domingo, 28 de septiembre de 2008

Tened los sentimientos de Jesús

“Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todo el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.
(Flp 2, 1-6)

Una de las mayores inquietudes de Pablo era la unión en las comunidades cristianas. En sus cartas, insiste una y otra vez en que los fieles se mantengan unidos, con un mismo sentir, fielmente adheridos a Jesús, como los sarmientos a la vid.

Esta forma de pensar es muy contraria al individualismo que se ha expandido por el mundo en los últimos siglos. Hoy día, en que vivimos en una sociedad globalizada y la solidaridad está en boca de muchos, el individualismo persiste, incluso en formas disfrazadas. Por un lado, se difunde la conciencia de que hemos de ser solidarios, de que todo cuanto se hace en un lugar del mundo afecta a todos. Se apela a nuestra responsabilidad. Pero, por otro, muchas corrientes que gozan de gran aceptación nos insisten en esta idea: ámate a ti mismo, pues si no te pones a ti en primer lugar, por encima de todo, nunca podrás amar a los demás. Parece que aquel viejo dicho: “la caridad comienza con uno mismo”, se ha convertido en una norma social.

Recogiendo el mensaje de Pablo, creo que quizás es justamente al revés. La caridad, no comienza, sino que acaba en uno mismo. En primer lugar, el amor, aunque parezca brotar como iniciativa personal, no surge solo de nuestro interior. Amamos porque antes hemos sido amados, porque recibimos amor, porque alguien nos enseñó a querer. En segundo lugar, nos encontramos a nosotros mismos, no cuando vivimos centrados en nuestro ego y en nuestras preocupaciones, sino cuando nos abrimos a las realidades de otros. Puede parecer contradictorio y además es contrario a las filosofías imperantes, pero estoy convencida de que una persona llega a amarse a sí misma cuando comienza a amar a los demás.

¿Por qué esto es así? Pablo es muy transparente en su discurso: “Tened entre vosotros los sentimientos de Jesús”, dice. ¿Cuáles fueron los sentimientos de Jesús? Su vida es el mejor ejemplo: Jesús siempre antepuso el bien de los demás al suyo propio. Antepuso la salud y la alegría de sus gentes a su descanso; predicó incansable, alimentó con pan y con sus palabras a multitudes, olvidando su reposo y comodidad. Y educó a sus discípulos para que crecieran humana y espiritualmente, para que formaran un grupo compacto, fiel, donde prevaleciera el servicio por encima del poder y el afán de dominar.

¿Significa esto renunciar a la propia personalidad? ¿A la libertad personal? No, en absoluto. La persona que se vuelca en ayudar y amar a su prójimo descubre cuál es su auténtica identidad, se reconoce a sí misma y comienza a quererse y a respetarse más. Recupera una autoestima sana, sin hinchazón del ego y sin encogimiento del alma. Y es a partir de esta actitud como una comunidad humana se forja, se cohesiona y crece. Es a partir de ahí que el mundo puede comenzar a cambiar.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Mi vida es Cristo

Comentario a la carta a los filipenses (Flp, 1, 20c-24.27a)

“Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger… por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor. Por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo”.

La ciudad de Filipos fue el primer punto de Europa donde se fundó una comunidad cristiana. Fue una comunidad muy fiel y amada por el apóstol, y la única de la que aceptó recibir ayuda económica. La carta a los Filipenses fue escrita desde la prisión, en Roma. En ella, Pablo desvela su corazón y exhorta a los miembros de la comunidad a continuar siendo fieles y a poner en el centro de sus vidas a Cristo.

En esta lectura vemos la dinámica interior de Pablo y un atisbo de su intensa experiencia mística de unión con Cristo. Son muchos los santos que han pronunciado palabras semejantes: para ellos Cristo lo es todo. Tanto, que ansían morir para reunirse con él definitivamente. Recordemos aquellos versos de santa Teresa:

Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor
que me quiso para sí.

Pero Pablo es realista y responsable. Sabe que su vida en esta tierra es útil para muchos, que su trabajo puede ayudar a muchas personas a acercarse a Dios. De ahí que sienta ese dilema interior que expresa con toda confianza a la comunidad de Filipos.

Estas palabras nos dan qué pensar. ¿Seríamos capaces nosotros, cristianos de hoy, de pronunciarlas? ¿Es Cristo lo más importante para nosotros? Me parece que para la mayoría no es así. Es más o menos importante, pero no es el centro de nuestra existencia. Amamos la vida mortal, nos aferramos a ella y a muchas otras cosas, y Jesús está en lugar secundario, cuando no en el último lugar. Parece que Dios es el último recurso cuando todo lo demás falla y sólo recurrimos a él en tiempos de penuria y desesperación. Para Pablo no es así: Dios es lo primero. Su vida gira alrededor de Jesús y de ese amor que lo ha atrapado, que lo llena y lo mueve.

¿Qué podemos hacer? Muchas personas pueden objetar que Pablo vivió una experiencia mística de proximidad con Jesús, por eso podía hablar de esta manera. Pero no olvidemos que todos los cristianos estamos llamados a esa misma santidad. No se trata de perseguir experiencias sobrenaturales, sino de buscar la unión con Jesús, ¡y lo tenemos tan fácil! El evangelio nos recuerda que en nuestros hermanos encontramos a Dios. Y cada domingo, en la misa, podemos reunirnos con el mismo Jesús, a quien recibimos, no a nuestro lado, sino en nuestro interior.

“Lo importante es que llevéis una vida digna del Evangelio”, acaba Pablo. En esta frase encontramos toda la orientación que necesitamos. ¿Y qué es una vida digna del evangelio? Quizás lo primero es creernos esa buena noticia y alimentarnos de ella. Dios nos ama y nos hace sus hijos. Nos ama con tal locura que da su propia vida por nosotros, en Jesús. Dios se nos hace cercano, se mete en nuestro corazón. ¿Somos conscientes de esto? Las consecuencias son tan enormes que sólo esto basta para transformar una vida entera. Cuando alguien se siente amado y tocado por la mano de Dios ya nada es igual.

domingo, 14 de septiembre de 2008

Cuando Dios se abaja

Comentario a la carta de San Pablo a los filipenses (Flp, 2, 6-11))
"Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo... Y así, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz..."

Esta lectura de hoy es un auténtico puñetazo a nuestra prepotencia. En un momento en que la humanidad parece más cerca que nunca de dominar el mundo y desentrañar las fuerzas del universo, San Pablo nos pone ante los ojos la imagen de un Dios que se humilla.

La dinámica del ser humano es bien diferente a la de Dios. A lo largo de la historia, a medida que las civilizaciones progresan, la tendencia del hombre es la misma: apartar a Dios y erigirse como centro del mundo y la creación. La ciencia suplanta la fe, el bienestar material desplaza el crecimiento espiritual. Todas estas realidades son buenas y necesarias, y pueden muy bien convivir, pero algunas ideologías se empeñan en convencernos de que Dios sobra cuando el hombre adquiere tantos conocimientos y poder. Parece que su presencia, su mera existencia, es una amenaza a nuestra libertad. Así lo han difundido diversas corrientes de pensamiento que aún hoy influyen en muchas personas.

Hoy, en medio de una cultura global y tecnológica, el culto a la personalidad propia, a la religión del “sí mismo”, suplanta la adoración a Dios. Pero basta con abrir los ojos para comprender que esta forma de pensar no está dando buenos frutos. Junto a los grandes avances científicos y técnicos, topamos continuamente con una humanidad que sigue movida por los mismos egoísmos, instintos destructivos y avidez de poder que en épocas inmemoriales. Sin valores sólidos y sin fe, nuestra civilización va a la deriva.

Junto al hombre que se deifica, Pablo nos presenta al Dios que se empequeñece. Jesús, siendo Hijo de Dios, teniendo fuerza y poder, renuncia a él y se abaja, hasta el punto de dejarse apresar, condenar y matar de forma inicua. ¿Puede haber mayor pobreza, mayor debilidad e impotencia, que la de aquel que renuncia a defenderse y acepta su muerte?

Así lo hizo Jesús, movido únicamente por su amor. Amor al Padre, desbordante de misericordia, que en su respeto infinito hacia los hombres no levanta su mano contra ellos, ni siquiera ante las iniquidades. Y amor, no sólo hacia los suyos, que le abandonaron cobardemente, sino hacia todos. Incluso hacia sus enemigos, hacia sus verdugos. Jesús murió perdonándoles. No sólo predicó una enseñanza novedosa y radical, que rebasaba toda ley: vivió en propia carne hasta la última palabra de su mensaje.

Pero su muerte no fue en vano. Pablo acaba: “Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre”. ¡Esta es la esperanza cristiana! Adherirnos a Dios, amar sin condiciones, nos comportará dolor y humillación, como al mismo Jesús. Pero, ¿qué hace Dios con aquel que le ama hasta el límite? La respuesta de Dios ante la muerte es mucho más que devolver la vida: es la resurrección. Una vida nueva y eterna, incomparablemente más bella y plena que la vida mortal. Esta vida es, para nosotros, una promesa. Si seguimos los pasos de Jesús, amando hasta darlo todo, sabemos que será cumplida.

domingo, 7 de septiembre de 2008

La ley es el amor

“A nadie le debáis nada, más que amor, porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley” Rm 13, 8-10

En este breve párrafo, Pablo condensa casi todo el mensaje de Jesús: un mensaje de amor. La humanidad, desde muy antiguo, ha venido elaborando leyes para facilitar la convivencia y proteger a las personas más débiles. Los diez mandamientos son un magnífico ejemplo. Los derechos humanos son otro. En ellos laten una sensibilidad y un gran respeto hacia la realidad de la persona humana.

Más allá de la ley

Pero Jesús fue mucho más lejos que la ley y los cristianos, ayer y hoy, estamos llamados a superar en mucho las normas y leyes humanas. No se trata de saltárselas, sino de dar más. Podríamos decir que los derechos naturales son un nivel básico, forman esa ética de mínimos que garantiza una concordia social. Pero los cristianos hemos de ofrecer algo más que respeto o tolerancia: hemos de dar amor.

En el amor se contienen todos los mandamientos, todos los derechos, toda la humanidad de la ley. Quien ama, dice san Pablo, no hace daño al prójimo. Y no sólo esto: quien ama está dando vida, ánimo, entusiasmo, soporte y alegría a los demás. Quien ama está haciendo mucho más que cumplir como buen ciudadano. Quien ama se deja la piel, y el corazón, por hacer que la vida de cuantos le rodean sea un poco mejor, más bella, más digna.

Por eso dice Pablo, haciéndose eco de las palabras de Jesús, que amar es cumplir toda la ley. Quien ama no necesita más, pues rebasa todos los mandamientos. San Agustín lo dice con su célebre frase: “Ama y haz lo que quieras”.

Una civilización del amor

Cuando la Iglesia habla de expandir una civilización del amor se refiere justamente a esto. Nuestros países occidentales hablan de difundir la democracia y el bienestar, las libertades, los derechos… Los cristianos hablamos de difundir una civilización del amor. ¿Parece utópico? No, si tenemos en cuenta que esta civilización comienza en casa, en nosotros mismos, en nuestra vida de cada día. Casi lo único que podemos cambiar es nuestra propia forma de hacer, ¡y ese cambio ya puede producir milagros!

Por otra parte, seamos realistas. Sin amor, las leyes humanas y la justicia nunca cuajarán. Los derechos de la persona se corrompen y se diluyen si no hay unos valores y convicciones profundas que los sustenten. Muchas personas argumentan que lo primero es la justicia y el derecho. No. Lo primero es el amor. Y del amor surgirá el resto. Las leyes faltas de amor y respeto profundo a la realidad de la persona acaban siendo letra muerta, incluso letra falsa, que sólo sirve como instrumento de propaganda y de poder.

De ahí la importancia y la enorme responsabilidad de los cristianos. Amar no es obligatorio, claro… pero sí es un mandamiento en el sentido hebreo de la palabra: es una urgencia, una necesidad, un apremio. Así lo entendió Jesús, cuyo mensaje siempre converge ahí. Así lo entendieron Pablo y tantísimos santos. El mundo necesita, desesperadamente, amor. Y la misión de cada cristiano no es otra que ésta: recibir el amor de Dios y verterlo en el mundo.

domingo, 31 de agosto de 2008

El mejor culto

Comentario a la carta de San Pablo a los romanos (Ro 12, 1-2)

La ofrenda más agradable

“Os exhorto, hermanos, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, éste es vuestro culto razonable”.

En esta frase, san Pablo nos está diciendo muchas más cosas de lo que puede parecer, y de consecuencias enormes. La primera de todas es que nos invita a presentar nuestros cuerpos como ofrenda, como hostia viva. Nos está llamando a imitar al mismo Cristo, que se ofreció, en cuerpo y alma. Parece muy osado, pero esta es la vocación de todo cristiano: llegar a entregarse, como el mismo Jesús. Y no sólo de corazón, sino en cuerpo entero. Es decir, que nuestra fe no se ha de limitar a creer, pensar y sentir, sino a comprometer toda nuestra vida, traduciendo nuestra convicción en obras.

Añade al final: “éste es vuestro culto razonable”. Este es el culto que agrada a Dios. Atrás quedan las religiones ritualistas, que buscan complacer a la divinidad mediante ostentosos sacrificios. Atrás quedan las ofrendas de oro, plata y animales. La gran ofrenda, el mejor culto que podemos rendir a Dios, es ofrecernos a nosotros mismos. Porque Dios, finalmente, más que ritos ni ceremonias, busca nuestro corazón, deseoso de nuestro amor. Así lo entendió Jesús, ofreciéndose a sí mismo hasta morir.

El ofrecimiento a Dios es mucho más que un gesto íntimo. El amor a Dios, en la fe cristiana, no se entiende si no se materializa en amor a los demás. Por tanto, esa entrega a Dios comporta una entrega a las personas: vivir velando por su bien, por su alegría, por su dignidad. El mejor culto a Dios es amar y servir a los que tenemos a nuestro alrededor.

Renovar nuestra mente

Y continúa san Pablo: “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”.

Esta frase es un aldabonazo a nuestra conciencia. Vivimos en una sociedad que ensalza el relativismo y rechaza la perfección. Todo está bien, todo es según como se mire… No hay verdades absolutas, el hombre es libre y nadie tiene que dictarle lo que es bueno o malo, sino su propio albedrío. Realmente, San Pablo va a contracorriente de lo que predica “el mundo”. Su advertencia es tan vigente hoy como hace dos mil años: “no os ajustéis al mundo”. Es decir, no os dejéis arrastrar por las corrientes y las modas imperantes, que olvidan a Dios y ensalzan el culto a uno mismo. Para ello, resulta necesaria esa renovación de la mente, una profunda limpieza interior para liberarnos de toda clase de influencias y dilucidar, en el silencio, qué es bueno a los ojos de Dios.

Muchas personas pueden objetar que esta exhortación es peligrosa: tras ella, pueden esconderse deseos de poder sobre la conciencia humana y un afán de lavar cerebros. Es una acusación que se vierte sobre la Iglesia, una y otra vez. Pero, ¿realmente es imposible distinguir el bien del mal? ¿Está tan alejada la conciencia humana de la visión de Dios?

Creo que, si ahondamos en lo más profundo de la naturaleza humana, encontraremos que en ella hay mucho de Dios. Descubriremos que, detrás de todo el poso cultural y filosófico que tapa el alma de las personas, existe un fondo luminoso, anhelante de libertad, de belleza, de amor y de generosidad. No es descabellado pensar que, en lo más genuino de sí, en sus impulsos más íntimos y auténticos, la persona siempre acaba reflejando a su Creador. Por eso, una conciencia limpia y profunda sabe discernir bien qué agrada a Dios, qué es acorde a la naturaleza divina y humana, qué es bueno y qué no lo es.

Hoy, muchos autores hablan de la potencia de la mente, capaz de hacer verdaderos milagros. Sí, nuestra mente es un gran don de Dios, un talento que aún nos falta por explorar. Pero no se trata de utilizarla con fines tortuosos y egoístas. Pablo nos habla de “renovación” y de discernimiento. De ahí la importancia de orar, reflexionar y hacer silencio, pues en el sosiego será donde podremos escuchar y comprender la voz de Dios.

domingo, 24 de agosto de 2008

¿Quién es Jesús para nosotros?

A propósito del evangelio de hoy, en que Pedro proclama a Jesús como Hijo de Dios vivo, he estado leyendo una interesante conferencia de Mons. Angelo Amato, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sobre la Cristología Católica. Ha sido muy esclarecedora para comprender las diferentes interpretaciones sobre la figura de Cristo que se han dado a lo largo de la historia, según las tendencias filosóficas de cada momento, así como la magnífica síntesis que ofrece el Papa en su libro Jesús de Nazaret.

Jesús, mucho más que un maestro bueno

¿Quién es Jesús para los cristianos de hoy? ¿Quién es Jesús para mí? No me sorprende mucho constatar que para muchas personas, incluso cristianas, Jesús fue un gran profeta, un sanador, un revolucionario, un pacifista, un místico… Uno más entre un elenco de grandes personajes iluminadores de la historia. Incluso para muchas personas creyentes y con inquietud religiosa Jesús forma parte de una supuesta tradición de “mesías”, cuya apoteosis aún no ha llegado, y que llegará cuando se manifieste otro Cristo definitivo, que algunos autores definen como la plenitud personal y la divinización de cada individuo. En estas creencias se ve claramente la huella del racionalismo, del relativismo filosófico y de las corrientes de la New Age, que valoran a Jesús simplemente como hombre extraordinario con una hermosa doctrina sobre el amor.

Pero que Jesús sea Dios, con todas las consecuencias, eso ya nos cuesta más de creer. Aceptamos la humanidad de Cristo, pero nos resistimos a aceptar su divinidad. De la misma manera, opinamos que el Cristianismo es una religión más, y que cualquier otra es un camino igualmente válido hacia Dios. Nos parece que la doctrina de la Iglesia, que afirma que Jesús es el camino más directo para la salvación, es fundamentalista y demasiado radical. Incluso nos avergüenza que la Iglesia –nuestra Iglesia― pueda arrogarse tal privilegio. Sin embargo, en la Declaración Dominus Iesu, se precisa que, aunque el Cristianismo sea la vía más clara, otros credos también pueden ofrecer alternativas válidas siempre que en su fuente y núcleo acojan la encarnación de la palabra de Dios.

Sí, los propios cristianos estamos muy influenciados por estas corrientes relativistas que nos hacen avergonzarnos de nuestra fe y vacilar ante nuestras creencias. Tememos ser tachados de fanáticos y reaccionarios y olvidamos que nuestra fe es mucho más que una doctrina, y que las verdades que proclama la Iglesia no son un conjunto de leyes rígidas, sino el fruto de una intensa vivencia de Dios, que arranca del mismo Jesús.

La fe, regalo de Dios

Pedro, que era un pescador, hombre sencillo de pueblo, sin formación teológica y posiblemente iletrado, no tuvo dudas. Cuando Jesús le preguntó, contestó sin vacilación alguna: “¡Tú eres el Hijo de Dios vivo!” ¿Tanto nos cuesta a los cristianos de hoy, que tenemos muchísimos más conocimientos religiosos, llegar a esta afirmación?

Podemos objetar que Pedro conoció a Jesús, en persona. ¡A él le resultaba más fácil creer! Este argumento no se sostiene. En tiempos de Jesús también hubo incrédulos. Muchos que lo conocieron, escucharon sus predicaciones y contemplaron sus milagros, tampoco creyeron en él. En la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, el rico abismado en los infiernos ruega a Abraham que envíe a Lázaro a sus parientes, para que los avise y así se conviertan. Y Abraham responde: “Si no creyeron a los vivos, ni a un muerto resucitado van a creer”. También me resuenan aquellas sentencias de Jesús: “¡Ay de ti Corazaín, ay de ti, Betsaida! Porque muchos antes que vosotros quisieron ver y oír lo que ahora veis, y no obstante creyeron; y vosotros, que habéis visto y oído, no creéis” (Mt 11, 21) ¿Seremos los cristianos de hoy duros de corazón, como los habitantes de aquellas ciudades?

La fe no es cuestión de ver y oír. Es una vivencia íntima, pero yo diría que ni siquiera procede de una experiencia concreta, sino que es un regalo de Dios. “Dichoso tú, Pedro hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado hombre alguno, sino mi Padre”. La fe procede de Dios, y es él quien nos abre los ojos del alma para creer. Fue su Espíritu quien inspiró a Pedro esas palabras, salidas del corazón y de una convicción profunda y auténtica.

La oración, fuente de fe

Alguien puede replicar: bien, si la fe es un regalo de Dios… entonces Dios puede regalarla a quien quiera. ¿Qué sucede si yo no la recibo? ¿Debo esperar a que llueva del cielo? ¿Es la fe un obsequio reservado a unos pocos privilegiados?

De nuevo encontramos respuestas si miramos a las personas de mucha fe, a los santos, al mismo Pedro y a los apóstoles. Ellos eran gente corriente, como cualquiera de nosotros. Dios quiere dispensar la fe y sus dones a todo el mundo. “Hace llover y hace salir el sol sobre justos y pecadores”. Pero no todos están dispuestos a recibirla. Recordemos la parábola del sembrador: la semilla de Dios no cuaja en todos los corazones. Muchos incluso rechazan ese don. ¿Qué hacer entonces para abrir nuestro espíritu? Recuerdo ahora las palabras de una gran mujer, también firme creyente: “La fe, es la oración la que nos la da”. ¡Tan simple, y tan cierto! “Pedid y se os dará”. Si pedimos a Dios que nos dé fe, ¿cómo dudar que nos la concederá, a manos llenas?

Quizás a los cristianos de hoy nos falta justamente esto: oración. Nos falta tiempo de permanecer ante Dios, de refugiarnos en sus brazos, de exponerle nuestras dudas e inquietudes, y de pedirle aquello que necesitamos. Orar, decía santa Teresa, es tratar en la intimidad con el amigo que nos ama. Si en nuestras relaciones humanas necesitamos tiempo para el diálogo y el encuentro con los seres amados, también lo necesitamos con Dios. Cuanto más tiempo compartimos con los amigos, más confiamos en ellos. Así, el tiempo dedicado a la oración nos permitirá ahondar en la amistad con Dios y la fe, con la confianza, brotará sola.

domingo, 17 de agosto de 2008

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables

Rm 11, 13-15. 29-32


Un don que marca para siempre

Esta lectura de San Pablo tiene como trasfondo una tristeza y una preocupación del apóstol. Siendo judío, lamenta que los de su pueblo y religión rechacen a Cristo y su mensaje. Mientras que cada vez son más los gentiles –extranjeros– que acogen el evangelio de Jesús, los judíos se muestran hostiles.

Pablo mismo había sido un celoso devoto, practicante de la Ley, y reconoce su valor. La fe hebrea es la raíz y sustento del Cristianismo. Pero Jesús lleva esta fe mucho más allá de la esperanza en unas promesas. Es su identidad con el Padre lo que rechazan muchos judíos. No pueden admitir, como señala el Papa en su libro Jesús de Nazaret, que Jesús se identifique con Dios mismo, con la Ley, con el Reino de los Cielos. Pueden aceptar que sea un profeta, pero rehúsan que sea hijo de Dios.

Pablo, que también era reticente, fue alcanzado por el amor de Cristo. La experiencia que cambió su vida lo marcó para siempre. Esa sacudida interior late en sus palabras cuando dice: “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables”.

¡Tremenda frase! Cuando alguien es llamado por Dios, ya nada será igual que antes. La persona llamada queda marcada con un sello indeleble. No es una marca de esclavitud, sino una herida luminosa, como la han llamado muchos místicos, una llaga de amor, que enciende en el alma una hoguera inextinguible.

Tras esa llamada, la vuelta atrás sería la misma muerte. En cambio, acogerla y seguirla es, en palabras de Pablo, “volver de la muerte a la vida”. Rebelarse contra Dios es morir; reconciliarse con él es renacer a otra vida más plena.

Misericordia infinita

El apóstol continúa hablando de la rebeldía humana y de la misericordia de Dios. Muchas personas pueden ser reacias a esta palabra, misericordia, considerándola sinónimo de blandura, condescendencia y beatería. Pero ahondemos en su significado genuino. Misericorde es el corazón capaz de conmoverse, de vibrar, de sentir ternura, de entusiasmarse ante la alegría y de llorar con las penas. Misericordia es la cualidad de las almas sensibles, delicadas, abiertas, rebosantes de amor. Así es el corazón de Dios.