domingo, 27 de septiembre de 2009

Justicia y caridad

En el primer comentario, hablábamos del amor y de la verdad como dones, procedentes de Dios, y pilares del desarrollo humano. Esta vez vamos a centrarnos en la justicia.

Dice el Papa en el capítulo 6 de la encíclica:
"Ante todo, la justicia.
La justicia es inseparable de la caridad.
La justicia es la primera vía de la caridad, su “medida mínima”.

Y así es. Si queremos amar, no podemos saltarnos ese mínimo exigible, que es la justicia humana: dar a cada cual lo que le corresponde.

Durante muchos años, se ha criticado a la Iglesia por querer ejercer la caridad de forma paternalista o poco eficaz. Y se ha querido sustituir por la justicia social, por los derechos, por la ley.

El Papa nos muestra que tampoco podemos separar justicia y caridad. Pretender ser caritativo sin ser justo sería hipócrita; ésa sí que sería una caridad desviada. Pero quedarse en la mera justicia es muy poco. El ser humano está llamado a más.

La caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo “mío” al otro, pero nunca carece de justicia, que lleva a dar al otro lo que es “suyo”, lo que le corresponde.

La caridad incluye la justicia, la completa y la sobrepasa. La caridad auténtica es amor gratuito, que da sin límites y sin esperar nada a cambio. Es la justicia de Dios: la que da a todos y a cada cual, no según se merezcan, sino según la magnificencia de Dios.

El amor es generoso y da porque quiere, esa es su libertad. Y el amor sostiene la justicia. Hemos visto en la historia de la humanidad que las leyes solas no son suficientes para garantizar la justicia y el bienestar de las personas. Falta algo, y ese algo es un don gratuito que todos podemos dar y recibir: la caridad, el amor.

Así, en el capítulo 38, Benedicto XVI nos dice: "Mientras antes se podía pensar que lo primero era alcanzar la justicia y que la gratuidad venía después como un complemento, hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia".

domingo, 20 de septiembre de 2009

Caridad en la Verdad

Durante las próximas semanas, iré comentando algunos párrafos de la encíclica Caritas in Veritate, un documento de gran trascendencia y muy oportuno para los tiempos que vivimos.

Caridad en la verdad

La caridad en la verdad es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad.

Con esta frase, Benedicto XVI comienza su encíclica Caritas in Veritate y resume en ella el alma y la raíz de este documento.

En estos tiempos de crisis a escala global que vivimos, la carta del Papa es un mensaje de esperanza y realismo, una llamada a los cristianos a profundizar en nuestra fe y a trabajar por la mejora del mundo.

En los primeros capítulos de la encíclica, nos habla del amor —la caridad— y de la verdad, y nos muestra cómo ambas realidades son inseparables. A menudo hemos tendido a divorciarlas con nuestra mentalidad analítica. Vinculamos el amor con los sentimientos y las pasiones, mientras que la verdad nos lleva a la racionalidad, fría y cerebral. El poso ilustrado y romántico en nuestra cultura ha tendido a contraponerlas. Con rotunda lucidez, el Papa nos explica que el amor auténtico y la verdad no pueden existir si no están unidos.

El amor

¿Qué es el amor? "El amor —caritas— es una fuerza extraordinaria que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta". (Caritas in Veritate, 1) Por tanto, nos alejamos de la idea sentimentalista y efímera del amor para acercarnos a su fuente y a su propia identidad. El amor no es algo que nace en nosotros mismos, sino un don que recibimos de Dios, como la misma vida: "Todos los hombres perciben el impulso de amar de manera auténtica: amor y verdad nunca los abandonan completamente, porque son la vocación que Dios ha puesto en el corazón y en la mente de cada ser humano". (Caritas in Veritate, 1)

Así, este don se convierte en vocación: todo ser humano es llamado a desarrollar el amor; en él está su plenitud.

La verdad

Y, ¿qué es la verdad? Esta pregunta, que un escéptico Poncio Pilato formuló ante Jesús, resuena por doquier en nuestra cultura de hoy. Muchos son los que rechazan su existencia o niegan que sea posible conocerla. Otros muchos optan por la postura relativista: “no hay verdades absolutas, cada cual tiene su verdad”.

En contraste con esta filosofía, Benedicto XVI dice que "la verdad es luz que da sentido y valor a la caridad. Esta luz procede simultáneamente de la razón y de la fe". (Caritas in Veritate, 2)

Y en este párrafo constata una realidad impresionante: "Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Éste es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario". (Caritas in Veritate, 2)

Es así. Cuando hablamos de esos malos amores, que dañan y que queriendo hacer un bien se equivocan, posiblemente se trata de afectos despojados de la verdad, pasiones mal enfocadas y desenraizadas, que acaban por herir y destruir a las personas. Un amor sin verdad puede convertirse fácilmente en egoísmo, narcisismo, megalomanía y hasta en sadismo y afán de dominación sobre los demás.

Benedicto XVI insiste en la necesaria unión entre razón y fe. Nuestra cultura occidental se empeña en separarlas y enfrentarlas, pero esto sería tan disparatado como intentar separar, en una persona, sus pensamientos de sus emociones, cuando lo que realmente cohesiona al ser humano es encontrar esa unidad interna entre todas sus potencias y dimensiones.

"La verdad libera a la caridad de la estrechez de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal". (Caritas in Veritate, 2)

Dimensión social del amor

Es la verdad la que ayuda al amor a salir de sí mismo y le da una dimensión social: "En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez “ágape” y “logos”, Caridad y Verdad, Amor y Palabra". (Caritas in Veritate, 3)

"Llena de verdad, la caridad puede ser comprendida, compartida y comunicada. La verdad es logos que crea diá-logos, y por tanto, comunicación y comunión". (Caritas in Veritate, 4)

Y concluye afirmando que "la adhesión a los valores del cristianismo no sólo es un elemento útil, sino indispensable en la construcción de una buena sociedad y un verdadero desarrollo humano integral. Sin verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos para construir un desarrollo humano de alcance universal".

Así es como vemos que el amor y la verdad son fundamentales para construir un mundo más justo donde el desarrollo sea verdaderamente humano. Nuestra fe no se queda encerrada en nuestro ámbito privado ni en nuestros templos, sino que está llamada a salir al mundo, porque esa es su vocación. "Los hombres destinatarios del amor de Dios se convierten en sujetos de caridad, llamados a hacerse instrumentos de la gracia para difundir la caridad de Dios y tejer redes de caridad". (Caritas in Veritate, 5)

Y no sólo la caridad se proyecta, sino que cohesiona los grupos humanos: "Al ser un don recibido por todos, la caridad en la verdad es una fuerza que funda la comunidad".

"La unidad del género humano, la comunión fraterna más allá de cualquier división, nace de la palabra de Dios-Amor que nos convoca". (Caritas in Veritate, 34)

Más allá de las ideologías o de las leyes, derechos y deberes, vemos que el amor es la fuerza que realmente puede unir a las personas.

Y, finalmente, esta caridad es la que contribuye al progreso humano: "Lo que nos precede y constituye ―el Amor y la Verdad subsistentes― nos indica qué es el bien y en qué consiste nuestra felicidad. Nos señala el camino hacia el verdadero desarrollo". (Caritas in Veritate, 52)

domingo, 30 de agosto de 2009

Como Cristo ama a su Iglesia

Hermanos, someteos unos a otros por reverencia a Cristo. Que las esposas se sometan a sus maridos como todos nos sometemos al Señor, porque el marido es cabeza de su esposa como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia, que es como su cuerpo (… )
Y vosotros, maridos, amad a vuestras esposas, tal como Cristo ama a su Iglesia. La ama tanto, que se ha entregado a la muerte por ella…
Ef 5, 21-32

Este pasaje de la carta de San Pablo es quizás uno de los más controvertidos, que muchas personas utilizan para achacar al apóstol actitudes machistas y misóginas. También puede suscitar rechazo su expresión “someterse a”. En fin, es un texto polémico que, sin embargo, contiene verdades que vale la pena conocer y profundizar, con una lectura serena y libre de prejuicios. Para los cristianos, es un texto fundamental.

En primer lugar, los textos religiosos no deben leerse sin más, fuera de contexto y sin comprender su intención. Hay que situarlos en su momento histórico y cultural, en las circunstancias del personaje que los escribió y en su finalidad. También ayuda el conocer las imágenes y metáforas propias del autor para explicar una realidad espiritual que trasciende las meras comparaciones.

En segundo lugar, hay que separar el componente cultural del religioso; la cáscara, por así decir, el envoltorio que es propio de una época, para descubrir la médula del mensaje, que es atemporal y válida para todos los tiempos.

¿Misógino o defensor de la mujer?

San Pablo es hijo de su tiempo. En su época, los matrimonios eran contratos acordados entre las familias donde el amor y el romanticismo no tenían lugar. En todo caso, venían después. Las mujeres, tanto en la cultura hebrea como en la refinada griega o en la avanzada romana, que tanto valoramos, eran poco más que objetos, “reses” de ganado, propiedad que pasaba del padre al esposo. Sólo en casos excepcionales podían ser dueñas de propiedades y casas y gozar de una relativa libertad. Que San Pablo utilice la analogía de la sumisión de la esposa al marido se puede explicar, pues formaba parte de las costumbres sociales de su época. Si Pablo hubiera vivido hoy, seguramente no hubiera empleado esa imagen y tal vez se hubiera servido de otra, como la lealtad de un empleado a su empresa, o de un afiliado a su partido o a su club.

Pero justamente cuando habla del matrimonio humano, es donde San Pablo rompe con los moldes de la época y se muestra extraordinariamente avanzado a su tiempo. Les está diciendo a los maridos que amen a su esposa, con entrega, con pasión, hasta dar la vida por ella. Les insiste que la amen como a su propio cuerpo. Esto, en el siglo I de nuestra, ¡era muy novedoso! De cosa poseída, la esposa, según san Pablo, pasa a ser persona amada. Está transformando la concepción del matrimonio: de una relación de propiedad y posesión se pasa a una relación de amor y entrega mutua. En medio de las culturas de su época, esto era una auténtica revolución. De ahí no ha de sorprendernos que san Pablo tuviera a tantas mujeres entre sus seguidores y que les confiara a éstas importantes responsabilidades en las comunidades. Los estudiosos de los primeros siglos del Cristianismo recogen muchos testimonios de autores paganos: la impresión desde fuera es que la nueva fe era una religión de mujeres. Y no es de extrañar, pues fue la primera que equiparó la dignidad de la mujer con la del hombre, tal como ya apunta el Génesis.

¿Sumisión o adhesión?

Con la expresión “someterse unos a otros” y que la “Iglesia se somete a Cristo”, Pablo, que tanto predicó la libertad, tampoco puede referirse a esclavitud y obediencia ciega.

Ese sometimiento, en términos espirituales, debe leerse como docilidad y comunión de voluntades. Cuando una persona ama, no le importa ceder o adaptarse al ritmo del otro, del más débil, del que más lo necesita. En una comunidad cristiana, el poder no es la fuerza ni la imposición, sino el amor. Jesús lo mostró en la última cena, lavando los pies a sus discípulos, un gesto de servidumbre, y con su frase: “el que quiera ser primero, sea último y servidor de todos”. Con esta expresión Pablo nos explica que la dinámica en la Iglesia no ha de ser el afán de poder ni de sobresalir, sino el servicio a los demás.

Las personas que aman lo saben bien: no les importa posponer su propia voluntad o su deseo por el bien de aquellos que quieren. Y no es obligación ni abnegación exagerada. El amor hace ágiles los corazones y cualquier sacrificio o esfuerzo resulta llevadero.

Cristo y su Iglesia

Pero el gran tema que aflora en esta lectura, de principio a fin, es la relación entre Jesús y la Iglesia. Pablo recoge el significado de la pasión y la resurrección de Jesús: ama tanto a su Iglesia que se ha librado a la muerte por ella. ¿Quién tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos?

Amor es lo que une a Jesús a la Iglesia. Hoy, muchas personas dicen que creen en Jesús, pero no en la Iglesia. Consideran a Jesús un gran personaje, pero rechazan la Iglesia por su historia humana, tan llena de sombras. Incluso las modas, la literatura y algunos autores se empeñan en afirmar que la Iglesia fue un invento de San Pablo o de los apóstoles, que Jesús jamás quiso fundar algo así.

¡Qué error tan grande! Si la Iglesia, después de dos mil años de historia agitada y plagada de errores, continúa viva hoy, es porque no se trata de una invención humana ni de un montaje de cuatro judíos exaltados. La Iglesia es obra amada de Dios, es su familia. San Pablo va más allá: es cuerpo de Cristo. Él la fundó en sus inicios, cuando apenas era más que un grupo de doce galileos y unas cuantas mujeres. En ella volcó todo su amor, hasta dar la vida. Como humana, es pecadora y padece de todos los fallos y errores que aquejan a la humanidad. Pero como familia fundada por Jesús, es imperecedera y rebosa vida, porque su cabeza, su fundador, es el mismo Cristo, y su amor vence toda muerte, todo crimen, toda aberración humana. Si lo meditamos fríamente, es un milagro que la Iglesia naciera. Y lo es que siga viva. Pero, precisamente porque su existencia se arraiga en Dios, ese milagro continuará dándose cada día, y en cada nueva generación.

Por tanto, no podemos separar a Jesús de la Iglesia, por más que a muchos les pese. Es cierto que muchas personas han tenido experiencias negativas con algunos representantes de la Iglesia y es normal que a raíz de estas vivencias renieguen de la institución y desconfíen de ella. Pero hay que saber distinguir entre la parte humana y falible y entre la voluntad de Dios de formar una comunidad universal. ¿En qué grupo no hay problemas y conflictos? Todos tenemos defectos y podemos cometer errores. La Iglesia posiblemente es un cofre viejo y destartalado, pero el tesoro que contiene es luz de valor incalculable. Quizás ha sido infiel en muchas ocasiones, pero, pese a todo, ha transmitido hasta hoy un mensaje que renueva las culturas y da sentido pleno a la existencia humana. Es la barca desvencijada de Pedro, que, pese a todo, sigue albergando al mismo Cristo.

Un misterio muy grande

Sí, Pablo mismo lo dice, consciente de que la Iglesia, ya en sus orígenes, en sus primeras comunidades, era una familia conflictiva, diversa, a veces vacilante y pecadora: “Es un misterio muy grande, me refiero a Cristo y la Iglesia”.

Y, sin embargo, en ella podemos encontrar a Jesucristo. No a un Jesús complaciente, un poco esotérico e ideal, que no nos compromete, sino al Jesús que nos golpea con su dolor en la cruz, al Jesús que nos despierta del ensueño y nos dice: ¡Sal fuera! Déjalo todo, ven y sígueme. Ve y anuncia el evangelio. Al Jesús que dice: olvídate de ti mismo. Ama a tus enemigos. Amaos como yo os he amado.

Al Jesús exigente por su coherencia, al que muchos abandonaron y que se quedó solo en la cruz. Al Jesús que ama con tal fuerza que ni la misma muerte lo pudo matar definitivamente. Al Jesús que nos promete que quien se alimente de su palabra, tendrá la vida eterna, y no sólo después de la muerte, sino ya aquí, sobre la tierra.

Es un misterio. Y con misterio no hemos de pensar en algo enigmático, oculto o sólo accesible para iniciados… La Iglesia siempre descubre sus verdades. La unión de Jesús con su Iglesia es un misterio porque rebasa nuestra capacidad de comprensión. ¿Puede el amor sin límites explicarse con razonamientos lógicos?

No es necesario analizarlo todo con demostraciones científicas o matemáticas. Muchas realidades sobrepasan lo que podemos comprender. Pero sí podemos aceptarlas, porque están dentro de nosotros mismos. El amor es un misterio. La unión entre Cristo y la Iglesia lo es. Sólo puede entenderse si se comprende ―y se acepta― una donación tan grande que lleve a morir por amor, incluso cuando las personas por las que mueren parece que no lo merecen. San Pablo lo explica en otra carta: podemos encontrar a quien esté dispuesto a morir por un hombre o una causa justa. Pero, ¿quién morirá por un desgraciado, por un hombre injusto o un criminal? Jesús lo hizo. Si podemos entender este misterio con la inteligencia del corazón, entenderemos ese otro misterio, de Jesús y su Iglesia.

domingo, 16 de agosto de 2009

Cuando la pobreza es libertad

Santa Clara, luz en la Iglesia

El 11 de agosto celebramos la fiesta de santa Clara, una mujer que destaca, luminosa como su nombre, en la historia de la Cristiandad.

La historia de Clara y su vocación es hermosa y ha merecido muchas páginas, canciones e incluso películas de cine. La intrépida jovencita que huye de su casa, en medio de la noche, para abrazar la vida religiosa y seguir el ejemplo de pobreza evangélica de San Francisco, inspira y arroja un soplo de brisa fresca para nuestra fe. Pero, más allá de ofrecernos una historia bonita y ejemplar, Clara con su vida nos transmite un mensaje excepcionalmente actual, a las mujeres y a los cristianos de hoy.

El mundo que conoció Clara era un mundo inestable, sacudido por la guerra y las pugnas de poder entre señores feudales. También era un mundo culto —ella pertenecía a la nobleza de Asís—, un mundo que buscaba la belleza en la poesía trovadoresca y en el arte, en el refinamiento y en la cortesía. La Iglesia de la época era una institución poderosa, rica e involucrada en las luchas entre reinos y ciudades; muchas comunidades religiosas, lejos de ser ejemplo para los fieles, eran ostentación de lujo y poder. El evangelio de Jesús parecía quedar muy lejos de la realidad que envolvía a Clara… Y, sin embargo, en ella había una inquietud muy honda. Un día, escuchando predicar a Francisco, el joven que había abandonado su casa y sus bienes para lanzarse a vivir una experiencia insólita de pobreza evangélica, se dejó tocar el corazón.

Llevada por su amor a Jesús, fundó una comunidad, que con el tiempo sería la orden de las Clarisas, las damas pobres, como las llamaban Francisco y los suyos. En sus monasterios, la regla era vivir el evangelio cada día, amando y practicando la caridad entre todas las hermanas. Clara supo dirigir esta primera comunidad con firmeza y a la vez ternura, dando ejemplo con todas sus acciones al resto de mujeres que siguieron su camino. Viviendo en la pobreza, confiando tan sólo en la Providencia y con un talante muy humilde, llegó a ser consejera de obispos, sacerdotes e incluso papas, que la visitaron y quedaron impresionados ante la autenticidad de su vocación.

Qué nos dice Clara, hoy

El mundo del siglo XXI es muy diferente, pero comparte ciertas características con la Italia medieval en que vivió Clara. Por un lado, en Occidente estamos acostumbrados a gozar de la opulencia y de toda clase de comodidades. El dios de nuestras sociedades, sin duda, es el dinero. El paraíso, es el bienestar económico. Por otro lado, la crisis global que se ha desencadenado, las guerras y el terrorismo, han convulsionado el mundo. La Iglesia sigue navegando contra viento y marea, depurada de muchos lastres del pasado, pero recibe frecuentes ataques y es desprestigiada sistemáticamente por el poder mediático y político. El evangelio es una realidad muy remota y ajena a la mayoría de ciudadanos occidentales. Al igual que en tiempos de Clara, el miedo y la inseguridad estremecen la sociedad entera. Ante la amenaza de la pobreza, la posesión de dinero y bienes materiales es más valorada que nunca. ¿Qué mensaje nos aporta la santa de Asís?

En medio del miedo y la zozobra, ella nos anima a tener coraje y fe.

En medio de una sociedad que rinde culto al dinero, ella nos demuestra que la pobreza es la libertad. No es una pobreza fruto de la miseria, sino una opción de vida que implica dejar a un lado todo cuanto nos ata y nos impide amar. La pobreza franciscana de Clara es el desapego, la liberación de dependencias y afanes materiales; es desprendimiento, sobriedad, generosidad.

A una juventud hambrienta de amor, angustiada por su futuro y falta de horizontes, Clara le señala un camino que no ofrece seguridades, pero sí una vida bella, intensa y en plenitud. Fue una adolescente que lo tenía todo, pero renunció a todo por un amor mucho más grande y ganó una vida apasionada y llena de sentido.

A una cultura cínica, escéptica y pesimista, Clara grita ¡esperanza!, construida cada día en el trabajo callado, en el amor incansable, en la palabra suave y en la mirada que acaricia el alma.

En medio de un mundo donde nada es para siempre y las relaciones se hacen y se rompen como las olas, Clara demuestra que un sí valeroso dura para siempre, y que el amor, si se arraiga en Dios, resiste todas las tempestades.

Esgrimir a Cristo bien alto

Una de las imágenes más conocidas de santa Clara la representa sosteniendo una custodia en alto. Se dice que, cuando un ejército de sarracenos marchó sobre Asís dispuesto a tomar la ciudad, Clara salió a las puertas del convento esgrimiendo la Sagrada Forma. La tropa enemiga se detuvo y abandonó el ataque, quedando la ciudad salvada.

Sea leyenda o historia engrandecida, este gesto de Clara también es iluminador. Ante los ataques del miedo, la incerteza y el mal que parece cundir en el mundo, los cristianos tenemos una defensa que nunca falla: el mismo Cristo. Enarbolemos a Cristo en nuestro corazón, aferrémonos a él y mostrémoslo al mundo, sin temor. Y Cristo, el mismo Dios que se ha dado por nosotros, nos protegerá y hará retroceder el mal. Es nuestra única —y grande— esperanza.

sábado, 25 de julio de 2009

Marta, mujer de fe

El día 29 de julio celebramos otra gran santa de la Iglesia, santa Marta. El evangelio nos cuenta que los hermanos Marta, María y Lázaro eran amigos íntimos de Jesús. Lo acogían en su casa de Betania y mantuvo con ellos largas conversaciones. Lázaro fue el amigo ante cuya tumba lloró. De María, que le escuchaba sentada a sus pies, Jesús dijo que “había elegido la mejor parte”, elogiando su actitud de escucha al lado del trajín obsequioso de Marta. En las lecturas que mencionan a estos tres hermanos de Betania podemos atisbar la humanidad de Jesús, su trato igualitario con hombres y mujeres, su afecto hacia los amigos.

Mucho se ha hablado de Marta y María, comparando el talante de ambas. Pero no quiero detenerme hoy en la Marta afanosa a la que Jesús reprende con afecto por preocuparse en exceso de los detalles y por perder de vista, en medio del trabajo, lo que es realmente importante.

La Marta en la que quiero fijarme es la mujer de fe que dialoga con Jesús. La mujer que sale corriendo a su encuentro cuando Lázaro ha muerto y que, venciendo su dolor y su tristeza, se aferra a la esperanza.

El diálogo entre Jesús y Marta es impresionante. Jesús la calma: “Tu hermano resucitará”. Marta responde que ella ya cree en la resurrección de los muertos. Pero Jesús va más allá y sondea su fe. “Yo soy la resurrección y la vida y todo aquel que cree en mí no morirá. ¿Crees esto?”. Ya no le pregunta si cree en la vida eterna: le pregunta directamente si cree en él. Y el evangelio pone en labios de Marta unas palabras rotundas, casi idénticas a las que pronuncia el apóstol Pedro el día de su profesión de fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios que tenía que venir”.

Con esta declaración, Marta manifiesta sin dudar su confianza en Jesús. Ya cuando sale a recibirlo, lo expresa con vehemencia: “Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto, pero sé que todo lo que le pidas a Dios, él te lo concederá”. Tras este diálogo breve e intenso, la fe de Marta en Jesús queda confirmada.

Marta, como Pedro, conversa con Jesús y lo reconoce como Hijo de Dios. ¿Qué nos puede enseñar este diálogo a los cristianos de hoy?

Por tradición y por cultura, creemos en nuestra religión, profesamos una fe y aceptamos las verdades que nos han enseñado. Quizás sea relativamente fácil creer en una doctrina o una filosofía acorde con nuestros valores y con aquello que conocemos. Pero el Cristianismo, como no cesan de repetirnos el Papa y los teólogos, no es adhesión a una doctrina o a un ideal, sino a una persona. Jesús nos pregunta, hoy también: “¿Creéis en mí?”

Quizás nuestra fe cristiana palidece y vacila en medio de las oleadas adversas porque hemos perdido de vista lo más importante: que nuestra fe se sustenta, no en un catecismo ni siquiera en la Biblia, sino en el mismo Jesús. Y es en él, como persona, como hombre y como Dios al mismo tiempo, en quien debe centrarse nuestra fe, porque él solo es la fuente donde bebemos alegría, sacamos fuerzas, encontramos la paz.

Una bella oración sería hacer nuestras las palabras de Marta: “Jesús, creo que tú eres el Mesías, el hijo amado de Dios que nos salva. Y sé que todo cuanto le pidas al Padre, te lo concederá”. Pronunciémoslas despacio, con el corazón, con la mente y con toda nuestra atención. Son palabras de fe luminosa que pueden transformarnos y hacer brotar en nosotros el amor y la confianza.

sábado, 18 de julio de 2009

María Magdalena

En estas próximas semanas celebramos la fiesta de dos santas: santa María Magdalena y santa Marta. Fueron dos mujeres muy cercanas a Jesús, que tienen un papel destacado en los evangelios y sobre las que me gustaría reflexionar.

Comenzaré con María Magdalena. De ella he escrito en este blog y en mi librito, Mujeres de Dios. Es un personaje atractivo, para creyentes y no creyentes, que ha inspirado miles de páginas, ensayos y novelas. Alrededor de esta santa, la única, después de María Virgen, que la Iglesia llama inmaculada, se han levantado controversias y leyendas. Incluso han surgido hipótesis muy curiosas, que la rodean de un halo esotérico y mitológico.

Yo quisiera aproximarme a la realidad de esta gran mujer desde una óptica muy sencilla: intentando comprenderla como mujer fiel “que ama mucho” y a la luz de lo que nos cuentan ―y lo que no cuentan, pero sugieren― los evangelios, especialmente el de Juan. En una reciente entrevista en Cataluña Cristiana me preguntaron con qué personaje femenino de la Biblia me sentía más identificada. Y mencioné a María Magdalena, porque, después de la madre de Jesús, es, sin duda, el modelo más hermoso y cercano para todas las mujeres cristianas.

Sanada por el amor

Ninguna mujer puede ser inmaculada desde la concepción, como María de Nazaret, pero sí podemos aspirar, algún día, a alcanzar la limpieza interior y la transparencia de María Magdalena, que fue sanada de cuerpo y espíritu por el perdón y por amar mucho, como dice el evangelio. El amor es fuego que arde y no quema; es la única fuerza que puede lavarnos por dentro y borrar las heridas del mal.

María Magdalena es ejemplo de mujer seguidora de Jesús. Le escucha, se deja curar por él ―dicen los evangelios que le sacó siete demonios―, aporta recursos económicos para el sostenimiento del grupo de los discípulos, le sigue en sus viajes, está presente al pie de la cruz y es la primera a quien se aparece Jesús, ya resucitado. La escena de la aparición es hermosa, pero es mucho más profundo lo que podemos leer entre líneas. Cuán grande debió ser la fidelidad de María Magdalena a su Maestro para ser, ella, la primera en conocer la noticia que cambiaría la historia.

Liderazgo silencioso

Junto con María de Nazaret, María Magdalena es modelo para las mujeres cristianas de hoy. ¿Cuál ha de ser nuestro papel en la Iglesia? Mirémosla a ella: estamos llamadas a apoyar a los sacerdotes en su misión, a participar en las tareas pastorales, colaborando en parroquias y movimientos; a buscar, también, dinero y medios materiales para sostener las obras de la Iglesia; a organizar y aglutinar grupos y comunidades, a lanzar obras humanitarias… ¡Hay tantas cosas que podemos hacer! De hecho, siempre ha sido así. La Iglesia no se podría entender sin el enorme trabajo de mujeres de todas las épocas que la han sostenido y alentado. Han ejercido un liderazgo que algunos, imbuidos por ciertas ideologías, quisieran transformar en instrumento de poder. Yo diría que ha sido un liderazgo quizás silencioso, pero no menos real y auténtico. Porque, en clave cristiana, liderar no es mandar ni dominar, sino servir.

No podemos olvidar otro valor inmenso que la mujer ha sabido aportar de manera especial, no sólo a la Iglesia, sino a la humanidad: la oración. María Magdalena, rezando y llorando ante el sepulcro, es imagen que nos ha de animar a permanecer fieles y a confiar en Dios en medio de las dificultades y tormentas que sacuden nuestra vida. Su llanto es sed de Dios; su presencia allí es esperanza. Y nadie que espera en Dios es defraudado.

La sensibilidad de María Magdalena es estímulo que nos impulsa a amar a los demás, con pasión y con ternura. Su fe, firme como una roca, nos ha de brindar coraje para ser fieles y valientes, como ella lo fue.

domingo, 12 de julio de 2009

Él nos ha destinado a ser sus hijos

Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado… a ser hijos suyos.
Ef 1, 3-14


En el inicio de su carta a los Efesios, Pablo alaba a Dios, con alborozo, admirando una vez más la bondad de un Creador que ha querido que sus criaturas fueran hijas suyas. Y habla de Cristo. Con él la humanidad ha podido ver el rostro de Dios, y gracias a él ha recibido su amor. Pablo no podría escribir estas palabras sin haber vivido en propia carne la experiencia de sentirse profundamente amado y salvado por Jesús.

En la expresión “él nos eligió” no hay que ver señales de preferencia o de elitismo. No hay una casta de elegidos frente al resto de la humanidad. Con estas palabras, Pablo recalca que es Dios, y no el hombre, quien da el primer paso para amar. Se suele decir que las religiones y la espiritualidad son caminos de búsqueda del hombre que tiende hacia la divinidad. El Cristianismo es el camino de Dios que va hacia el encuentro del hombre.

Pablo continúa diciendo que “El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia, ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el misterio de su voluntad”. De nuevo encontramos aquí una gran diferencia entre el Cristianismo y las religiones esotéricas. No es el hombre quien ha de iniciarse, pasando una serie de pruebas y adiestramiento para llegar a conocer a Dios, sino que es Dios mismo quien se muestra, sin enigmas, sin tapujos, porque quiere revelarse así.

¿Y cómo se ha mostrado Dios? De la manera más transparente, más clara y más fácilmente comprensible: a través de su Hijo, Jesús. Con la vida de Jesús nos ha hablado de su bondad; con su muerte nos ha mostrado que el amor no tiene límites; con su resurrección nos ha abierto las puertas de una vida eterna. Jamás el camino hacia el cielo fue tan corto, tan directo y tan seguro. Pero es verdad que muchas personas, ya en su tiempo, no quisieron verlo, y aún hoy son muchos los que rechazan esa imagen, tan nítida, de Dios. Nuestro mundo angustiado y aquejado de vacío vital, trágicamente rechaza la vida plena y gozosa que se le ofrece.

Por eso Pablo quiere subrayar, en su carta a los Efesios, el gozo de ser cristiano, de saberse hijo de Dios, “marcado por Cristo y por el Espíritu Santo”. Esta alegría no ha de servir para ensoberbecernos, sino para espolearnos a vivir imitando a Jesús. Escuchar el evangelio pide algo más que oídos atentos. Requiere, si queremos ser auténticos, seguir los pasos del que hace todo según la voluntad del Padre. Nos exige llevar ese tesoro que hemos recibido a los demás.