el espacio físico. Recibió una parroquia recién construida, apenas terminada junto a la ruina del viejo edificio. Durante sus años de rector, y tras muchos esfuerzos por buscar recursos y ayudas, podemos decir que nos deja una parroquia hermosa, digna, llena de luz y de belleza. Él alentó a Francesc Martínez, nuestro pintor, a cubrir las paredes desnudas de obras de arte que nos sobrevivirán a todos, y que dejarán constancia de una generosidad muy grande del artista y del empeño evangelizador del párroco.

Si en algo ha destacado Joaquín ha sido en su entusiasmo apostólico y en su creatividad. Haciendo honor al santo titular de la parroquia, no ha cejado nunca en su labor evangelizadora, hacia adentro y hacia fuera; hacia los feligreses de siempre y hacia los más alejados. Y siempre con esa fuerza, esa alegría y ese temple de enorme firmeza espiritual y convicción que jamás ha vacilado.

Como todo párroco, ha atravesado situaciones muy diferentes. Han sido, en pequeñito, como las vivencias de Jesús y de todo apóstol comprometido. Ha vivido los momentos ilusionados de los inicios, las dificultades de despertar a un barrio frío religiosamente; épocas de una intensa labor social; tiempos de persecuciones y de lucha; tiempos de cosechar éxitos y apoyos; tiempos de Domingo de Ramos, con el templo abarrotado y resonando de aplausos; tiempos de Getsemaní. Y ahora afronta el cambio, después de tantos años. Todo cambio es, en cierto modo, una muerte. Un dejar atrás muchas cosas, y también personas y afectos. Pero, como toda muerte cristiana, es también el preludio de una resurrección. Un cambio es una oportunidad, un estiramiento espiritual, un estímulo para crecer, y nosotros como comunidad deseamos que esto sea así también en su caso.

Mn. Joaquín siempre ha sido un hombre de confianza. Alguien en quien confiar y alguien que ha confiado mucho en las personas. Sus colaboradores más cercanos lo sabemos: sabe dar responsabilidades, libertad y cauce a la creatividad de cada cual; y al mismo tiempo también da confianza y apoyo. Como buen maestro, a su lado hemos podido aprender y madurar, como personas y como cristianos. Pero, especialmente, Joaquín ha confiado y confía en Dios. Esta fe inquebrantable le ha permitido mantenerse siempre fuerte, siempre alegre pese a las dificultades, siempre animoso y luchador. Siempre feliz y agradecido, como a menudo nos repite, por el don de ser sacerdote.

Ahora marcha, y se va a abrir caminos a otra parroquia, con otra comunidad. Los párrocos pasan, las gentes pasan y los tiempos cambian… pero hay vínculos que no se romperán nunca. Y esto lo sabe muy bien Joaquín, que por todas las parroquias donde ha estado ha ido dejando un buen puñado de amigos y personas que le quieren, le siguen y continúan cercanas a su corazón. Son su feligresía universal, por así decir, más allá de los límites territoriales de una parroquia u otra. Son la feligresía del corazón. Las auténticas amistades, los afectos sinceros y profundos, perdurarán. En palabras de san Pablo, nuestro patrón, todas las cosas del mundo pasarán, pero… “el amor no pasará nunca”.

domingo, 4 de julio de 2010

Cautelas de San Juan de la Cruz -1-

Además de sus poemas y sus obras más conocidas, como Subida al Monte Carmelo, San Juan de la Cruz escribió numerosas cartas, reflexiones y consejos espirituales dirigidos a sus monjes y a religiosas de su orden. Entre estos escritos leí hace poco unas “cautelas” que redactó a modo de avisos para que toda persona consagrada pueda vencer a los tres tradicionales enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne.

Aunque el lenguaje de estos textos nos pueda parecer arcaico, estas cautelas me parecieron consejos totalmente actuales y aplicables a los cristianos de hoy, consagrados o no, y muy especialmente a aquellos que están comprometidos en parroquias, movimientos o comunidades. Voy a intentar resumirlos y traducir a un lenguaje moderno su contenido. Hoy comenzaré por las cautelas “contra el mundo”.

Contra el mundo

Antes de empezar, hay que precisar que no se trata de ir contra el mundo armados como héroes justicieros, automarginándonos, pertrechándonos tras un muro o atacando con beligerancia aquello que no está conforme con nuestras ideas y valores. Por mundo, como concepto teológico, podemos entender todas aquellas tendencias, ideologías y actitudes que arrastran a la persona, anulan su capacidad de juicio y la impiden crecer, madurar y dar lo mejor de sí. ¡Y hay tantas! Forman una auténtica riada cuyo único fin es masificar la sociedad humana, envolverla en su cieno y adormecerla, para poder manipularla mejor. Muchas de estas ideas y contravalores incluso se nos presentan como positivos, naturales, humanos y atractivos. Veamos qué nos dice San Juan.

Primera cautela

Ten igualdad de amor y olvido con todas las personas. No ames más a unos que otros. No tengas preferencias familiares.

Con esto, se nos dice que debemos amar a todos y mostrarnos amables, pacientes, delicados y generosos con toda persona, sin distinción. Por supuesto, no vamos a tratar con la misma confianza a un ser querido que a alguien a quien apenas conocemos; ni tampoco vamos por eso a destruir esos vínculos especiales, de simpatía, amistad y comunión con nuestros familiares y amigos más íntimos. Lo que nos indica San Juan es que no debemos discriminar a nadie. Es aquello del “amad a vuestros enemigos”; “si sólo amáis a los que os aman, ¿en qué os diferenciáis de los fariseos?” (Mt 5, 43-48). Se trata de no excluir a nadie, de ser ecuánimes en los afectos y de no tratar peor, sino igual de bien y con especial atención a las personas que nos caen mal o nos producen rechazo; incluso a las que alguna vez nos han ofendido o causado un daño.

En cuanto a la familia, tampoco se trata de olvidarnos de nuestros seres queridos, por supuesto. Esta cautela nos previene contra el egoísmo familiar. Hay quienes darían la vida por sus parientes, pero les importa bien poco el resto de los mortales. Un cristiano convencido se siente hermano de todos y no le es indiferente el sufrimiento de nadie. Nuestra familia va mucho más lejos de los lazos de sangre.

Segunda cautela

No te angusties ni obsesiones por los bienes temporales. Mantén la paz. Busca primero el Reino de Dios.

¡Otro consejo bien actual! Y más ahora, en tiempos de crisis, en que muchos padecen problemas económicos y otros se aferran a su dinero y a sus bienes con más ansia que nunca. Esta cautela nos remite al evangelio de Mateo: “no os afanéis pensando qué comeréis, qué vestiréis…” Si Dios cuida de los gorriones del campo, ¿cómo no va a cuidar de vosotros? (Mt 6, 25-34) San Juan nos recuerda que hay que confiar en la Providencia. Pero, cuidado, sin olvidar aquel dicho tan popular, “a Dios rogando y con el mazo dando”. Confiar y no obsesionarse no excluye un trabajo concienzudo, perseverante y honesto. Esta cautela no nos empuja al quietismo y a la fe ciega, sino a una actitud interior de paz, de calma activa, que nos permitirá trabajar sin obsesiones. Quien busca el Reino de Dios encontrará su sustento. Pues el Reino de Dios es también el trabajo hecho con amor, el esfuerzo por hacer las cosas bien, la puntualidad, la constancia, la atención, el detalle, el sacrificio por los seres queridos.

En realidad, esta segunda cautela nos previene contra la tentación materialista de reducir todos los problemas a una cuestión de dinero y pensar que el dinero lo puede solucionar todo; es un aviso contra la deificación del dinero y los bienes de consumo, tan extendida hoy por el mundo, incluso entre los cristianos.

Tercera cautela

Guárdate de querer saber y de hablar sobre lo que pasa en las vidas ajenas.

¡Cómo nos gusta el cotilleo! Si hasta está bien visto. Alrededor del comadreo público se mueven enormes negocios. Los programas estrella de televisión y las revistas más vendidas suelen ser precisamente esto: escenarios de chismorreo acerca de las vidas de personajes más o menos famosos. Y en la calle, en el trabajo, en el vecindario, en las mismas parroquias, en asociaciones y comunidades… ¡cuántas horas gastadas en hablar de los demás! Es natural, sí, y nos encanta. Pero esto no nos hará crecer espiritualmente. Incluso puede llegar a enrarecer y a cubrir de hipocresía nuestras relaciones. Tenemos bastante con nuestras propias vidas, no queramos entrometernos en las de los demás. Un cristiano coherente debería rechazar, siempre, tanto participar en las habladurías como escucharlas. Fuera la insana curiosidad. Santa Teresa, muy en la onda de San Juan, recordaba: “Hermanas, una de dos; o no hablar, o hablar de Dios”. Hablemos de cosas que valen la pena, de cosas que nos alivian, nos enseñan, nos despiertan y nos acercan a los demás. Practiquemos una verdadera comunicación —y no nos dediquemos a etiquetar y a juzgar a los demás, que a eso es a lo que se reduce el comadreo—. Y si no nos es posible en un determinado contexto, callemos y vayamos a otra parte.

Estas fueron las cautelas “contra el mundo”, que podríamos resumir en:

— amar a todos con caridad ecuánime
— no obsesionarse con el dinero y los bienes materiales
— no perder el tiempo fisgoneando en las vidas ajenas

Son tres consejos bien sencillos… pero difíciles de cumplir. Lograrlo pide un cambio importante en nuestras vidas pero también generará un estirón espiritual que nos ayudará enormemente.

domingo, 18 de abril de 2010

Sembradores de luz

Así podría definir a los sacerdotes. Si miro hacia atrás, todos los que he encontrado a lo largo de mi vida han sido faros luminosos que han ido jalonando el camino de mi existencia y arrojando claridad, especialmente en los momentos de crecimiento, de vacilación o de búsqueda.

Y humanos. Con sus peculiaridades, sus defectos y su carácter, en todo momento he sido muy consciente de que son personas de carne y hueso. No son ángeles ni seres perfectos. Sin embargo, estoy convencida de que todos —algunos ya lo son— llegarán un día a ser santos en el sentido más genuino de esta palabra: felices junto a Dios.

¿Qué he aprendido de ellos? A menudo pienso que, si mis padres me dieron la vida biológica, el amor que me hizo crecer, la educación, la cultura…, los sacerdotes —especialmente algunos de ellos— me han mostrado las puertas hacia la Vida con mayúsculas. Ellos me han enseñado a encontrar sentido a la existencia y me han ayudado a vivir con intensidad y plenitud una vida que vale la pena.

Muchas veces he pensado que eso mismo es lo que nos vino a enseñar Jesús. Ahora, cuando veo a un sacerdote, sea joven o viejo, de talante abierto o conservador, veo en él a un hombre valiente, que representa a Cristo.

Los primeros sacerdotes que conocí fueron los de mi infancia. Párrocos y catequistas, hombres ya mayores, con sus sotanas y sus alzacuellos, despertaban el respeto de los niños y los adultos. Eran severos y muy cuidadosos enseñando la doctrina. También eran hombres convencidos e incluso vehementes, así los recuerdo. De ellos aprendí que «Dios es amor». Aunque los niños los temíamos un poco por su autoridad, no guardo de ellos memorias negativas ni traumáticas, como muchas personas hoy parecen resaltar. Para mí eran un referente moral de exigencia, un estímulo para buscar mi mejora personal. Sé que esto en una niña de siete u ocho años puede parecer exagerado, pero creo que no lo es. La infancia es una etapa densa y de profundos cambios, de una vida interior muy rica y de hambre espiritual. Quizás también debo esta experiencia a la educación que recibí en mi entorno familiar, creyente y respetuoso con la Iglesia. Pero sé que, en esos momentos de crecimiento y de formación de mi personalidad, sus figuras ya comenzaron a ser claras y orientadoras.

En mi adolescencia, fueron los sacerdotes los que despertaron mi sed de eternidad, mi afán de “saber más”. Más acerca de Dios, del mundo —y, al mismo tiempo, más acerca de mí. En plena crisis de identidad, buscando cómo enfocar mi futuro, los sacerdotes que encontré en la parroquia me dieron dos regalos que jamás agradeceré lo bastante. Uno me animó a ser catequista, y con ello me hizo salir de mí misma y reafirmar una fe tambaleante. ¡Cuánto aprendí, enseñando el evangelio a los niños! ¡Cuánto recibí!

Otros sacerdotes me mostraron esa Vida grande y luminosa a la que podemos optar si decidimos vivir para los demás en lugar de buscarnos a nosotros mismos. A los dieciocho años tomé una decisión que daría un giro a mi vida. Fue la respuesta a una llamada, audaz y convencida, a ser seguidora de Jesús y apóstola suya, allá donde viviera, a través de mi trabajo y de mi colaboración con las parroquias donde estuviera.

Estoy segura de que esa llamada fue uno de los mayores gestos de amor de Dios hacia mí. Y fueron los sacerdotes los encargados de transmitírmela. Desde entonces, y puedo decirlo con todas mis fuerzas, han sido para mí verdaderos padres, hermanos, guías y maestros. Más que inculcarme conocimientos, ellos me han educado en el sentido auténtico de la palabra: han despertado mi espíritu, me han impulsado a dar lo mejor de mí. Sembradores de luz, pescadores de almas. Sí, yo también fui llamada a orillas de un lago de aguas inciertas. También fui rescatada de la riada turbulenta en la que intentaba nadar, con poco éxito, a contracorriente. Ahora vivo en la ribera, y ¿qué mejor tarea puedo proponerme, que ayudarles a rescatar a otros? Intento avanzar por ese camino —sendero alumbrado por Cristo y por María— y ser, también, pequeña lamparilla para quienes buscan.

En los sacerdotes he encontrado consejo, amistad sincera, ayuda, fortaleza en los momentos de abatimiento e inquietud. He encontrado medicina para el orgullo y la impaciencia, esas malas dolencias del alma. He encontrado fe y confianza. He encontrado motivos para vivir gozosa y alegre. Pero lo más grande: ellos me han llevado cerca de Dios. Cada vez que comulgo, sé que ellos traen un tesoro inmenso en sus manos. El Jesús que no se queda ahí, en el sagrario, ni allá, arriba en el cielo, sino que viene a mí, y se mete dentro de mis entrañas. ¿Puede haber milagro mayor?

Leo algunos fragmentos que dejó escritos el cura de Ars: «¡Oh, qué grande es el sacerdote! Si se diese cuenta, moriría… Dios le obedece: pronuncia dos palabras y Nuestro Señor baja del cielo al oír su voz y se encierra en una pequeña hostia…» El sacerdote hace bajar a Cristo del cielo, ofrece su cuerpo para hacerlo presente en medio de nosotros. ¿Alguien puede darnos algo más grande, más bello, más bueno? Con su humanidad, a pesar de ella y aún gracias a ella, los sacerdotes, desde el Papa hasta el párroco más humilde, son hombres intrépidos que desafían el mundo y nos traen la Vida en abundancia. Son, sí, sembradores de luz.

Escrito presentado al Concurso Nacional de Redacción ¿Qué es para ti un sacerdote?, de la Fundación CARF: ha obtenido el segundo premio de la categoría de adultos.

viernes, 26 de marzo de 2010

jueves, 18 de febrero de 2010