domingo, 24 de agosto de 2008

¿Quién es Jesús para nosotros?

A propósito del evangelio de hoy, en que Pedro proclama a Jesús como Hijo de Dios vivo, he estado leyendo una interesante conferencia de Mons. Angelo Amato, Secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sobre la Cristología Católica. Ha sido muy esclarecedora para comprender las diferentes interpretaciones sobre la figura de Cristo que se han dado a lo largo de la historia, según las tendencias filosóficas de cada momento, así como la magnífica síntesis que ofrece el Papa en su libro Jesús de Nazaret.

Jesús, mucho más que un maestro bueno

¿Quién es Jesús para los cristianos de hoy? ¿Quién es Jesús para mí? No me sorprende mucho constatar que para muchas personas, incluso cristianas, Jesús fue un gran profeta, un sanador, un revolucionario, un pacifista, un místico… Uno más entre un elenco de grandes personajes iluminadores de la historia. Incluso para muchas personas creyentes y con inquietud religiosa Jesús forma parte de una supuesta tradición de “mesías”, cuya apoteosis aún no ha llegado, y que llegará cuando se manifieste otro Cristo definitivo, que algunos autores definen como la plenitud personal y la divinización de cada individuo. En estas creencias se ve claramente la huella del racionalismo, del relativismo filosófico y de las corrientes de la New Age, que valoran a Jesús simplemente como hombre extraordinario con una hermosa doctrina sobre el amor.

Pero que Jesús sea Dios, con todas las consecuencias, eso ya nos cuesta más de creer. Aceptamos la humanidad de Cristo, pero nos resistimos a aceptar su divinidad. De la misma manera, opinamos que el Cristianismo es una religión más, y que cualquier otra es un camino igualmente válido hacia Dios. Nos parece que la doctrina de la Iglesia, que afirma que Jesús es el camino más directo para la salvación, es fundamentalista y demasiado radical. Incluso nos avergüenza que la Iglesia –nuestra Iglesia― pueda arrogarse tal privilegio. Sin embargo, en la Declaración Dominus Iesu, se precisa que, aunque el Cristianismo sea la vía más clara, otros credos también pueden ofrecer alternativas válidas siempre que en su fuente y núcleo acojan la encarnación de la palabra de Dios.

Sí, los propios cristianos estamos muy influenciados por estas corrientes relativistas que nos hacen avergonzarnos de nuestra fe y vacilar ante nuestras creencias. Tememos ser tachados de fanáticos y reaccionarios y olvidamos que nuestra fe es mucho más que una doctrina, y que las verdades que proclama la Iglesia no son un conjunto de leyes rígidas, sino el fruto de una intensa vivencia de Dios, que arranca del mismo Jesús.

La fe, regalo de Dios

Pedro, que era un pescador, hombre sencillo de pueblo, sin formación teológica y posiblemente iletrado, no tuvo dudas. Cuando Jesús le preguntó, contestó sin vacilación alguna: “¡Tú eres el Hijo de Dios vivo!” ¿Tanto nos cuesta a los cristianos de hoy, que tenemos muchísimos más conocimientos religiosos, llegar a esta afirmación?

Podemos objetar que Pedro conoció a Jesús, en persona. ¡A él le resultaba más fácil creer! Este argumento no se sostiene. En tiempos de Jesús también hubo incrédulos. Muchos que lo conocieron, escucharon sus predicaciones y contemplaron sus milagros, tampoco creyeron en él. En la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, el rico abismado en los infiernos ruega a Abraham que envíe a Lázaro a sus parientes, para que los avise y así se conviertan. Y Abraham responde: “Si no creyeron a los vivos, ni a un muerto resucitado van a creer”. También me resuenan aquellas sentencias de Jesús: “¡Ay de ti Corazaín, ay de ti, Betsaida! Porque muchos antes que vosotros quisieron ver y oír lo que ahora veis, y no obstante creyeron; y vosotros, que habéis visto y oído, no creéis” (Mt 11, 21) ¿Seremos los cristianos de hoy duros de corazón, como los habitantes de aquellas ciudades?

La fe no es cuestión de ver y oír. Es una vivencia íntima, pero yo diría que ni siquiera procede de una experiencia concreta, sino que es un regalo de Dios. “Dichoso tú, Pedro hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado hombre alguno, sino mi Padre”. La fe procede de Dios, y es él quien nos abre los ojos del alma para creer. Fue su Espíritu quien inspiró a Pedro esas palabras, salidas del corazón y de una convicción profunda y auténtica.

La oración, fuente de fe

Alguien puede replicar: bien, si la fe es un regalo de Dios… entonces Dios puede regalarla a quien quiera. ¿Qué sucede si yo no la recibo? ¿Debo esperar a que llueva del cielo? ¿Es la fe un obsequio reservado a unos pocos privilegiados?

De nuevo encontramos respuestas si miramos a las personas de mucha fe, a los santos, al mismo Pedro y a los apóstoles. Ellos eran gente corriente, como cualquiera de nosotros. Dios quiere dispensar la fe y sus dones a todo el mundo. “Hace llover y hace salir el sol sobre justos y pecadores”. Pero no todos están dispuestos a recibirla. Recordemos la parábola del sembrador: la semilla de Dios no cuaja en todos los corazones. Muchos incluso rechazan ese don. ¿Qué hacer entonces para abrir nuestro espíritu? Recuerdo ahora las palabras de una gran mujer, también firme creyente: “La fe, es la oración la que nos la da”. ¡Tan simple, y tan cierto! “Pedid y se os dará”. Si pedimos a Dios que nos dé fe, ¿cómo dudar que nos la concederá, a manos llenas?

Quizás a los cristianos de hoy nos falta justamente esto: oración. Nos falta tiempo de permanecer ante Dios, de refugiarnos en sus brazos, de exponerle nuestras dudas e inquietudes, y de pedirle aquello que necesitamos. Orar, decía santa Teresa, es tratar en la intimidad con el amigo que nos ama. Si en nuestras relaciones humanas necesitamos tiempo para el diálogo y el encuentro con los seres amados, también lo necesitamos con Dios. Cuanto más tiempo compartimos con los amigos, más confiamos en ellos. Así, el tiempo dedicado a la oración nos permitirá ahondar en la amistad con Dios y la fe, con la confianza, brotará sola.

domingo, 17 de agosto de 2008

Los dones y la llamada de Dios son irrevocables

Rm 11, 13-15. 29-32


Un don que marca para siempre

Esta lectura de San Pablo tiene como trasfondo una tristeza y una preocupación del apóstol. Siendo judío, lamenta que los de su pueblo y religión rechacen a Cristo y su mensaje. Mientras que cada vez son más los gentiles –extranjeros– que acogen el evangelio de Jesús, los judíos se muestran hostiles.

Pablo mismo había sido un celoso devoto, practicante de la Ley, y reconoce su valor. La fe hebrea es la raíz y sustento del Cristianismo. Pero Jesús lleva esta fe mucho más allá de la esperanza en unas promesas. Es su identidad con el Padre lo que rechazan muchos judíos. No pueden admitir, como señala el Papa en su libro Jesús de Nazaret, que Jesús se identifique con Dios mismo, con la Ley, con el Reino de los Cielos. Pueden aceptar que sea un profeta, pero rehúsan que sea hijo de Dios.

Pablo, que también era reticente, fue alcanzado por el amor de Cristo. La experiencia que cambió su vida lo marcó para siempre. Esa sacudida interior late en sus palabras cuando dice: “Los dones y la llamada de Dios son irrevocables”.

¡Tremenda frase! Cuando alguien es llamado por Dios, ya nada será igual que antes. La persona llamada queda marcada con un sello indeleble. No es una marca de esclavitud, sino una herida luminosa, como la han llamado muchos místicos, una llaga de amor, que enciende en el alma una hoguera inextinguible.

Tras esa llamada, la vuelta atrás sería la misma muerte. En cambio, acogerla y seguirla es, en palabras de Pablo, “volver de la muerte a la vida”. Rebelarse contra Dios es morir; reconciliarse con él es renacer a otra vida más plena.

Misericordia infinita

El apóstol continúa hablando de la rebeldía humana y de la misericordia de Dios. Muchas personas pueden ser reacias a esta palabra, misericordia, considerándola sinónimo de blandura, condescendencia y beatería. Pero ahondemos en su significado genuino. Misericorde es el corazón capaz de conmoverse, de vibrar, de sentir ternura, de entusiasmarse ante la alegría y de llorar con las penas. Misericordia es la cualidad de las almas sensibles, delicadas, abiertas, rebosantes de amor. Así es el corazón de Dios.

domingo, 3 de agosto de 2008

Nada podrá apartarnos del amor de Dios

Hermanos, ¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo? ¿La aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos fácilmente por Aquél que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidades, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Rm 8, 35-39


Estas palabras del apóstol, vehementes y apasionadas, son uno de mis párrafos preferidos entre todas sus epístolas. No son palabras retóricas ni un simple discurso expresivo. Le salen del alma, a borbotones. Brotan de una experiencia íntima y arrebatadora. Sólo alguien que se ha sentido fuertemente amado puede hablar así.

Nada nos apartará del amor de Dios. Pablo cita una serie de peligros y contrariedades que todos podemos encontrar en nuestra vida y que muchas veces utilizamos como excusa para no amar, o para anteponer otras cosas a nuestra fe. ¡La vida es tan dura! El mundo nos arrastra, los problemas nos abruman y las desgracias ponen a prueba nuestra fe. No es fácil ser cristiano hoy en día, oímos decir con frecuencia. Pero, ¿cuándo lo ha sido? En tiempos de martirios y persecuciones, ¿no ha sido mucho más difícil? Cuando la Iglesia se ha dejado atraer por el poder, ¿no ha resultado duro para muchos santos mantener su fidelidad al evangelio, contra viento y marea?

Hoy, en un mundo indiferente y burlón ante Dios, ser cristiano es un desafío y una aventura. Cuando una persona ha catado el amor de Dios, cuando ha atisbado un resquicio de su belleza, cuando ha vibrado sintiéndose abrazado en el regazo del cielo, todas las demás cosas empequeñecen. De ahí que para Pablo todos los bienes del mundo sean nada en comparación a Cristo, y que todas las dificultades posibles sean pequeñas, al lado del amor de Dios.

El amor siempre es más grande. Siempre puede más. Siempre perdura. Este es el mensaje que late en la mayoría de los escritos del apóstol. Él sabe de qué habla, pues tal como lo vive, lo transmite. En él arde un fuego que no cesa de comunicar. Se siente bien agarrado a Dios, y esta convicción lo hace intrépido y audaz.

Releer despacio estas líneas puede reconfortarnos y avivar profundamente nuestra fe. Creer, finalmente, es una cuestión de amor. Creemos porque queremos; confiamos en aquel que amamos. La única cosa que podría apartarnos del inmenso amor de Dios sería nuestra propia voluntad de rechazarlo, nuestra frialdad, nuestra lejanía. Pero si nos aferramos a él, jamás nos abandonará.

domingo, 27 de julio de 2008

Llamados por Dios

Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien. A los que había escogido, Dios les predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.
Rm 8, 28-30

Leyendo este fragmento tan breve me vienen a la cabeza muchas ideas. La primera frase me impacta: a los que aman a Dios, todo les sirve para el bien. Son palabras para meditar despacio... El amor de Dios, sin duda cambia todas las cosas. Da un giro a nuestra vida y nos hace afrontar todo cuanto sucede con valor, buscando el sentido y la parte positiva de las cosas. San Francisco de Sales decía que los cristianos hemos de ser laboriosos y sabios como las abejas, que de las flores sólo recogen lo más nutritivo: el néctar, y saben convertirlo en el alimento más dulce: la miel. Es cierto que en la vida no todo son rosas, y los momentos amargos se entremezclan con los días luminosos. Pero cuando la vida rebosa amor, somos capaces de extraer un bien hasta de las condiciones más adversas.

A continuación, el apóstol nos habla de la predestinación. Este concepto ha sido tan controvertido, usado y abusado, que fácilmente podemos caer en interpretaciones erráticas del texto. No faltan religiones que han entendido la predestinación en un sentido literal: Dios escoge a unos cuantos, y sólo estos se salvarán y alcanzarán la gloria. La fe, así, justifica el fatalismo y el elitismo de aquellos que se consideran elegidos.

¿Es realmente esto lo que quiere decir San Pablo? Parece contradictorio con el mensaje de un apóstol cuya pasión fue extender la nueva de Cristo a todo el mundo, sin excepción… No, la predestinación como selección de unos cuantos es incompatible con el espíritu universal del Cristianismo. Pablo nos da la clave para entender este texto. Dios predestina a todos. ¿Acaso un padre puede querer la salvación de unos pocos de sus hijos, y la perdición de otros? En realidad, nos llama a todos. Nos llama para que le conozcamos, para que nos sintamos amados, hijos suyos. Nuestra salvación es justamente sentirnos hijos de Dios y confiar nuestra vida en sus manos. Y esta llamada nos la hace a todos, a cada cual a su manera, en diferentes momentos y situaciones de la vida. Lo que ocurre es que… ¡somos tan sordos! Vivimos inmersos en el mundanal ruido y no oímos su llamada. O quizás no queremos escucharla. O no la creemos, o desconfiamos de él.

Pero a quienes escuchan esa llamada, Dios les regala su amor, su gloria, esa vida en plenitud que avanza la vida del cielo. Esta es la predestinación de Dios: una promesa cumplida, un regalo que ofrece, gratuita, generosamente, a quienes aceptan su amor de Padre.

domingo, 20 de julio de 2008

Rezar con el Espíritu Santo

El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que penetra en el interior de los corazones conoce el deseo del Espíritu y sabe interceder a favor del pueblo santo como Dios quiere.
Rm 8, 26-27

Muchas veces, las personas rezamos de manera un tanto superficial. Pedimos lo que deseamos y sólo pensamos en aliviar nuestro sufrimiento o nuestras preocupaciones más inmediatas. Incluso pedimos cosas que, a la larga, pueden ser inútiles o perjudiciales para nosotros.

Las palabras de Pablo nos invitan a una oración más serena y profunda, una plegaria desde el regazo de Dios. En la oración buscamos el retiro y el silencio, pero nunca estamos solos. Con nosotros está Dios, presente en todas sus personas. Y la verdadera oración no se limita a un recitar angustioso de ruegos y lamentos, sino que es un reposar, confiado, en manos de Dios. El verdadero silencio tampoco es físico, sino del alma: se da cuando sabemos acallar nuestro parloteo interior y comenzamos a escuchar la voz de Dios.

Es entonces cuando el Espíritu reza con nosotros. Él conoce hasta el más íntimo recodo de nuestra alma, sabe de nuestras aspiraciones, deseos y sueños. Sabe lo que ansía nuestro corazón y también sabe lo que nos conviene. El Espíritu Santo es nuestro maestro de oración: él reza por nosotros, y le pide a Dios Padre aquello que verdaderamente puede saciar nuestra sed.

En el mensaje de Pablo se oye un eco de Jesús: “Os enviaré al Defensor, que os acompañará siempre”. Sí, el Espíritu Santo es nuestro abogado, mediador y defensor. Él tiende puentes entre nuestro corazón enquistado y el corazón de Dios. Cuando no sabemos rezar, él pide por nosotros. Cuando nos faltan las fuerzas, él viene en nuestro auxilio.

Meditando despacio estas palabras del apóstol, comprenderemos cuán importante es, para la vida de un cristiano, contar siempre con este aliado, este “dulce huésped del alma”, este amigo incondicional que prende el fuego de Dios en nosotros: el Espíritu Santo.

domingo, 13 de julio de 2008

La creación gime con dolores de parto

Romanos 8, 18-23

Estas palabras de san Pablo siempre me han impresionado. La imagen de un parto doloroso que contrae el mundo entero es expresiva y certera. La humanidad está viviendo este proceso desde hace muchos siglos. Siguiendo la comparación, Pablo afirma que los sufrimientos presentes no son nada comparados con el gozo futuro. Al igual que una mujer sufre al dar a luz, pero olvida de inmediato todo el padecimiento cuando sostiene a su criatura en brazos, así sucede con muchas realidades de nuestra existencia. Por eso, esta lectura de Pablo está llena de esperanza.

Pablo es muy realista y conoce bien las tendencias de la naturaleza humana. Esta vez, nos habla de esclavitud y frustración. En su alusión a Adán, Pablo asocia la ruptura de la amistad con Dios al sometimiento, tal como apunta ya el Génesis. El hombre que en aras de la libertad ha querido apartar a Dios, ahora se ve sumido en la esclavitud y en la muerte. La humanidad que, orgullosa, quiere prescindir de Dios, se ve abocada al vértigo de un destino vacío, desprovisto de sentido, a cientos de esclavitudes, a la lucha, a la fatiga y a la muerte.

Sin embargo, el ser humano siempre ha tenido hambre de infinito. Y ese afán por vivir en plenitud, por recuperar la libertad, lucha contra las tendencias que lo arrastran a la muerte, no sólo la muerte física, sino la muerte del alma. Este combate es lo que Pablo llama parto doloroso de la creación.

Sí, nuestro mundo vive convulso una incesante batalla entre la vida y la muerte, entre la libertad y la sumisión. Nosotros también vivimos esa batalla en nuestro interior. Pero muchas veces, la personas bregamos a ciegas, sin saber muy bien dónde encontrar la liberación. Pablo nos da una pista muy clara: “la libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

Somos libres cuando somos hijos. Nos liberamos cuando nos reconciliamos con Dios y volvemos a sus brazos. Jesús ya lo dijo a sus discípulos: “No os llamo siervos, sino amigos”. En su Reino imperan la amistad y el amor, nunca la sumisión o el poder. Dios tampoco nos quiere esclavos, sino hijos amados. Y los hijos, como tales, comparten la gloria, la plenitud y el esplendor de su Padre.

A los ojos humanos el sufrimiento siempre es difícil de comprender. Nos cuesta hallar un sentido a las desgracias que afligen el mundo y tendemos a culpar al cielo por ello. En realidad, las muertes y el dolor causados por un mal uso de nuestra libertad extraviada son dolores de parto que nos han de despertar para renacer a esa otra vida “gloriosa”, que nos recuerda Pablo. Gemimos en nuestro interior, pero ¡no perdamos la esperanza! Porque quien busca y espera a Dios al final siempre encontrará una respuesta.

domingo, 6 de julio de 2008

Vivir según el espíritu

“El mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a vuestro cuerpo mortal con su propio espíritu, que habita en vosotros”.
Carta a los romanos (Rm 8, 9-13)

En su carta a los Romanos, San Pablo contrapone dos maneras de vivir: según la carne y según el espíritu. Una lectura muy superficial nos haría pensar que la carne se refiere a todo lo material, y que por tanto todo esto es malo frente al espíritu, que representaría el mundo espiritual e incorpóreo. Esto nos llevaría a una interpretación maniquea y dualista de su escrito, y a una postura de rechazo o desprecio del mundo físico y material. Pero Pablo va más allá de esta visión.

En realidad, estas dos maneras de vivir aluden a algo más profundo. Vivir según la carne es llevar una existencia ignorando a Dios, apartándolo al margen de nuestra realidad, aferrados tan sólo a aquello que vemos, tocamos y podemos poseer. Una vida así, aunque nos parezca razonable, es muy limitada y trágica, pues nos encontramos ante los límites de la muerte, el dolor y la soledad. Vivir sin tener en cuenta la trascendencia convierte la existencia en un intervalo lleno de luces y de sombras, pero marcado por el sufrimiento y la falta de sentido.

Vivir según el espíritu es reconocer que todos procedemos de Dios, en él tenemos nuestras raíces más hondas, y él nos sostiene en la existencia. Vivir así es acoger a Dios y darle un lugar en nuestro devenir diario. Quien abre su corazón a Dios, está dejando que el amor empape toda su vida. Y esta vida ya no es un lapso de tiempo vacío sin sentido, sino un camino que comienza en la tierra y se alarga hasta la eternidad. De ahí las palabras de San Pablo: “el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos, dará la vida a vuestros cuerpos mortales”. Pablo regresa a la médula de su mensaje, de su predicación. El ansia de todo ser humano, la sed de trascendencia y de inmortalidad, se ve colmada con Jesucristo y su resurrección. No es un deseo ni una ilusión, es una esperanza firme, confirmada por la experiencia que los apóstoles han tenido al ver a Jesús resucitado.

Vivir según el espíritu no sólo entraña una gran paz y coraje interior. Esta forma de vivir tiene consecuencias prácticas, y a esto se refiere Pablo cuando habla de obrar según el espíritu, y no según la carne. Creer en Dios, vivir con esa perspectiva trascendente, ha de modificar nuestra forma de actuar y de estar en medio del mundo. Quien vive así, ya no puede ser frívolo, inconsecuente o insensible ante los demás. Vivir según la carne significa una vida centrada en uno mismo y en el propio bienestar, sin preocuparse del mundo ni de cuantos nos rodean. Vivir según el espíritu nos llevará a seguir el ejemplo de Cristo, generosamente, abiertos a los demás e imitando la bondad de Dios.