domingo, 13 de agosto de 2006

Preguntas en la frontera

Tras finalizar una serie de artículos sobre las mujeres de la Biblia iniciaré a partir de la próxima semana otra serie de escritos sobre las preguntas candentes y límites que se plantean hoy a las religiones y, en especial, a la Iglesia Católica.

Son muchas las personas que, hoy, buscan vivir su espiritualidad fuera de las religiones tradicionales. El rechazo a una religiosidad impuesta y asimilada con estrictas normas morales se une al afán, tan humano, de buscar un sentido trascendente a la vida. Esto ha provocado una gran efervescencia espiritual mezclada con muchas otras tendencias culturales. En medio de estas corrientes, se levantan múltiples voces cuestionando ciertas creencias y verdades que la Iglesia siempre ha defendido.

Preguntas como:

- ¿para qué sirven las religiones?
- ¿favorecen las religiones el fundamentalismo?
- ¿fomentan la división y los conflictos?
- ¿es la Iglesia una institución jerárquica de poder?
- ¿fue Jesús realmente un hombre y a la vez Dios?
- Dios, ¿Padre o Madre?
- ¿tiene sentido hablar de un Dios personal?
- ¿dónde está la feminidad sagrada?
- ¿todos los caminos llevan a Dios?
- ¿existe una única Verdad o sólo la verdad de cada cual?
- ¿qué es el gnosticismo?
- ¿quién fue María? ¿podemos hablar de ella como una divinidad?
- ¿cómo explicar el misterio de la Trinidad de Dios?
- ¿oculta algo la Iglesia al mundo de hoy?
- el esoterismo y la revelación, dos perspectivas muy diferentes
- ¿necesitamos guías espirituales?

...y otras, asaltan a los creyentes de hoy, así como a muchas personas que buscan respuestas a sus inquietudes trascendentes.
Con estos interrogantes, me he lanzado a preguntar a diversas personas, teólogos y estudiosos entendidos en la materia. Las respuestas que he obtenido, algunas las intuía; otras han sido esclarecedoras. Serán el tema de mis próximas anotaciones.

domingo, 23 de julio de 2006

María Magdalena

Inmaculada

La publicación del Código da Vinci y varios reportajes televisivos han hecho correr ríos de tinta sobre este personaje femenino que siempre ha fascinado y que ha suscitado encendidas y apasionadas polémicas.

Quisiera ofrecer aquí otra visión de María Magdalena, muy modestamente y a partir de la simple lectura y profundización de los evangelios y de la vivencia de una mujer que se siente amada por Dios.

María Magdalena es una de las mayores santas de la Iglesia. Junto con María, la Madre de Jesús, es llamada "inmaculada", es decir, pura, sin mancha. Son las únicas santas que reciben este apelativo. Ambas resplandecen y son modelos para la mujer creyente de hoy. De dos maneras diferentes, ambas tienen un protagonismo especial en la historia de Dios y la humanidad.

La denominación de inmaculada aplicada a las dos Marías no es algo reciente, sino que se remonta a los padres de la Iglesia, allá por los siglos V y VI de nuestra era. Así como María de Nazaret es inmaculada desde su misma concepción, por la gracia, como explican los teólogos, María de Magdala es inmaculada "por la penitencia". Y por penitencia no debemos entender castigo o mortificaciones sin fin. Penitencia, en su sentido etimológico, significa limpieza. María Magdalena fue limpia porque, como cuentan los evangelios, "amó mucho". Ese amor y la confianza en Jesús hicieron posible que éste, en palabras bíblicas, "sacara de ella siete demonios". También debemos interpretar esta frase. Por demonio se designa el mal, todo aquello que puede causarnos daño y alejarnos de Dios. Siete es el número de la plenitud, de la totalidad. Decir que le fueron sacados siete demonios significa que María Magdalena había quedado totalmente limpia de cualquier mal que pudiera albergar en su interior. Así, por un camino diferente, llega a un estado de gracia similar al de la Virgen María. Ambas son nítidas y transparentes y su corazón está abierto para recibir a raudales todo el amor que Dios quiere depositar en ellas. Con ese amor, también llegará una gran misión.

La familia de Jesús

Los evangelios son narraciones sobrias y sumamente poéticas, llenas de simbolismos que deben interpretarse sin frivolidad. No entran en muchos detalles en cuanto a las vidas de sus personajes, pero dejan entrever mucho. Todos los historiadores y teólogos serios que han estudiado a fondo los evangelios y su contexto coinciden en señalar que Jesús fue un hombre célibe. De haber estado casado y haber tenido hijos, como la mayoría de rabinos judíos, este hecho hubiera sido inmediatamente destacado y mencionado en los evangelios. No hubiera tenido sentido ocultar una verdad tan evidente, cuando el celibato era, en aquella época, una opción de vida minoritaria y no muy bien considerada.

Pero Jesús no vivía aislado. En un conocido pasaje evangélico su parentela acude a buscarlo. Jesús señala a sus discípulos, aquel grupo de amigos que lo seguía a todas partes y a quienes, seguramente, a menudo acompañaban también algunas mujeres. Dice: "Estos son mi padre, mi madre y mis hermanos". La concepción de familia de Jesús va más allá de los vínculos de sangre. Alude a la familia espiritual, no menos sólida que la natural, unida por un mismo espíritu. Y en esta familia espiritual, Jesús no discrimina a nadie, elevando a la mujer a la misma altura que el hombre en valor y dignidad. Son muchos y diversos los episodios evangélicos en que Jesús rompe con los tabúes que marginan a la mujer en la sociedad hebrea.

Las primeras apóstolas

María Magdalena era una entre las mujeres que seguían a Jesús en sus viajes. A buen seguro, todas ellas formaban un grupo extraordinario. Valerosas, entregadas y sumamente providentes, posiblemente muchas de ellas contribuían a sostener económicamente el grupo de los apóstoles y los ayudaban en su labor, cada una como podía. Algunas de ellas eran parientes de Jesús y de sus discípulos –su propia madre, una tía de Jesús, la madre de los Zebedeos… Otras eran incluso señoras de buena posición, como la esposa de Cusa, un administrador de Herodes. Posiblemente María Magdalena era también una mujer bien situada y con recursos. El valor de estas seguidoras de Jesús se ve patente en los momentos más críticos. Cuando los discípulos lo abandonan, a las puertas de la muerte, y huyen por temor a las represalias de judíos y romanos, ellas ignoran todo riesgo y siguen a su maestro hasta el pie de la cruz. La Iglesia nace sostenida por el valor de un puñado de mujeres.

Un amor nuevo y libre

Entre todas ellas, María Magdalena brilla con una luz especial. Posiblemente porque, como aquel discípulo "a quien Jesús amaba", también ella había amado mucho. Es la primera a quien se aparece Jesús resucitado. La escena del huerto, junto al sepulcro, es comparada por algunos autores con el Cantar de los Cantares. María busca a su maestro. "Me levantaré, y daré vueltas por la ciudad, y buscaré por calles y plazas al amado de mi alma", reza el Cantar. Cuando ve a Jesús, sin reconocerlo, pregunta: "¿Dónde lo has puesto? Si te lo has llevado tú, muéstrame dónde está, que me lo llevaré?". Resuenan como un eco las palabras de la Amada en busca del Amado: "Lo anduve buscando y no lo encontré… ¿No habéis visto al amado de mi alma?"

Y Jesús le abre los ojos llamándola por su nombre: "María". Ella se arroja a sus pies y lo abraza con fuerza. "Cuando a pocos pasos me encontré con el que adora mi alma, le así, y no le soltaré…", dice la esposa del Cantar de los Cantares. Jesús le responde con unas palabras que pueden resultar incomprensibles. "Déjame, que aún no he ido al Padre".

Con este gesto, Jesús no la está rechazando, ni rechaza el amor humano. Está dando un paso más allá hacia un amor enaltecido. El amor verdadero no posee, no agarra ni sujeta a nadie. El amor, antes que de nadie, es de Dios. Pasado por Dios, como metal forjado al fuego, ese amor se libera, se despoja de todo poder, de toda ansia de dominación, y se fortalece hasta el infinito. En ese encuentro, después de la resurrección, María Magdalena aprende el amor gratuito y libre de los que se sienten hijos amados de Dios.

La mujer, santuario

Es llamada "apóstola de los apóstoles", y esta denominación es muy antigua, aunque poco conocida y difundida. Es extraordinario que un texto, escrito hace casi dos mil años, en una época y en una cultura patriarcal donde la mujer era menospreciada, señale a las mujeres como las primeras en ver a Jesús, Dios hecho hombre, resucitado. Esto no es algo trivial. Su mensaje es muy claro. Dios siempre ha confiado en la mujer. Confió su humanidad a sus entrañas, confió el anuncio de la resurrección a su corazón, abierto y sensible. Y confió en ella el gozo de una vida inmarcesible.

María Magdalena es un espejo maravilloso donde cualquier mujer puede verse. Amada por Dios, tan sólo le basta un corazón tierno y abierto, un corazón que ha amado mucho para recibir a torrentes el gozo que lava toda tristeza y toda sombra. Toda mujer creyente de cualquier estado y condición está llamada, invitada, diría yo, con ternura, a ser inmaculada y a albergar dentro de sí al mismo Dios. La mujer es santuario. No necesita nada más. El mismo amor que la invade hará resplandecer su interior.

domingo, 9 de julio de 2006

Volver a la esencia femenina

Me han enviado comentarios muy hermosos y profundos sobre Eva, así que voy a reproducirlos aquí, pues dan pie a otras meditaciones sobre la realidad de la mujer en el mundo. Agradezco a Elena de Paz estas aportaciones.

La inocencia y la sabiduría

La razón por la que Eva fue tentada, y no Adán, fue posiblemente porque ella era quien tenía la capacidad para engendrar vida humana. La serpiente sabía que, caída ella, toda la humanidad caería.

La caída de Eva fue dejar de confiar en Dios y en sí misma. Ella fue creada a imagen de Dios. No es Dios, pero parte de su esencia viene de Él. En cada ser humano hay una llave que nos abre una puerta hacia Dios. Por esto los pueblos de todo el mundo podemos sentirnos hermanados y la comunión es tan importante, puesto que la fuerza de muchas puertas juntas, abiertas, crea una corriente que puede provocar auténticos vendavales. Y, a menudo, unos nos convertimos en llaves para otros, ayudándonos mutuamente a abrirnos camino a nuevas oportunidades, conocimientos y experiencias.

Eva no tiene vergüenza proque sabe que entre ella y Dios no hay muros. Él lo conoce todo de ella, y ella es inocente, no tiene nada que ocultarle y tiene todo el conocimiento que desee siempre a su alcance. Tan sólo debe abrir su puerta interior para obtenerlo.

El demonio-serpiente quiere envenenar a esta mujer, libre y feliz, confiada en Dios –tal vez esto es lo que reconcome al diablo, puesto que él, en su momento, también desconfió... Así que decide separarla de Dios para ver cómo se espabila.

La ruptura y el dolor

La tienta con la manzana como símbolo de un conocimiento total, divino, externo y prohibido. Ella duda de sí misma y de Dios. Ah, ¿será que necesito esto para conseguir un conocimiento que aún no poseo, al que no tengo acceso? Al comer la manzana se da cuenta de que el conocimiento no está en el fruto, sino en el día a día en el jardín, en su unión con el hombre, su compañero, y con Dios... Entonces ve su error. El pecado no fue buscar el conocimiento, sino pensar que estaba fuera de su alcance y que Dios se lo guardaba celosamente para sí. En realidad, Dios lo compartía con ella siempre que ella quisiera. La totalidad, simbolizada por el árbol de la vida, sólo es accesible a Dios porque sería demasiado para nosotros. Pero a través de él tenemos lo necesario en cada momento. Querer tener todo el conocimiento del mundo sería como querer comer en un día lo que ingerimos en un año entero. Nos saturaríamos y moriríamos de empacho.

Eva se viste por vergüenza, porque ya no se siente una con Dios ni con el hombre. Es entonces cuando se le profetiza que parirá con dolor. El gozo y el éxtasis de la unión, con Dios y con el hombre, se convierte en separación y ruptura. Y esta separación provoca sufrimiento. Eva es el paradigma de este gran dolor.

Sí, la desconfianza fue la raíz de la ruptura, pero la consecuencia no sólo ha sido una lucha incesante de la mujer contra el mal.

Saber, opresión y liberación

Una lectura peculiar de este texto ha generado corrientes filosóficas y religiosas que asocian la traición y la separación de Dios con la búsqueda del conocimiento, con lo cual se asume que esta búsqueda es peligrosa. Así es como la ciencia se ha llegado a presentar como enemiga de la fe, cuando, en realidad, deberían hermanarse. Muchas culturas han alejado a la mujer del acceso a la cultura y al saber. Se las ha tachado –y ellas lo han creído –indignas del conocimiento, faltas de discernimiento e incapaces de ejercer su libertad. Se ha inculcado en las mujeres un sentimiento de culpa, y ese sentimiento ha sido el punto débil sobre el que muchos hombres se han aupado para justificar la opresión de la mujer de manera muy efectiva, durante generaciones.

Una cierta interpretación del Génesis explicaría la situación de la mujer durante muchos siglos en las sociedades judeocristianas y musulmana. Sometida al hombre, insegura de su conocimiento y de su naturaleza, sintiéndose culpable. Aún hoy, en el mundo occidental, la mujer tiene que luchar para que sus condiciones, libertades y derechos, igualen plenamente las del hombre. Por ejemplo, trabajar y ser madre puede llegar a ser muy difícil en ocasiones. Una mujer que quiere ocupar altos cargos debe jugar y adaptarse a las reglas masculinas. Los talentos femeninos, como la intuición, la empatía y la cooperación, sólo tienen cabida en ámbitos como el de la solidaridad y el altruismo, aunque algunas valientes pioneras poco a poco comienzan a introducir cambios en otros entornos.

Si las mujeres recuperan su seguridad en si mismas y aplican sus conocimientos en todos los campos, seguramente el mundo cambiará. En un plano más íntimo, creo que las mujeres hemos de recordar constantemente que tenemos en nosotras la llave del conocimiento a través de nuestra puerta, siempre que esté abierta a Dios. El siempre ha estado a nuestro lado, hemos sido nosotras las que nos hemos vestido y ocultado a sus ojos, tontamente. Es el momento de llamar a la puerta de nuevo... Grandes mujeres, como Santa Teresa (recordemos la hermosa metáfora de Las Moradas) no han escapado al conocimiento y han abierto su puerta a Dios. En estos tiempos de cambios e incertidumbre las mujeres tenemos la oportunidad y la necesidad imperiosa de regresar a nuestra esencia primigenia, la mujer en armonía con Dios, con el hombre y con toda su creación.

Elena de Paz

sábado, 24 de junio de 2006

Sara, la que creyó

Esposa de un hombre de fe

Como tantas otras grandes mujeres de la Biblia, Sara vive a la sombra de su tienda y de su esposo, Abraham, el patriarca del pueblo judío.

La historia de Sara y Abraham es azarosa. Se va desarrollando entre las tierras de Palestina y Egipto, siguiendo el periplo de Abraham y su tribu en su vida nómada de rico propietario ganadero. La Biblia nos resalta en todo momento una relación muy especial de Abraham con Dios, a quien habla de tú a tú, y con quien le une, no sólo la veneración debida a un Dios poderoso, sino una confianza que llega a ser entrañable.

El drama de Sara, esposa de un hombre importante, era la esterilidad. La promesa de Dios a su marido: “serás padre de un gran pueblo”, hacía aún más absurda y dolorosa su situación. Como relata la Biblia, Abraham tomó a su esclava Agar para tener descendencia con ella. Fruto de esta unión nació Ismael, padre, según la tradición, de los futuros pueblos arábigos, hermanos del pueblo judío.

Pero las cosas iban a cambiar para Sara. Siendo ya de edad madura, ella y su esposo reciben una visita un tanto especial.

El huésped

Tres hombres embozados se acercan al campamento de Abraham y piden su hospitalidad. Éste los acoge solícito e inmediatamente reconoce que es una visita extraordinaria. Es Dios mismo, en forma humana, quien acude a visitarlo. Abraham pide a su esposa que les prepare los manjares más selectos para comer.

Acabado el banquete, los visitantes misteriosos llaman a Sara y le hacen una promesa: al cabo de un año, tendrá un hijo. Sara ríe. ¿Cómo creer esas palabras, si es estéril y ya ha dejado atrás la edad reproductiva? Pero la promesa se cumple. Y Sara engendra a Isaac, el joven a quien su padre amaría entrañablemente. El mismo que Dios le ordenaría poner en sus manos, años después.

Como la de Abraham, la de Sara es una historia de fe. Ante las palabras de Dios, a veces incomprensibles, absurdas o alejadas de nuestra lógica humana, la primera reacción es de incredulidad, hasta de risa. La Biblia cuenta que Sara soltó la carcajada cuando oyó las palabras de sus invitados. Sí, el designio de Dios puede parecernos un tanto increíble, aunque éste sea bueno. Al menos, Sara ha hecho una cosa: ha acogido a Dios, ha sido hospitalaria. Y las palabras divinas se han abierto paso en su corazón, muy a su pesar. ¿Acaso tener un hijo no es lo que más desea en el mundo?

Dios conoce lo que desea nuestro corazón

Dios sabía lo que más anhelaba Sara. Así ocurre con todo ser humano. Dios conoce los secretos y los deseos más recónditos de nuestro corazón. Ni una lágrima, ni un anhelo, le es indiferente. Si estas aspiraciones nos llevan a la plenitud, ¿cómo dudar que nos las va a conceder? ¡El no desea otra cosa! Somos nosotros quienes, a veces desconfiamos. No creemos que Dios pueda ser tan magnánimo, tan generoso o tan conocedor de los entresijos de nuestra alma. Poner aquello que deseamos en sus manos es la manera más segura de conseguirlo, siempre que esto contribuya realmente a nuestro bien.

Así lo hizo con Sara, contra todo pronóstico. Lo que para las fuerzas y capacidades humanas es imposible, no lo es para Dios. ¿Puede ser imposible para quien ha creado la naturaleza humana producir en ella un pequeño cambio? Sólo el artista es capaz de retocar su obra para perfeccionarla.

Esta historia nos proporciona un poderoso aliciente ante los obstáculos que impiden nuestra felicidad o bienestar. Tal vez algunos de ellos son fácilmente solucionables. Otros nos parecerán imposibles. ¿Cómo cambiar nuestro carácter, nuestra propia naturaleza, nuestros defectos, nuestra historia? No es necesario. Dios puede hacer milagros y hacer brotar flores hasta del desierto. Sí, también en nosotros Dios puede hacer maravillas. De lo estéril, Dios puede sacar fruto abundante. Con Dios, nuestras miserias y debilidades pueden producir actos de nobleza y heroísmo humano. Nadie está excluido. Pero Dios es un huésped sumamente gentil y educado. Si no lo invitamos a pasar, como hicieron Abraham y Sara, si no lo dejamos entrar en nuestro hogar, jamás forzará la entrada ni nuestra respuesta. Dios sólo intervendrá en nuestra vida si se lo permitimos. Sólo fecundará nuestro jardín interior si le abrimos la cancela. Eso sí, una vez esté dentro, nos asombraremos ante lo que pueda ocurrir. Pues nosotros pedimos favores y gracias con medida humana, y él da con medida de Dios: inabarcable, inesperada, magnificente.

El cambio de nombre

En la historia de Abraham y Sara se da un hecho que vale la pena explicar. Ambos personajes eran llamados, inicialmente, Abram y Saray. Desde el momento en que comienza su relación más estrecha con Dios, éste mismo les cambia los nombres por los nuevos de Abraham y Sara. El nombre, en la cultura hebrea, es importante. No sólo distingue a una persona de otra: el nombre expresa su identidad y su mismo ser. El cambio de nombre equivale a cambio de persona. Es decir, después de que Dios pase por sus vidas, Abram y Saray ya nunca serán los mismos. Serán un hombre y una mujer nuevos. Así sucede con todo aquel cuya vida se ve sacudida por el soplo de Dios. Su aliento, como dice un hermoso salmo, renueva la vida y la faz de la tierra. También renueva y hace renacer por dentro a la persona que se abandona en sus manos y confía en su amor.

martes, 13 de junio de 2006

Rebeca, la astuta

Rebeca, como tantas mujeres bíblicas, nos puede resultar sorprendente y contradictoria. Rebeca ha pasado a la historia por ser la esposa de Isaac, el hijo de Abraham, y también por ser madre de los hermanos Esaú y Jacob. Su proeza consistió en una célebre triquiñuela que empleó para engañar a su esposo y conseguir que su hijo favorito, Jacob, el pequeño, fuera elegido heredero de su padre y recibiera su bendición. La historia de Rebeca está íntimamente ligada a un famoso plato de lentejas.

El ardid

Resumiendo el episodio, la Biblia nos cuenta que el matrimonio de Isaac y Rebeca tuvo dos hijos. Esaú, el mayor, robusto y velludo, cazador y temperamental, era el preferido de su padre, mientras que Jacob, el menor, más delicado, lampiño de cuerpo, inteligente y de carácter suave, era el predilecto de su madre.

Un día, regresando de cazar y con hambre de lobo, Esaú encontró a su hermano menor guisando una cazuela de lentejas. Tan hambriento estaba, que le prometió darle lo que fuera a cambio de un plato de aquel suculento guiso. Jacob, ladino, le pidió el derecho de primogenitura, a lo que Esaú, un tanto ligeramente, accedió, mientras daba cuenta de las lentejas. Y se olvidó del asunto.

Pero Rebeca había oído lo sucedido entre ambos hermanos. Dispuesta a asegurar un buen porvenir para Jacob, aprovechó que su esposo era viejo y estaba casi ciego para engañarlo. Mientras Esaú estaba ausente, cazando para ofrecer una buena presa a su padre, Rebeca ordenó a Jacob cubrirse los brazos con un vellón de carnero. A instancias de su madre, y fingiendo ser Esaú, el joven Jacob guisó un buen estofado para su anciano progenitor y éste, agradecido, le ofreció su bendición y el derecho de primogenitura. Pero al oír su voz dudó. “Es la voz de Jacob”, decía Isaac. Entonces Jacob tendió hacia él sus brazos cubiertos de la piel de carnero. Al palpar el vello, Isaac cayó en la trampa. “Los brazos son de Esaú”. Y lo nombró su heredero y le dio su bendición. Cuando Esaú llegó del monte con su botín, ya era tarde para él. Este fue el inicio de una azarosa etapa de persecuciones y huidas entre ambos hermanos, hasta su reconciliación final, muchos años más tarde. Como todos sabemos, Jacob conservó sus derechos y, cuenta la Biblia, fue padre de doce hijos que darían origen a las doce tribus de Israel. Después de Abraham, Jacob es el gran patriarca del pueblo judío.

La madre astuta

Rebeca se nos presenta como modelo de madre astuta que no vacila en emplear sus ardides a fin de conseguir lo mejor para su hijo predilecto. Vemos cómo estas cualidades de la madre son heredadas por su hijo, Jacob, quien también las empleará durante su vida para salir adelante, enriquecerse y llegar a ser un hombre notable en medio de su pueblo. La historia de Rebeca nos muestra cómo la acción de las madres es decisiva en la vida de los hijos. Dicen los pedagogos entendidos que las mayores cualidades que heredan los hijos suelen ser las virtudes de la madre.

Moralmente, la actuación de Rebeca es muy cuestionable. Pero su resolución debería, cuando menos, hacernos reflexionar. La astucia en si no es nada malo, si se emplea para un buen fin. No se trata de justificar los medios por el fin, sino de rescatar una cualidad del ser humano que a menudo nuestra cultura ha hermanado más con los vicios y los defectos que con las virtudes.

La astucia, léase aquí, la capacidad de tramar un plan con inteligencia, evitando los enfrentamientos violentos, debería ser una cualidad a recuperar, debidamente depurada de cualquier interés dañino o egoísta. Cuántas veces se producen rupturas, discusiones, situaciones violentas y distanciamiento entre las personas por no haber sabido tratar con tacto y perspicacia un asunto. La astucia, que Jesús elogia en el evangelio, debería ser una clase de diplomacia, delicadeza y saber hacer que evitara el dolor y las fricciones entre las personas, cuando esto sea posible.

Conjugar inteligencia y corazón

Rebeca nos hace presente una frase de Jesús que deberíamos recordar con frecuencia: “sed mansos como palomas y astutos como serpientes”. Muy a menudo nos concentramos en la primera parte, es decir, en la ingenua mansedumbre, que llega a ser pánfila y corta de miras, y no reparamos en la segunda.

La astucia, la capacidad de raciocinio, la inteligencia, son dones de Dios. Como talentos, hemos de emplearlos y desarrollarlos. Bien usados, también contribuyen a nuestro bienestar. La persona puede ser bondadosa, leal, de trato amable y magnánimo, sin que esto signifique que deba ser ingenua o boba. La astucia no está reñida con la bondad. Es más, la bondad sola y simple, sin inteligencia, puede llevarnos a chocar una y otra vez con los demás, causando incluso un daño que no pretendemos. En cambio, si empleamos la inteligencia –el cerebro, la mente –y la conjugamos sabiamente con el corazón, es posible que las cosas nos vayan mejor, a nosotros y a quienes nos rodean.

Un apunte sobre las lentejas

El episodio de las lentejas también tiene una profunda carga pedagógica. Los dos hermanos, Esaú y Jacob, representan dos actitudes diversas ante la vida, como algunos filósofos y literatos han hecho notar. Esaú es el hombre que vive el presente, la inmediatez, el disfrute de lo rápido. Es el hombre del “lo quiero ya, ahora, pronto”. Sin duda, es una imagen de nuestros tiempos acelerados. En cambio, Jacob, como su madre Rebeca, es el hombre que sabe esperar, con paciencia. Traza sus planes y aguarda el momento para actuar. Es el hombre racional, que piensa y actúa de acuerdo con un plan. Esaú vive el instante. Jacob se propone una meta y la persigue hasta alcanzarla.

La actitud de Esaú nos resulta muy familiar e incluso podemos simpatizar con ella. Personifica la filosofía del carpe diem hasta el extremo. Vive el ahora, no te preocupes por el futuro, porque, ¡Dios dirá! Pero las consecuencias de su despreocupación serán enormes. Esaú perderá lo más valioso que podía tener y la angustia y el resentimiento lo acompañarán durante largos años. En cambio, el paciente Jacob, cuya vida no parece sino una sucesión de esperas y de trabajo largo e ingrato (recordemos la historia de Raquel, ¡Jacob tuvo que esperar siete años para casarse con la mujer que amaba!), finalmente alcanzó la plenitud, colmando sus aspiraciones y su vida.

El vitalismo de Esaú, en realidad, es trágico. Al carecer de visión de futuro, se convierte en existencialismo que lo lleva al vacío. Por el contrario, la actitud serena y reflexiva de Jacob lo conduce a una vida intensa y plena.

Sin dejar de disfrutar el presente –lo único que tenemos –esta historia apela al equilibrio necesario entre el goce vital y la necesidad de orientar la vida hacia un norte, trazando un plan básico que dé sentido a la existencia de cada cual. El recorrido de ese camino, disfrutando de cada paso, pero sin perder la meta de vista, puede convertir nuestra vida en una aventura gratificante y motivadora.

Se dice que estamos entrando en una era histórica donde los valores femeninos ganan cada vez mayor protagonismo. Rebeca es un símbolo de estos valores. Es propio de la mujer pensar, meditar y aguardar que las cosas sigan su proceso, sin precipitación. La obsesión del corto plazo, del “ya mismo”, no es propia de una cultura auténticamente femenina. Una mujer sabe esperar muy bien. Sabe que la vida humana requiere de nueve meses para gestarse y salir a la luz. Sabe que una persona requiere de mucho más que nueve años para hacerse adulta… Sabe, intuye y tiene grabados en su sangre los ritmos vitales de la naturaleza, con sus vaivenes y sus aparentes pausas. Unos ritmos que poco tienen que ver con el frenesí y la loca precipitación de la vida contemporánea. Si nuestra civilización quiere ensalzar los valores femeninos deberá apelar a un ritmo más sosegado y paciente. Y también deberá rescatar la astucia, la intuición, la capacidad de meditar, de planear a medio y largo plazo y de soñar para el futuro.

martes, 16 de mayo de 2006

Raquel, una historia de amor

Un amor más allá de la razón

La historia de Raquel está íntimamente ligada con la de Jacob, padre de doce hijos de quienes descenderían las doce tribus de Israel. Raquel es una mujer muy femenina y hermosa, tal como nos la describe el Génesis, y no siempre virtuosa en sus sentimientos y actitudes. Pero hay algunos rasgos en su historia que merece la pena destacar.

Raquel, con Jacob, protagoniza una hermosa historia de amor. Por ella, Jacob trabaja siete años para su padre, Labán. Pero Labán lo engaña en la misma noche de bodas y sustituye a su hija Raquel por su hermana mayor, Lía, alegando que en su tierra no es correcto dar en matrimonio a la hija menor antes que a la primogénita. Para conseguir desposarse con Raquel, a Jacob no le importa trabajar siete años más en la hacienda de Labán. Tan enamorado está, que los años “aún se le hacen pocos días”. Este romance es una bonita flor que brota en las páginas bíblicas, sobrepasando las convenciones de una sociedad patriarcal arraigada en sus costumbres.

El deseo de maternidad

La relación entre ambas hermanas, Lía y Raquel, una amada y la otra desposada por la fuerza, no será fácil. Lía concebirá muchos hijos, mientras que Raquel tardará años en hacerlo. Los celos estallarán entre ambas hermanas, que rivalizarán durante años por dar descendencia a su esposo. Finalmente, también Raquel tiene hijos. El primero de ellos es José, que más tarde sería vendido por sus hermanos e iniciaría la aventura del pueblo de Israel en Egipto.

Así, vemos cómo la gran pasión de la vida de Raquel fue la maternidad. En su contexto histórico, ser madre era lo que más valor daba a la vida de una mujer. Su último hijo, Benjamín, fue alumbrado en un parto difícil, que le causó la muerte. Raquel lo llamó Ben-Omi, hijo del dolor, aunque posteriormente su padre lo renombró Ben-Iamin, el hijo de la dicha, en recuerdo de la felicidad que había disfrutado junto a su esposa. Hoy día en algunos países se ha extendido un movimiento llamado “el apostolado de Raquel”. Consiste en ayudar a aquellas mujeres que, a pesar de las dificultades y los riesgos para su salud, deciden ser madres y llevar adelante su maternidad. Y esto me lleva a la segunda reflexión.

La actitud de estas madres, que para muchos es heroica, ciertamente puede ser discutible. ¿Por qué arriesgar la vida, sin necesidad, para tener un hijo? ¿No resulta absurdo e imprudente? Tal vez una mujer con dificultades o peligro para engendrar debería buscar otras opciones. Pero, en el supuesto de que esté ya embarazada y peligre su vida, ¿quién puede erigirse en juez e impedirle que opte por la vida de su hijo? Hoy día, el aborto es permitido y legal en muchos países, con o sin restricciones. En España, si la madre corre un riesgo para su salud, física o anímica, se considera lícito. La elección de las madres que prefieren continuar adelante con su embarazo y tener su criatura no puede menos que ser admirada, del mismo modo que admiramos el heroísmo de quienes se arriesgan altruistamente para salvar la vida de otros, aún sabiendo que pueden perder la vida en el intento.

Dar la vida, algo intrínseco al ser humano

Muchos podrían alegar insensatez o locura en la disponibilidad para dar la vida por los demás. Hoy día, incluso podría tacharse de fanatismo religioso. Algunos aseguran que estas actitudes van en contra de la verdadera naturaleza e instinto humano, que son enfermizas y neuróticas, casos de psiquiátrico y no muestras de grandeza moral. Quienes afirman esto quizás tengan una pobre imagen de lo que es la naturaleza humana.

Es propio del instinto humano luchar por la supervivencia y por la propia preservación. Pero, incluso en los animales, se dan otras tendencias que a veces pueden contradecir estos primeros impulsos y superarlos. Se ha observado que muchas hembras de mamíferos son capaces de arriesgar su vida y de atraer a los depredadores hacia sí mismas para proteger a sus crías. Si esto se da en los animales, ¿cómo podemos pensar que sea extraño a la especie humana? El amor abnegado, el amor que no necesita razones, sin límites, sin miedos y sin reparos, es tan connatural al ser humano como su capacidad de sobrevivir. Dar la vida por amor es algo que se hunde en las mismas raíces de nuestro ser. No se trata de una actitud extraña o ajena a nuestra verdadera naturaleza, sino de un reflejo del mismo Amor que nos hizo existir: ese aliento sagrado de Dios que aletea sobre el universo y palpita tras la vida de todos los seres de la Creación.


lunes, 1 de mayo de 2006

Más sobre Eva

Un preludio de la igualdad de géneros

La mayoría de gentes se refieren al relato de la Creación que refiere cómo Eva fue creada de la costilla de Adán. Tal vez muchos ignoran que el Génesis ofrece dos relatos paralelos de la creación del ser humano. El más conocido es el que acabo de mencionar. Es el más antiguo y, en realidad, recoge mitos comunes a diversas religiones orientales. El otro relato, escrito en época más reciente, nos dice sucintamente que Dios creó al hombre (hombre en sentido genérico), e inmediatamente precisa: hombre y mujer los creó. No dice que creara al uno antes que al otro, sino que, simultáneamente, Dios creó al hombre y a la mujer. Es decir, que el ser humano tiene, desde su mismo origen, un doble género: masculino y femenino. La sexualidad está en las mismas raíces y forma parte de la esencia más profunda y genuina del ser humano. Las personas somos seres humanos, sí. Pero no podemos serlo sin ser, al mismo tiempo, hombre o mujer. Al reconocer que la dualidad de sexos es consubstancial al ser humano, el Génesis está reconociendo su igualdad y equipara su valor ante Dios. La mujer, al igual que el hombre, también es creada a imagen y semejanza de Dios. Es imagen de Dios. Por tanto, Dios está por encima de una imagen masculina, propia de las culturas patriarcales, y también de una imagen femenina de las Diosas Madre, de la fecundidad. Ambos aspectos se contienen en Dios. “Dios es Padre y Madre”, afirmó el Papa Juan Pablo I. Y esta afirmación recoge, en realidad, lo que ya habían afirmado varios profetas del Antiguo Testamento: Dios es entrañable y cariñoso como una madre con sus criaturas.

El Génesis asienta una base para los futuros derechos humanos y la igualdad de géneros. Ambos, hombre y mujer, son imagen de Dios y seres humanos de pleno derecho. Aunque el peso antropológico de las diversas culturas –a menudo machistas e influyentes sobre las prácticas religiosas -no siempre lo ha reconocido así, en las mismas raíces de la religión cristiana esta igualdad es reconocida y proclamada. Como todo hecho encarnado en el mundo, las religiones pueden ser manipuladas y mal utilizadas, contaminándose con ideologías totalmente ajenas a su espíritu original.

El relato del Génesis se convierte, así, en preludio de la igualdad de género. Algo insólito en otras religiones coetáneas del judaísmo antiguo. Tal vez por esto no sea de extrañar que los países de cultura cristiana y judía sean los que, con el paso de los siglos, han propiciado en mayor medida la emancipación de la mujer y su progresivo avance hasta equipararse, con justicia, al hombre.