lunes, 20 de marzo de 2006

Eva, la primera

Hoy me atrevo a abordar el personaje de Eva, la primera mujer, co-protagonista de uno de los primeros y más célebres episodios bíblicos. Lo hago a sabiendas que se trata de un personaje controvertido que para muchos, desde los más conservadores hasta las más avanzadas feministas, dista mucho de ser un modelo.

Es mucha la literatura que ha suscitado Eva. Encontramos las interpretaciones de muchas abanderadas del feminismo postmoderno, que comparan a la victimizada y sometida Eva con la mucho más sutil y emancipada Lilith. De otra índole es toda la tinta vertida en torno al mito de la mujer fatal, nacido de un pensamiento decadente con raíces mucho más antiguas, que considera a la mujer como fuente de todo mal y perversión, poco menos que un diablo seductor con garras escondidas, que atrae a los hombres hasta su perdición.

Víctima o rebelde, seductora o engañada, compañera del hombre y madre, Eva se presenta como un símbolo de la feminidad. Quisiera dar un enfoque sobre ella inspirándome en diversos teólogos y pensadores cristianos que, en consonancia con la encíclica Mulieris Dignitatem, de Juan Pablo II, han dado una interpretación original y poco difundida sobre su figura.

El primer ser humano

Dicen muchos teólogos que Eva es el arquetipo de la humanidad. Es más, yo añadiría que se erige en el prototipo de la humanidad que despierta a la conciencia. Eva es creada por Dios. Como Adán, su compañero, dialoga con él y es a ella a quien el diablo se dirige para ofrecerle una alternativa al paraíso que Dios les ha brindado. ¿Por qué es a ella a quien escoge el maligno? No es porque sea la más débil o la más ingenua, sino porque sabe que ella es inteligente, sabe razonar y tiene mayor poder para decidir, por encima del hombre. Por ello Eva se presenta como símbolo de la humanidad libre, capaz de discernir.

Por otra parte, el nombre Eva, en hebreo significa Vida. Eva personifica la vida humana sobre la tierra.

Una actitud muy humana

La serpiente, muy sibilina, sabe cómo tentar a la mujer. Le ofrece sabiduría, poder y libertad sin límites. Eva recoge en sí aspiraciones muy profundas del corazón de la persona. Su actitud, de curiosa y atenta escucha a las proposiciones del diablo, es sin duda muy humana. El afán de saber y de poseer cada vez más parece que es algo connatural al ser humano. Pero algo viene a torcerlo todo.

La Biblia nos relata que, en el paraíso, Adán y Eva tenían todo cuanto necesitaban. Podían vivir felices, despreocupados, desnudos en una limpia inocencia, alimentados y cuidados por la mano providente de Dios. Nada les faltaba. Ni siquiera la compañía, su amor mutuo y la amistad, entrañable, con su mismo Creador. Dios paseaba con ellos y conversaba, a la caída de la tarde, por los vergeles del paraíso…

No obstante, aún en medio de la plenitud, algo viene a turbar esta paz. El diablo no puede negar que Eva disfruta de muchos bienes. Pero le ofrece algo que no posee: el poder ilimitado. ¿Por qué Dios les prohíbe tocar los frutos del árbol de la ciencia? ¿Por qué Dios les impone una limitación? Ni Eva ni Adán son dioses. No han creado el mundo ni se han creado a si mismos. Pero el demonio les hace creer que, sin ser Dios, pueden obtener su mismo poder.

De pronto, Eva pierde la perspectiva, inducida por las palabras dulces y astutas de la serpiente. Ésta la aturde, la confunde y le hace creer que es lo que no es: una diosa, autosuficiente y omnipotente. Es la dulce embriaguez del ser humano que, consciente de su valía y ensoberbecido ante su saber y su potencial, cree no tener límites y se equipara al mismo Dios. La actitud del hombre endiosado es muy frecuente, y hoy especialmente es alentada por el progreso científico y tecnológico.

La desconfianza, raíz de la caída

Para tentar a Eva, el diablo recurre a la más sutil de las armas: la desconfianza. Es ese sutil veneno que va infiltrando en el corazón de Eva, la mujer, imbuida por promesas de una mayor plenitud y fascinada ante la posibilidad de rivalizar con el mismo Dios. ¿Cómo lograr que Eva escuche al tentador? Provocando su recelo. Tal vez Dios te engaña. Tal vez no desea tu bien, sino tu sumisión. Tal vez te está prohibiendo algo para evitar que crezcas, que seas mayor, que seas más tú misma… Finalmente, el maligno consigue que Eva desconfíe de aquel que más la ha amado, de aquel que la ha creado y le ha dado la existencia, con todo su amor y ternura. La desconfianza es la raíz de la ruptura. Brota en el corazón de Eva, después en el de Adán, y acaba resquebrajando la amistad entre ellos y Dios.

El relato bíblico no hace más que reflejar una realidad constante en la historia de la humanidad. Allí donde anida la sospecha se rompen las relaciones, se desvirtúa la amistad, se pervierte el amor. Se quebrantan los vínculos y surgen los conflictos, la guerra y la muerte. Tal vez el primer pecado, o el primer error de Eva, no fuera otro que éste: la desconfianza.

Desconfiar de aquellos que nos quieren bien nos conduce a una situación trágica de dolor, de ruptura y de temor. Así lo vivieron, según el relato bíblico, Adán y Eva, una vez cayeron ante la invitación de la serpiente. El pecado no fue comer la manzana en si, sino llegar a desconfiar del mismo Dios que les había dado la vida. Golpearon de muerte una bella amistad. Por esto la Biblia dice que Adán se sintió avergonzado y tuvo que cubrirse, consciente de haber perdido la inocencia, que no era otra cosa que la confianza total e incondicional en su Creador.

La fuerza que sobrevive

Pero Dios siempre es mayor que el mal. Y la mujer, criatura de Dios, tiene una fuerza en si capaz de vencer el mal, aunque deba arrastrar sobre sus espaldas todo el dolor del mundo. Así, Dios se dirige a Eva y la advierte. Conocerá el dolor y sufrirá para alimentar a los suyos. Su vida se convertirá en una lucha constante contra el mal. A pesar de todo, la mujer se levantará una y otra vez y seguirá luchando. Es en el breve final del episodio bíblico cuando Eva –la mujer –se nos presenta con mayor fuerza dramática. La serpiente te morderá y tú la herirás con el talón. El mal siempre acechará a la humanidad, como vemos cada día. Pero la mujer siempre levantará su mano, su voz y su corazón, para luchar por la vida. Eva se convierte en emblema de la mujer luchadora que, día tras día, persiste en su empeño para sobrevivir a la muerte y la destrucción. Y Dios, pese a su alejamiento por desconfianza, nunca dejará de estar a su lado, peleando con ella. Esta figura de la mujer combatiente preludia la imagen de María, la salvadora, junto a su hijo Jesús. Eva es la mujer que agoniza en la contienda, sin rendirse. María se convertirá en el signo de la mujer victoriosa, porque, a diferencia de Eva, ella sí ha confiado en Dios y ha puesto su vida en sus manos.

viernes, 24 de febrero de 2006

Abigail

Tener el valor de afrontar las culpas de otros

La historia de Abigail forma parte de la azarosa vida del rey David. En una época en que David y su ejército campaban por el desierto de Maón, junto al monte Carmelo, éste pidió ayuda y provisiones a un rico hacendado, Nabal, cuyos rebaños pastaban en la región. El relato cuenta que los hombres de David habían respetado en todo momento a los pastores y a su ganado, sin causarles daño. En cambio Nabal, del que se dice era hombre ambicioso y necio, despidió a los enviados de David con cajas destempladas, despreciándolos y negándoles alimento alguno. La reacción de David no se hace esperar. Enfurecido, decide lanzar a sus guerreros contra Nabal y sus posesiones, dispuesto a exterminarlo a él y a toda su gente. Es entonces cuando interviene la esposa de Nabal, Abigail, a escondidas de su marido.

Abigail sale al encuentro de David y su tropa con una comitiva cargada de alimentos. La Biblia nos cuenta que era una mujer hermosa y que actuaba con prestancia. Su gesto y sus palabras consiguen aplacar la ira del futuro rey. David queda admirado ante la serena firmeza de Abigail, quien le ruega disculpe a su marido y le suplica que respete sus tierras y sus propiedades. Y así lo hace, en atención a esta mujer hospitalaria y valerosa. Años más tarde, Abigail se quedaría viuda y pasaría a ser una más de las esposas del rey David.

Como tantas historias bíblicas, hay en ésta muchos aspectos polémicos e interpretables de modos contradictorios. No podemos juzgar el relato con nuestros criterios y valores actuales. De Abigail, mujer que la Biblia ha distinguido como admirable, destacaría dos cualidades especialmente valiosas para las mujeres de hoy.

La hospitalidad

Dejando a parte el temor ante la amenaza de David y sus hombres armados, en Abigail encontramos una actitud diametralmente opuesta a la de su esposo. Nabal es el hombre rico, celoso de sus posesiones y desconfiado. No se apiada de los forasteros que le piden ayuda. Abigail actúa de modo diferente. No sólo responde a la amenaza de David, sino que se muestra generosa y espléndida. La suya es la actitud de la mujer acogedora y hospitalaria, compasiva ante los de afuera. Es la actitud tan propia de muchas mujeres que siempre están dispuestas a acoger y ayudar, sin temer perder nada de sus posesiones. Justamente por su generosidad, Abigail salva su hacienda y las pertenencias de su esposo.

Trasladando este gesto a un plano espiritual, Dios siempre responde con magnanimidad ante cualquier gesto desprendido y compasivo que mostramos hacia los demás. Su medida es el ciento por el uno. La generosidad nunca queda sin recompensa.

Saber asumir los errores ajenos

Este punto es más polémico. Abigail asume la culpa de su marido y su actitud reprobable. Consciente de ello, intenta paliarla y resarcir a los perjudicados por su desplante. Hoy muchos podríamos decir: ¿Por qué cargar con las culpas de otros? ¿No es algo contraproducente e insensato, cuando bastante tenemos con intentar liberarnos de las propias? Muchos psicólogos dirían que hemos vencer el constante sentimiento de culpa que nos oprime. ¿Cómo va a ser loable asumir los defectos de la otra persona? ¿No corremos el riesgo de convertirnos en víctimas y perder toda nuestra autoestima?

Abigail, en realidad, no nos llama a culpabilizarnos ni a caer en una neurosis. La suya es la actitud del que se responsabiliza de las personas que tiene a su cargo y que forman parte de su vida. No es víctima, sino responsable. Vemos que Abigail diverge radicalmente de su esposo: ella no comparte su forma de pensar ni de actuar. Pero no se desentiende de él ni de las consecuencias de sus actos, y toma medidas. Así ocurre con tantas madres, esposas, compañeras de trabajo, amigas… que, por pura lealtad y libremente, aceptan que trabajar y convivir con otros supone también asumir sus errores. Llegado el momento, tienen el coraje de recoger las equivocaciones de los demás, aceptarlas e intentar recomponer tantas situaciones rotas o tantos malentendidos. Abigail es mediadora y reconciliadora. Y en esto demuestra no sólo que es una buena persona, sino que sigue siendo leal a su esposo, aunque sea un cretino avaricioso.

Ser responsables y apoyar a los que están a nuestro alrededor, aunque se equivoquen, requiere una gran madurez humana. Y asumir sus errores con ellos, intentando compensar el daño causado, no debe confundirse con el victimismo o con las actitudes resignadas y mártires. Es, en realidad, un acto de valor y de profunda fidelidad. Las personas que practican esta virtud, como Abigail, saben hacerlo con elegancia y compostura, sin perder un ápice de su dignidad.

domingo, 29 de enero de 2006

Judith, ir de cabeza al problema

A la hora de sentarme a escribir sobre Judith, se me plantea todo un reto. ¿Qué nos puede decir a las mujeres de hoy una mujer judía, que vivió hace tres mil años, que se introdujo en medio de un campamento militar enemigo, sedujo a su capitán y, una vez en su tienda, le cortó la cabeza de un tajo, a sangre fría? La historia es tan sobrecogedora y brutal que Judith se nos aparece como un personaje mítico y lejano, con tintes heroicos, pero muy alejada de toda mentalidad civilizada que rechaza la violencia.

Pero Judith, pese al paso de los siglos y al cambio de mentalidad, sigue siendo un modelo de mujer fuerte y admirable para muchos. En un momento de desánimo del pueblo judío, acosado por sus enemigos y sin fuerzas para liberarse, una mujer, sola, en compañía de su sirvienta, reúne el valor y la audacia para atacar al enemigo. Y lo hará empleando sus armas más sibilinas: la astucia, las artimañas femeninas, el engaño y, finalmente, el golpe a traición. Su actuación es definitiva. Descabezado el enemigo, Israel reúne las fuerzas –físicas y morales –para combatir a sus adversarios y logra la victoria sobre ellos.

La mujer intrépida
Al menos dos cosas podemos aprender de esta mujer extraordinaria. En primer lugar, su intrepidez. Judith es una mujer intrépida –palabra cuyo significado es que no tiembla. No se tambalea ni vacila ante el peligro, pues sabe que su misión y la salvación de los suyos están ante todo. Así defienden las madres a sus hijos y a su familia, a uñas y dientes. Así las personas coherentes con sus valores defienden lo que más aman. Aunque todo el mundo las abandone, ellas cuentan con su fuerza interior –en este caso, la fe en Dios –que las hace enfrentarse a cualquier peligro. Judith no espera el apoyo de los suyos. Pero traza sus planes cuidadosamente, tampoco es una insensata. Prepara su ataque y cuida cada detalle para asegurar, al máximo, el éxito en su sangrienta misión. Por tanto, Judith es una luchadora, llena de coraje pero también reflexiva. Actúa movida por el corazón, pero utilizando la cabeza.

Ir a la raíz del problema
La segunda cosa que podríamos tomar como lección no es, por supuesto, el hecho de asesinar cruelmente a un enemigo. La vida de cualquier persona es sagrada y jamás la consecución de nuestras metas debería suponer la muerte o la desgracia de nadie. Pero, haciendo una lectura simbólica del gesto de Judith, vemos en ella a la mujer que va directa al problema y lo ataca de cabeza. Como reza el dicho popular, “ataca al toro por los cuernos”. Judith nos enseña a mirar cara a cara los problemas que nos embisten cada día y que, muchas veces, como al pueblo de Israel, nos abruman y nos deprimen. Nos encogemos ante ellos y preferimos vivir aplastados bajo las dificultades. Judith no teme contemplar al enemigo a los ojos. Sabe discernir la situación con lucidez y se decide a atajar el mal de raíz, de forma contundente y definitiva. Ante un problema o dificultad, esa es una manera sabia de actuar. Se trata de saber verlo con claridad, sin temor, estudiarlo con detenimiento y planear con fría serenidad la manera de resolverlo definitivamente, aunque a veces la mejor solución no siempre es la más cómoda y fácil.

Hoy día, muchas personas vivimos en un estado de relativo bienestar y comodidad que aletarga nuestra capacidad de reacción y nuestra inteligencia natural. Cualquier dificultad o problema añadido a la complejidad diaria de nuestra vida nos hunde y nos desconcierta. Judith es un revulsivo que nos hace reaccionar. Su ejemplo nos puede impulsar a encarar los retos que nos presenta la vida con decisión y sin vacilar, para resolverlos de la mejor manera posible.

sábado, 14 de enero de 2006

Ana, o la maternidad generosa

Ana, la madre de Samuel, uno de los grandes profetas de la Biblia, es un personaje discreto cuya historia refleja la de otras muchas mujeres: las madres que consagraron a sus hijos a Dios.

La mujer estéril que se torna fértil

La historia de Ana es común a otros personajes bíblicos. Como Isabel, la madre de Juan Bautista, o la madre de Sansón, Ana era estéril y veía con desesperanza el transcurrir de los años sin experimentar el gozo de la maternidad.

Ana pone su angustia y su deseo en manos de Dios. Y él la escucha. Jamás Dios hizo oídos sordos a una súplica sincera. Pero Ana añade algo más: si tiene un hijo, lo consagrará al mismo Dios que se lo ha dado. Esta mujer sabe que, por encima de la paternidad biológica, existe otra paternidad mucho mayor, la del Dios que otorga la vida.

Ana engendra un niño, Samuel, que con los años será el profeta y consejero del rey David. Ella lo cría durante sus primeros años pero no olvida su promesa y, cuando tiene una edad suficiente, lo lleva al templo, donde lo deja al cuidado del sacerdote Helí, quien educará al niño hasta su adultez. Durante los años de crecimiento del niño, Ana no dejará de velar por su hijo, visitándolo y enviándole ropa. Pero lo hará discretamente, sin interferir en su formación como futuro sacerdote y profeta de su pueblo.

El magníficat de Ana

Ana no sólo tuvo un hijo. Después de Samuel vendrían otros cinco hijos, con lo cual su maternidad se vio colmada. Después de concebir a Samuel, la madre que era estéril eleva un cántico alborozado a Dios, que recuerda vivamente el Magníficat de María ante su prima Isabel:

Mi corazón salta de gozo en el Señor y mi frente se eleva a Dios...
Nadie es santo, como lo es el Señor: Nno hay otro fuera de ti, nadie es fuerte como tú.
No multipliquéis vuestras palabras altaneras, la arrogancia no salga más de vuestra boca.
El arco de los fuertes se ha quebrado y los flacos han sido revestidos de vigor.
El Señor empobrece y enriquece, levanta del polvo al mendigo y del estiércol ensalza al pobre, para que se siente entre los príncipes y ocupe un trono de gloria...


Así, Ana reconoce a un Dios magnánimo que ejerce justicia y es capaz de elevar al ser más pobre –no sólo pobre físicamente, sino al abatido, al humillado y al que se siente nada entre el polvo. Es decir, Dios enaltece y dignifica a todo ser humano, incluso a los que se sienten pequeños y a los que el mundo margina y considera inferiores –como muchas veces ha sucedido con la mujer. Dios enaltece a la mujer estéril, que en aquellos tiempos equivalía a ser despreciada como algo inútil.

Gratitud y desprendimiento

Pero Ana no se aferra al hijo que tanto deseaba. No lo retiene junto a sí ni lo considera una posesión suya. En su gesto desprendido y generoso brilla su madurez espiritual: sabe que lo ha recibido como un regalo, y así lo ofrece ella, como un don a su Dios. Ana sabe que su hijo no le pertenece. Cuántas madres dejarían de sufrir en vano si fueran conscientes de lo que Ana supo ver con tanta lucidez. Los hijos no son sólo de los padres. Son del mundo, de la vida, de Dios. Y Ana ofrece a su hijo a Dios para que cumpla su papel en el mundo.

Los sentimientos pueden ser de dulce añoranza, pero una madre adulta sabe aceptar que su nido se vacía y se alegra cuando ve volar a sus hijos, con fuerza y decisión. La auténtica maternidad es aquella que, después de volcar todo su amor en los hijos, los sabe entregar al mundo, soltándolos para que vuelen en libertad.

domingo, 1 de enero de 2006

El canto de Débora

La historia de Débora forma parte del Libro de los Jueces de la Biblia. Se trata de un relato que puede sorprender e incluso provocarnos rechazo por su belicismo y violencia, pero cuyo cántico final, de un encendido lirismo épico, tiene también un hondo significado místico.

Una mujer líder

Débora, siendo mujer en una cultura patriarcal donde las mujeres solían estar sometidas a la voluntad de los varones, llegó a ser juez de Israel. Era una persona extraordinaria que se sentaba a la sombra de una encina e impartía justicia a su pueblo. Todos, desde los campesinos hasta los guerreros, pedían su consejo y escuchaban sus palabras. Es uno de esos claros ejemplos de mujeres fuertes que la Biblia elogia y destaca por su fe inquebrantable y por su defensa del pueblo.

Israel vive tiempos difíciles, sometido a la tiranía del rey cananeo Jabín, y Débora encomienda a Barak que reúna un gran ejército entre las tribus de Israel y le haga frente, confiando en que Dios les dará la victoria. Barak duda y pide que ella le acompañe, a lo cual ésta accede. Una vez más, es la fe de una mujer quien arrastra a los hombres de su pueblo. Ella advierte a Barak que será por manos de una mujer, y no de él, por quien perecerá finalmente su enemigo.

Barak y su ejército se enfrentan al general Sísara, cabeza del ejército cananeo, al que derrotan estrepitosamente. Es entonces cuando el pueblo entona el llamado Canto de Débora, ensalzando la fe de sus líderes y el poder de Dios que defiende a sus hijos.

Sean los que te aman como el sol...

Dejando aparte todas las connotaciones políticas, bélicas y culturales de este cántico, quisiera destacar en él dos aspectos. El primero, el valor de una mujer que guía a su pueblo hacia la liberación del enemigo. Hoy, en medio de un mundo complejo y globalizado, vemos que en aquellos países donde la humanidad sufre más es la mujer quien encabeza las iniciativas que, poco a poco, podrán mejorar la vida de sus congéneres. Son las mujeres quienes en muchos lugares siembran gérmenes de esperanza, con su trabajo constante y grandes dosis de coraje y de amor. Débora es el paradigma de la mujer dirigente que vela por su gente. Es una imagen de la maternidad intrépida que no retrocede ante nadie.

El otro rasgo que quisiera destacar es su penúltima frase, que encuentro bellísima y capaz de infundir un gran valor y optimismo: “Sean los que te aman, Señor, como el Sol cuando nace con toda su fuerza”. Así son los que aman a Dios, porque corresponden al amor, mucho más inmenso, de Dios. Los amigos de Dios brillan con la fuerza del sol naciente, porque en ellos arde la certeza de sentirse amados por Aquel que nunca falla y cuyo amor puede colmar todas las expectativas y deseos.

lunes, 19 de diciembre de 2005

La esposa del Cantar de los Cantares

Pocos libros hay en la Biblia tan hermosos, tan controvertidos y que hayan recibido tantas interpretaciones como el Cantar de los Cantares. Este poema, que rezuma pasión humana y al mismo tiempo se eleva hacia altas cotas de misticismo, ha sido motivo de cientos de libros, comentarios y nuevas poesías, como las inolvidables de San Juan de la Cruz.

Hoy quisiera detenerme en la mujer, la esposa del Cantar de los Cantares, la protagonista femenina de este extraordinario poema que, como flor bellísima, brota entre las páginas de la Biblia.

Creo que todas las mujeres deberíamos leer este libro, saboreando sus palabras y recordando, al tiempo que las leemos, que hay alguien que nos está amando de esta forma singular. Pongámonos en el lugar de la esposa y consideremos que el esposo es Dios. La esposa del Cantar es la viva imagen de la mujer amada. El amor, humano y físico, que se desgrana con lirismo en los versos, es un amor real y es, a la vez, eco y sombra del amor, inmenso y puro, de Dios hacia sus criaturas. Si un ser humano es capaz de amar así, ¿cuánto mayor no será el amor de Dios, que es el mismo Amor?

En el Cantar se nos desvela una dinámica muy propia del ser humano: ese juego amoroso de búsqueda y encuentro, que también se da entre la persona y Dios. En el caso de las mujeres, creo que expresa de manera insuperable la manera en que Dios ama a la mujer y la cualidad de su amor.

En este amor, es Dios –el amante -quien acude primero a su amada, la busca, la recoge, la ensalza y la colma de dones. “¡Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven!... Paloma mía que anidas en las hendiduras de las rocas, en las grietas de las peñas escarpadas, dame a ver tu rostro, hazme oír tu voz. Que tu voz es dulce y encantador tu rostro”. Este fragmento resulta tremendamente conmovedor. Es Dios quien viene a buscarnos, hundidas en la oscuridad, perdidas en los abismos de la tristeza y la soledad. Y es él quien nos suplica que le hablemos y le volvamos el rostro.

La amada, a los ojos del amante, siempre es hermosa y perfecta. Así somos todas las mujeres a los ojos de Dios, un Dios enamorado de su criatura. “¿Quién es esta que se levanta como la aurora, hermosa cual la luna, resplandeciente como el sol…?” "Aparta ya de mí tus ojos, que me fascinan…”

El mismo Dios, que es fuente del amor, suplica una respuesta. Este es el Dios personal que se desvela, poéticamente, en el Cantar: un Dios que, pudiendo prescindir de ella, necesita y desea el amor de su criatura. “Ponme como un sello sobre tu corazón, ponme en tu brazo como sello. Que es fuerte el amor como la muerte y son duros los celos… Son sus dardos saetas encendidas, son llamas de Yahvé”.

Decía Pablo Neruda en uno de sus poemas: “Quisiera hacer contigo lo que la primavera hace con las flores”. Así es como Dios actúa en nosotros. Esto es lo que Dios puede hacer en la mujer que se deja invadir por su amor. Dios hace florecer a las personas que ama y que se dejan amar por él. En la Biblia, no será hasta llegar al Nuevo Testamento cuando encontraremos una figura similar a la de la esposa del Cantar de los Cantares. Es María, inundada del amor de Dios, mientras entona su Magníficat.

sábado, 10 de diciembre de 2005

Ruth o la fidelidad recompensada

La historia de Ruth y Noemí llena uno de los libros más breves y bellos de la Biblia. Ambas son ensalzadas como modelo de suegra y nuera. Mucho se ha escrito sobre Ruth como ejemplo de mujer fiel a su marido y a la familia de éste, hasta el punto de abandonar su tierra, su cultura y sus dioses para adoptar los de su esposo, aún después de muerto. La Iglesia llegó a llamar a Ruth “la tercera María” (después de María la madre de Jesús y María Magdalena).

Fidelidad

Pero, dejando aparte las interpretaciones teológicas de la figura de Ruth, quisiera resaltar en esta historia dos aspectos. El primero es la fidelidad entre dos mujeres, que la vida ha unido a través del matrimonio de uno de los hijos de Noemí con Ruth. Aunque este hijo ha muerto, el vínculo entre ambas continua, y Ruth no renuncia a él. Cuando Noemí decide regresar a su tierra, Ruth la acompaña, siguiéndola como seguiría a su marido. Así como la otra nuera, Orfa, también viuda de su otro hijo, se queda con su familia, Ruth no teme afrontar lo desconocido por acompañar a su suegra. Orfa se ata al pasado y a la muerte. Ruth opta por mirar hacia delante y no romper los lazos que la unen a Noemí y a la familia de su esposo.

Responsabilidad

El otro aspecto es la responsabilidad por el ser amado. Para Ruth, la madre de su esposo es como su propia madre y no renuncia a su responsabilidad sobre ella. A lo largo de la historia vemos en Ruth a una mujer generosa, que cuida de Noemí, preocupándose por su bienestar y trayéndole el sustento.

Pero Noemí también se hace responsable de Ruth y vela por su porvenir. Es ella quien trama el futuro matrimonio de Ruth con su pariente Booz. Su nuera ha sabido serle fiel; ella también procurará su felicidad. Así es como Ruth, que ha renunciado a su familia de sangre, a su tierra y a sus creencias, es acogida en una nueva patria, recibe una nueva familia y un nuevo esposo. Las palabras de Noemí a su nuera son muy hermosas: “Hija mía, yo voy a procurarte descanso y a ocuparme de tu felicidad”.

La historia de Ruth es un relato del amor y de la abnegación recompensados. Nos muestra cómo todo sacrificio hecho por amor, toda renuncia asumida por fidelidad, no deja de tener su recompensa. Y ésta es siempre mucho mayor.

Confianza

El libro de Ruth también es un canto a la confianza. Las dos mujeres confían una en la otra. Noemí confía su ancianidad y su vida en manos de Ruth, y recibe un gran consuelo de su nuera, “la cual te ama y es para ti mejor que si tuvieras siete hijos”, le dicen sus parientes. Ruth confía también en Noemí y sigue sus consejos e instrucciones. Así es como rehace su vida, se desposa con un hombre bueno y tiene un hijo. Porque no temió perderlo todo, por fidelidad a la madre de su esposo, Ruth alcanza de nuevo una vida plena y dichosa. Confiar nuestra felicidad en manos de quien sabemos nos ama es tal vez una de las experiencias más hermosas de abandono y de dicha colmada.