domingo, 10 de febrero de 2008

Derroche de gracia

Carta a los Romanos (Rm 5, 12-19)

“Si por un hombre entró el pecado en el mundo, por un solo hombre, Jesús, vivirán todos los que han recibido un derroche de gracia”. Este pasaje de la carta de San Pablo compara las figuras de Adán y Jesús. Adán es el hombre vulnerable que cede a la tentación del diablo y peca. Un solo delito trae la condena para la humanidad, dice Pablo. Todos los males que sufre el mundo no son por voluntad de Dios, sino consecuencia de la caída del hombre que se ha alejado de su Creador y renuncia a escuchar su voz. La humanidad es frágil, y Pablo conoce muy bien la mordedura del pecado y la tentación. Pero a continuación nos habla de Jesús. Otro hombre que, a diferencia de Adán, no cayó en la tentación, resistió el embate del demonio y se abandonó en brazos de Dios. Y la gracia de Dios, a cambio de su entrega, ha sido inmensa. Dios derrocha su gracia sin medida.

Qué pequeño es el pecado comparado con la abundancia del amor de Dios. Este es el mensaje que Pablo quiere transmitirnos: la misericordia y la generosidad de Dios son infinitamente mayores que el pecado. Y, por otro lado, es Jesús quien nos abre las puertas de esta gracia. Él nos revela al Dios amante de la humanidad, que no quiere condenarla, sino salvarla. Si los pecados humanos traen la muerte y la destrucción, el amor de Dios y su gracia traen la salvación. Imitando a Cristo, siempre fiel y obediente al Padre, los cristianos podremos llevar un manantial de bondad al mundo.

domingo, 3 de febrero de 2008

Los pobres de espíritu, ricos de Dios

Primera carta a los Corintios (1Co 1, 26-31)

En tiempos de San Pablo, como hoy, el mundo intelectual, la fama y el reconocimiento brillan y son deseables por todos. Pero San Pablo alerta a los cristianos de su comunidad. A los ojos de Dios, las cosas son distintas. Él escoge a quienes quiere y se complace, a menudo, en personas sencillas, ordinarias, que no destacan especialmente. Incluso, a veces, decide elegir a los que el mundo rechaza o desprecia. Pero Pablo sigue: aún sin merecerlo, Jesús nos da la sabiduría, la justicia, la felicidad. Si de algo podemos gloriarnos, no es de nosotros mismos sino de la bondad desbordante de Dios. “Quien se gloríe, que se gloríe en el Señor”: esta es una perfecta descripción de la pobreza de espíritu, de la que habla Jesús en el sermón de la montaña. No se trata de pobreza material, sino de tener el corazón, el alma, la vida entera, abierta, dispuesta a recibir a Dios. Se trata de reconocer que no somos autosuficientes, infinitos y todopoderosos. Toda nuestra riqueza es el amor de Dios, y nuestra única gloria es ser hijos suyos.

Dios conoce nuestras flaquezas y nuestros múltiples vacíos. Pero si los abrimos a él, si le ofrecemos nuestras lagunas y carencias, él las llenará a rebosar de sus dones.

Y Dios nos dará tal fuerza que el mundo se sorprenderá. “lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder”, dice Pablo. La fortaleza de Dios sobrepasa los límites humanos y sólo la pueden recibir aquellos que han renunciado a sus propias seguridades y a su vanidad y sólo confían en Él. Por eso la persona humilde que ha depositado en Dios su confianza es capaz de obras que pueden parecer proezas, y aquellos que parecen más débiles pueden llegar a resistir toda clase de embates. En palabras del apóstol: "Todo lo puedo en aquel que me conforta".

sábado, 2 de febrero de 2008

Buscar aquello que nos une

Con motivo del Año Jubilar dedicado a san Pablo, iniciaré una serie de reflexiones sobre algunos textos de las cartas paulinas. Salvando la distancia temporal, son tremendamente oportunos para aplicarlos a nuestra Iglesia de hoy.

Primera Carta a los Corintios, 1, 10-17

En este fragmento, Pablo ruega a los cristianos de la comunidad de Corinto que recuerden aquello que los une y no se dividan, formando grupos elitistas. Sus palabras son de gran actualidad. Dentro de la misma Iglesia siempre han surgido movimientos, grupos e instituciones encabezados por un líder carismático, inspirado por el Espíritu. Estos grupos suponen una gran riqueza eclesial, pero sus seguidores, hoy igual que ayer, corren el peligro de dar mayor importancia a su fundador o al propio movimiento que a la Iglesia y a Cristo.

Pablo recuerda que es Jesús quien nos une y nos llama. En su nombre somos bautizados; es Él quien nos hace hijos de Dios y, por tanto, hermanos de todos los hombres. Nuestra condición cristiana va ligada indisolublemente a la solidaridad con el resto de la humanidad. No caigamos en sectarismos ni en discriminaciones. Tampoco nos dejemos llevar por simpatías o antipatías. La caridad está por encima de los sentimientos o apreciaciones más subjetivas. Sepamos ver la presencia de Dios en todos nuestros pastores y hermanos.

La Iglesia es una gran familia, muy diversa, sí, pero con una sola cabeza, Cristo. Aún más que una familia, Pablo la compara a un cuerpo, para subrayar la importancia de que todos los miembros estén firmemente unidos. Esta imagen tan vigorosa es rica en matices. Un cuerpo sano y armonioso conserva la belleza de sus partes y a la vez, todas éstas actúan coordinadas, equilibradas, cada una realizando su función. Un cuerpo saludable es un universo donde cada órgano está en su lugar, desarrollando su cometido, y donde todos contribuyen a un mismo fin: la supervivencia óptima del organismo.

Así es la Iglesia. Cada cristiano tiene una misión, allí donde se encuentre. Estando en sintonía con Dios y con los demás hermanos descubriremos nuestro lugar y podremos desplegar nuestras mejores aptitudes. Pero nunca perdamos de vista que nuestro principio y fin es Jesús.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Anunciación

Amanecía. El rayo de luz hendió la suave penumbra de cal y adobe y se posó sobre su cabello. Ella se arrodilló.

Abrió las manos y cerró los ojos ante el ventanuco estrecho, por donde el cielo asomaba, un retazo de azul. Respiró hondo. Cada mañana Dios la saludaba así, con su beso de sol sobre la frente. Pero aquel día había algo más.

Sintió el soplo a su lado, y un susurro al oído la estremeció. Abrió los ojos y se volvió.
-¿Quién eres?
-Soy la voz de Dios.
Leve temor la hizo temblar. Dios sólo hablaba a los santos y a los profetas. Al menos, con palabras. Ella tan sólo necesitaba adivinarlo en el Sol.

Miró de nuevo a su lado. Hermosa y cálida presencia, susurrante. Dulce como el sol sobre las flores de almendro.
-¿Por qué vienes a mí?
-Porque Dios se ha enamorado de ti. Te ama, tan locamente, que quiere venir a alojarse en tu interior.
-¿En mí...? ¿Por qué en mí?
La sonrisa la turbó.
-Porque eres virgen sin hollar, como la hierba tierna del paraíso; porque eres transparente como el agua de un manantial; porque eres nueva y audaz como la aurora.
-Mi corazón es un pobre desierto… ¿cómo puede desearlo?
-Porque está entero. Desnudo y vacío, como un santuario sin velo. Y lo quiere, todo, para él. Inundará tu desierto y lo convertirá en un vergel. Anidará en tu cuerpo, y tu piel será para él más rica que todas las sedas. Tú eres su lirio de Sarón, su rosa los valles. Te amará, y tú florecerás.

Ella abrió las manos, de nuevo. Y el rubor de la aurora cubrió sus mejillas. Ahora él estaba delante. El rayo de sol atravesaba su cuerpo iridiscente. Extendió sus manos. Y sus dedos de luz se posaron en ella.
-Esa semilla que germina en tu interior será un hombre, y será Dios. Desde este instante, toda la raza humana será estirpe de Dios.

Ella levantó los ojos. Y el cielo se prendió en ellos.
-El Señor engendró el universo. Y tú serás su amada. Él será tu gozo y tú lo colmarás de alegría. Porque en ti ha encontrado su paraíso.

El aliento de Dios sopló entre sus cabellos y se deslizó sobre su piel. Estaba sola. Y se llevó las manos al vientre liso de doncella virgen.

No estaba sola. Una simiente minúscula llameaba, palpitando en sus entrañas.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Curar los sentimientos negativos

En este texto basé la presentación de mi libro Cómo curar los sentimientos negativos, el pasado día 30 de octubre en la librería Excellence, de Barcelona.

Los sentimientos

¿Qué son los sentimientos? Todos sabemos qué son, pues los sentimos, íntimamente ligados a nuestra existencia. Quizás en palabras nos es más difícil definirlos. Pero sabemos reconocerlos. Los sentimientos son potentes fuerzas que nos impulsan y nos motivan. Tienen mucho que ver con la intuición, la sensibilidad y el instinto, en contraste con la razón. Los sentimientos dan color y pasión a nuestra vida. Una existencia apática, sin pasión, sin sentimientos, sin duda sería árida y muy vacía.

Si comparamos nuestra vida con un vehículo, podríamos decir que el cuerpo es la carrocería, la mente es la dirección y los sentimientos son el motor. Sin motor, el coche no avanza. Pero un motor sin dirección es una fuerza incontrolada. Un motor bien alimentado, potente, con una buena dirección, nos llevará allá donde queramos.

A menudo identificamos sentimientos con emociones. Son conceptos muy similares que, en nuestro hablar cotidiano, se funden. Sin embargo hay una diferencia. Las emociones, podríamos decir, son reacciones a estímulos. Algo que sucede nos puede suscitar alegría, dolor, tristeza, risa… Eso son emociones. Saltan como chispazos ante situaciones exteriores o también ante ideas y pensamientos.

En cambio, los sentimientos, no surgen de afuera adentro, sino al revés: son algo que sale de dentro, que cultivamos y vamos incubando. Los sentimientos se pueden alimentar, se pueden matar… y se pueden modificar.

Dicen los antropólogos que los sentimientos son mecanismos de supervivencia. Sentir afecto, por ejemplo, contribuye a crear lazos y relaciones duraderas. De alguna manera, cohesiona al grupo humano. El cariño despierta actitudes de cuidado, de mimo, de atención. Otros sentimientos, como la tristeza o la añoranza, acompañan un periodo necesario de pérdida y duelo. Otros, como la culpa, despiertan una conciencia ética sobre nuestros límites. El miedo es sumamente útil para alertar nuestro instinto de supervivencia en situaciones peligrosas. La alegría añade valor a las experiencias en grupo y estimula la creatividad y la cooperación. Y así, podríamos ver que múltiples sentimientos tienen sus “utilidades”, efectivamente.

Pero la psique humana es tremendamente rica y versátil. No todos los sentimientos son útiles o necesarios. O pueden serlos, sólo hasta cierto punto. Y ahora es cuando pasamos a hablar de “sentimientos negativos”.

¿Qué entiendo por “negativo”?

Por negativo entiendo aquello que niega, aniquila, destruye. Negativo, por tanto, será equivalente a destructivo. Así como hay sentimientos que nos ayudan a vivir mejor, otros tienen el efecto contrario. No sólo no ayudan, sino que nos perjudican, dañan nuestras relaciones con los demás, nos aíslan y pueden incluso enfermarnos.

En el peor de los casos, los sentimientos negativos pueden llegar a causar mucho daño a las personas que nos rodean, a nuestro entorno. El ejemplo más extremo sería el de los criminales que actúan movidos por pasiones extremadamente agudas o perversas. Pero hay otros muchos ejemplos, más leves y más cotidianos, que todos podemos encontrarnos en la vida diaria. ¿Quién no ha abrigado alguna vez sentimientos de culpa o autocompasión exagerados? ¿Cuántas cosas nos impide hacer el miedo patológico? ¿Cuántos problemas laborales o familiares vienen derivados por las envidias?

Los sentimientos, en sí, no son “buenos" ni "malos”, no podemos juzgarlos así. Son potencias que tenemos las personas, tremendamente efectivas. Bien canalizados, los sentimientos son como el agua de una catarata: producen una energía inmensa que se puede convertir en un torrente de beneficios.

A veces, un sentimiento negativo es un sentimiento que se ha exagerado, se ha llevado a un extremo o se ha retorcido. Es un sentimiento “enfermo”.

Y este sentimiento enfermo se puede curar. En mi libro hablo de siete: envidia, autocompasión, ira, menosprecio de sí mismo, tristeza, culpa y miedo. Y añado un capítulo más, dedicado a las mujeres, donde trato sobre esa tendencia al excesivo afán de control e hiperresponsabilidad que solemos tener las mujeres y que, muchas veces, más que ayudar, resulta un obstáculo en el crecimiento de los demás.

Curar

Curar, por definición, es sanar lo que está enfermo. Es fortalecer, enderezar, cuidar. Consiste en tratar aquello que está débil, poco firme, herido, maltrecho para reforzarlo y devolverle su salud óptima.

Un sentimiento negativo puede curarse convirtiéndose en otro positivo que nos ayude a vivir mejor, con más calidad de vida física, anímica y espiritual.

En el libro he abordado la curación como un proceso de sanación, con tres fases principales: diagnóstico, conocimiento a fondo y tratamiento.

Todos sabemos que para que se dé una curación física son necesarias, al menos, tres cosas: reposo, para que el cuerpo encuentre las fuerzas y defensas de sí mismo; un tratamiento adecuado que fortalezca el organismo, si es necesario; y finalmente, lo más importante quizás, voluntad de sanar.

La voluntad de sanar es básica en toda curación. Va más allá de todo tratamiento y de toda lógica. Una persona que lucha por salir adelante tendrá muchas más posibilidades de superar la enfermedad, pese a sus limitaciones. Su motivación y su empuje serán clave.

En la curación de los sentimientos la voluntad es especialmente importante, puesto que los sentimientos, como hemos dicho, pueden ser dirigidos por la mente. En nuestro símil del automóvil –carrocería, volante, motor- no he mencionado aún un elemento imprescindible: el conductor.

El conductor es nuestra dimensión más elevada, podríamos decir que es la espiritual. Es la dimensión que nos lleva más allá de nosotros mismos, a trascender de nuestra realidad y a ser creativos con nuestra existencia. En este nivel encontramos dos alas impresionantes que nos ayudan a superar cualquier enfermedad, obstáculo o dificultad: la voluntad y la libertad.

Creo firmemente que las personas nacemos con la capacidad de ser libres y de ejercer nuestra voluntad. Muchos afirman que nuestro destino está escrito, ya sea por la genética, el entorno social o los astros… La experiencia real, la historia, nos muestran que esto no tiene por qué ser así. Nuestra vida no está predeterminada por nada ni por nadie. Todos tenemos las capacidades suficientes para, un buen día, levantarnos y decidir cómo queremos vivir y hacia dónde queremos ir. Todos podemos marcarnos metas en la vida y girar el rumbo de nuestro pasado. Achacar nuestros males presentes a lo que hicieron nuestros padres, a nuestra infancia o a la educación que recibimos es una forma de abdicar de nuestra responsabilidad y de nuestro poder personal. Siempre podemos plantarnos y decir: voy a cambiar. Comienzo de nuevo. Por supuesto, para dar este paso se necesita un proceso interior y tiempo. Es un camino que cada persona ha de recorrer y para el que necesitará ayuda. Algunas personas no encuentran esa ayuda, otras la rechazan o no la buscan. Pero la posibilidad de superarnos existe. Y tenemos muchísimos ejemplos, de personas vivas, conocidas incluso, que lo demuestran.

Para sanar, recordemos, hay que recorrer un camino de tres fases: el diagnóstico, el conocimiento y la curación en sí.

El diagnóstico es el primero y, a veces, el más difícil, como en el caso de la envidia. Se trata de reconocer que estamos enfermos, que tenemos un sentimiento enfermo y necesitamos sanar. La consciencia es clave para iniciar el proceso de curación.

Conocer a fondo significa lo que llamo aprender las tretas del “enemigo”. Dónde, cómo, cuándo y por qué actúa, de qué forma se manifiesta, cuáles son sus estrategias… Conocer implica también autoconocimiento, es un paso más allá de la consciencia. No sólo soy consciente de, sino que me adentro para profundizar en mi realidad. Es un proceso que puede ser largo y durar años, ¡tenemos toda la vida! Lo importante es no detenerse y avanzar con calma. Y, de nuevo, a veces nos produce miedo o reparo este autoconocimiento profundo. No sabemos qué vamos a encontrar. Baste saber que las personas no somos tan diferentes unas de otras. No nos juzguemos como jueces implacables. Somos humanos, ni peores ni mejores que los demás.

Finalmente, el tratamiento llegará cuando ya tenemos un buen diagnóstico y un conocimiento de la situación. Analizado el sentimiento a fondo, podemos emprender una campaña para superarlo.

En el proceso de curación es cuando deberemos tomar una actitud más activa. Se trata de pasar del pensamiento y la reflexión a la acción. Y también cuesta un poco, porque es muy fácil pensar y ser consciente, ¡la mente trabaja muy aprisa! Pero ponerse manos a la obra requiere de voluntad y disciplina. Pide perseverancia y tiempo. Una vez más, la libertad y un buen puñado de pensamientos y sentimientos positivos nos pueden ayudar en esta fase.

Cómo –el cómo es importante

Finalmente, no me olvido de la primera palabra de este título. ¿Cómo curar? El “cómo” es más importante de lo que parece. Pues, aunque tengamos muy clara nuestra meta, a dónde queremos llegar, y aunque pensemos que “todos los caminos llevan a Roma”, en la práctica esto no es siempre así. Hay caminos más largos, otros más directos, otros que dan vueltas… y otros que nunca llegan.

En el cómo están incluidos todos esos pasos que he ido describiendo para alcanzar la curación. Pero no sólo los pasos. Falta algo muy importante: la actitud.

En una excursión o una carrera, el deportista deberá entrenarse físicamente y tener su equipo a punto. Pero algo tan importante o más que todo eso es su actitud. La actitud mental adecuada es la que nos llevará a la victoria.

Para recorrer este camino de sanación de los sentimientos, creo que son indispensables tres actitudes: la aceptación, la paciencia y el amor.

Aceptar cómo somos, aceptar nuestros sentimientos, incluso los negativos, es un primer paso fundamental para caminar hacia la curación. Abrazar nuestra realidad, con afecto, con profunda comprensión, allanará increíblemente nuestro camino.

La aceptación comporta una buena dosis de paciencia. Tengamos paciencia, aprendamos a ser pacientes con nosotros mismos. Si lo conseguimos, nos costaré mucho menos ser pacientes y comprensivos con los demás.

Un dicho reza: los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo…

Y el amor, ¡cómo no! es la fuerza que todo lo resiste, todo lo vence y todo lo embellece. El amor es la gran medicina, no sólo de los sentimientos, también del cuerpo. Cuántas enfermedades físicas tienen su origen en heridas emocionales. Cuántas dolencias no son otra cosa que hambre, hambre de afecto, de cuidado, de amor. El hambre de amor mata tanto como el hambre físico…

El amor no es un sentimiento. Comporta, eso sí, muchas emociones bellas y gratificantes, muchos sentimientos positivos… Pero es mucho más que eso. ¡Podríamos llenar libros hablando del amor! Como dice el refrán, “obras son amores, y no buenas razones”. El amor es acción. El amor se traduce en actos, gestos, palabras, actitudes… A veces el amor vendrá en forma de una carta, un abrazo, una palabra de ánimo. Otras, será simplemente una presencia: estar ahí. El amor, y esto no es un secreto para nadie, es esa fuerza que nos hace vivir, crecer y entregar lo mejor de nosotros. El amor completo es generoso y recíproco. El amor no entiende de barreras ni de condiciones. Tampoco entiende de sentimientos negativos. El amor los supera.

Todos podemos llenar nuestra vida de amor. Aunque nos parezca que no tenemos, que nadie nos lo da… Hay una fórmula que nunca falla: da amor, y tendrás amor a manos llenas.

domingo, 14 de octubre de 2007

El coraje

Continuando con la reflexión de la semana pasada, comentaba que dos virtudes son esenciales para forjar una comunidad: el coraje y la confianza.

El coraje

Para tener confianza, es necesario tener valor. El coraje es la virtud que nos empuja a salir de nosotros mismos, a confiar, a comprometernos. Es imprescindible para entregarnos y amar. Sin coraje, el amor no encuentra apoyo. Dicen que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo. El coraje aúpa y da alas al amor.

Necesitamos coraje para salir fuera de nuestras casas, que no sólo son los espacios físicos, sino ese caparazón que hemos construido a nuestro alrededor, formado por nuestras ideas, nuestras seguridades, nuestras formas de hacer… Metidos en esa concha, nos sentimos seguros y confortables. Pero, a veces, en lugar de protegernos, la coraza nos aísla. Nos pertrechamos en nuestra torre de marfil y acabamos solos y centrados en nosotros mismos. Es la torre del egoísmo, que nos cierra al mundo. Y en ese pequeño universo cerrado ya no puede entrar la luz. El infierno comienza ahí dentro, en ese caparazón endurecido.

Para romperlo y salir afuera precisamos valor. Y salir afuera quiere decir ponerse en camino para ir hacia los demás. Salir es ir al encuentro de los otros. Aprender a comunicarnos, a dar y a recibir, a confiar en ellos… Es cierto que no podemos ser ingenuos y confiar en cualquier persona, sin conocerla. Pero en aquellas personas que sabemos de cierto que nos aman, que nos quieren bien, que no pueden hacernos daño, porque desean lo mejor para nosotros, ¡en ésas hemos de confiar! Es muy triste ver cómo algunas personas desconfían de quienes los aman. Cuando los hijos desconfían de sus padres, o los padres de los hijos, o los cónyuges… o cuando los amigos dejan de darse mutua confianza, o la traicionan, entonces se producen rupturas muy dolorosas y heridas hondas que tardan mucho en cicatrizar. Sin dejar de ser lúcidos, sin perder de vista la cordura, hemos de aprender a salir de nosotros mismos y confiar.

También se necesita coraje para abrir nuestro corazón. A veces nos aferramos a nuestros viejos criterios y somos incapaces de cambiar. Sepamos abrirnos y dialogar. Eso no quiere decir renunciar a nuestros valores y a nuestra identidad, sino tener el valor de contrastarlos y enriquecerlos con otros. Sin una mente y un corazón abierto, no recibiríamos el alimento espiritual e intelectual que necesitamos para crecer como personas. Especialmente necesitamos abrir nuestro corazón a la palabra de Dios, que puede sacudir intensamente nuestro interior.

Finalmente, necesitamos coraje para perseverar. Los inicios de un camino, de una relación, de un compromiso, siempre son apasionantes. Como en un enamoramiento, nos invade la euforia y desbordamos de entusiasmo y fuerza. Pero al cabo de los años, vemos que ese fuego inicial no se mantiene solo; necesita que lo vayamos alimentando, a menudo con esfuerzo y trabajo por nuestra parte. Por eso es necesario ser constante, no desistir jamás. Una vez iniciamos un camino, hemos de seguir adelante, venciendo la desgana, los altibajos emocionales, el cansancio, incluso las enfermedades… Necesitamos coraje para seguir y no abandonar, para recorrer nuestro camino, haciendo acopio de fuerzas, hasta la meta final.

Muchas personas prefieren cambiar de camino. Como todos los comienzos son motivadores, pasan la vida probando y comenzando nuevos caminos. Es la manera de no llegar nunca a ninguna parte. Quien vive así experimenta mucho, pero avanza poco. Requiere mucho más valor elegir un camino y perseverar en él hasta el final. A tramos corriendo, otros más despacio, a veces superando enormes obstáculos… cuestas arriba. Pero siempre avanzando, hasta el final. Y los cristianos sabemos cuál es nuestra meta. Nuestra meta es el Cielo, el abrazo con Dios.

domingo, 7 de octubre de 2007

La confianza

Dos virtudes son esenciales para forjar una comunidad: el coraje y la confianza. Hoy hablaré de la confianza.

Confiar en Dios

Confianza es tener fe en alguien. Los cristianos decimos que tenemos fe en Dios. Nos fiamos de él. Sabemos que es grande, todopoderoso, que nos ama inmensamente y siempre está ahí… No cuesta mucho confiar en un Dios Amor.
Pero quizás nos cuesta más confiar en los demás. Y he aquí que Dios nunca nos habla ni se manifiesta directamente a nosotros, sino a través de las personas. ¿Por qué? Así lo ha querido. El evangelio lo dice: “A Dios nadie lo ha visto jamás”. Pero Jesús lo ha manifestado entre los hombres.

Los discípulos de Jesús creyeron en él y confiaron en él. Jesús, siendo Hijo de Dios, era perfecto y sin pecado alguno. Pero también era humano. Su manera de ser y sus acciones no eran del agrado de todos y tuvo muchos críticos y detractores. Para algunos, se relacionaba demasiado con pecadores, publicanos, gente de mala fama, prostitutas. Para los fariseos, celosos observantes de la ley, era un mal cumplidor de los preceptos. Otros encontraban sus palabras excesivamente rigurosas y exigentes. Hubo momentos en que las multitudes seguían a Jesús, pero hubo otros momentos de abandono y deserción. En una de esas ocasiones, el evangelio dice que “muchos lo dejaron”. Es entonces cuando Jesús pregunta a Pedro: “Y vosotros, ¿también queréis iros?”. Y Pedro, lleno de fe, responde: “¿A quién iremos, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”. Esa respuesta vehemente, llena de convicción, responde a la fe del discípulo incondicional. Pedro confía en Jesús. Ha sabido ver el rostro de Dios reflejado en él. Y, con Pedro, los restantes discípulos también confían en él. Creen que es verdaderamente el Hijo de Dios. Uno sólo entre ellos desconfió de Jesús. Y las consecuencias de esta desconfianza llegarían a ser trágicas. La traición de Judas se explica, entre otras cosas, a raíz de una profunda desconfianza hacia su maestro.

Los cristianos de hoy podemos gozar de la presencia de Jesús sacramentado, en la eucaristía y en el Sagrario. Sabemos que él siempre está con nosotros… pero no lo vemos físicamente. ¿Quién es para nosotros el rostro de Jesús?

Confiar en la Iglesia

La respuesta la hallamos en la Iglesia. De la misma manera que los apóstoles confiaron en Jesús, los cristianos estamos llamados a confiar en nuestros pastores, en la enseñanza de la Iglesia, en los sacerdotes, en los demás miembros de la comunidad. Si no confiamos en ellos, ¿cómo podemos pretender confiar en Dios? Es cierto que la Iglesia, formada por personas humanas, tiene muchas imperfecciones. Pero en los sacerdotes y en los hermanos no debemos limitarnos a ver los defectos humanos, pues todos los tenemos; los mismos apóstoles fueron personas con muchas limitaciones y defectos. Hemos de ver en ellos a hombres de Dios, llamados a una misión que compartimos todos. Los sacerdotes han recibido un don muy especial, y es esto lo que debemos considerar más importante. Confiemos en la Iglesia y en los sacerdotes. Trabajemos a una con ellos. Son los pastores que nos han sido enviados a las comunidades. No los hemos elegido, ni ellos nos han elegido a nosotros. Pero nos une algo más fuerte que nuestra voluntad: Dios. Si en una comunidad todos caminan unidos, confiando unos con otros, con una misma meta y un espíritu de servicio, esa comunidad será un trozo de Reino de Cielo. Avanzará y cumplirá su misión en el mundo.

La confianza es clave para que los grupos, las familias, las comunidades, se fortalezcan y crezcan. Allí donde entra la desconfianza, se quiebran las amistades y se acaban rompiendo las relaciones. La desconfianza agrieta y destruye. En cambio, la confianza es la amalgama que todo lo une y lo fortifica. Donde hay confianza, se pueden construir proyectos sólidos.